Patria de Martí Artículos y Ensayos
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- Fuente/Autor: Alfredo M. Cepero
La Fabula del Aguila y el Tomeguin por A
lfredo M. Cepero
Natural de Cuba, es poeta, articulista, Asesor Financiero y Gerente de Axa-Equitable y cofundador del Partido Nacionalista Democrático. Formó filas en la Brigada 2506 y el ejército de EE. UU. Ha sido corresponsal, escritor y Jefe de Redacción de Idioma Español en La Voz de los EE. UU. Y Director de noticias del Canal 23 (Miami).
Durante casi dos siglos los cubanos hemos buscado infructuosamente en los Estados Unidos de Norteamerica la solución a nuestros problemas nacionales. Es hasta cierto punto explicable que la prosperidad económica, el poderío militar y la estabilidad institucional de esta gran nación nos deslumbrara al punto de crear un espejismo dentro del cual nuestra supervivencia como nación estaría garantizada por la protección del coloso del norte. Nuestra historia es rica en ejemplos de lo que acabamos de decir; donde el más doloroso y reciente lo constituye aquella frase repetida hasta el cansancio en 1959: “ Los americanos no van a permitir un estado comunista a 90 millas de sus costas”. Cuarenta y seis años después sabemos que no sólo lo permitieron sino que fué necesaria una amenaza nuclear contra su propia población en octubre de 1962 para que abandonaran su indiferencia ante la tormenta que se cernía sobre el continente. Y todos sabemos que, en el proceso de solución de la crisis, fué negociada la libertad del pueblo de Cuba a cambio de la seguridad del pueblo de los Estados Unidos. En esta ocasión, aunque nos moleste pero como era su deber, Kennedy dió prioridad a los intereses del pueblo que lo había elegido. Sin embargo, esa compleja relación entre la majestuosa águila norteamericana y el jovial tomeguín cubano comenzó de manera inesperada y en contraste con los acontecimientos de años posteriores. En el invierno de 1781, los soldados del Ejercito Continental al mando del General George Washington deambulaban hambrientos y descalzos en espera de ser aniquilados por las tropas inglesas al mando del General Charles Cornwalis. El Almirante De Grasse fué enviado a Cuba a recaudar fondos para las tropas de Washington y las damas habaneras ofrendaron sus joyas para salvar la libertad norteamericana. El resultado fué la victoria de Yorktown, donde fué consolidada la independencia de los Estados Unidos de Norteamerica. Cuando a principios del siglo XIX los cubanos decidimos romper nuestros lazos con una metrópolis despiada que explotaba nuestros recursos e ignoraba nuestras reivindicaciones, predominaron dos corrientes contradictorias: la independencia absoluta o la anexión a los Estados Unidos. Hombres ilustres como José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Gaspar Betancourt Cisneros contemplaron una u otra tésis en distintas etapas de sus vidas. En aquellos años de nacionalismo incipiente, el venezolano Narciso López plantó por primera vez en suelo cubano nuestra enseña nacional con su desembarco y toma de la ciudad de Cárdenas el 19 de mayo de 1850. La expedición, como tantas otras que le siguieron a lo largo de nuestras luchas por la independencia, salió de suelo norteamericano. Pero en el siglo XIX, al igual que en nuestros días, la causa de la libertad de Cuba tuvo aliados y adversarios en el ámbito político de los Estados Unidos. En 1870, el Presidente Ulyses Grant calificó de “forajidos” a los insurrectos que luchaban frente a las tropas españolas. Años más tarde, en 1895, el Presidente Cleveland asestó un golpe que resultó casi fatítico a los planes de José Martí para liberar a nuestra patria con la confiscación de centenares de fusiles, municiones y vituallas en la isla floridana de Fernandina. Andando el tiempo, la noble gesta de la Guerra Hispanoamericana fué manchada por la ausencia forzada del General Calixto García de la capitulación de las fuerzas españolas y de la entrada de las tropas norteamericanas a la ciudad de Santiago de Cuba en julio de 1898. En carta dirigida al General William Shaffter, Calixto García se lamentaba de que: “ Circula el rumor...de que la órden de impedir a mi Ejército su entrada en Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganza contra los españoles.” Y visiblemente indignado agregaba: “Permítame Ud. que proteste...formamos un ejército tan pobre y harapiento como el ejército de sus antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América; pero a semejanza de los héroes de Saratoga y de Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía.”El 20 de mayo de 1902 nace la Republica de Cuba con el lastre de la Enmienda Platt, que otorga facultades a los Estados Unidos para intervenir en los asuntos internos de la nación cubana. Pero sería injusto atribuir a designios hegemónicos de Washington la segunda intervención norteamericana bajo Charles Magoon en 1906. Los próceres de la Guerra de Independencia devinieron en políticos corruptos y arrogantes que prefirieron una intervención extranjera antes que una negociación entre cubanos. El Presidente Theodore Roosevelt accedió a la intervención solicitada tanto por el gobierno de Estrada Palma