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El Che Guevara y las cosas que hacen los Progres por Carlos Alberto Montaner
Nació en La Habana, Cuba. Prolífico autor, galardonado columnista, periodista y conferencista, que fue preso político y ha ejercido como profesor en numerosas universidades. Es fundador y presidente de la Unión Liberal Cubana y vicepresidente de la Internacional Liberal.
La gran regla ética sobre la que se ha edificado la escala de valores occidentales es la obligación de tratar al prójimo como a uno mismo. Incluso, es posible que esa urgencia de reciprocidad, piedra angular de todo código moral, esté imbricada en la propia naturaleza humana (y en la de otros primates, afirman los etólogos) y se transmite por medio de nuestro código genético, como sospechan los especialistas. Yo no puedo desear para el otro lo que no quiero para mí sin quebrantar una norma moral básica. En todas las culturas existe un amargo reproche para los hipócritas y los cínicos que nos recuerda constantemente este principio.
Pero la regla es aún más amplia, trasciende nuestras acciones, y debe condicionar nuestra capacidad de establecer juicios de valor. En las viejas clases de aritmética los niños solíamos comprobar si las divisiones y las multiplicaciones estaban bien hechas mediante la llamada "prueba del nueve". De una forma que en aquella época nos parecía misteriosa, los números estaban sometidos a lo que los maestros de entonces calificaban de "congruencia". Probablemente, en el terreno de los juicios morales ocurre más o menos lo mismo: la opinión que tenemos sobre ciertos hechos concretos validan o anulan nuestros juicios morales abstractos.
En efecto, lo que les da consistencia moral a nuestras valoraciones éticas es la congruencia entre los principios abstractos que decimos sustentar y la aplicación práctica de esos principios ante la realidad. Si soy un enemigo de la pena de muerte y creo que debe eliminarse de manera total, no puedo aplaudir el fusilamiento de los criminales serbios o de mis adversarios. Si me opongo a la discriminación de las personas por su raza, preferencias sexuales o ideas políticas, no me es dable apoyar el apartheid sudafricano, repudiar a un hijo o a un amigo homosexual o respaldar las dictaduras de Pinochet o de Fidel Castro.
Acerquémonos a un caso concreto.
El caso del editorial de El País y Che Guevara
El 10 de octubre de 2007 el diario El País de España publicó un editorial sobre el Che Guevara. El diario hacía una evaluación de este singular personaje a los 40 años de que fuera ejecutado tras su captura en combate por el ejército boliviano. Se tituló Caudillo Guevara y el sentido último de quien lo redactara aparentemente, un diplomático con gran experiencia era descalificar la validez de la ética de fines. Todo demócrata realmente comprometido con el Estado de Derecho y el respeto por los seres humanos tenía que suscribir la ética de medios. No es verdad que el fin, por noble que sea, justifica todos los procedimientos que se utilicen para alcanzarlo. El conocido apotegma maquiavélico suele ser la coartada de los peores criminales. Decía El País:
"El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración y de elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo largo de más de un siglo, grupúsculos de las más variadas disciplinas ideológicas han pretendido dotar al crimen de un sentido trascendente, arrebatados por el espejismo de que la violencia es fecunda, de que inmolar seres humanos en el altar de una causa la hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta. Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado boliviano de La Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa siniestra saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los yihadistas, que pretenden disimular la condición del asesino bajo la del mártir, prolongando el viejo prejuicio heredado del romanticismo.
El hecho de que el Che diera la vida y sacrificara las de muchos no hace mejores sus ideas, que bebían de las fuentes de uno de los grandes sistemas totalitarios. Sus proyectos y sus consignas no han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte, tanto en el único sitio donde triunfaron, la Cuba de Castro, como en los lugares en los que no alcanzaron la victoria, desde el Congo de Kabila a la Bolivia de Barrientos. Y todo ello sin contar los muchos países en los que, deseosos de seguir el ejemplo de este mito temerario, miles de jóvenes se lanzaron a la lunática aventura de crear a tiros al "hombre nuevo".
