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Desaparecidos y Tácticas de Guerra

Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Publicado: 10 Julio 2006

Julio92x93Desaparecidos y Tácticas de Guerra por Julio M. Shiling

El tema de los "desaparecidos" ha resultado una genial componenda con una instrumentación muy bien elaborada para facilitar el camino al poder. En el léxico político, el acto de "desaparecer" a alguien consiste en la detención y ejecución, sin juicios y extraoficialmente, de un opositor real o imaginario. De este fenómeno, Argentina es un caso paradigmático.

Incuestionablemente hubo desapariciones en Argentina. Por supuesto que no los números bombásticos e hiperinflados ofrecidos. Cifras serias varían entre 4000 y 7706. Tarea complicada por la constante "reaparición" de personas consideradas "desaparecidas" y que, sin embargo, estaban viviendo y activos en Europa, América Latina y en los ex–países socialistas. Indemnizaciones posteriores a familiares, aseguran que los números nunca lograrán proporciones reales.

La práctica sistemática de detener y ajusticiar combatientes sin revisión jurídica, se llevó a cabo por gobiernos argentinos, democráticos y no-democráticos, durante la década del 70. Esta actividad se recrudeció con la intervención castrense de 1976, la que duró hasta 1979.

Argentina llevaba ya, desde 1955, una lucha para impedir la usurpación del poder por movimientos marxistas armados. Esta fuerza insurreccional, durante la mayor parte de los años 60, operó como guerrillas rurales. Al contener exitosamente las fuerzas públicas el avance comunista, los insurgentes llevaron la guerra a las ciudades. Ahí comenzó la intensificación de la contienda y la conversión de la misma, por sus síntomas, en una guerra civil.

Entre 1969 y 1979 los insurrectos comunistas cometieron 21,642 actos terroristas. Reducidos, por fusión o sobrevivencia, a dos grupos principales: el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros, se convirtieron en formidables guerrillas urbanas sin renunciar a la campaña rural. En ese momento fueron la fuerza subversiva más potente en el continente. La premisa marxista insta, doctrinalmente, a asistir violentamente a la "lucha de clases", facilitando el exterminio de toda clase no-proletaria (léase no-marxista). Los revolucionarios argentinos resultaron adeptos magistrales ya que los asesinatos, secuestros, atentados dinamiteros y robos fueron desplegados indiscriminadamente contra sindicalistas, políticos, empresarios, gremialistas, obreros, ejecutivos, académicos, periodistas, religiosos, en adición a policías, soldados y oficiales, sus instituciones y cualquier familiar que estuviera cerca en el momento del crimen.

Las autoridades públicas argentinas empleando el mecanismo de capturar y matar extraoficialmente a los apresados de las fuerzas subversivas, pusieron fin a la guerra. La contraofensiva lanzada por el gobierno y el régimen militar en particular, neutralizó la búsqueda del poder de los marxistas por a vía armada. Sus integrantes y simpatizantes desertaron de este camino y buscaron rutas alternas hacia el poder.

El nuevo campo de batalla fue la opinión pública internacional. Nada más fácil que victimizar al que perdió la guerra. No importa si fueron los que la empezaron. La intensa campaña de victimización necesitaba de "víctimas" y "villanos". Los que escaparon al exterior gracias al comunismo internacional y sus cómplices de la izquierda, coreografiaron espectacularmente la embestida psicológica.

Como metodología, sería obligado descontextualizar la historia. De esa forma habría un claro "villano". Extirparon, del largo proceso de lucha antisubversiva, el periodo después del golpe militar de 1976, ignorando 21 años previos de constante enfrentamiento bélico contra las fuerzas antisistemas. Así se desarrollo el trauma de los "desaparecidos". El descarado arte de descontextualizar, de hacer un paréntesis de sólo un tramo de historia y pretender que no tiene vínculos orgánicos, de hacer creer que toda la violencia surgió a partir del golpe castrense y que ellos "respondían" a dicho acto, fue posible sólo por la desinformación, la aptitud hacia la ignorancia y el acondicionamiento ideológico. El efecto no se puede separar nunca de la causa.

Enjuiciar moralmente la practica de "desaparecer" es un tema sano para una sociedad pluralista, siempre y cuando no se desligue del contexto en que se vivió. Si las autoridades (incluyendo el régimen militar de 1976) utilizaron métodos no- convencionales para ganar la guerra, la realidad es que no fueron ellos los que los iniciaron. Las fuerzas comunistas, particularmente cuando enfocaron su guerra en las ciudades, operaban totalmente de modo no-convencional. Las normas establecidas de guerra, como la de vestir uniformes, atacar sólo a uniformados y a lugares alejados de la ciudadanía no-castrense, tenía el propósito de evitar bajas civiles e inocentes.