como por la oposición después de agotar numerosas vías para calmar las pasiones. En 1933, con otro Roosevelt en el poder, causas y acontecimientos similares condujeron a la llamada “mediación” del Embajador Norteamericano Summer Welles, durante la crisis que se produjo con motivo de la caída del gobierno del General Gerardo Machado. Una vez más los cubanos, incapaces de entendernos para gobernar, abdicabamos de nuestra responsabilidad ciudadana y rendíamos nuestra soberanía nacional ante una potencia extranjera. El resultado fué una cadena de gobiernos corruptos, ineficientes y dictatoriales que crearon un estado de indiferencia y desesperación ciudadanas donde creció como la mala hierba el evangelio de odio del castrocomunismo. Al igual que en 1906 y 1933, desde 1959 los cubanos hemos buscado en Washington la solución a nuestra devastadora tragedia nacional. Analizado a la luz de la historia, el desastre de Girón no debió habernos sorprendido. Los norteamericanos se replegaron para proteger los que erroneamente creyeron sus intereses nacionales y los cubanos participamos a ciegas en un juego donde nuestros aliados tenían todas las cartas. Pero en Girón, a diferencia de la llamada “Crisis de los Cohetes”, Kennedy incurrió en un delito flagrante de traición a un grupo de hombres que había sido entrenado y armado por los Estados Unidos para poner fín a una amenaza común. Los breves años de confrontación abierta entre Washington y La Habana fueron seguidos por una etapa de compasión hacia las víctimas y de contemporización con el enemigo. Quienes tomamos el camino del exilio norteamericano fuímos calificados de “refugiados políticos” y se nos proporcinaron numerosas oportunidades para integrarnos a esta sociedad opulenta. Por su parte, el tirano disfrutó de impunidad para llevar la subversión y la guerra a las más remotas regiones del mundo como “condottiero” de la Unión Soviética. En un intento por abrir un frente en el campo de las ideas, el Presidente Ronald Reagan promovió la creación en 1984 de Radio y Televisión Martí, cuya eficacia se ha visto mermada por la falta de compromiso de sus sucesores para obtener fondos suficientes para sus operaciones. Al punto de que, 21 años después de su creación, el gobierno escatima unos miserables 10 millones de dólares para operar el avión que facilitaría una recepción nítida en la isla. Y cualquiera sabe que transmisiones sin recepción son literalmente “palabras que se lleva el viento”. Pero sin dudas lo más desconcertante ha sido la dialéctica de belicosidad sin acciones de los residentes de la Casa Blanca a lo largo de estos 46 años. Y lo más doloroso, el cambio drástico en la terminología y el trato a quienes se juegan la vida en el Estrecho de la Florida para escapar de la tiranía. Ya no somos “refugiados” sino “migrantes”. Ya no se nos acoge como víctimas del comunismo sino se nos devuelve a un infierno totalitario donde se violan todos los derechos humanos. La llamada “Ley de pies secos, pies mojados” no es otra cosa que un subterfugio para lavarse las manos y una estratagema para apaciguar al tirano. Es, sobre todo, una ley indigna de la tradición democrática, incluyente y compasiva de los Estados Unidos que fué puesta en vigor por nuestro taimado adversario Bill Clinton y debe ser derogada por quién se proclama nuestro amigo el Presidente George W. Bush. Y si el visionario que llevó la democracia a miles de millas de distancia en Iraq y Afganistan quiere contribuir a que florezca a sólo 90 millas, no tiene que enviar soldados ni gastar billones de dólares. Bastaría con que aplicara el Título III de la Ley Helms-Burton, el cual castiga a aquellos extranjeros que se asocian con el tirano para robarse nuestros bienes nacionales. En realidad, la ley no aplicada es peor que la ausencia de ley porque, si la segunda crea un vacío jurídico, la primera resta credibilidad al gobierno que la ignora. Un gobierno que hace ostentación de valores éticos como el del Presidente Bush no puede ignorar el Título III. Volviendo a nuestro “mea culpa”, es de esperar que los cubanos hayamos aprendido algo del rosario de sufrimientos y desastres en que hemos convertido nuestra vida nacional en los cien años de independencia nominal y de dependencia auto-impuesta, transcurridos desde el 20 de mayo de 1902. Nos acercamos irremisiblemente a un nuevo amanecer de libertad para el cual debemos empezar a prepararnos desde ahora. Un nuevo amanecer de interdependencia con todos y dependencia de nadie. Y, sobre todo, donde nuestras relaciones internacionales tengan como prioridad nuestros intereses nacionales. Si fracasamos no culpemos a más nadie que a nosotros mismos. Ya es hora de que el tomeguín aprenda a volar por sí mismo sin esperar por la protección del águila.
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- Fuente/Autor: Carlos Alberto Montaner
Por qué fracasó la República por Carlos Alberto Montaner
Nació en La Habana, Cuba. Prolífico autor, galardonado columnista, periodista y conferencista, que fue preso político y ha ejercido como profesor en numerosas universidades. Es fundador y presidente de la Unión Liberal Cubana y vicepresidente de la Internacional Liberal.
