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Por qué fracasó la República

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Por qué fracasó la República por Carlos Alberto Montaner

Nació en La Habana, Cuba. Prolífico autor, galardonado columnista, periodista y conferencista, que fue preso político y ha ejercido como profesor en numerosas universidades. Es fundador y presidente de la Unión Liberal Cubana y vicepresidente de la Internacional Liberal.

Hace cien años, el 20 de mayo de 1902, se inauguró la República de Cuba. En ese siglo los cubanos sólo han vivido 34 años bajo la autoridad de gobiernos elegidos democráticamente y 66 bajo diversas formas de compulsión autoritaria. Los últimos 43, como se sabe, han sido los de la dictadura comunista de Fidel Castro, la tiranía personal más larga que recuerda la historia de Occidente. ¿Por qué este lamentable fracaso? ¿Por qué los cubanos no pudimos crear una república democrática y pacífica?

En realidad, ése es un objetivo muy difícil. Casi todas las sociedades fracasan una y otra vez en la tarea de edificar un estado de derecho en el que las relaciones de poder se sustenten en la racionalidad y en la transmisión organizada y legítima de la autoridad. Los españoles, que en 1873 restauraron la dinastía de los Borbones e inauguraron una suerte de monarquía parlamentaria, en 1923 sufrieron un golpe militar que, unos años más tarde, desembocó en la segunda república, en la Guerra Civil y en la larga dictadura de Franco. Los portugueses, que estrenaron su república en 1910, tuvieron que esperar muchas décadas hasta gozar de los dones de la democracia. Los franceses, que hicieron su revolución en 1789, estuvieron definiendo y redefiniendo violentamente su modelo de estado hasta casi un siglo más tarde, cuando, en 1870, la Guerra Franco-Alemana liquidó el segundo imperio de Luis Napoleón. Incluso los ingleses, inventores de la democracia moderna, padecieron casi doscientos años de sangrientos conflictos, con decenas de miles de muertos, sin exceptuar reyes y reinas decapitados, hasta que en 1689 lograron colocar a los monarcas bajo el control del parlamento y sujetar a todos los ciudadanos bajo el peso de la ley.

Ahí quería llegar. Primero, es obvio que la creación de un estado de derecho universalmente respetado siempre conlleva un largo y durísimo periodo de aprendizaje. Y, segundo, la clave de la estabilidad política en cualquier sociedad que aspire a guiarse por métodos democráticos, radica en la sujeción voluntaria al imperio de la ley de la clase dirigente y del conjunto de la ciudadanía. No se trata de redactar una hermosa constitución que establezca derechos y deberes. Los ingleses ni siquiera cuentan con una, mientras los haitianos han promulgado más de veinte. El secreto está en que prevalezca en el grupo la voluntad de respetar las leyes, de castigar a quienes las violen, y la convicción de que nadie, por muy poderoso o encumbrado que sea, está por encima de las reglas aprobadas democráticamente. Es un problema de valores y principios, no una cuestión política.

Por eso se hundió Cuba. Los cubanos eran laboriosos y buenos creadores de riqueza. Fueron capaces de echar las bases de uno de los países más desarrollados y progresistas de América Latina, pero ni sus grupos dirigentes ni el conjunto de la sociedad comprendían la delicada naturaleza de un estado de derecho. Se burlaban las reglas electorales, había un grado notable de corrupción y se disponía de los recursos públicos para privilegiar a los partidarios. También era un país violento en el que los alzamientos, las conspiraciones y los asesinatos motivados por pasiones partidistas fueron bastante frecuentes y profundamente desestabilizadores. Así las cosas, la imagen de ''la política'' que se fue transmitiendo era terrible: una actividad de gente inescrupulosa que buscaba el poder para enriquecerse. De donde una buena parte de la ciudadanía dedujo una peligrosa falacia: de esta lastimosa situación vendría a redimirla un revolucionario honesto y justiciero. No la salvarían las instituciones ni el respeto colectivo a la ley, sino la acción enérgica de un caudillo excepcional.

Naturalmente, los caudillos excepcionales lo único que consiguen es multiplicar los males y los vicios que los han llevado al gobierno. En Cuba ya no hay más ley que la del dictador, y todas las riquezas de la nación están al servicio exclusivo de la clase dirigente, que las han convertido en patrimonio del poder político. Las buenas casas, la buena medicina, los viajes al extranjero, incluso la posibilidad de estudiar en la universidad son privilegios de los ''revolucionarios''. El que no quiera vivir miserablemente, tiene que callar y aplaudir.

Es posible, sin embargo, que el doloroso fracaso de los cubanos constituya el punto de partida de una república mucho más acogedora y pacífica, guiada por principios democráticos, tan pronto como se liquide la dictadura comunista. Parece que portugueses y españoles aprendieron su lección tras las largas tiranías de Oliveira Salazar y Francisco Franco. Probablemente, el mazazo de la Segunda Guerra transformó y reorganizó radicalmente la tabla de valores y las percepciones políticas de alemanes, japoneses e italianos. Los pueblos, como las personas, aprenden de sus errores, crecen, maduran, y se ''curan'' de sus peligrosos entusiasmos con las soluciones basadas en la fuerza y en la acción de los caudillos apostólicos. Los cubanos hemos perdido triste, cruel e inútilmente los primeros cien años de nuestra historia. Pero sospecho que hemos aprendido la lección. Ojalá.

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Carlos Alberto  Montaner
Author: Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal. Es uno de los periodistas más leídos del mundo hispánico. La revista Poder calculó en seis millones los lectores que semanalmente se asoman a sus columnas y artículos
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