Patria de Martí Artículos y Ensayos

Bahía de Cochinos sin mitos ni leyendas

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Erneido Oliva, segundo al mando, entrega la bandera de la Brigada 2506 al presidente Kennedy. Orange Bowl, Miami, 29 de diciembre de 1962. (AARP.ORG)

Han pasado 52 años desde la heroica pero fracasada invasión de Bahía de Cochinos y todavía prevalecen mitos sobre este controversial tema. Muchos se aferran, en contra de todas las evidencias históricas, a teorías de conspiración para explicar el fracaso. Vale la pena, pues, volver sobre los hechos y sobre los detalles.

La CIA había preparado dos planes para invadir Cuba con una fuerza militar compuesta de patriotas anticastristas en marzo-abril de 1961. El plan original, el Plan Trinidad, fue elaborado por la CIA desde, por lo menos, marzo de 1960, durante la administración de Eisenhower. El agente a cargo de este plan era Richard Bissell, subdirector de Planes, asistido por Jacob Esterline, director ejecutivo de la operación, y el coronel Jack Hawkins como asesor militar. En general, el Plan Trinidad contemplaba el desembarco por Casilda, puerto adyacente a la ciudad de Trinidad (con aproximadamente 26.000 habitantes en 1961), de la mayor parte de la Brigada 2506, aproximadamente 1.200 hombres.

Otro grupo de 160 hombres desembarcaría al sur de la provincia de Oriente para distraer al régimen castrista y hacer creer que ese era el desembarco principal. Finalmente, otra distracción se crearía en la costa noroeste, en la provincia de Pinar del Río. Se trataba de un espectáculo de ruido y luces cerca de la costa, con varias embarcaciones, para simular un gran desembarco.

El desembarco por Casilda estaba planeado para establecer una cabeza de playa y un perímetro defensivo que permitiera trasladar a los miembros del Consejo Revolucionario presidido por José Miró Cardona a ese enclave y, después de algunos días, constituir un gobierno de Cuba en armas.

Este gobierno en armas pediría reconocimiento internacional, que sería rápidamente otorgado por Estados Unidos y la OEA. El final llegaría —y esto es algo que tiene que ser enfatizado— con el desembarco en Casilda de una fuerza militar compuesta por estadounidenses y soldados de otros países de la OEA. Esta fuerza vencería fácilmente al Ejército Rebelde y las milicias castristas y provocaría el derrocamiento del régimen.

Mientras todo esto sucediera, suministros, incluyendo tropas (entre 500 y 1.000 soldados en reserva) desembarcarían por Casilda. Además, los 16 bombarderos B-26 de la Brigada operarían desde la pista de aterrizaje cercana a Trinidad (que habría que alargar en varios cientos de pies) como elementos de apoyo a la brigada invasora. Pues para garantizar el éxito del plan, era esencial una condición: la destrucción total de la fuerza aérea castrista.

El Plan Trinidad fue evolucionando durante casi un año. Al principio solamente se planeaba introducir pequeños grupos de 50 hombres por distintos puntos, principalmente en el área del Escambray, para fortalecer la oposición interna. Puesto que, desde mediados de 1960, existían en el Escambray más de 2.000 alzados. La idea era contribuir a un levantamiento popular eventualmente. Pero los dirigentes de la CIA pronto decidieron que esto sería muy improbable: en Cuba no había suficiente oposición al régimen como para provocar su derrocamiento en 1960. Además, el tiempo apremiaba. El régimen se fortalecía y en unos meses (se estimaba que en abril-mayo de 1961) llegarían a Cuba aviones Mig rusos y pilotos cubanos entrenados en Checoslovaquia. Y, una vez esto sucediera, sería imposible derrocar al régimen por la fuerza y Estados Unidos no estaba dispuesto a permitir la presencia de un país comunista a 90 millas de sus costas.

Por todo lo anterior se decidió adoptar el Plan Trinidad, o sea, una invasión desde afuera. La idea era que tal invasión provocaría el deseado levantamiento interno y esa combinación terminara con el castrismo. Cabía incluso la posibilidad de que no fuera necesario desembarcar tropas estadounidenses, aunque ese plan siempre incluyó ese desenlace.

El Plan Trinidad fue elaborado bajo la administración de Eisenhower, quien apoyaba y promovía este tipo de operaciones encubiertas de la CIA, que ya habían sido exitosas en Irán y Guatemala. Los mismos que planearon la operación de Guatemala dirigieron el Plan Trinidad, pero esa mentalidad (y lo ocurrido en Guatemala) no valían para el caso de Cuba. La CIA nunca aceptó este hecho cierto y, concluidos los ocho años de gobierno del Partido Republicano, la administración demócrata de John F. Kennedy no ofrecería el apoyo que el Plan Trinidad necesitaba.

Kennedy entra en escena

El nuevo presidente conocía los planes de las actividades contra Cuba desde por lo menos el verano de 1960. El mismo director de la CIA, Allen Dulles, se lo había informado, aunque no en detalle. Kennedy utilizó ese conocimiento contra Nixon en la campaña electoral. Hizo de Cuba uno de sus principales temas contra Nixon, criticando duramente a la administración Eisenhower-Nixon por permitir que Cuba cayera en manos de una dictadura comunista y, peor aún, que no hiciera nada por ayudar a la oposición anticastrista, lo cual bien sabía que no era cierto.

Otro tema muy utilizado por Kennedy —y también falso— fue la llamada "brecha" en cohetería nuclear entre Estados Unidos y la URSS (missile gap) a favor de esta última. La idea era enfatizar la supuesta debilidad de Eisenhower-Nixon ante las fuerzas del comunismo internacional.

Todo lo que dijo y prometió en referencia a Cuba durante la campaña, su oferta de apoyar a la oposición castrista, le explotaría en la cara a Kennedy una vez instalado en la Casa Blanca. A pocos días de la elección, Kennedy preguntó a Dean Acheson, exsecretario de Estado bajo Truman, qué le parecían los ataques que hacía a Nixon por su supuesta debilidad hacia Cuba. Acheson le contestó entonces que no los celebrara mucho, pues si ganaba la presidencia se vería obligado a cumplir esas promesas sobre Cuba y sería un prisionero de ellas. Y así fue.

El Plan Trinidad se le presentó oficialmente a Kennedy en Palm Beach a fines de noviembre de 1960, a los pocos días de su victoria presidencial. Se encargaron de ello Dulles y Bissell, quien era buen amigo de Kennedy y se mencionaba como el sucesor de Dulles cuando este se retirara. Kennedy escuchó en silencio, y los planes prosiguieron con su aparente apoyo.

No pronunció una palabra en esa reunión que pusiera en duda tal apoyo. Pero una revisión de los documentos internos de la Casa Blanca desde la toma de posesión en enero hasta el 17 de abril indican claramente que el nuevo presidente nunca apoyó los planes para derrocar el régimen castrista mediante una invasión.

Kennedy fue informado sobre la versión final del Plan Trinidad el sábado 28 de enero. En esa reunión en la Casa Blanca estaban presentes el vicepresidente Lyndon Johnson, el secretario de Defensa Robert McNamara, el secretario de Estado Dean Rusk, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Lyman Lemnitzer, el asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy y varios otros subsecretarios y asesores. El director de la CIA Allen Dulles, asistido por Tracy Barnes, hizo la presentación usando notas preparadas por Richard Bissell.

Tres puntos cruciales resaltan en esa presentación. Primero, el Plan necesitaba activarse para marzo, a más tardar abril, debido a la llegada de los pilotos y los Mig ese mes y debido a las lluvias de abril, que dificultarían las actividades militares no solo en Cuba, sino también en Guatemala y Nicaragua, desde donde partirían la Brigada y su fuerza aérea.

segundo, la eliminación total de la fuerza aérea revolucionaria y el control del aire eran absolutamente imprescindibles para asegurar el éxito.

