- Jorge Luis León
Los actos de repudio de aquellos tristes años de los 80
¡Que se vaya la escoria!
Pocos recuerdos traen tanta amargura a mi memoria como los de aquellos años oscuros de la década de 1980 en Cuba, cuando los llamados actos de repudio se convirtieron en práctica cotidiana, organizada desde las estructuras del poder para castigar, humillar y quebrar la dignidad de quienes deseaban ejercer su derecho a emigrar. Fue una cacería vil, impregnada de ponzoñas, bajezas y un fanatismo que pocas veces ha hundido tanto a un pueblo entero.
El grito de guerra era simple, crudo y cruel: “¡Que se vaya la escoria!”. ¿La escoria? Eran tus vecinos, el maestro de tu hijo, los padres de tu mejor amigo, un familiar, incluso el ser más noble y solidario del barrio. Esa consigna infame convirtió a la ciudadanía en manada, y a la vergüenza en espectáculo público.
La trampa cruel contra un maestro
Recuerdo con dolor un hecho que me marcó profundamente. En una escuela se fraguaba una trampa infame: atraer a un profesor querido y respetado, Javier González, bajo el falso pretexto de entregarle su baja laboral. En realidad, estaban organizando un acto de repudio masivo en su contra. Su único "delito": querer salir del país.
Tuve conocimiento del plan y sentí asco… asco por la trama, por la vileza de los implicados, por la frialdad con que se manipulaba el odio. Advertí al maestro: “No vayas. Es una trampa.” Javier era un hombre estudioso, íntegro, de gran porte moral. Se salvó del escarnio, pero nunca de la tristeza que esa realidad le dejó en el alma.
Frente al Preuniversitario de Guanabacoa
Otro recuerdo imborrable fue frente al Pre de Guanabacoa. Una turba de estudiantes y profesores, encabezada por el director del centro —un miserable de nombre René— rodeaba y golpeaba a otro profesor que caminaba en silencio, con dignidad. Lo empujaban, le gritaban. Él, erguido, parecía enterrar con su paso recto la miseria humana de sus verdugos.
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