Las fuerzas subversivas, al elegir librar su guerra de modo no- convencional: escudándose bajo la ciudadanía civil, rehusando vestir uniformes y no operando desde territorios claramente marcados como zonas de guerra, prescribieron su futuro. Si es condenable detener y matar a un combatiente enemigo, tan condenable es llevar a cabo una guerra poniendo en riesgo la vida de personas inocentes y no interesadas en la "lucha de clases" u otras diatribas doctrínales que dan licencia para el asesinato. Las fuerzas marxistas ejercieron una criminal irresponsabilidad en el pleno de la sociedad desarmada al combatir el orden establecido, violentamente, convirtiendo cada calle en un campo de batalla.

La cuestión de que si todos los desaparecidos eran o no subversivos es otro punto válido para polemizar. En toda guerra hay bajas inocentes. Igual, ninguna guerra está eximida de excesos. Eso incluye a todos los que combaten de ambos lados. El jerarca montonero Mario Firmenich, sin embargo, hizo notorio su insistencia en que la mayor parte de los "desaparecidos" fueron "militantes", que "con conciencia, con pasión" desarrollaron sus acciones y no inocentes desligados del proceso conspirativo. Aparte, es una cobardía cambiarles a sus caídos el título de combatientes por el de víctimas inocentes.

¿Pudieron los militares de 1976 haber ejercido más prudencia al confrontar a los terroristas ya que representaban al estado argentino? ¿Hubiera parado la ofensiva comunista una simple acción policial, sin intervención pretoriana? Ahora es improbable, si se busca ser justo con precisión, hacer un análisis con hechos descontextualizados alejados del sangriento proceso que aspiraba al total derrocamiento del sistema social operante desde que se fundó la nación, contra un enemigo cuyos soldados se camuflaban de civil, financiado con un impresionante botín autóctono (más de $70 millones en aquel momento), más al respaldo económico y militar de Cuba comunista y la extinta URSS en plena Guerra Fría.

Lo cierto es que sobre los hombros de las autoridades argentinas de aquella época estaba la probabilidad, o no, de que los terroristas, empleando una guerra no-convencional, tomarán el poder. Tal vez la derogación de instrumentos democráticos, como la Cámara Federal de Penal, que juzgó y condenó a más de 2,000 subversivos, y la posterior amnistía que los liberó en pleno contienda bélica de 1973, influyó en la decisión. La inefectividad de los gobiernos Cámpora y Perones (1973-1976) y el hecho de que ni un solo terrorista en ese sangriento periodo de la guerra (52% de los actos terroristas fueron cometidos en esos años) fuera condenado, pudo haber sido persuasivo. Solo se podrá especular.

La cuestión más relevante en la temática de los "desaparecidos" es la de hacerle un juicio moral como táctica de guerra. Esto requiere, naturalmente, de la inclusión de la metodología de los subversivos. Sería injusto emitir juicio sobre la práctica de un bando y no del otro. Surge entonces la pregunta clave, ante un reclamo de "victimización", ¿Qué es más (o menos) ético, detener y matar a un combatiente opositor, o asesinar, poniendo una bomba en la cabecera de la cama de un enemigo. El juicio se hace más complicado y obliga a la inclusión de cuáles eran los propósitos que daban justificación a esos actos terribles.

Uno luchaba por la defensa de la continuidad con todas sus imperfecciones, pero perfectibles por vías evolutivas. El otro, obedecía a ideas que requería la destrucción de todo el orden existente, desde lo más elemental, para implantar un sistema esclavizador con un historial pésimo. El mundialmente emblemático escritor argentino del Siglo XX, Jorge Luís Borges, dijo "Prefiero la clara espada a la furtiva dinamita". Yo coincido con el maestro.

 

De Indecentes y Docentes

Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Publicado: 06 Junio 2005

Julio92x93 De Indecentes y Docentes por Julio M. Shiling

Ante la convulsión que atraviesa Argentina en estos días, apoyamos la libertad de expresión. Por eso secundamos la valiente actitud de los gobiernos provinciales de Neuquén y Salta. La protesta cívica para preservar su valiosa relevancia dentro de una democracia funcional, requiere de la clara demarcación entre lo legítimo y lo delincuencial. Cuando, buscando alzas salariales, los docentes adoptan actitudes gangsteriles bloqueando rutas y carreteras, renuncian al amparo de la legitimidad en cualquier país que presuma de ser un país serio. Claro que en la Argentina de Kirchner, esta disposición popular se ha convertido en el modus operandi de esas masas leales al régimen vigente.