Y tercero —algo que ha sido ignorado por casi todos los que han escrito sobre el tema— se le informó explícitamente a los presentes cuál debía ser el final de la operación, lo único que podía garantizar el éxito. Dulles les dijo que "el plan puede establecer una cabeza de playa en suelo cubano y mantenerla por dos semanas, quizás un mes. Una vez que esto se consiguiera, habría una base para una iniciativa abierta de Estados Unidos de instituir una ocupación militar de la Isla. Hay una oportunidad razonable de que esto ponga en marcha fuerzas que provoquen la caída del régimen".

Nadie hizo comentarios al respecto, excepto el general Lemnitzer, quien expresó sus dudas de que tan pocos hombres pudieran defender la cabeza de playa. Kennedy ordenó entonces una evaluación del plan a los jefes militares y que se le reportara sobre ello en unos días. Lo cual se hizo y se le presentó el informe al secretario McNamara el 3 de febrero, firmado por Lemnitzer, pero preparado por el general del Ejército David Gray.

La evaluación del informe fue favorable y el sumario concluía: "Los jefes [del Estado Mayor] consideran que la ejecución oportuna (timely) de este plan tiene una oportunidad regular (fair chance) de éxito final, y aunque no consiga inmediatamente todos los resultados deseados, pudiera contribuir al eventual derrocamiento del régimen de Castro".

Como resulta evidente, este informe no se puede considerar como "favorable". Por el contrario, es un documento puramente burocrático digno de los militares, que solo sirve para asegurar que los jefes se queden protegidos y "se laven las manos" de toda responsabilidad. Todavía peor, semanas después del fracaso, el general Gray dijo que el término fair fue incluido a sugerencia del general Earle Wheeler, jefe del Ejército, para "facilitar" el mejor entendimiento del informe. Según Gray, él no le había dado más de un 30% de probabilidades de éxito al plan tal como estaba concebido por la CIA.

Por supuesto, un plan de esta envergadura con solo un 30% de probabilidades de éxito resultaba inaceptable y nunca debió ser adoptado. De todos modos, la reunión final para decidir proceder con la operación se celebró el 15 de marzo en la Casa Blanca (la CIA quería que la invasión comenzara el 10 de marzo). Y, puesto que las dudas de Kennedy habían aumentado considerablemente durante esas semanas, en esa reunión se decidió no aprobar el Plan Trinidad.

A sugerencia de Rusk y sus asesores del Departamento de Estado, Kennedy ordenó la elaboración de otro plan alternativo, uno que no fuera tan "aparatoso" y estuviera emplazado en un lugar menos prominente que Trinidad.

El Plan Zapata

En tres días, la CIA produjo el Plan Zapata. El lugar del desembarco se cambió a Bahía de Cochinos, a 90 millas al oeste de Trinidad. Según la CIA, este era el único otro lugar posible en la costa sur para el desembarco. (Oriente y la Sierra Maestra se excluyeron por estar muy lejos de los campamentos de Centroamérica desde donde partiría la Brigada 2506). Pero, aparte de la geografía, el Plan Zapata tenía una serie de diferencias cruciales con el Plan Trinidad.

Estaban la Ciénaga de Zapata y sus pantanos, por supuesto. Pero también los arrecifes (que los analistas de la CIA insistieron, contra la opinión de brigadistas que conocían la zona, en considerar como "algas") en lugar de playas de arena. Era, por otro lado, un lugar completamente aislado, tal como pidió Kennedy. Aunque existía una pista de aviación lista para usarse y solo un terraplén de acceso, lo cual facilitaría la conservación de la cabeza de playa.

Otra diferencia clave era que, por órdenes de Kennedy, el desembarco ocurriría de noche. Por primera vez en la historia militar estadounidense se intentaría un desembarco nocturno. Aunque la mayor diferencia con el Plan Trinidad, diferencia que luego cobró una importancia vital, era que las montañas del Escambray estaban muy lejos para que, en caso de un fracaso, la Brigada pudiera retirarse a ellas.

Esto era algo que siempre había distinguido al Plan Trinidad: una válvula de escape en caso de fracaso. En Bahía de Cochinos, sin embargo, no existía escape alguno. O ganaban o morían en el intento: cualquiera que supiera leer un mapa lo sabría. Y Kennedy como teniente de la marina en la segúnda Guerra Mundial bien sabía leer un mapa. Sin embargo, sus apologistas han creado luego el mito, que todavía prevalece, de que la Brigada no tenía escape si la invasión fracasaba, y que el presidente lo ignoraba.

Todo ocurrió, pues, por culpa de la CIA, por no enfatizar al presidente este factor: la distancia entre Bahía de Cochinos y el Escambray.

Bombardeos planificados y luego desestimados

Tanto el Plan Zapata como el desechado Plan Trinidad incluían cinco bombardeos por los 16 B-26 durante los dos días antes, más un bombardeo final la madrugada del desembarco con el fin de destruir la aviación rebelde en su totalidad. Cuba contaba entonces con 17 B-26, 13 aviones británicos de ataque Sea Furies de hélice, un F-51 Mustang de hélice, y cinco jets T-33 armados con cañones y cohetes. Toda esta fuerza aérea había sido heredada del gobierno de Batista y, al menos la mitad, según la CIA, estaba fuera de acción por falta de piezas o problemas mecánicos.

Sin embargo, hubo otro gran cambio en el Plan Zapata. No se contaba ya con una insurrección interna para acompañar la invasión y, por consiguiente, se decidió no informar a las organizaciones clandestinas en el interior de Cuba de cuándo se produciría el desembarco. Según la CIA, los cubanos hablaban demasiado y no querían arriesgarse a que se descubriera la fecha debido a una indiscreción.

Con toda razón, los cubanos anticastristas han pensado desde entonces que la operación fue traicionada porque miles de opositores no solo ignoraban el momento del desembarco, sino que fueron arrestados antes de que ocurriera, sin previo aviso. Todavía peor, muchos aún están convencidos de que hubo traidores dentro de la CIA y de que las autoridades cubanas conocían la operación en detalle antes del desembarco. No obstante, esto nunca se ha probado y no existe documentación alguna que lo respalde.

Hubo traidores, es cierto. Existió por lo menos un agente de Castro infiltrado en los campamentos de Guatemala. Pero aunque Cuba sabía que la Brigada se entrenaba en Guatemala (lo había publicado The New York Times en primera plana), el régimen nunca se enteró de cuándo (y mucho menos de dónde) sería el desembarco.

Entre el 18 de marzo, en que el presidente aprobó condicionalmente el nuevo Plan Zapata (pues se reservó el derecho de cancelar la operación hasta 48 horas antes de comenzar), y el 17 de abril en que desembarcó la Brigada en Bahía de Cochinos, Kennedy, principalmente instado por Rusk y sus asesores en el Departamento de Estado, ordenó una serie de cambios adicionales que garantizaron el fracaso de la invasión antes de comenzar.

Inexplicablemente, se ordenó que solamente ocho B-26 participaran en el bombardeo inicial de las bases aéreas en Cuba. Luego, a pocas horas de ese primer bombardeo del 15 de abril que destruyó menos de la mitad de la aviación castrista, Rusk convenció a Kennedy de cancelar un segundo bombardeo esa tarde, así como los dos bombardeos planeados para el 16 de abril. Esta medida provocó que Esterline y Hawkins visitaran a Bisell en la noche del 15 para presentar su renuncia: los dos sabían que este nuevo cambio condenaba la operación al fracaso. Bissell, sin embargo, apeló al patriotismo de ambos y no hubo renuncia. Además, les aseguró que no habría ningún otro cambio.