Seducidos por la estrategia del "foquismo", de crear muchos Vietnam, la única aportación contrastable de los insurgentes seguidores de Guevara a la política latinoamericana fue ofrecer nuevas coartadas a las tendencias autoritarias que germinaban en el continente. Gracias a su desafío armado, las dictaduras militares de derechas pudieron presentarse a sí mismas como un mal menor, cuando no como una inexorable necesidad frente a otra dictadura militar simétrica, como la castrista.
Por el contexto en el que apareció, la figura de Ernesto Guevara representó una puesta al día del caudillismo latinoamericano, una suerte de aventurero armado que apuntaba hacia nuevos ideales sociales para el continente, no hacia ideales de liberación colonial, pero a través de los mismos medios que sus predecesores. En las cuatro décadas que han transcurrido desde su muerte, la izquierda latinoamericana y, por supuesto, la europea, se ha desembarazado por completo de sus objetivos y métodos fanáticos. Hasta el punto de que hoy ya sólo conmemoran la fecha de su ejecución en La Higuera los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o los que invocan a Simón Bolívar en sus soflamas populistas".
Ocho días después de publicado el editorial, la dirección de El País se vio obligada a insertar la siguiente carta de protesta suscrita por 250 redactores del periódico, cuyos nombres no aparecieron consignados:
"La Redacción de EL PAÍS quiere mostrar su disconformidad con el editorial titulado Caudillo Guevara, publicado el pasado día 10 de octubre. Más de dos tercios de los redactores (250) consideran que el texto publicado no abordaba en su totalidad la figura de un personaje como el Che Guevara que, con sus luces y sus sombras, es lo suficientemente compleja para haberla tratado como si no hubiera una escala de grises.
El Estatuto de la Redacción contempla la posibilidad de discrepar de un editorial siempre que se logren reunir las firmas necesarias, que cifra en un mínimo de dos tercios de los redactores. En ejercicio de este mecanismo de transparencia y democracia interna, único en la prensa española, se ha habilitado este espacio para dejar testimonio de nuestra discrepancia".
Curiosamente, El País, un medio de comunicación, que, como todos, sólo debe estar dedicado a informar, analizar y opinar únicamente bajo la autoridad de la verdad, el sentido común y la congruencia ética, había introducido en su reglamento interno una arbitraria disposición (¿por qué dos tercios, y no la mitad más uno o cuatro quintas partes?) que abría la puerta a que una mayoría calificada de redactores pudiera imponer su criterio sin tener en cuenta los datos objetivos y la coherencia moral de la posición adoptada por el periódico. Teóricamente, las dos terceras partes de los redactores también podían oponerse a la Ley de Gravedad o, como ocurre en ciertas regiones del sur de Estados Unidos, a las teorías evolutivas. Es lo que puede suceder cuando ciertos hechos o situaciones se someten al método democrático, como si la aritmética pudiera decidir sobre lo que es verdad o mentira.
¿Cómo podía El País condenar sin paliativos los atentados perpetrados por los terroristas de ETA, sin matizarlos en una "escala de grises" (por ejemplo, el factor nacionalista de los asesinos, la indudable valentía y audacia que exhiben, o el hecho de que sacrifican sus vidas en pos de un ideal), y, simultáneamente, presentar al Che como un revolucionario cuyos crímenes merecían cierto respeto y ponderación. El País, sencillamente, al enjuiciar la figura del Che por medio del discutido texto, estaba siendo coherente con su propia línea editorial en otros campos similares. Si la ética de fines era abominable en el caso de los asesinatos de la ETA, no podía ser justificable en el del Che, responsable de centenares de crímenes perpetrados en nombre de la revolución comunista[1]. En realidad, lo que los redactores estaban demandando no era que el periódico balanceara el juicio sobre Ernesto Guevara, sino que vulnerara su propia coherencia moral.
