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- Fuente/Autor: Carlos Alberto Montaner
El dóberman y la Casa Blanca
(Dedicado a Ántunez, que lo da todo por Cuba)
Barack Obama quiere modificar la política de Estados Unidos hacia Cuba. No es una prioridad, así que no le dedicará demasiado esfuerzo, pero algo intentará hacer si no encuentra demasiada resistencia en el camino.
¿Qué se propone? Tal vez inaugurar un periodo de “benigna negligencia”. Ignorar lo que sucede en Cuba, incluidas las quejas de las víctimas, y cancelar toda muestra de hostilidad anticastrista. Al fin y al cabo, Obama ni siquiera había nacido cuando comenzó este disparate.
¿Persistirá Obama en el empeño? Probablemente descubrirá que no vale la pena. Los atropellos ocurren muy cerca de Estados Unidos para poder mirar en otra dirección. Antes lo intentaron Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton, pero sin éxito. La conducta de la dictadura siempre acaba por impedirlo. La Habana no puede evitarlo. Es como los dóberman. Morder está en su naturaleza.
Ahora mismo, hay una feroz ola represiva que puede verse en YouTube gracias a los teléfonos celulares y a las denuncias de personas como Yoani Sánchez. Golpean salvajemente a los demócratas de la oposición que protestan, sean hombres, mujeres o niños. El legendario Jorge Luis García (“Antúnez” ) ha recibido su enésima paliza y ha comenzado su enésima huelga de hambre. Al músico Gorki, que es valiente como las Pussy Riot, sin una Madonna que lo defienda, han vuelto a encarcelarlo por sus canciones irreverentes.
¿Cuáles son las medidas de gobierno que Obama quiere eliminar o modificar?
La política norteamericana hacia Cuba tiene tres pilares desde hace medio siglo: propaganda anticastrista, restricciones económicas (el embargo) y aislamiento diplomático. A partir de Lyndon B. Johnson la intención ya no era matar al dóberman, sino sujetarlo y ponerle un bozal.
Pero la URSS desapareció y el comunismo se desacreditó como forma de gobierno, aunque Cuba, Corea del Norte y otros enclaves indiferentes a la realidad se mantuvieron tercamente aferrados al error y al poder gracias a la autoridad ilimitada que ejercían sus caudillos.
En Cuba siguen las mismas caras, los mismos policías y los mismos calabozos. Sin embargo, la “contención” a la Isla fue perdiendo fuelle poco a poco. Desde la perspectiva de Washington el régimen de La Habana era un borroso anacronismo. Una reliquia absurda de la Guerra fría que se iría desmoronando en la medida en que pasara el tiempo.
Desde la perspectiva cubana, la visión era otra. Para Raúl, la reliquia no era su régimen arcaico, sino la política norteamericana que lo adversaba. Quienes tenían que cambiar eran los norteamericanos, no ellos. Sólo que, para lograr modificar la conducta de Washington, era indispensable aparentar que el régimen se transformaba.
¿Cómo lo hicieron? Montaron una ofensiva en el mundillo académico y periodístico auxiliados por sus amigos de The Nation. Con la punta de lanza de Mariela Castro (la risueña hija sexóloga del dictador) y una hábil campaña a favor de los derechos de la comunidad LGBT (pese a la larga y cruel historia homofóbica de los Castro y su régimen), lograron forjar una alianza entre intereses económicos de la derecha, el sector más radical del partido demócrata, y algunos think-tanks y departamentos universitarios de estudios latinoamericanos de esa cuerda. Todo fue secretamente orquestado por el aparato de inteligencia cubano y su departamento de “medidas activas”. Son grandes e incansables operadores políticos.
Simultáneamente, Raúl Castro anunció a bombo y platillo una serie de reformas que daban la falsa sensación de que la Isla se movía en dirección de la libertad. No era cierto. Raúl no quiere cambiar nada fundamental. Sólo trata de modificar el modo de producción para hacerlo menos irracional. Su propósito es mantener el mismo sistema de opresión. Es el mismo dóberman con distinto collar.
Más grave aún, mientras Raúl ensaya su expresión más inocente de reformista, sin dejar de apalear y encarcelar a la oposición, vende y exporta su modelo represivo a países como Venezuela, Bolivia, y (en menor grado) Ecuador. La tutoría dictatorial para mantenerse en el poder indefinidamente es la única mercancía que le queda en sus tristes anaqueles al socialismo real cubano.