Pero sí que lo hubo, y fue el peor de todos. Sabiendo que la aviación castrista no había sido eliminada completamente, fue eliminado también el último bombardeo, que debería haber ocurrido en la madrugada del 17 de abril. Tomada tal decisión, la Brigada no contaba con ninguna protección para desembarcar, estaba condenada a muerte.

Por cierto, los bombardeos del 16 casi se producen, aún después de ser prohibidos por Kennedy. Los aviones estaban en la pista listos para despegar cuando apareció en el cuartel general en Virginia (War Room) el general Cabell, segundo jefe de la CIA (el director Dulles estaba en Puerto Rico) después de jugar golf. Cuando se enteró de que los B-26 estaban a punto de partir rumbo a Cuba, decidió confirmar con Rusk la cancelación de esa operación (el oficial a cargo sí lo sabía, pero decidió ignorar la orden, lo cual pudo haber cambiado la historia) y Rusk así lo hizo. Cabell ordenó entonces que los B-26 no salieran de Puerto Cabezas.

Es preciso destacar dos puntos acerca de estas decisiones, y aclarar bien la responsabilidad por la cancelación de los cuatro bombardeos finales. Primero, los apologistas de Kennedy han culpado al embajador estadounidense ante la ONU, Adlai Stevenson, de presionar al presidente y de amenazarlo con su renuncia pública, en caso de no ser cancelados esos bombardeos. Falso: Stevenson ni siquiera conocía los detalles del Plan Zapata. Nunca fue informado porque algunos ayudantes de Kennedy (incluído su hermano Robert) pensaban que Stevenson era un cobarde y un pusilánime. (Algunos creían que era homosexual. Miró Cardona lo llamaba burlonamente "Adelaida". Stevenson, sin embargo, tenía reputación de mujeriego.)

Más importante aún, existe evidencia sólida de que fue Rusk quien recomendó a Kennedy la cancelación, y Stevenson solamente protestó por no ser informado y pidió que, para mantener su eficacia en la ONU, se le mantuviera al tanto de la situación.

El otro punto a aclarar es lo que en definitiva condenó la operación al fracaso. Se trata del concepto de negación plausible (plausible deniability). Desde la formación de la CIA en 1948, se utilizó este concepto para proteger, sobre todo al presidente, de cualquier responsabilidad por problemas causados por actividades encubiertas, muchas de las cuales eran ilegales. La negación plausible constituía parte de los dos planes de invasión a Cuba, pero bajo Kennedy y en el Plan Zapata, se llevó hasta un punto que, lejos de hacer creíble que no había ninguna participación estadounidense en la operación, lo que lograron fue hacer parecer increíble que Estados Unidos no estuviera involucrado.

La obsesión de negar cualquier participación estadounidense en la invasión aseguró el fracaso cuando el 10 de abril el asesor especial de Kennedy, el conocido historiador liberal Arthur Schlesinger, sugirió al presidente, minutos antes de una conferencia de prensa, que declarara que bajo ninguna circunstancia Estados Unidos intervendría militarmente en Cuba. Después de esto, ya no había ni la más remota posibilidad de que el presidente salvara la invasión. Aun así, permitió que la Brigada partiera de Guatemala a su destrucción asegurada.

Kennedy, ¿traidor?

El Plan Zapata incluía también, al final, una intervención militar estadounidense. No se conoce cuándo Kennedy decidió prohibirla terminantemente. No hay evidencia documental acerca de esto en los archivos abiertos a lo largo de estos años. Y como nadie menciona esa intervención militar como culminación de la invasión (salvo Jim Rasenberger el año pasado y yo hace varios años), tampoco suele repararse en cuándo y cómo Kennedy la prohibió. Tal parece que, tratando de ignorar algo tan importante, se piensa que todo el mundo lo pasará por alto y que la historia no recogerá que tales consideraciones existieron y no fueron producto de la imaginación de ciertos historiadores.

Como he escrito antes en varias ocasiones, Kennedy sí que prometió apoyo de tropas estadounidenses a la invasión. No lo hizo personalmente, pero a Miró Cardona se lo prometió dos veces uno de los principales asesores presidenciales, Adolph Berle, subsecretario de Estado en 1961.

El historiador José Manuel Hernández estaba presente en Nueva York cuando Arturo Mañas, abogado cubano experto en asuntos azucareros y gran conocedor de la política estadounidense, le señaló a José Miró Cardona que, después de que Kennedy declarara que bajo ninguna circunstancia Estados Unidos intervendría en Cuba, estas palabras en público le harían imposible al presidente intervenir en Cuba.

Miró Cardona pidió entonces una entrevista a Kennedy, y la Casa Blanca envió a Berle y a Schlesinger a conversar con él. Se citaron el 12 de abril en un restaurante de Nueva York. Cuando Miró expresó su alarma por las palabras de Kennedy, Berle le contestó, textualmente: "Lo que te dije, va". Se refería a lo que le había comunicado a Miró semanas antes: que habían 30.000 soldados estadounidenses listos para intervenir. (Y en verdad los había —quizás no esa cantidad, pero fue esa la que Merle le mencionó a Miró. Tal como se había planeado, por lo menos dos brigadas de marines esperaban a bordo de varios destroyers y de los portaviones Essex y Boxer, a pocas millas de Bahía de Cochinos.)

Años después, de visita como conferencista en la Universidad de Miami, Schlesinger le confirmó la versión anterior a José Manuel Hernández. Schlesinger no entendía español, pero sabía bien lo que Berle le había asegurado a Miró en aquel restaurante de Nueva York. Y agregó Schlesinger este comentario: "no sé por qué Adolph [Berle] le dijo eso a Miró". Es decir, reconoció, aunque después lo negara en uno de sus libros, que Berle le había prometido a Miró que la Brigada podía contar con apoyo militar estadounidense.

Por supuesto, no puede demostrarse que Kennedy aprobara lo que Berle le dijera a Miró —yo personalmente no lo creo—, pero puede entenderse entonces por qué tantos cubanos creen todavía que fueron traicionados por Kennedy.

¿Era posible la victoria?

¿Es posible que los cubanos solos, sin intervención militar estadounidense pero con el control del aire, como estaba planeado, hubieran ganado? Posiblemente sí, probablemente no.

¿Por qué no? Sé que muchos cubanos, incluyendo quizás la mayoría de los combatientes de la Brigada, piensan que, con cobertura aérea, podrían haber mantenido la cabeza de playa indefinidamente. Y como las tropas castristas fueron derrotadas en varias acciones el primer día, y cientos de milicianos se rindieron pensando que detrás venían los americanos, los brigadistas pensaron que podían derrotar a las fuerzas castristas si hubieran contado con municiones y suministros.

Sin embargo, contra esta opinión se alza un hecho poco conocido o ignorado: desde el 18 de abril venían desde Pinar del Río 30.000 soldados bien entrenados y bien armados (no como los milicianos del área de Bahía de Cochinos, que no pelearon y se rindieron a los invasores), al mando del comandante Derminio Escalona. De manera que, aun con el control del aire, hubiera sido muy difícil para 1.200 brigadistas resistir los ataques de 30.000 soldados, quienes además contaban con una superioridad abrumadora en artillería.

Puede aceptarse que los B-26 de la Brigada causaron estragos a muchas de las tropas que los atacaron el 18 de abril y que, ya impuestos en la cabeza de playa, habrían causado estragos similares a esas tropas que venían de Pinar del Río. Pero ya aquí caemos en especulaciones que son imposibles de probar por nadie. Debe mencionarse, sin embargo, que, aun con el control del aire, el Plan Zapata no consideraba posible mantener la cabeza de playa indefinidamente, no por más de 30 días.