Por la otra punta del razonamiento, si esa abrumadora mayoría de redactores estaba preocupada, realmente, por la supuesta falta de balance del editorial, "como si no hubiera una escala de grises", ¿por qué no había protestado de igual manera cuando el periódico condenaba los asesinatos cometidos por los terroristas vascos o, por ejemplo, cuando lo que se criticaba eran las torturas cometidas por los soldados norteamericanos a los detenidos en la cárcel de Guantánamo? Como ellos no ignoraban, es posible encontrar matices atenuantes prácticamente ante casi cualquier hecho censurable que analicemos, desde el asesinato de Federico García Lorca al de Ramiro de Maeztu, y desde los crímenes de Hitler a los de Stalin.
La deconstrucción de Ernesto Guevara
No vale la pena contar, otra vez, la vida de Guevara. El propósito de este ensayo es otro: utilizar sus acciones y afirmaciones para construir una especie de test de coherencia moral. Hay, por lo menos, tres buenas biografías del Che Guevara: la de Pierre Kalfon, la de Jon Lee Anderson y la de Jorge Castañeda. Prefiero la de Castañeda, que me parece más incisiva, pero los tres libros tienen detrás una larga y meritoria investigación. Hay, también, otros dos excelentes ensayos biográficos cargados de una inteligente valoración crítica: La máquina de matar: el Che Guevara, de agitador comunista a marca capitalista, escrito por Álvaro Vargas Llosa, publicado en inglés por New Republic en noviembre de 2005, texto que les abrió los ojos a muchos norteamericanos ingenuos, luego reproducido en español en numerosos diarios del mundo, y Ernesto Che Guevara de Fernando Díaz Villanueva, el joven e iconoclasta historiador vinculado a Libertad Digital.
La lectura desapasionada de esos papeles, por mucho que sus autores deseen conservar una distancia crítica del personaje, y a veces, como sucede en algunas páginas de Anderson y Kalfon, hasta traten de encontrar justificaciones a hechos que no las tienen, pone de manifiesto la existencia de un ser humano profundamente autoritario y violento, capaz de escribir que está "en la manigua (selva) cubana vivo y sediento de sangre"[2], actitud, perfectamente congruente con quien, en su adolescencia, le gustaba firmar su correspondencia con el pseudónimo de Stalin II, o, como reveló recientemente su primo Alberto Benegas Lynch, economista y pensador argentino en las antípodas de su pariente: "muy de chico el Che se deleitaba con provocar sufrimientos a animales"[3].
Pero, para entender a Ernesto Guevara, situémonos, primero, muy brevemente, en su etapa de formación y veamos luego cuál fue su desempeño. Provenía de una familia de la entonces muy próspera clase media alta argentina, como pone de manifiesto la magnífica casa para la época en que nació en la ciudad de Rosario. Ciertos elementos de su carácter adolescente apuntan al desarrollo de una personalidad con rasgos marcadamente neuróticos. Es muy desaseado y le gusta vanagloriarse por ello. Además de autocalificarse como Stalin, le divierte ser llamado cerdo (Kalfon). Cuando sale de los ascensores siempre se empeña en dar el décimo paso con el pie izquierdo (Benegas Lynch). Padece asma y, tal vez, de alguna manera, su carácter se curte en la lucha contra esta enfermedad. Su primer frente de batalla es su propio organismo. Es inteligente y propenso al mundo de las ideas. Desde muy joven, nada raro en la Argentina de su tiempo ("Braden el embajador americano o Perón" es el lema que sacude al país), es seducido por el antiamericanismo y por las ideas contrarias a la libertad económica. Estudia medicina, da muestras de sentir un fuerte compromiso con las personas desvalidas leprosos, por ejemplo, y recorre medio continente en moto, pero pronto se decanta por la militancia política y se convierte en un joven de la izquierda antiimperialista, como entonces se decía.