Cuando la justicia se ciega (o es cegada) y adopta una monstruosa y delictiva tolerancia que, con prejuicios ideológicos, criminaliza la opinión disidente y estimula descaradamente la criminal disposición de esa parte de la ciudadanía aliada a su política, la libertad es sitiada. En ese momento, un "derecho" se convierte en la licencia oficial para transgredir. Pienso que la despiadada violencia que ejercen estos grupos antisistemas, debe traerles un deja vu a muchos de los que componen el gabinete de Kirchner. Añoranzas, tal vez, de un pasado "revolucionario" y simpatía, sin duda, de esa industria de "protestantes sociales" profesionales.

La muerte del docente en Neuquén es de lamentar. Las autoridades provinciales deben de conducir las investigaciones pertinentes. Pero los responsables del suceso son, en primer lugar, los que legitimaron la irresponsable e ilegal conducta que el fallecido maestro estaba ejerciendo, es decir, su sindicato. ¿Son docentes o agitadores políticos? En segundo lugar, si ciertos individuos deciden excederse en la aplicación de la ley, condenable como esto es, la culpa reposará sobre los hombros de un sistema incapaz de mantener el orden y del liderazgo central que tolera, facilita su movilización, costea sus operaciones y estimula esta "manera" de protestar.

No es una coincidencia que los gobernadores de Neuquén y Salta no estén en la lista de los sumisos al régimen kirchneriano. Podríamos decir que, extraoficialmente, hace tiempo que cayeron en "desgracia". Lo que sí es seguro, es que mientras se le llame "protesta social" a actos facinerosos, la libertad (lo que queda de ella) continuará su tortuoso y selectivo racionamiento. Los gobernadores de Neuquén y Salta hoy luchan por los derechos de los argentinos a vivir en paz y con seguridad. Todos. No sólo los que apoyan al gobierno central y gritan más. Sino todos.

 

Martí y el deber

Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Publicado: 05 Abril 2005

Julio92x93 Martí y el deber por Julio M. Shiling

"¡Triste el que muera sin haber hecho obra!", nos relató el Apóstol. Más de 49 años de despotismo marxista han dado amplia ocasión para que hijos ennoblecidos consagran el altar patrio con dádivas fruto del deber. Cementerios en tierra y mar abarrotados de mujeres y hombres por miles y a través de las décadas, las pesadas y giratorias puertas de las cárceles castristas; generaciones nacidas en la diáspora, impregnadas de una indomable cubanía e, intramuros, la inexistencia del "hombre nuevo", dan constancia sustanciosa a eso. Sin duda, el cubano ha tenido un paradigmático ejemplo en el Maestro. El 19 de mayo, día de partida de Martí y víspera de la independencia cubana, obliga a la reflexión del concepto del deber.

Con su talento excepcional y diversificado, Martí le hubiera hecho honor al más exigente y remunerador de los deseos de cualquier vida privada. Familia, sueño, fortuna material, todas importante y todas palpables posibilidades, las donó como un generoso filántropo. El deber sería el principal recipiente de su fortuna. El poeta político nacido en la Calle Paula, tenía claro para lo que vino al mundo. Y con la luz de su frente navegó para asegurar, en su caso, que "La muerte de un justo es una fiesta en que la tierra se sienta a ver cómo se abre el cielo".

Martí vivió preparando el día de su partida y de esa "fiesta" concebida. No en los detalles de como iba a morir, sino con la altura que tenía que vivir para enfrentar los compromisos adquiridos con un camino, incluso antes de nacer. Sacrificios, pero dulces y obligados si se pretendía no vivir muriendo. Las frías calles de un Nueva York despalmado sintieron más sus pasos que ningún otro lugar, un precio necesario para así poder vivir en libertad y organizar la benéfica gesta emancipadora para su tierra natal. Sin embargo, un continente completo fue su maestral escenario, que por medio del fascinante arte de su prosa, marcó un hito inigualable hasta nuestros días. Pero fue, sin embargo, en la sensatez de sus ideas donde su genialidad manifestó más bríos.

Mientras muchos de sus contemporáneos de calibre intelectual se emborrachaban con enfermizas teorías socio-políticas, Martí se mantuvo sobrio. Las tóxicas proposiciones de lucha de clases, agitaciones anarco-sindicalistas, inventos comunales utópicos y la colectivización de la propiedad (en su amplia definición) fueron consideradas ridículas y peligrosas por el Maestro. El falso nombre de una tergiversada "libertad" que proponían estos absurdas esquemas, nunca engatusaron a Martí. Siempre comprendió que la libertad es la ausencia de coerción. Todo el resto es licencia para el despotismo. Su capacidad de mantener pulcra la gama de su vasto arsenal intelectual, evidencia la superioridad de su esencia. El regalo que llevaba Martí era transcendental.