Lo que sucedió después resulta bien conocido. Kennedy negó ayuda a los ya derrotados invasores la noche del 19 de abril, cuando ni siquiera permitió que los aviones estadounidenses volaran sobre las playas para asustar a las tropas castristas. Sin embargo, Kennedy nunca prometió a nadie intervenir en Cuba y, por consiguiente, aunque fue el responsable del desastre, no puede decirse que traicionara a la Brigada. (Los interesados pueden leer el capítulo que escribí sobre este tema en el volumen editado por Efrén Córdova 50 Años de Revolución en Cuba: El Legado de los Castro, Ediciones Universal, Miami, 2009. Así como todo lo que llevo escribiendo sobre el tema desde hace 43 años).

Y, quizás porque es una verdad inconveniente o porque se ha revelado hace unos pocos años, casi todos los cubanos que han escrito sobre el tema han ignorado los planes de la CIA, ideados conjuntamente con los de la invasión y que existían desde tiempos de Eisenhower, de asesinar a Fidel Castro antes del desembarco, en complicidad con la Mafia.

La evidencia de estos planes es sólida y los menciono porque algunos historiadores estadounidense que han escrito en detalle sobre estos sucesos sostienen que posiblemente Kennedy tomó (o dejó de tomar) ciertas decisiones —sobre todo respecto a los bombardeos— porque Bissell lo había convencido de que Castro estaría muerto cuando la Brigada desembarcara en Cuba.

No lo sabremos nunca, pero aunque así fuera, esto no exime a Kennedy de su enorme responsabilidad ante la historia. Nunca creyó en la invasión, ni en ninguno de los dos planes, incluyendo el Plan Zapata, que él mismo emasculó. Sin embargo, permitió que este se llevara a cabo sabiendo que estaba asegurado su fracaso.

No es creíble tampoco lo que han propagado sus apologistas: que permitió la invasión porque cancelarla le resultaba imposible. Nada de eso: permitió la invasión estrictamente por razones y consideraciones políticas, condenando cínicamente a muerte a cientos de patriotas cubanos y a cuatro pilotos estadounidenses. Como él mismo declaró despectivamente al autorizar finalmente la operación (que recuerden siempre esto aquellos que prefieren culpar a la CIA de la "traición" antes que al presidente): "Tenemos que salir de estos hombres. Es mucho mejor arrojarlos en Cuba (dump them in Cuba). Especialmente si es allá donde ellos quieren ir".

Algunos buenos libros sobre el tema

En la actualidad puede leerse mucho acerca de las traiciones y las conspiraciones en torno a este desdichado episodio de nuestra historia. Los que creen fervientemente que hubo una conspiración estadounidense para que la invasión fracasara y que la invasión fue traicionada para asegurar la permanencia de la revolución cubana, lo creen por cuestión de fe. Es decir, no aceptan evidencias que prueben lo contrario, aunque estas pueda ser —como lo son— abrumadoras.

Sin embargo, como mi obligación es con la historia y, como historiador profesional, con la búsqueda de la verdad, recomiendo a quienes prefieran conocer la verdad que busquen la documentación referente a los planes de Trinidad y Zapata, que se encuentra disponible para quien quiera examinarla. No hay nada secreto y los detalles de esos planes están disponibles desde hace años en los archivos del Departamento de Estado (Foreign Relations of the United States [FRUS], Volume X, Cuba, 1961-1962, documents 30 & 31, and 46 through 61).

La opinión de Dean Acheson y los problemas que Kennedy enfrentaría por sus declaraciones y promesas sobre Cuba durante la campaña pueden encontrarse en la Historia Oral de la administración Kennedy, en la Biblioteca Kennedy en Boston, aunque quien me la mencionara a mí fue mi buen amigo el historiador y exagente de la CIA, Brian Latell.

En relación con el episodio contado por José Manuel Hernández se lo debo a una comunicación privada, está en el capítulo que publiqué en el volumen 50 Años de Revolución en Cuba: El Legado de los Castro, y puede encontrarse también en un artículo publicado por él en 1971 en la revista The World and I.

Todos los demás datos que he citado los he recopilado en mis investigaciones sobre la invasión desde 1970.

A quienes quieran leer las mejores obras en inglés sobre el tema (en español lamentablemente no hay ninguno, aunque todavía vale la pena leer Girón, La Verdadera Historia, de Enrique Ros, a pesar de que su información es muy antigua) recomiendo The Bay of Pigs, de Haynes Johnson (1964), sobre todo por sus descripciones de la acciones militares.

La memoria de Howard Hunt, Give Us This Day (1973), es valiosa y en ella se encuentra el dato de cómo se canceló el bombardeo del segundo día gracias a la intervención fortuita de Cabell. 

Más recientemente, son excelentes The Bay of Pigs, de Howard Jones (2008), sobre todo en lo referente a los planes de asesinar a Castro por la CIA, y The Brilliant Disaster (el mejor libro en mi opinión, y el único que menciona los planes de una intervención militar estadounidense) de Jim Rasenberger (2012).

El libro más crítico de Kennedy (lo acusa de traicionar la operación) es Decision for Disaster, del coronel Grayston Lynch (1998), quien participó en la invasión y fue el primero en desembarcar en Playa Larga como hombre rana. Este libro solo cubre los sucesos en que el autor participó y que conoció, pero contiene información que no se encuentra en ningún otro. Relata, por ejemplo, cómo los hermanos Kennedy trataron de revocar las pensiones a los cuatro pilotos americanos que murieron en la invasión, en su afán de ocultar una participación estadounidense que, en definitiva, fue voluntaria. El presidente tuvo que ser amenazado por un influyente abogado de Texas con revelar los detalles a The New York Times si las pensiones no se restauraban, lo cual Kennedy hizo de inmediato.

También cuenta cómo Robert Kennedy los recibió a él y a su compañero Robertson, lleno de furia porque (no hay otra manera de verlo) simplemente habían sobrevivido para contar lo que sucedió. Lynch describe emotivamente los minutos finales en la playa, cuando Pepe San Román se despidió de él y destruyó el radio. Los marinos estadounidenses que escuchaban a Lynch en el destroyer donde este se encontraba, lloraban de rabia y de vergüenza porque su presidente les había prohibido ayudar —y así quizás salvar— a la gloriosa Brigada 2506.

Publicado en Diario de Cuba

Diego Trinidad | Miami | 17 Abr 2013 - 9:14 am. |

 

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Panamá decomisa 401 kilos de cocaína procedentes de Cuba con destino Bélgica

Panama cocaina de Cuba

Panamá, 14 abr (EFE).- Las autoridades policiales de Panamá informaron hoy de que decomisaron 401 kilos de cocaína procedentes de Cuba y con destino Bélgica en un acción realizada en la ciudad caribeña de Colón, 80 kilómetros al norte de la capital.

La droga fue hallada en un contenedor del puerto de la localidad camuflada entre tanques con miel de caña, agregó la Policía Nacional de Panamá (PN).

La cocaína fue intervenida en el marco del operativo denominado "Caña Brava" por agentes de la zona policial de Colón de servicio en la Dirección de Inteligencia Policial. EFE

La Vanguardia Ediciones

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CUBA’S INFLUENCE IN AMERICAN ACADEMIA

Cuba influence American Academy

To accurately fathom the success of the Castro-Communist regime[1] in Cuba, as measured by its ability to fructuously withstand the pressures for democratic[2] liberalization and persevere in power, the mobilization of a supportive, widespread intellectual elite class[3] has been important and effectively achieved throughout the democratic world. This has been significantly the case in the United States, its most important challenge within the community of free countries. Academia has served Cuba as an indispensable tool in a dual capacity to: (1) assist in fostering radical political activism abroad (revolutionary and gradualist); (2) and facilitate internal power retention and even survival. Some of the salient displays of this relationship include:  (a) the concealment and downplaying of Cuba´s abysmal human rights record and other gross state misconducts; (b) application of the Marxian principle of the primacy of “revolutionary practice”; (c) emblematic governance for the New Left; (d) espionage (strategic, political and probably commercial); (e) multilateral movement facilitation; and (f) commercial lobbying.   