A mediados de la década de los cincuenta lo encontramos en la Guatemala de Jacobo Arbenz, donde es testigo de uno de los conflictos de la Guerra Fría librados en territorio hispanoamericano. En 1954, tras un golpe orquestado por la CIA, el coronel Arbenz, que había sido democráticamente electo, fue depuesto y marchó al exilio. Washington contribuyó decisivamente a su derrocamiento porque el presidente guatemalteco había adquirido abundante armamento en Checoslovaquia y los comunistas eran muy prominentes en su gobierno. Acabada de terminar la guerra de Corea, y dentro de los códigos binarios de la época (con Estados Unidos o con la URSS), desde la suspicaz pupila americana Arbenz "se había pasado al enemigo". Ese factor, además de la reforma agraria que afectaba intereses norteamericanos, determinó que el presidente Eisenhower diera la orden de sustituir a ese gobierno por otro mucho más favorable a su país. La CIA se encargó de hacerlo.
Este episodio radicalizó tremendamente a Guevara y lo endureció de una forma significativa, aunque lo vivió con una mezcla de temeridad, diversión y pasión política, que se desprende de una carta que le escribe a su madre: "Aquí (Guatemala) estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía". Pero en una nota escrita a una ex novia de la primera juventud lamenta que Arbenz no hubiese exterminado a tiempo a unos cuantos enemigos: "Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes". Por eso, a fines de 1956, cuando se adiestra junto a los exiliados cubanos en México, antes del desembarco del yate Granma en la Isla, el Che es partidario de la violenta intervención soviética en Hungría para aplastar el levantamiento popular. Para él el sostenimiento de la dictadura comunista, a cualquier costo, era más importante que el deseo de ser libres que mostraban los húngaros[4]. "No sorprende agrega Vargas Llosa, de donde saco la cita, que durante la lucha armada contra Batista, y luego tras el ingreso triunfal en La Habana, Guevara asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios sumarios de muchísimas personas: enemigos probados, meros sospechosos y aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado". Se había vuelto un partidario fanático de la mano dura.
Para la historia de Cuba, esos sucesos guatemaltecos, más el fortuito encuentro en México de Guevara con los hermanos Castro, fueron decisivos. Esta experiencia centroamericana es lo que precipita (no decide, sino acelera) el destino comunista y prosoviético del gobierno. Fidel, Raúl y el Che, las tres personas que en 1959 determinarían el rumbo del país, con Fidel como cabeza indiscutible del trío al que todos se subordinan, deciden actuar muy rápida y despiadadamente para atemorizar a la sociedad y no darle tiempo a reaccionar. Provisionalmente, y por muy corto tiempo, niegan que sean comunistas, pero dan todos los pasos en esa dirección y secretamente comienzan a acercarse a Moscú para plantearle un audaz quid pro quo: la vinculación de Cuba al campo comunista a cambio de protección y ayuda frente a Estados Unidos. Nikita Kruschev decide que es una buena propuesta. Si la URSS razona está rodeada de bases norteamericanas, ¿por qué no darles a los gringos un poco de su propia medicina?
El Che en el poder
Guevara comienza a ejercer el poder desde que manda una de las columnas guerrilleras en la lucha contra Batista. En ese periodo el suyo es sólo un poder militar. ¿Cómo se hace obedecer? Impone su autoridad por dos vías: mediante la intimidación (personalmente ejecuta a unas cuantas personas) y por el ejemplo. No tiene ni acepta privilegios. Comparte todas las penalidades y riesgos con sus soldados. Es notablemente valiente en los combates. Hace años le pregunté a Dariel Alarcón Ramírez (Benigno)[5], uno de sus lugartenientes en Sierra Maestra, y luego su compañero de aventuras internacionales lo acompañó en las guerrillas de Bolivia y sobrevivió y escapó milagrosamente, por qué obedecía ciegamente al argentino, y la respuesta que me dio fue interesante. Se quedó pensando un buen rato y luego me dijo: "yo creía que lo admiraba mucho, pero con el tiempo comprendí que, en realidad, lo temía".