¿Logrará esta vez la dictadura cubana desarmar a Washington sin hacer concesiones? No lo creo.
Los tres senadores cubanoamericanos (el demócrata Bob Menéndez y los republicanos Marcos Rubio y Ted Cruz) están de acuerdo en mantener las sanciones mientras la dictadura no respete los derechos humanos. Los cuatro congresistas de esa etnia coinciden (los republicanos Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart y los demócratas Joe García y Albio Sires).
Es difícil saltarse a un caucus bipartidista dotado de ese peso específico. Obama tirará la toalla.
Firmas Press
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- Fuente/Autor: César Vidal
La defensa de la democracia
Hace unos días, disfruté del inmerecido honor de pronunciar la primera ponencia del Foro de Promoción Democrática Continental celebrado en la ciudad de Miami. Insisto en la carencia de méritos porque también, entre otros, fueron tomando la palabra Ofelia Acevedo, la viuda del disidente cubano Oswaldo Payá; el antiguo ministro de Bolivia, Carlos Sánchez Berzaín; Guillermo Lousteau, uno de los más inteligentes defensores de la democracia en Hispanoamérica que yo conozco; Gisela Parra, magistrada bajo orden de busca y captura del gobierno chavista de Venezuela por el delito de pedir una justicia independiente o Julio Shiling, extraordinario y competentísimo organizador del evento. Aunque la causa mediata para esa ceremonia de defensa de la democracia fue la vileza increíble de que la segunda asamblea de la CELAC se reuniera en La Habana con el respaldo expreso de Insulza, el actual factótum de la OEA, el Foro fue, fundamentalmente, un acto de reafirmación de valores positivos.
Frente a los denominados “socialismos del siglo XXI” que están garantizando la miseria liberticida en distintas naciones hispanoamericanas, el Foro se atrevió a recordar que la democracia cuando se cubre con apellidos es porque no es democracia; que la libertad perdida por otros es una merma de nuestra propia libertad y que la complacencia o pasividad frente al totalitarismo podemos pagarla muy cara. A día de hoy, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y, de manera creciente, Argentina son tubos de ensayo de dictaduras a las que se ha etiquetado con el membrete de “socialismo del siglo XXI”.
Hay quien prefiere hablar de castro-comunismo porque las violaciones de derechos humanos, los pucherazos electorales, las manifestaciones de violencia que sufren los ciudadanos de estos países cuentan con la ayuda directa de agentes cubanos que demuestran ser mucho más inteligentes y sutiles de lo que eran antes de la caída del Muro de Berlín. Pocos parecen estar actuando de una manera que pueda considerarse a la altura de las circunstancias. Señalado queda como la OEA está buscando un entendimiento con estas dictaduras incluso a costa de legitimar su brutalidad.
Para España – hiciera lo que hiciera patanescamente ZP – es la peor de las noticias. Si este socialismo del siglo XXI se extiende por el subcontinente, no existirá la menor protección para empresas, inversiones y ciudadanos españoles en esa zona del mundo. No es, precisamente, lo ideal para nuestra nación aunque pueda entusiasmar a sujetos como Gordillo o Cayo Lara. Una razón más para defender la democracia frente a estos nuevos avances de la barbarie.
La Razón España
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- Fuente/Autor: Carlos Alberto Montaner
El Estado proxeneta
Se lo escuché por primera vez a un diplomático europeo que había vivido en Cuba. Luego se ha popularizado. El modelo creado por los Castro es el Estado proxeneta. Es una denominación incómoda, pero ajustada a la realidad que circula en voz baja entre los cubanos de la Isla. El gobierno se ha especializado en la extorsión de sus propios ciudadanos. Cincuenta y cinco años después de implantada la dictadura, casi todas las fuentes significativas de ingreso que sostienen al país provienen de oscuros negocios realizados en el exterior.
• El subsidio venezolano. Calculado en 13 000 millones de dólares anuales por el profesor Carmelo Mesa Lago, decano de los economistas cubanos en esta materia. Eso incluye más de 100 000 barriles diarios de petróleo, de los cuales la mitad se reexportan y venden en España. Otros 30 000 parece que van a Petro Caribe y da origen a una doble corrupción de apoyo político y enriquecimiento ilícito. La fuente pública de esta información es el experto Pedro Mantellini, uno de los grandes conocedores del tema petrolero venezolano. Lo explicó en Miami en el programa de María Elvira Salazar en CNN Latino. Caracas compra influencia internacional a base de petróleo, pero comparte con sus cómplices cubanos la gestión de esas dádivas.