While a debate may range as to the specifics of whether the current Cuban sociopolitical model should be categorized as totalitarian, post-totalitarian or even authoritarian, the general criteria which has traditionally labeled and identified totalitarian models, e. g., a prevailing ideology; a single-ruling party rhetorically committed to that ideology; and monopolistic control by the regime of the following: (1) the mass media; (2) all armed operational public forces; and (3) the general economy and its salient institutions/organizations;[4] still accurately depicts the Cuban sociopolitical paradigm. Given the non-static nature of all ideal political regimes-types (democratic and nondemocratic) and the successful systemic adaptation of general market economic principles while safeguarding the Leninist state, cases such as China and Vietnam have demonstrated that this modern and pragmatic approach to totalitarian rule still persists.


Elite mobility on communist Cuba´s behalf, in the globe´s democracies, has been pivotal in complementing key aspects of its nonbelligerent foreign policy strategy for political durability. Multilateralism, what Robert O. Keohane identified as the coordination of international relations based on structuring principles and strategies between three or more states[5], has been one potent and persistent feature of Cuba´s targeted foreign relations scheme. Jorge I. Domínguez refers to multilateralism as the “weapon of the weak”.[6] Soft power, the notion coined by Joseph Nye that explains the political art of persuasion by means of cooptation and convincing, without the utilization of force or the expenditure of huge sums of money,[7] has been the other premier, nonviolent mode of promoting its interests abroad.      


Both principles of multilateralism and soft power, within the context of Cuban politics, are heavily influenced by the overarching premise of cultural hegemony and the role assigned to the elite intellectual class, as prescribed by Antonio Gramsci. The incorporation of elite non-official players as part of an organic regime-structure put together to accommodate the nondemocratic state´s political objectives has been documented. “Power”, noted Hannah Arendt in The Origins of Totalitarianism, “…lies exclusively in the force produced through organization”.[8] In her seminal work, Arendt identified an organizational apparatus of six levels, each with its particular role in the regime.[9] In modern lexicon these would consist of non-official sympathizers, front organizations, the Party, the secret (or political) police, an intimate group of close advisers and the leadership. The intellectual can fit into any of these categories. More recent works that have built upon Arendt´s have included other levels such as the military/entrepreneur class.[10]    


The managed organizations of political power and society, along with the regime´s pragmatic alignment with factors of modernity such as globalization, transnational credit institutions, international division of labor, etc., have proven crucial for purposes of longevity and power retention. Cuba is one of the six remaining communist dictatorships on the planet and the only one that is non-Asian.[11] How could Cuban communism have overcome its many shortfalls and survive in a hemisphere where its most powerful member has the world´s biggest economy, the strongest armed forces and is the most successful and longest consistently running democracy? By recruiting in the United States (and the free world) a corps of sympathizers composed of elites, intellectuals and other influential and well connected individuals and institutions, Cuba has managed to navigate the channels of multilateralism and soft power (in the U. S. and internationally) mitigating fatigue during certain periods and in others, averting collapse. American academia has been most useful, in this fundamental regard, to the Castro-Communist regime.  


WHY AMERICAN ACADEMIA?


In terms of the overall investment, no strategy has yielded communist Cuba greater returns then its strategic penetration of American academia. This point is logical. Academia serves as a country´s nerve center. Colleges and universities render unto a free society brigades of its most influential, powerful and productive members. Influence trafficking, information manipulation, public relations damage control and image promotion are all fundamental variables which have helped keep Havana´s communist dictatorship in power. The university affords Cuba a wide range of potentially valuable assets by way of ambassadors of goodwill that will serve as courtesans on its behalf.


The open door policy, ample quantity and wide variation of American higher education, with its diverse network of public and private colleges, community colleges, universities and other places of post high school learning, establishes a broad spectrum of alternatives. It allows for a broad selection of individuals from specifically-targeted socioeconomic background and/or perceived particular ideological inclination that may fit particular profiles the Cuban regime is seeking. The fact that the United States is a free country with guaranteed liberties also alleviates the strains of penetrating academia. The inherent nature of the academic community to foster free thinking and welcome alternative and challenging criteria´s, serve as fertile ground for the recruitment, cooptation and influence of individuals and institutions that can disproportionally impact a nation.


It should come as no surprise that any state that wishes to comprehensively impact the policy of another state to its benefit, would not go to the most seminal source for the necessary material: the university campus. American government including the military and intelligence communities, business, cultural, civic and religious sectors of society all draw from higher education for their personnel. It is safe to conclude that despite the homogeneous cross-cultural composition of American society, its most influential citizens (and residents) have at some point been connected with a university. The payoff for a cash-strapped dictatorship like the Cuban assumes rewards of geometric proportions when investing in the recruitment/cooptation of people associated with academia.                 


The interest and involvement of Cuba´s intelligence services (as well as other dictatorial regimes) in the infiltration of American universities for purposes of elite class recruitment/cooptation has been well supported.[12] Academia has proven to be a rich goldmine, for numerous nondemocratic regimes such as Cuba´s. The elite class cooptation/recruitment has had various objectives in mind. The task of espionage enlistment to provide privileged information on the United States and the Cuban exile community has been an obvious objective of infiltration of American universities. José Cohen, an ex intelligence officer from Cuba´s Ministry of Intelligence who defected, has provided abundant information that describes Cuba´s sophisticated scheme and intrinsic structure tiered according to the perceived value of targets.[13] The notorious espionage cases of Ana Belén Montes, Walter and Gwendolyn Myers, Marta Rita Velázquez and Carlos and Elsa Álvarez highlight communist Cuba´s capability and willingness to penetrate top American universities, particularly Johns Hopkins University, in search of fruitful spies.[14] While the focus of recruiting Americans (citizens and foreign nationals) to serve as spies and informants for the Castro regime are measurable and concretely easier to assess, this is not the case when the utilization of academia is geared for other important tasks crucial to its survival.


In addition to the obvious benefits Cuba receives from political espionage, there are other reasons the Castro dictatorship has aggressively and consistently penetrated the American academic community. Strategic furtherance in the commercial realm is highly likely to have been of value. Information obtained of scientific value as well as, patented product research and other privileged knowledge would bypass intellectual property and copyright laws protections. Exactly how much lucre the Cuban regime may have benefited from economic spying and theft is difficult to decipher at this time. When one considers, however, Cuba´s dire financial capability since 1959 and the permanency of a shortage economy,[15] and at the same time, it reports major breakthroughs in the biotechnological field, going so far as claiming to be able to satisfy 80% of its domestic prescription drug demand,[16] it raises doubts as to the authenticity of the data supporting these official claims or alternatively that greater credence should be given to the hypothesis of Cuba´s scientific pirating. Skeptics point to other related areas of concern in the Cuban biotechnological industry. If the Cuban regime has spent nearly $3.5 billion since 1986, as it claims, in the endeavor of biotechnology research and development, the paltry return on its investment of approximately $200 million dollars in the sales of vaccines and medicines,[17] would suggest it to be an abject failure, judging from a rational perspective. The claim that Cuba is basically self-sufficient in meeting its internal prescription drug demand is highly unlikely given the comprehensive lack of medicines available to the general Cuban population. Other charges made in the past decade about Cuba's biotechnology industry, while officially unsubstantiated, point to potential use of Cuba´s biotechnological capabilities in the germ-warfare business.[18] 


AVERTING OSTRACISM: THE BIG PRIZE IN THE COURTING OF ACADEMIA    


The most seminal gain for the Castro dictatorship in its involvement with American academia, it will be argued, is the multifaceted boon it receives from its public relations stratagem. Cuban communism´s longevity has been dependent, to a great extent, on its ability to project a favorable image. In the democratic globe, damage control has been a customary procedure. Cuba´s solid record of systematic and abominable human rights violations (accurately documented and historically committed), has been and remains an immutable intent of the Cuban regime. This is heightened by the fact that many of these violations constitute crimes against humanity as defined by the Rome Statute of the International Criminal Court. As a dictatorship where the ruling apparatus sustains a totalitarian control over the individual, the promotion of political inefficacy among opposition or potentially opposing/dissenting players, is part of the modus operandi and thus renders the limits imposed by democratic norms as obstacles to the necessary chores of repressing dissent and rewarding conformity.