Guevara había descubierto una de las claves del poder dentro de los sistemas totalitarios: infundir miedo y ser implacable. Lo expresó con toda claridad en su Mensaje a la Tricontinental de 1967, definiendo cómo debe ser la actitud de un buen revolucionario: "El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Al Che le gustaba ser una fría máquina de matar. Cuando relata cómo asesinó en Sierra Maestra a un rebelde llamado Eutinio Guerra, acusado de ser un agente de Batista, anota, simplemente, en su diario: "Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal derecho ... sus pertenencias pasaron a mi poder".
Después del triunfo, tras los primeros meses al frente de La Cabaña una prisión militar asentada en una vieja fortaleza colonial española, ejecuta o hace ejecutar a cientos de prisioneros. Sus instrucciones a los fiscales y jueces son claras: "ante la duda, mátalo"[6]. Terminado ese trabajo sucio, Fidel Castro lo convierte en presidente del Banco Nacional de Cuba y luego en Ministro de Industria. Su paso por ambos cargos es devastador. El peso cubano, que durante décadas había mantenido la paridad con el dólar, comienza a hundirse en medio de un creciente proceso inflacionario, mientras la industrialización a marcha forzada que había prometido y decretado, naufraga en medio de un terrible caos administrativo y gerencial que incluye, entre otros disparates, la importación de máquinas quitanieve. No obstante, con esa mezcla letal de arrogancia y desconocimiento que caracterizaban al Che y a todos los dirigentes revolucionarios personas, además, sin la menor experiencia empresarial, se atreve a asegurar, en Uruguay, en 1961, que en 1980 el per cápita de los cubanos sería superior al de los estadounidenses.
¿En qué basaba Guevara su optimismo? Primero, en la ignorancia. No tenía la menor idea sobre cómo, realmente, se creaba o se destruía la riqueza, pero quizás más graves eran sus absurdas convicciones sobre la naturaleza humana. Guevara, como buen aprendiz de marxista, creía que al desaparecer las viejas relaciones de propiedad, mágicamente se modificaría la psicología profunda de los cubanos y surgiría el hombre nuevo, una criatura desinteresada y generosa capaz de trabajar con entusiasmo sin que mediara una remuneración adecuada. De acuerdo con su visión, los verdaderos incentivos no deberían ser de carácter material sino moral. Los cubanos trabajarían incansable y eficazmente, sacrificando alegremente toda compensación sustancial, a cambio del placer revolucionario de construir un futuro maravilloso para gloria de la humanidad.
¿Pero hubo alguna vez un hombre nuevo en Cuba? Por supuesto: el propio Guevara. Para él los incentivos materiales carecían de atractivo. Por otra parte, estaba convencido de que ese rasgo de su personalidad era el único que debería exhibir la especie humana. Como un auténtico apóstol de la revolución, Guevara se percibía a sí mismo como el arquetipo de lo que debía ser un revolucionario e intentaba clonarse entre los que lo rodeaban. Les exigía que fueran austeros, arrojados, y siempre dispuesto al sacrificio. Quien no tenía esos atributos (o quien no sabía cómo simularlos) merecía su desprecio y debía ser castigado, excluido o reeducado.
Guevara, además, era homofóbico, y suponía que el hombre nuevo no podía tener otras preferencias que las heterosexuales, convencido de que cualquier desviación homosexual, rezago de los viejos tiempos de la corrompida burguesía, podía ser corregida con privaciones y castigos severos hasta que se erradicara ese maligno comportamiento. En consecuencia, a mediados de la década de los sesenta se crearon unas unidades especiales de confinamiento y maltrato, orwellianamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), en las que internaron en campos de trabajo forzado a miles de homosexuales, junto a otras personas que tenían el pelo largo u otros rasgos "sospechosos" a los ojos de los celosos revolucionarios, con el objeto de curarlos de esas enfermedades sociales[7].