Su condición de místico le facilitó, sin duda, no sólo la claridad de su pensar, sino la determinación para cumplirlo. "Cada cual al morir enseña al cielo su obra acabada, su libro escrito, su arado luciente...". Este convencimiento llevó a Martí a abrazar entrañablemente el deber. "¡Se sale de la tierra cuando se ha hecho una obra grande!". Martí salió con creces. Ahora espera y lucha para las grandes obras en construcción que, con su inspiración, se están preparando. Ya lo veremos.

 

 

 

El Paradigma Iraquí

Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Publicado: 26 Octubre 2004

El Paradigma Iraquí por Julio M. Shiling

Las elecciones van entrando en la recta final. La Guerra contra el Terror, particularmente en su componente Iraquí, se ha convertido en el tema más enfático de la contienda política.

Ningún presidente norteamericano había tenido que lidiar con un ataque directamente dirigido a civiles en su territorio. Este movimiento de masas violento tuvo como autor a una ideología radical y fue ejecutado por un ejército multinacional desuniformado que pretende la utópica premisa de imposición global. El Presidente Bush autorizó la implementación de una política de copioso alcance para neutralizar la esencia de ese enemigo: el islamismo radical.

La respuesta del Presidente George W. Bush fuera del territorio norteamericano a los ataques, ha sido la Doctrina Bush, una estrategia integradora que esta compuesta por cuatro principios: acción preventiva, patrocinar democratización, coaptación y un realineamiento ideológico. La primera actúa contra la amenaza antes de que se produzca un ataque; la segunda provee la proliferación democrática. Incorporar amigos cuestionables y enemigos antiguos en la lucha contra el terror es el tercero y el realineamiento ideológico por medio de la expansión democrática, exfoliaría del islamismo su arsénico fundamentalismo, es el cuarto. ¿Y ha logrado la Doctrina Bush sus objetivos?

No ha habido, desde el 11/9, ningún ataque masivo en territorio estadounidense. Esto no es una casualidad. Afganistán e Irak son libres y encaminados ha instaurar sistemas autóctonos democráticos. Esto es de extrema importancia, particularmente en el caso de Irak (tiene fronteras con 6 países musulmanes). El 75% de los terroristas de Al Qaeda han sido
neutralizados.

Los insurgentes suman entre 5,000 a 10,000. Esto representa menos del .04% de la población iraquí. Es más, la mitad no son ni siquiera iraquíes. Voluntarios para la policía iraquí, la Guardia Nacional y el ejército exceden la posibilidad de los norteamericanos para entrenarlos. Hoy hay más de 125,000 soldados iraquíes defendiendo su país. Elecciones libres (las primeras) tendrán lugar en enero.

El intento de desvincular a Hussein de los ataques del 11/9 tiene 3 fallas, e ignora la correlación de intento. El autor intelectual de los ataques a las Torres Gemelas en 1993 (el primer ataque) fue un oficial del servicio de inteligencia iraquí. Por años, la Irak de Hussein fue un santuario terrorista. Irak Baathista invadió a dos de sus vecinos, químicamente atacó a su pueblo y aceptó regirse por resoluciones de las Naciones Unidas, 18 en total, las cuales, todas, fueron violadas. Hoy, esclarecido el escándalo de corrupción de la ONU en su proyecto de "comida por petróleo", se puede comprender mejor la conducta apologista de la fallida política de contención.

El acopiamiento de información de inteligencia no es una ciencia exacta. Que un informe, considerado perfecto en un intervalo, se demuestre luego imperfecto no disminuye la legitimidad de una acción cuyas variables permanecen inmutables y apoyan la base para actuar. Al Qaeda es sólo un componente del islamismo radical. Su propósito común alineó el movimiento de Bin Laden con una gama de regímenes cuya congruidad de fines no desmienten la hipótesis que vincula una concordancia de los medios. ¿Para qué esperar a que un régimen notorio patrocinador del terrorismo alcance el mecanismo para que un agente dispuesto, llámese Al Qaeda, Hamas o cualquier otro grupo extremista islámico, aniquilen esta vez la ciudad entera de Nueva York? Irak es un campo de batalla mucho más preferible a Brooklyn o el Mall de Washington.

Ganarle la guerra al terrorismo y mantener las metas, a largo plazo, de promover la democratización, son cruciales para derrotar al islamismo radical. La institucionalización de la libertad causaría un alineamiento ideológico y así brotaría un paradigma seminal. Los incrédulos deben mirar hacia Japón y leer su historia. Agendas anti-guerra, pacifistas o izquierdistas, extrañamente amigables estos días con el fundamentalismo islámico, serían azarosa.

Es propio que, mientras los agresores que traman nuestra destrucción luchan por su sobrevivencia en Irak, nosotros, los votantes, atribuyamos el merecido enfoque que la Guerra contra el Terror merece, especialmente nuestro compromiso en Irak.

 

 

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