The Cuban regime employs an elaborate system of social control, among its many tools for power retention. What Arendt classified as front (or mass) organizations offers Cuba, as well as other totalitarian states, a rationalizing motif for the inclusion of the political realm in the individual sphere of life.[19] More aggressively enforcing the regime´s will is the political police and the paramilitary street squads. This hierarchical model includes a legal scheme rife with injustices but tightly confected to assure that any competing political and social activism is criminalized. With the economy and its distribution system, the educational structure, the media, the retirement social insurance and safety net system, and health care system under the domination of the political sphere, it is no wonder that Cuban society has been unable to showcase a large-scale public campaign of regime-challenge. This model of organizing society and political power to suit nondemocratic rule bears with it an enormous price tag. The high cost of this population control machinery, comes with a highly inefficient economic model to fund its operations. Therein lays a grave contradiction and a persisting problem for communist Cuba: confronting the massive expenditures of regime-maintenance, with an economic model that is unproductive and antiquated.


Although the Cuban economic system is currently in the midst of a selective liberalizing process, Cuba continues to depend on outside sources of revenue to fund its nondemocratic political model. In fact, this has been the case since early on. Previously, the Castro regime instituted modifications to its economy, effectively launching a hybrid model in 1993. Although the Cuban state retained its dominant presence in the economic sphere, the centralized, non-foreign investor, single-currency blueprint was scrapped. Despite retrenchment drifts, the remnants of the hybrid state capitalist/mercantilist model are still in place and are now being further revamped. The constant, however, remains the dictatorial Leninist state and its continued urgency for support from an elite corps of individuals and institutions, who can press for the Castro regime´s, interests in their respective countries. These interests are generally financial, but with Cuba´s chronic and horrific human rights record, the tasks include the tactics of diverting attention from the issues associated with nondemocratic governance. This is where the mastery of soft power and multilateralism has worked wonders for Cuba´s dictatorial longevity. 


Cuba´s socialist experiment produces a quagmire. The essential need for control comes at a heavy cost. The socioeconomic order which most naturally complements the communist political dictatorship is barren, irrational and has proven incapable of adequately addressing the internal demands of its population without the influx of financial assistance from outside sources. At times, this assistance has come from regime-friendly countries and/or alliances which are ideologically sympathetic to Cuba and share common objectives. The relationship with the extinct USSR and the socialist bloc and, the current Bolivarian Alliance for the Peoples of Our America (“ALBA”) are just two examples of this type of ideologically-connected association. Other types of arrangements which have provided Cuba with much needed funds, access to markets, credit and technology have been with non-ideologically connected entities, states or institutions, which have established commercial interests. This category typically consists of countries, businesses and institutions from the democratic, capitalist world. Additionally, some authoritarian and other nondemocratic regimes, e. g., Singapore, Indonesia, Myanmar, also have relationships with Cuba of a commercial nature. This last category is of less importance in terms of net financial impact, but they have supported Cuba in international forums.


CUBAN COMMUNISM´S EXCEPTIONAL RELATIONSHIP WITH ACADEMIC/INTELLECTUAL ELITES


Cuban communism has cultivated the relationship with intellectuals and other elites from the free world since its inception (from its embryonic stage actually). It has counted on the talent and resources drawn, directly and indirectly, from American academia to promote its interests as a permanent part of its foreign policy design. The Cuban regime has been keenly aware of the prodigious advantages good image-promotion provides. It can be argued that The New York Times reporter, Herbert L. Mathews, impacted American public opinion favorably on behalf of the nascent revolutionary movement. The February 17, 1957 interview with Fidel Castro in Oriente´s mountains[20] launched a relationship that many who are critical of the ensuing totalitarian experience, credit partly with the imposition of the U. S. arms embargo against the Batista dictatorship. This action by the Eisenhower administration severely weakened morale in the Cuban armed forces and leveled a “devastating” psychological blow precipitating its collapse, according to Earl E. T. Smith, the American ambassador.[21] This was exacerbated by the fact that the U. S. arms embargo decision was made in March, 1958, on the eve of the regime´s spring offensive against the guerrillas.[22] 


Having learned early on the advantages of sailing over waters smoothed by favorable foreign public opinion with elite support, the Castro-Communist regime implemented immediately an open door policy for a new type of revolutionary. Academia and the university were given new roles. The Soviet factory worker proletariat and the Chinese farmer were the divergent prototypes, within the Marxist camp. The polemic question of “who” should be the field agent for socialist world change had a paradigm shift in the communist world with the consolidation of Cuban communism. Once the movement to oust the Batista dictatorship, a coalition consisting of various groups including the 26th of July Movement, succeeded in reaching power, an ideological coup d'état took place in a little over a year and a half. This was another first. There is no instance in history where a communist movement/revolution, categorically negated its Marxist-Leninist ideological underpinnings and revealed them publicly after seizing power.[23] 


So entrenched has been the sultanistic component of the current Cuban regime, that despite the fact that Castro officially admitted being a communist in December 1961, it wasn´t until 1965 that Cuba´s single-ruling party labeled itself the Cuban Communist Party. The unconventional essence of the new Cuban communist model broke the traditional mold of Marxist ideological pattern.  Eurocommunism, the trend that started taking root in Western Europe in the 1950´s with the purpose of embodying a Marxist movement independent of Moscow, was replaced by Cuba´s impromptu New Left activism. The freshness that Eurocommunism brought to Marxist movements worldwide appeared to fall behind in attraction, as the Cuban communist project challenged the United States and the democracies of the Western Hemisphere with new vanguard players that centered on intellectuals and the university.


Its difference, in part, lies in the entity Cuban communism assigned to assist history in the class struggle fight for communist expansion. Cuba rendered the Soviet urban worker and the Chinese rural peasant obsolete, as the motors for revolutionary activism. Communist Cuba became the icon of the radical left primarily because of its emphasis on revolutionary practice over theory and its ample inclusion policy. Irving L. Horowitz labeled this new personification of radical revolutionary political activism as a “popular vanguard”.[24] Cuba´s vehemence on “revolutionary practice”, in fact, echoed the underlying sentiment of Karl Marx´s “Thesis on Feuerbach” which insisted that “Man must prove the truth…” and that “…the reality or non-reality of thinking that is isolated from practice is a purely scholastic question”.[25]


Cuban history has correctly depicted vibrant and fundamental political activism centered around the university. Students, as well as university professors, have been major players in the changing of the political landscape in Cuba since its days as a colony. The Castro regime logically continued on that tradition in its rule as it has sought to extend its revolution outside its borders. In other words, Cuba has developed an historic dependency on the university for political activism, particularly that which is revolutionary in nature. Drawing from that experience, Cuban communism launched as a matter of state policy a comprehensive campaign seeking to attract and gain support from the left-leaning intelligentsia from around the world.