El Che vuelve a la batalla
¿Por qué Guevara abandonó rápidamente las responsabilidades de gobierno y volvió a las actividades subversivas en otras partes del mundo hasta que fue ejecutado en Bolivia en octubre de 1967? Tal vez, en primer término, por la sensación de fracaso que debió haber sentido como encumbrado funcionario de un régimen que se hundía en el terreno económico. Era mucho más fácil dirigir un pelotón de fusilamientos o atacar un cuartel que lograr un mínimo de eficiencia en la dislocada economía de un país que en 36 meses liquidó a la clase empresarial y le puso fin a la economía de mercado, sustituyéndola por una variante colectivista de la planificación centralizada, daño terrible al que se agregó, por recomendación del propio Che, el fin de la contabilidad de costos, dado que esa vital cautela administrativa, según el guerrillero argentino, era innecesaria en el socialismo, lo que en poco tiempo acabó por pulverizar las finanzas del país.
Se produjo, también, cierto distanciamiento entre el Che y Fidel por culpa de las relaciones con la URSS, y esas fricciones contribuyeron a alejar a Guevara de Cuba. El Che tenía algunos reparos ante la Unión Soviética, pero no por el carácter represivo de Moscú, ni por los atropellos imperiales que les infligía a los satélites, sino porque el argentino parecía inclinarse más hacia el experimento maoísta, en la medida en que los chinos siempre estaban dispuestos a ayudar a los movimientos revolucionarios con armas y pertrechos, mientras la URSS veía muchas de esas actividades como muestras de un peligroso aventurerismo condenado al fracaso, más cercanas al putsch que a una verdadera revolución marxista. Fidel, en cambio, prefería el patrocinio más prudente de los soviéticos, y en su momento llegó a tener un encontronazo público con Mao.
También debe haber pesado en el ánimo del Che su carácter de condottiero moderno. De la misma manera que en 1954 se fue a la aventura guatemalteca, y dos años más tarde a la cubana, más allá de sus ideales comunistas, que sin duda los tenía, acaso había descubierto su verdadera vocación en la lucha armada, como tantos mercenarios que se enrolan en sucesivos conflictos por el íntimo placer que les proporciona la emoción de la guerra y las constantes descargas de adrenalina, sin ni siquiera detenerse a pensar en sus responsabilidades como padre de una joven familia constituida en Cuba, más la hija que había tenido con la peruana Hilda Gadea, su primera mujer.
En todo caso, al Che pronto se le vio en el Congo organizando las guerrillas, pero sin ningún éxito. El territorio africano le resultaba extraño y ajeno, y los líderes a los que debía formar en la lucha armada no resultaron peleadores y disciplinados, como él deseaba, sino desorganizados, hedonistas y dados a la corrupción. Su librito, Guerra de guerrillas, resultaba totalmente inútil en el continente negro. Frustrado, fue entonces cuando el Che comenzó a pensar en regresar a América, a un escenario que conocía mucho mejor, mientras Fidel Castro, que prefería mantenerlo alejado de la Isla[8], lo alentó a que siguiera ese camino. Más tarde, cuando la pequeña expedición fue derrotada por el ejército boliviano, los soldados ocuparon un diario de campaña, escrito con gran amargura, en el que Guevara daba cuenta de su fracaso, y de cuya lectura inevitablemente se deducía que desde el principio se trataba de un plan totalmente disparatado. ¿A quién se le podía ocurrir que un grupo de cubanos, junto a unos cuantos bolivianos, dirigidos por un médico blanco argentino, carentes de cualquier expresión de arraigo nacional, iban a convertirse en una fuerza política capaz de congregar a Bolivia tras la bandera revolucionaria?
El Che y los progres
Vuelvo al origen de estas reflexiones: con semejante biografía, ¿dónde está el asidero moral o la línea lógica de argumentación para que 250 redactores de El País hayan rechazado el editorial Caudillo Guevara? Quienes firmaron esa carta no son muchachos confundidos y deslumbrados con la foto de Korda, incapaces de saber si Guevara es un cantante de rock o un actor de cine, sino profesionales bien informados, presumiblemente comprometidos con la verdad, la libertad y la democracia. Recapitulemos en seis aspectos fundamentales:
• Estamos ante una persona violenta dispuesta a asesinar con sus propias manos o a ordenar la ejecución de cualquiera que le pareciera un enemigo de la revolución ("ante la duda, mátalo"). Alguien que tenía (o debía tener) sobre su conciencia dos centenares de muertos, y a quien le parecía que un buen revolucionario debía ser una "fría máquina de matar".
