- Eduardo Mesa
El consuelo de las cartas y el abismo de las conspiraciones
Mi vecina Cuca era cartomántica, cobraba dos pesos por consulta y tenía una clientela fija que, si bien no era muy numerosa, compensaba este déficit con una gran fidelidad. Recuerdo a varios de los clientes de Cuca subiendo las escaleras sigilosos, buscando sosiego en las predicciones de mi vecina. Todos tenían algo en la mirada y en el gesto: un toque de superioridad, un aire de iniciados, condescendientes con los pobres mortales que no tienen el valor de asomarse a las revelaciones de la baraja.
Cuca era buena gente, y yo le tenía cariño. No era una estafadora; ella también creía en su don espiritual, lo que hacía más convincentes sus presagios, que no eran otra cosa que las generalizaciones de siempre.
Los adivinos, de cualquier especie, terminan por decir lo que queremos escuchar. Si son buenas personas, como lo era Cuca, el peligro es menor; si no lo son, puedes caer en manos de un manipulador, un delincuente o ambas cosas. Algo similar ocurre con las redes de las teorías de la conspiración. Ambas necedades nos exponen a peligros innecesarios a la vez que alimentan nuestra necesidad de seguridad y control.
En los últimos tiempos, las teorías de la conspiración han ganado terreno. La última y más exitosa versión es QAnon, surgida en Estados Unidos en 2017. Sus seguidores creen en una supuesta red secreta de élites globales que controlan el mundo, están involucradas en actividades ilegales y que solo ciertos políticos o figuras públicas, como Donald Trump, pueden detenerlos. La teoría se basa en publicaciones anónimas hechas en foros como 4chan por alguien que se hacía llamar “Q”, quien afirmaba tener acceso a información privilegiada del gobierno.
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