Embracing the Marxian premise of stressing the practice over the abstract contemplation and liberalizing the requisites for socialist agents of change, the Cuban regime energized the New Left and assigned to elites in the academic community a more activist, vanguard role in its stratagem for hegemonic propagation and survival. The intellectual, as part of an elite corps of revolutionaries was in practice best exemplified by Cuban communism, but historically within the camp of communist theorists, there was a blueprint.


HISTORICAL MARXIAN PRECEDENT            


In the realm of theory, Antonio Gramsci, was like a tunnel that brought together Vladimir Lenin and Jean-Paul Sartre under the river of Marxism. Key to marking the differences between the founder of Soviet communism and the French philosopher was the role of the intellectual. The relevance of Gramsci to Marxian politics is huge, as his vision for political application continues to be rediscovered and put in force. It is in praxis where Gramscian has stood out more prominently. Cuban communism, intentionally or by pragmatic chance, nurtured as part of its practical policy of governance, a heightened role for the intellectual, especially in the academic domain.


This is the closet that any communist regime has come to materializing, as part of state polity, Gramsci´s organic intellectual, the concept that essentially branded two types of intellectuals: the basic men of letters that were bound to the prevailing, dominant culture (traditional) and the conscious-laden working class intellectual (organic). “The mode of being of the new intellectual”, stated Gramsci, “can no longer consist of eloquence, which is an exterior and momentary mover of feelings and passions, but in active participation in practical life…”[26] This persistent tenet of the Cuban model, the permanent lobbying in academia in search of or in the cultivation of, the organic intellectual, is an unalterable component of Cuban communism. Hence the perception that the academic realm is the most adequate source to find elite recruits or sympathizers willing to assist in revolutionary practice, as the regime signals it to and only as an organic intellectual can do.


Herbert Marcuse, bringing the principles of the Frankfurt School, and Frantz Fanon, with the racial and decolonization underlying basis, contributed to Marxian praxis characteristics and tendencies that Cuban communism absorbed and produced a fusion that many in the radical left viewed as distinctly being a hybrid ideology. Yet, for the Cuban regime this intimacy with Marxist thinkers and their proposals which situated the intellectual at a level more prominent than any other communist state had done before, opened the door and hearts of American universities to Cuba wide open. This unexamined prejudice which defies the empirical evidence weighing heavily against the Cuban dictatorship, needs to be illustrated.


MULTILATERALISM


The Castro regime immediately proceeded, upon consolidating power, to move in international circles by way of established alliances and proximities with other like-minded states and radical movements. This was consistent with Cuban communism´s open door policy of revolutionary inclusion made official with its dictum, as pronounced in the Second Havana Congress in 1962, “the duty of every revolutionary is to make revolution”.[27] Immediately proximity was sought with the Soviet Union and the socialist bloc. Simultaneously, a bond was established with radical subversive movements in the Americas. Curiously, many of these movements came from different Marxist factions. The sectarian differences, however, were mitigated by the amplitude of the Cuban model. The 1966 Tricontinental Congress and its ensuing Organization for the Solidarity of the Peoples of Africa, Asia and Latin America, and the Organization for Latin American Solidarity were examples of Cuba´s navigation in foreign relations by way of multilateral entities who provided a shield to the Cuban regime.


These relations and the legitimacy the Cuban dictatorship enjoyed with the radical left were facilitated extraordinarily by the tight-knit relationship it developed with academia in the free world. With the implosion of Soviet communism, Cuba commandeered, through the Sao Paulo Forum, new regional and international organizations to continue its protected status as a member of multilateral groups. ALBA and CELAC are two of the newest organizations with which shield Cuban foreign policy from isolation, as well as serving it enormous financial assistance.


CONCLUSION


Cuba has, to a great degree, charmed academia in the United States. An academic institution that openly displays enamorment with Cuba is the Latin American Studies Association (LASA). Organizations like LASA, which claims to be the largest professional association in the world for individuals and institutions engaged in the study of Latin America and the Caribbean with over 7,000 members, has actively promoted the interests of the Cuban regime.[28] 

The necessity of Cuban communism to shield itself from its persistent record of gross and systematic human rights violations and other serious state wrongdoings assures that the courting of academia will continue to be a priority. The renewed diplomatic relations with the United States, a foreign policy priority for Cuba since the 1990s´, is hampered by the economic sanctions still in place. When one considers what remains to be done from the Cuban perspective: ending the embargo, accessing U. S. tax-payer guaranteed credits business facilitation, gaining admission into international financial institutions and receiving an expected avalanche of calculated business ventures between American businesses’ and the Cuban regime´s commercial conglomerates run by its military, academia will most assuredly be prioritized strategically in this next phase of Cuba´s public relations offensive.


American academia will thus continue to be penetrated and influenced.  Strategies such as soft power and multilateralism, constants in Cuba´s political navigation, depend on the results of its engagement with the cultural elite, including very importantly, the American university. This traditional practice of Cuba, so laden into the fabric of its praxis, can be counted on to continuing to have precedence.

Shiling, Julio M. “Cuba´s Influence in American Academia”, Cuba in Transition. Volume 25, Papers and Proceedings of the Twenty-Fifth Annual Meeting of the Association for the Study of the Cuban Economy (ASCE), Miami: ASCE, July 30–August 1, 2015, pp. 288-297.

http://www.ascecuba.org/c/wp-content/uploads/2016/03/v25-shilling.pdf

NOTES

 

[1] The categorization of “Castro-Communist” depicts the Cuban dictatorial model. It is a hybrid case of nondemocratic rule within the operational mold of a regime which is both totalitarian and sultanistic. For a broad description of nondemocratic regime-types see Linz and Stepan, Problems of Democratic Transition (1996), pp. 38-54; Linz, “An authoritarian regime…” (1964), pp. 291-342;; Schapiro, Totalitarianism (1972), pp. 109, 112-113, 115; Chehabi and Linz, Sultanistic Regimes (1998), pp. 8-9.

[2] For purposes of this study, Robert A. Dahl´s definition of liberal democracy (or polyarchy) will be used. Among its highlights are the ability of its citizenry to express themselves and speak out against the government, the regime, its socioeconomic order, and the dominant ideology without the danger of being punished or reprimanded and the lawful capability to form independent political parties and interest groups. See Dahl, Democracy and its Critics (1989), pp. 221, 233. 

[3] This incorporates the notion of “elite theory” as posited by thinkers such as Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto, Robert Michels and C. Wright Mills. 

[4] Friedrich, “The evolving theory and practice of totalitarian regimes” (1969), p. 126.

[5] Keohane, “Multilateralism: An Agenda for Research” (1990), p. 731.

[6] Domínguez, “Cuba and the pax americana” (2007), p. 205.

[7] Nye, Soft Power (2004).

[8] Arendt, The Origins of Totalitarianism (1976), p. 418.

[9] Ibid., pp. 364-388.

[10] Shiling, Dictaduras y sus Paradigmas I (2013), p. 79.

[11] The others are China, Tibet, Vietnam, Laos and North Korea. Note that almost all have upgraded their economic models into hybrid, productive economies (state capitalist/mercantilist) achieved through liberalization. North Korea, the exception, is for practical considerations an economic dependency of China.

[12] Federal Bureau of Investigation, “Higher Education and National Security” (2011); De la Cova, “Academic Espionage” (1993); Golden, “American Universities Infected by Foreign Spies" (2012); Chon, “US accuses Chinese professors of spying” (2015).

[13] Cohen, "El Servicio de Inteligencia Castrista" (2002).

[14] Stewart, “The Cuban Spy Network in the U.S. Government” (2013); Carmichael, True Believer (2007).

[15] “Shortage economy” is a term coined by Hungarian economist János Kornai who effectively argued that the chronic shortages in the ex socialist bloc and the USSR were due to systemic failures and not omissions and errors of defective central planning calculations. See Kornai, Economics of Shortage (1980).