• El objetivo declarado de Guevara para tratar de crear "un Vietnam, dos Vietnam, muchos Vietnam" no era luchar por una humanidad más justa, sinoreproducir en todas partes un mundo infinitamente más injusto que el occidental: el modelo de sociedad maoísta o soviética que tanto luto y dolor les trajo a los seres humanos.
• Apoyó la persecución y la reeducación forzosa de homosexuales, creyentes religiosos y jóvenes aquejados por conductas extravagantes como tener el pelo largo o escuchar música americana. Fue un represor extremista y fanático a quien le parecía que la compasión con el enemigo era una expresión de debilidad.
• Tenía e impuso ideas económicas absurdas que empobrecieron a los cubanos terriblemente. Casi medio siglo después de su paso por el Banco Nacional de Cuba y por el Ministerio de Industrias continúan vigentes la libreta de racionamiento y la miseria. Ni siquiera hizo el menor aporte serio al pensamiento político de la izquierda comunista.
• Invocando unas ideas equivocadas y unos valores torcidos, fue un pésimo padre de familia. Abandonó a su primera mujer e hija para marchar a la aventura cubana. Abandonó a la segunda y a sus dos hijos para dirigir las guerrillas en el Congo y luego en Bolivia, donde perdió la vida.
• Ni siquiera fue un extraordinario estratega al que se pueda reivindicar por su genialidad militar. Sólo tuvo éxito cuando peleó bajo las órdenes de Fidel Castro.
¿Dónde están, pues, esas luces, esos grises que supuestamente debían estar y no aparecen en el editorial de El País? ¿Que era un hombre audaz hasta la temeridad? De acuerdo: los asaltantes de bancos y los traficantes de droga también suelen serlo. ¿Que estaba dispuesto a morir por sus ideales? Cierto: como Hitler, que resistió en el bunker hasta el último minuto y luego se quitó la vida. ¿Que tenía un fortísimo compromiso con una causa política y por ella estaba dispuesto a entregar la vida? Naturalmente: como los etarras que volaron un supermercado lleno de gente en Barcelona o como los terroristas islámicos que asesinaron a decenas de españoles en la estación de Atocha.
En realidad, si de algo sirve la figura del Che a estas alturas del siglo XXI es para medir la integridad moral de las personas y su coherencia ética. Nadie que se considere un verdadero demócrata, respetuoso de la dignidad humana, puede invocar su ejemplo sin incurrir en una grave y descalificadora contradicción. ¿Quién puede, en cambio, ser genuinamente guevarista? Sin duda, las personas que creen en las virtudes y ventajas de las sociedades totalitarias y están dispuestas a admitir cualquier método para lograr establecerlas, incluido el asesinato. ¿Cuántos de los 250 firmantes de la carta de marras responden a ese perfil? Sospecho que no demasiados. Tal vez una docena. ¿Por qué, en ese caso, se prestaron a ello? No sé. Supongo que son cosas que hacen los progres.
ADDENDUM
El estudio más exhaustivo de la represión ejercida por la dictadura castrista es el realizado por el economista Dr. Armando Lago con la asistencia de María Werlau. El estudio (El costo humano de la revolución social), todavía inacabado, puede examinarse en www.CubaArchive.org Hasta el 31 de octubre de 2006 Lago y Werlau habían documentado un total de 116.540 muertos, de los cuales 5.775 corresponden a ejecuciones, 1.231 a asesinatos extrajudiciales, mientras calculan en 77.879 el número de balseros muertos o desaparecidos. Las víctimas de directas o indirectas del Che Guevara pasan de los dos centenares.
