Acabemos con el castrismo para derrotar al Irán islámico

Acabemos con el castrismo para derrotar al Irán islámicoAcabemos con el castrismo para derrotar al Irán islámico

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La República Islámica de Irán se tambalea. Su cúpula directiva ha sido decapitada, sus fábricas de misiles y sus defensas aéreas yacen en ruinas, y su capacidad militar convencional ha quedado destrozada. Sin embargo, el régimen se niega a caer. En su lugar, ha dado un giro hacia la guerra asimétrica clásica: provocaciones a través de terceros, diplomacia de rehenes y una implacable manipulación mediática. Teherán entiende que su supervivencia depende ahora menos de las victorias en el campo de batalla que del control del discurso. Necesita que las cámaras del mundo se centren en Irán, Beirut y el Golfo Pérsico para poder hacerse pasar por víctima, alargar las negociaciones y presentar a Estados Unidos como la parte desesperada que suplica un acuerdo.

Esto no es una especulación. Es el manual de Vietnam actualizado para el siglo XXI. Los comunistas de Hanói nunca derrotaron a las fuerzas estadounidenses en combate abierto, pero ganaron la guerra en los hogares de los estadounidenses. Irán apuesta a que la misma estrategia volverá a funcionar. Cada día que Oriente Medio domina el ciclo de noticias es un día más que los ayatolás ganan para reagruparse, rearmarse a través de redes de contrabando y esperar a que cunda el cansancio político estadounidense. El resultado ya es visible. Washington parece ansioso por cualquier acuerdo que le permita salvar las apariencias, mientras que Teherán huele la debilidad. Solo un cambio total de régimen puede garantizar a Occidente el fin de la posibilidad de un Estado yihadista nuclear.

Por eso hay que romper el monopolio mediático. La forma más segura de romperlo es abriendo un segundo frente más cerca de casa. Estados Unidos debería actuar con decisión ahora para acabar con el régimen comunista de los Castro en Cuba. Una demostración rápida e inequívoca de la determinación estadounidense a noventa millas de Florida dividiría al instante el foco de la atención informativa mundial. Le negaría a Irán su escenario exclusivo y devolvería la iniciativa estratégica a Estados Unidos e Israel en Oriente Medio.

Cuba no es un espectáculo secundario. Al igual que Venezuela e Irán, el régimen castrista ha demostrado ser inmune a la diplomacia, a las sanciones no aplicadas o a las medias tintas. Solo la presión militar creíble —o la amenaza real de la misma— ha obligado alguna vez a concesiones reales por parte de sistemas totalitarios tan arraigados. Las actuales «conversaciones» entre La Habana y la Administración Trump ya se han estancado exactamente donde los críticos predijeron que lo harían. Desde la perspectiva de la isla comunista, se trata de una maniobra de mutación. Esta travesía, como era de esperar, consistiría en un castrismo ligeramente modificado, probablemente con tintes putinistas, con la misma policía secreta, el mismo monopolio del poder político y el mismo odio antiamericano.

Los rumores de que la dictadura está tratando de establecer un canal secreto directo con el presidente Trump, pasando por alto al secretario de Estado Marco Rubio —ampliamente considerado como el artífice de una política de línea dura hacia Cuba— están ahora prácticamente confirmados. La Habana sabe que Rubio no se conformará con cambios cosméticos. Por lo tanto, está buscando un interlocutor más blando. Esta es otra manifestación de una táctica de retraso en el juego para alargar el calendario más allá de las elecciones de mitad de término.

El tiempo es esencial. Cada semana que sobrevive el régimen comunista cubano es otra semana en la que crece la posibilidad de que sobreviva. Cada semana que el pueblo estadounidense solo ve titulares sobre Irán es otra semana en la que los mulás creen que pueden aguantar más tiempo. Una acción en Cuba reportaría tres dividendos estratégicos inmediatos. En primer lugar, haría añicos el dominio informativo de Irán. Los votantes estadounidenses y los medios de comunicación mundiales estarían de repente observando operaciones de cambio de régimen en tiempo real justo frente a la costa de Florida. La narrativa de victimismo de los ayatolás perdería su monopolio. Sus representantes en el Líbano y Yemen parecerían menos importantes.

Otro beneficio significativo es que enviaría a Teherán la señal de que Washington puede luchar y ganar en dos frentes simultáneamente: un mensaje inequívoco de que la era del declive controlado y las negociaciones interminables ha terminado. En tercer lugar, el éxito en Cuba demostraría que Estados Unidos puede sustituir una dictadura comunista esclerótica por un gobierno democrático que funcione. Una Cuba libre que ejerza la democracia, respaldada por mecanismos tempranos y sólidos de justicia transicional para evitar ajustes de cuentas o el retorno de un régimen dictatorial, no solo es posible, sino históricamente plausible. El pueblo cubano ha demostrado su valentía en repetidas ocasiones. Lo que le ha faltado es la presión externa decisiva que impida que la vieja nomenklatura totalitaria se reagrupe.

Los críticos advertirán que un cambio de régimen en Cuba sería caótico. Eso no es cierto. Sin embargo, las alternativas —un narcoestado comunista atrincherado a noventa millas de nuestras costas, o un acuerdo para salvar las apariencias en Irán que deja intacta la teocracia— son mucho más caóticas. Siria, Egipto y Arabia Saudí ofrecen modelos imperfectos pero instructivos para un Irán libre naciente. Cuba tiene raíces históricas ancladas en el ejercicio de la práctica democrática y los valores occidentales. La nación exiliada cubana ha demostrado ser una ciudadanía formidable según los parámetros sociales, económicos y políticos internacionales comparativos.

Estados Unidos no tiene por qué elegir entre el Caribe y Oriente Medio. Debe actuar en ambos frentes, de forma simultánea y decisiva. Derrocar ahora el régimen comunista de los Castro no solo cumpliría un compromiso estadounidense de larga data con la libertad de Cuba, que además redunda en los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. Daría a Washington el respiro, la influencia mediática y la voluntad demostrada necesarios para llevar a cabo la peligrosa pero esencial tarea en Teherán.

La ventana de oportunidad es estrecha. La dictadura cubana está buscando puntos débiles. Irán cuenta con que nos distraigamos. Tanto el presidente Trump como el secretario Rubio han reconocido a estos regímenes por lo que son. Ahora es el momento de demostrar que el poder estadounidense, aplicado con audacia y en múltiples frentes a la vez, sigue generando dividendos de libertad. La historia juzgará si lo aprovechamos.

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🖋️Autor Julio M. Shiling

J M Shiling autor circle white📰Artículos por Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”), el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el ExilioSigue a Julio en:

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