[16] Evenson, “Cuba´s Biotechnological Revolution” (2007). Accessed September 3, 2015 from http://www.medicc.org/mediccreview/index.php?issue=6&id=57&a=vahtml.

[17] Cereijo, “Summary of Cuba's Biotechnology Capacity”. Accessed  September 4, 2015 from http://www.amigospais-guaracabuya.org/oagmc187.php.

[18] Miller, “Washington Accuses Cuba of Germ-Warfare Research” (2002). Accessed September 3, 2015 from http://www.nytimes.com/2002/05/07/international/americas/07WEAP.html; Eaton, A shot in the arm?: Cuba's biotech industry raises hope, suspicion” (2003). Accessed September 3, 2015 from http://community.seattletimes.nwsource.com/archive/?date=20031128&slug=cubagerm19.

[19] Arendt, op. cit., pp. 366, 413.

[20] Matthews, “Cuban Rebel is Visited in Hideout”. (1957), p. 1. Accessed September 10, 2015 from http://www.nytimes.com/packages/html/books/matthews/matthews022457.pdf. 

[21] Smith, The Fourth Floor (1962) pp. 48, 107.

[22] Perez, “Cuba, c. 1930-1959” (2006) p. 91.

[23] Fidel Castro consistently denied publicly that he or the movement he belonged to, were communist. Finally, during a speech in December 2nd 1961 (a month shy of its two year anniversary), Castro emphatically admitted that he was a Marxist-Leninist and would be so until the day he died.

[24] Horowitz, “Military Origin and Outcomes of the Cuban Revolution” (1986) p. 597. 

[25] Marx, “Thesis on Feuerbach”. (1845) Accessed September 4, 2015 from https://www.marxists.org/archive/marx/works/1845/theses/theses.htm.

[26] Gramsci, Selections from the Prison Notebooks (1971), pp. 9–10.

[27] Artaraz, Cuba and Western Intellectuals (2009) pp. 141-142

[28] LASA, “Resolution on Obama Policy”. Accessed July 22, 2015 from https://lasa.international.pitt.edu/eng/about/obama.asp.; “U.S. Academicians Back Cuba, Condemn Blockade”. Escambray, (2012). Accessed 14 July 2015. http://en.escambray.cu/2012/u-s-academicians-back-cuba-condemn-blockade/

 

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Cuban-Americans Banned from Carnival Cruises Trips to Cuba

cuban americans banned from carnival

A Carnival Cruises line has announced a “very intensely cultural experience” on their inaugural voyage to Cuba for all interested Americans — except Cuban-Americans, whom the Cuban government has banned from purchasing a ticket.

Carnival’s decision to abide by discriminatory Cuban law could place it in violation of the 1964 Civil Rights Act, though courts have been hesitant to address whether American cruise ships in international waters are still beholden to American civil rights law.

Carnival’s “Fathom” line will be sailing to the cities of Havana, Cienfuegos, and Santiago de Cuba beginning May 1 after coming to an agreement with the communist Cuban regime. Its website promises an authentic experience: “If you’re serious in your desire to see the real Cuba from the inside, through the eyes of the Cuban people themselves.” For those concerned the experience in an impoverished communist country will be too authentic, however, Fathom promises:

Every night, you’ll return to the comforts of the MV Adonia, where are all the details of getting from location to location in Cuba are taken care of. Enjoy the sights, the sounds, tastes and rhythms of everyday life and relax knowing that virtually all the costs, including meals, lodging, and daytime shore excursions, are already planned for you and covered in the price of your Fathom journey.

The cruise line has also published a video advertisement promising guests will experience “the culture, cuisine, and historic sights through its people.”

Journalist Fabiola Santiago of Miami’s El Nuevo Herald, noting that nowhere in Carnival’s advertising is the ban on Cuban-Americans mentioned, attempted to book a trip to Cuba for October. Her ticket was immediately canceled when Carnival required her to show them her passport, which revealed she had been born in Cuba. Her U.S. citizenship did not override her place of birth.

A Carnival spokesman issued Santiago a boilerplate statement: “Current Cuban law prohibits Cuban-born individuals from entering Cuba via ship or other sea vessel, regardless of U.S. citizenship status. For that reason, at the present time, Fathom cannot accommodate Cuban-born individuals.” When challenged, the Carnival representative appeared to suggest that the company would be content to follow any discriminatory international law should negotiating with the country in question prove profitable:

I ask him if Carnival would have been willing to take cruise ships to South Africa during the apartheid era and not carry black people because that was the law.

He repeats that Carnival follows the laws of the countries it travels to. I guess that means the answer is yes.

When Carnival first announced its new trips — shortly after President Barack Obama’s trip to Cuba in March — reports noted that the company was “working closely” with the Cuban government, though executives expressed more concern with “infrastructure” in dilapidated Havana than the many human rights violations the Castro regime has been accused of and the possibility that Cuba would should similar disregard for the rights of its American clients.

The Cuba trip, the Miami Herald notes, costs “more than twice the price of a cruise on one of the three major cruise lines” to anywhere else in the Caribbean Sea.

Abiding by Cuba’s law banning Cuban-Americans from entering the island by sea may be a violation of the 1964 Civil Rights Act. Title II of the act prohibits American “places of public accommodation” from discriminating on the basis of “race, color, religion, or national origin.” Place of birth, naturally, would fall under “national origin.” A successful lawsuit against Carnival for its discriminatory policy would hinge on proving that a cruise ship is a place of public accommodation.

The Civil Rights Act defines places of public accommodation as “any inn, hotel, motel, or other establishment which provides lodging to transient guests.” It also includes a business that “serves or offers to serve interstate travelers or a substantial portion of the food which it serves” as well as one that “customarily presents films, performances, athletic teams, exhibitions, or other sources of entertainment which move in commerce.” As cruise ships dock, allowing passengers to seek food and entertainment elsewhere, defense attorneys may argue that a cruise ship does not fit the definition.

The highest-profile discrimination cases against cruises have not involved the Civil Rights Act, but the Americans with Disabilities Act (ADA). In 2005, a Norwegian Cruise Lines passenger sued the cruise line alleging he was “treated as a nuisance” and unable to use many of the ship’s functions due to his wheelchair. The court found that the ADA did apply to cruise ships, and in deliberating the case, Justices raised the issue of racial discrimination:

During the argument, the justices voiced concern over the effect of a ruling that limited the reach of U.S. civil rights laws. If cruise ships were found to be free to discriminate against disabled persons, could they also discriminate against blacks? No sooner had the lawyer for the cruise ship industry stepped to the lectern than he was hit with such a question.

“Are they [cruise ships] free to discriminate based on race or to practice racial segregation?” Ginsburg asked.

When the lawyer dodged the question, Justice Sandra Day O’Connor pressed the point.

“Could the ship engage in racial discrimination in selling its tickets?” she asked.

A decade later, Carnival Cruise lines settled a disability discrimination case against them for $350,000 in damages as well as a civil penalty of $55,000, the first time such a penalty was applied in the aftermath of Spector v. Norwegian Cruise Line Ltd.

In a similar, more recent case of common carrier ethnic discrimination, Kuwait Airways chose to cancel flights out of New York rather than abide by anti-discrimination law after it was sued for prohibiting Israeli nationals from purchasing tickets for its flights to London. The airway insisted that not recognizing Israeli passports as legitimate was necessary to abide by Kuwaiti law, an argument the Department of Transportation dismissed. Kuwaiti Airways still flies from New York to Kuwait City, as Israeli nationals are not allowed to enter Kuwait and as such do not pose a legal problem for them in that case.

Frances Martel

www.breitbart.com

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