• La trata de médicos y personal sanitario. Alcanza la cifra de siete mil quinientos millones de dólares anuales. La especialista María Werlau ha descrito la actividad en The Miami Herald. Es muy fácil llegar al artículo por medio de Google. El gobierno cubano alquila y cobra por el arrendamiento de sus profesionales. Les confisca el 95% de los salarios. Angola paga hasta sesenta mil dólares anuales por cada facultativo. Ni siquiera la ayuda a Haití se escapa de este esquema. Los servicios prestados en el devastado país se lo abonan a buen precio a La Habana los organismos internacionales. Brasil, que paga por los servicios, es el último gran socio de Cuba en esta oscura actividad del proxenetismo internacional. Es una práctica conocida por los negreros cubanos desde el siglo XIX. Mientras duró la esclavitud (hasta 1886) los amos solían arrendar a sus esclavos cuando no los necesitaban. La zona más rentable del negocio de “alquilar negros” eran las pobres muchachas que entregaban a los burdeles. Sus amos cobraban por los servicios que ellas prestaban. Eran empresarios-proxenetas. Ahora, simplemente, se trata de un Estado-proxeneta.
• Otros alquileres, otros negocios. Pero ahí no termina la explotación. El gobierno cubano les arrienda otros profesionales a empresas privadas. Los antiguos griegos se referían a los esclavos como “herramientas parlantes”. No creo que Raúl conozca a los clásicos, pero entiende el significado último de la expresión. Hay universidades latinoamericanas o de habla portuguesa que contratan con el gobierno de La Habana los servicios de buenos profesores cubanos de matemáticas o física a precios de saldo. Existen compañías europeas y latinoamericanas que explotan a técnicos en informática procedentes de la Isla. El régimen de los Castro sabe que un cubano bien instruido es totalmente improductivo dentro de Cuba, dado el demencial sistema empresarial de la Isla, pero es una fuente potencial de riqueza una vez colocado en el exterior. Objetivamente, ese gobierno es una gigantesca empresa de subcontratación laboral que viola todas las reglas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De eso y para eso vive.
• Las remesas de los exiliados. Emilio Morales, el gran conocedor del tema, escapado de Cuba hace relativamente poco tiempo, sitúa esa fuente de ingresos (2012) en algo más de cinco mil millones de dólares. La mitad, grosso modo, es remitida en efectivo y el resto en mercancías. Crece al ritmo del 13% anual. Cada vez que escapa un balsero, el régimen, de dientes afuera, gime por la fuga, pero sabe que, al cabo de un tiempo, fluyen los dólares hacia la necesitada familia dejada en la Isla. En Cuba, aunque fuera con mendrugos, había que alimentarlo. Una vez en el exilio, es una fuente gratis de recursos.
¿Hasta cuándo podrá Raúl Castro sostener a una sociedad casi totalmente improductiva mediante actividades que rondan o incurren directamente en el delito? No se sabe. Los proxenetas suelen tener larga vida.
Firmas Press
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- Fuente/Autor: Mary Anastasia O´Grady
Argentina y la vieja costumbre de devaluar
A medida que caen las reservas internacionales de Argentina, una megadevaluación parece inevitable, nuevamente. Algunos países aprenden las lecciones de su historia monetaria, pero Argentina es un caso aparte.
A fines de los años 90, en Buenos Aires se hablaba de reemplazar el peso con el dólar estadounidense. El posible impacto de una dolarización se me vino a la mente la semana pasada, cuando el ministro de Finanzas irlandés, Michael Noonan, visitó las oficinas de The Wall Street Journal en Nueva York para conversar sobre la recuperación de su país de la crisis bancaria de 2008.
A Noonan se le consultó si se arrepentía de que Irlanda formara parte de la zona euro, lo que en la práctica impide que los irlandeses recurran a la política monetaria para arreglar una crisis de deuda. El ministro respondió que sin las restricciones del euro, la economía pequeña y abierta de Irlanda habría probablemente sufrido una suerte mucho peor: una devaluación de grandes proporciones cuando sus bancos colapsaron.
Devaluar la moneda es la senda menos dolorosa cuando un gobierno no es capaz de cumplir con sus obligaciones. Sin embargo, como señaló Noonan, sus efectos sobre la población son brutales. La devaluación reduce el poder adquisitivo del país. Los salarios reales y el valor real de los ahorros de las personas comunes y corrientes disminuyen de un día para otro.