Hace cien años, el 20 de mayo de 1902, se inauguró la República de Cuba. En ese siglo los cubanos sólo han vivido 34 años bajo la autoridad de gobiernos elegidos democráticamente y 66 bajo diversas formas de compulsión autoritaria. Los últimos 43, como se sabe, han sido los de la dictadura comunista de Fidel Castro, la tiranía personal más larga que recuerda la historia de Occidente. ¿Por qué este lamentable fracaso? ¿Por qué los cubanos no pudimos crear una república democrática y pacífica?
En realidad, ése es un objetivo muy difícil. Casi todas las sociedades fracasan una y otra vez en la tarea de edificar un estado de derecho en el que las relaciones de poder se sustenten en la racionalidad y en la transmisión organizada y legítima de la autoridad. Los españoles, que en 1873 restauraron la dinastía de los Borbones e inauguraron una suerte de monarquía parlamentaria, en 1923 sufrieron un golpe militar que, unos años más tarde, desembocó en la segunda república, en la Guerra Civil y en la larga dictadura de Franco. Los portugueses, que estrenaron su república en 1910, tuvieron que esperar muchas décadas hasta gozar de los dones de la democracia. Los franceses, que hicieron su revolución en 1789, estuvieron definiendo y redefiniendo violentamente su modelo de estado hasta casi un siglo más tarde, cuando, en 1870, la Guerra Franco-Alemana liquidó el segundo imperio de Luis Napoleón. Incluso los ingleses, inventores de la democracia moderna, padecieron casi doscientos años de sangrientos conflictos, con decenas de miles de muertos, sin exceptuar reyes y reinas decapitados, hasta que en 1689 lograron colocar a los monarcas bajo el control del parlamento y sujetar a todos los ciudadanos bajo el peso de la ley.
Ahí quería llegar. Primero, es obvio que la creación de un estado de derecho universalmente respetado siempre conlleva un largo y durísimo periodo de aprendizaje. Y, segundo, la clave de la estabilidad política en cualquier sociedad que aspire a guiarse por métodos democráticos, radica en la sujeción voluntaria al imperio de la ley de la clase dirigente y del conjunto de la ciudadanía. No se trata de redactar una hermosa constitución que establezca derechos y deberes. Los ingleses ni siquiera cuentan con una, mientras los haitianos han promulgado más de veinte. El secreto está en que prevalezca en el grupo la voluntad de respetar las leyes, de castigar a quienes las violen, y la convicción de que nadie, por muy poderoso o encumbrado que sea, está por encima de las reglas aprobadas democráticamente. Es un problema de valores y principios, no una cuestión política.
Por eso se hundió Cuba. Los cubanos eran laboriosos y buenos creadores de riqueza. Fueron capaces de echar las bases de uno de los países más desarrollados y progresistas de América Latina, pero ni sus grupos dirigentes ni el conjunto de la sociedad comprendían la delicada naturaleza de un estado de derecho. Se burlaban las reglas electorales, había un grado notable de corrupción y se disponía de los recursos públicos para privilegiar a los partidarios. También era un país violento en el que los alzamientos, las conspiraciones y los asesinatos motivados por pasiones partidistas fueron bastante frecuentes y profundamente desestabilizadores. Así las cosas, la imagen de ''la política'' que se fue transmitiendo era terrible: una actividad de gente inescrupulosa que buscaba el poder para enriquecerse. De donde una buena parte de la ciudadanía dedujo una peligrosa falacia: de esta lastimosa situación vendría a redimirla un revolucionario honesto y justiciero. No la salvarían las instituciones ni el respeto colectivo a la ley, sino la acción enérgica de un caudillo excepcional.
Naturalmente, los caudillos excepcionales lo único que consiguen es multiplicar los males y los vicios que los han llevado al gobierno. En Cuba ya no hay más ley que la del dictador, y todas las riquezas de la nación están al servicio exclusivo de la clase dirigente, que las han convertido en patrimonio del poder político. Las buenas casas, la buena medicina, los viajes al extranjero, incluso la posibilidad de estudiar en la universidad son privilegios de los ''revolucionarios''. El que no quiera vivir miserablemente, tiene que callar y aplaudir.
Es posible, sin embargo, que el doloroso fracaso de los cubanos constituya el punto de partida de una república mucho más acogedora y pacífica, guiada por principios democráticos, tan pronto como se liquide la dictadura comunista. Parece que portugueses y españoles aprendieron su lección tras las largas tiranías de Oliveira Salazar y Francisco Franco. Probablemente, el mazazo de la Segunda Guerra transformó y reorganizó radicalmente la tabla de valores y las percepciones políticas de alemanes, japoneses e italianos. Los pueblos, como las personas, aprenden de sus errores, crecen, maduran, y se ''curan'' de sus peligrosos entusiasmos con las soluciones basadas en la fuerza y en la acción de los caudillos apostólicos. Los cubanos hemos perdido triste, cruel e inútilmente los primeros cien años de nuestra historia. Pero sospecho que hemos aprendido la lección. Ojalá.
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- Fuente/Autor: Patria de Martí
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