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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Joe Biden es el 46º presidente de Estados Unidos. A diferencia de otros jefes de Gobierno de la nación anteriores, su Administración funcionará más como un régimen que como un Gobierno.
En una democracia, los gobiernos y la sociedad civil desempeñan papeles diferentes. En este momento, instituciones fundamentales como la prensa y sus equivalentes del siglo XXI, las redes sociales, son brazos políticos extendidos del Partido Demócrata en el poder.
Las empresas privadas reflejan en su conducta la regimentación corporativista fascista. Un régimen incluye un Gobierno, pero además, trae consigo un conjunto de instituciones, leyes, rituales, sistemas de creencias y una estructura de poder. Identificar a la Administración Biden como un gobierno simplemente, sería erróneo. Se trata de una presidencia postmoderna.
Para entender y apreciar todas las políticas que emanarán de la Casa Blanca de Biden, la racionalización que hay detrás de ellas y la visión del mundo sobre la que se construye, es primordial tener un poco de información sobre lo que es exactamente el postmodernismo. Básicamente, el postmodernismo es el marco intelectual en el que vivimos actualmente.
Comenzó a extenderse en la década de 1960. Esta visión integral del mundo fue importada de Francia y llegó de lleno con el marxismo alemán de la Escuela de Frankfurt. En esencia, lo que afirma es que la verdad y el conocimiento se construyen principalmente de forma social y no pueden descubrirse de forma objetiva. El postmodernismo afirma que lo que uno cree que es “verdadero”, es estrictamente una función del acuerdo de poder social existente.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Donald J. Trump es ahora oficialmente un expresidente. La historia demostrará que su papel como gestor de Estados Unidos fue seminal por muchas razones. El cambio de paradigma que comenzó a consolidarse en 2016, por el que Trump merece un gran crédito, fue una reafirmación en el siglo XXI de los valores y las creencias del excepcionalismo americano. Este renacimiento nacional supuso un repudio de facto a una cosmovisión internacionalista (o globalista) que se afianzó entre las democracias tras la Segunda Guerra Mundial y se acentuó secuencialmente tras el colapso de la Unión Soviética. La esfera económica recibió la primacía, dejando a un lado los principios ideológicos y antropológicos fundamentales y entregando la cultura a los ingenieros sociales intelectuales de tendencia marxista. Tanto los liberales como los conservadores de la vieja derecha acabaron siendo acompañados por los socialistas en el escenario del mercado mundial, a pesar de tener credenciales éticas desiguales.
Hay una moralidad para cada curso político. Trump siguió un camino alineado con los principios idiosincrásicos innatos de Estados Unidos que preceden a la Revolución Americana, pero que se entienden mejor en la Declaración de Independencia y en la ruta fundamental que siguió y que hizo de Estados Unidos el país más libre y próspero de la tierra. La responsabilidad individual, el amor a la patria, el respeto a la ley y a su imperio, la creencia en un orden trascendental superior, la subscripción al sistema de libre empresa y la comprensión de que la libertad es el derecho natural más preciado, fueron las directrices morales que impulsaron las políticas del 45º presidente. Esto es lo que nos dice la evidencia empírica.
Economía
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
El socialismo americano no es la socialdemocracia europea.
Uno de los mayores malentendidos en la cultura popular es la noción de “socialismo democrático”. No existe. La mentira que políticos socialistas como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) y la izquierda americana han estado promoviendo es un mito fabricado. Es una astuta estratagema para engañar a la ciudadanía.
El socialismo “democrático”
El uso del adjetivo “democrático” sirve para camuflar el abismal fracaso moral, político y económico del socialismo. El socialismo americano tiene una integración totalmente marxista. De hecho, rechaza inherentemente el Estado de bienestar social y los esquemas socialdemócratas. El socialismo americano entiende a esas alternativas como excusas meras. La nueva administración Biden, dirigida por el actual Partido Demócrata de extrema izquierda, retomará la dura “larga marcha a través de las instituciones” que comenzó Obama.
Destacando una variante mitológica del “modelo nórdico” (Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia), una fusión oscilante de una estructura de Estado de bienestar social con diversos grados socialdemócratas, el movimiento socialista de Estados Unidos está en otro campo de juego. Nada mejor que el discurso del ex Primer Ministro danés Lars Løkke Rasmussen en la Harvard Kennedy School of Government, en 2015, para aclarar la diferencia entre el “modelo nórdico” y el socialismo. “Sé que algunas personas en Estados Unidos asocian el modelo nórdico con algún tipo de socialismo”, dijo.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
El Reichstag de Estados Unidos.
En 1933, el edificio del Reichstag que albergaba el Parlamento alemán fue incendiado. Los nazis apenas llevaban cuatro meses en el poder, pero este incidente sirvió como puerta para la consolidación totalitaria. Hasta la fecha, nadie sabe con certeza quién llevó a cabo este acto destructivo. Los nacionalsocialistas, sin embargo, convencieron al presidente Hindenburg de que los comunistas eran los responsables. Con unos pocos pasos legales, primero vino el Decreto de Incendios del Reichstag, luego las Leyes de Habilitación, y, con eso la democracia alemana había firmado su pacto de suicidio. Algo similar está tomando forma en Estados Unidos en este momento.
La entrada forzosa en el edificio del Capitolio el 6 de enero por una pequeña fracción de un grupo mucho más grande de manifestantes pacíficos, parece haber presentado un pretexto para que la izquierda intente aplastar la oposición relevante. Esto está siendo llevado a cabo por el Partido Demócrata con la total complicidad de la facción republicana anti-Trump, los medios de comunicación, las Big Tech y el capitalismo político.
Además de la supresión burda de la libertad de expresión, las listas negras y el estrangulamiento financiero, se han presentado cargos de destitución contra el presidente Donald Trump. Además, los 6 senadores y 121 miembros de la Cámara Baja que actuaban dentro de su ámbito constitucional y desafiaban los votos del colegio electoral, están siendo atacados salvajemente. La narrativa que da cabida a esta toma de poder descarada es la noción ridícula de que esto fue una “insurrección” y un “intento de golpe”. La falsa afirmación de “golpe” incluye la prerrogativa constitucional de los líderes del Congreso de cuestionar la validez de los votos del colegio electoral.