Lo que es peor, observó Noonan, es que son pocos los países que pasan por una megadevaluación solamente una vez. "Se vuelve un hábito", subrayó.
Tales palabras son demasiado amables para describir el caso de Argentina. Una historia de 200 años de devaluaciones recurrentes es una condición más seria que una adicción. Es patológico.
La última devaluación se produjo la semana pasada, cuando Argentina anunció que comprar un dólar del banco central costaría 8 pesos, en lugar de 6,9. La relación en 2006 era de 3 pesos por dólar. La cotización en el mercado negro es de más de 12 pesos, lo que sugiere que aún queda un doloroso camino por recorrer.
Esta crisis tiene lugar poco más de una década después de la última, que ocurrió poco más de una década después de la anterior. No obstante, socavar el valor del peso no es un fenómeno moderno en Argentina.
Según el economista chileno Sebastián Edwards, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles y autor del libro de 2010 "Dejada atrás: América Latina y la falsa promesa del populismo", la costumbre argentina de devaluar se remonta a la década de 1820. En 1827, el peso papel que circulaba en Argentina se devaluó en 33,2%, señala Edwards. La divisa perdió otro 68% en 1829. Hubo una devaluación de 34% en 1838, de 65,5% en 1839, de 95% en 1845 y de 40% en 1851. Un sistema de convertibilidad impuesto en 1868 fracasó en 1876 y otro establecido en 1891 sobrevivió hasta 1914.
Para los políticos, era apenas el comienzo. Según Edwards, hubo crisis cambiarias en 1938, 1948, 1949, 1951, 1954, 1955, 1958, 1962, 1964 y 1967.
En 1971, escribe Edwards, hubo una nueva crisis cuando el peso fue devaluado en 116,8%. (El porcentaje puede exceder 100 porque se calcula usando pesos por dólares). La inestabilidad económica en Argentina se agravó después de 1974. La inflación ascendió a 444% en 1976. Esta recurrencia de las crisis tuvo un impacto negativo en el crecimiento: el ingreso per cápita cayó a una tasa anualizada de 1,7% entre 1975 y 1985. Para 1985, la inflación llegaba a 672%. Entre 1981 y 1991, la tasa de devaluación del peso promedió un asombroso 1.346% al año señala el economista.
Las políticas que ha seguido el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como la expropiación, la anulación de contratos, la fijación de impuestos a las exportaciones y la imposición de topes a las tarifas de servicios públicos han destruido el capital. Mientras tanto, el gasto fiscal como porcentaje del Producto Interno Bruto se duplicó en los últimos 10 años. Ni los extranjeros ni los argentinos quieren tener pesos porque el banco central erosiona su valor al imprimirlos en exceso. Cuando eso ocurre, casi no hay forma de detener una corrida contra las reservas internacionales del banco central, una espiral inflacionaria y el empobrecimiento del país.
Las reservas de Argentina en moneda extranjera cayeron en US$1.250 millones la semana pasada conforme su banco central se empeñaba en defender el peso. Las reservas llegan ahora a apenas US$28.300 millones, frente a un máximo de US$52.600 millones en enero de 2011.
La agudización de la escasez de divisas extranjeras está destinada a tensionar una economía que depende de materias primas importadas y bienes intermedios en los sectores industrial y agrícola. Los argentinos ya reportan problemas para encontrar medicamentos que provienen de otros países. Los controles de precios, que se aplican en forma informal mediante la intimidación, complican aún más la situación. Los importadores pueden comprar dólares en el mercado negro para pagar a sus proveedores extranjeros, pero pierden dinero a menos que puedan ajustar sus precios minoristas.
El gobierno, que teme un alza de la inflación, anunció la semana pasada que aumentaría la competencia en los mercados locales al introducir más importaciones si los productores argentinos tratan de subir los precios. Aparentemente, a los genios del banco central se les olvidó decirles a los controladores de precios que no tienen los dólares necesarios para traer más importaciones.
Jorge Capitanich, el jefe de gabinete, dice que los especuladores, en su afán por ganar dinero rápidamente al castigar el valor de los activos para luego comprarlos, son la causa del colapso del peso. Esta clase de ignorancia económica de los gobernantes de una nación de 41 millones de personas es aterradora. Pero en Argentina no es de extrañar.
The Wall Street Journal