Ejecutados por el Che en la Sierra Maestra durante la lucha contra Batista (1957-1958 )
1. Aristio - 10-57
2. Manuel Capitán - 1957
3. Juan Chang - 9-57
4. "Bisco" Echevarría Martínez - 8-57
5. Eutimio Guerra - 2-18-57
6. Dionisio Lebrigio - 9-57
7. Juan Lebrigio - 9-57
8. El " Negro " Napoles- 2-18-57
9. "Chicho " Osorio - 1-17-57
10. Un maestro no identificado ("El Maestro") - 9-57
11-12. Dos hermanos, espías del grupo de Masferrer -9-57
13-14 Dos campesinos no identificados-4-57
Ejecutados o enviados a ejecutar por el Che durante su breve comando en Santa Clara ( 1-3 de enero de 1959)
1. Ramón Alba - 1-3-59**
2. José Barroso- 1-59
3. Joaquín Casillas Lumpuy - 1-2-59**
4. Félix Cruz - 1-1-59
5. Alejandro García Olayón - 1-31-59**
6. Héctor Mirabal - 1-59
7. J. Mirabal- 1-59
8. Felix Montano - 1-59
9. Cornelio Rojas - 1-7-59**
10. Vilalla - 1-59
11. Domingo Alvarez Martínez 1-4-59**
12. Cano del Prieto -1-7-59**
13. José Fernández Martínez-1-2-59
14. José Grizel Segura-1-7-59** ( Manacas)
15. Arturo Pérez Pérez-1-24-59**
16. Ricardo Rodríguez Pérez-1-11-59**
17. Francisco Rosell -1-11-59
18. Ignacio Rosell Leyva -1-11-59
19. Antonio Ruíz Beltrán -1-11-59
20. Ramón Santos García-1-12-59
21. Pedro SocarrásS-1-12-59**
22. Manuel Valdés – 1-59
23. Tace José Veláquez -12-59**
** Che firmó la pena de muerte antes de partir de Santa Clara.
Ejecuciones documentadas en la prisión Fortaleza de la Cabaña bajo el comando del Che (3 de enero al 26 de noviembre del 1959)
1. Vilau Abreu - 7-3-59
2. Humberto Aguiar - 1959
3. Garmán Aguirre - 1959
4. Pelayo Alayón - 2-59
5. José Luis Alfaro Sierra - 7-1-59
6. Pedro Alfaro - 7-25-59
7. Mriano Alonso - 7-1-59
8. José Alvaro - 3-1-59
9. Alvaro Anguieira Suárez – 1-4-59
10. Aniella - 1959
11. Mario Ares Polo- 1-2-59
12. José Ramón Bacallao - 12-23-59**
13. Severino Barrios - 12-9-59**
14. Eugenio Bécquer - 9-29-59
15. Francisco Bécquer - 7-2-59
16. Ramón Biscet– 7-5-59
17. Roberto Calzadilla - 1959
18. Eufemio Cano - 4-59
19. Juan Capote Fiallo - 5-1-59
20. Antonio Carralero - 2-4-59
21. Gertrudis Castellanos - 5-7-59
22. José Castaño Quevedo - 3-6-59.
23. Raúl Castaño - 5-30-59
24. Eufemio Chala - 12-16-59**
25. José Chamace - 10-15-59
26. José Chamizo - 3-59
27. Raúl Clausell - 1-28-59
28. Angel Clausell - 1-18-59
29. Demetrio Clausell - 1-2-59
30. José Clausell-1-29-59
31. Eloy Contreras- 1-18-59
32. Alberto Corbo - 12-7-59**
33. Emilio Cruz Pérez - 12-7-59**
34. Orestes Cruz – 1959
35. Adalberto Cuevas – 7-2-59**
36. Cuni - 1959
37. Antonio de Beche - 1-5-59
38. Mateo Delgado-12-4-59
39. Armando Delgado - 1-29-59
40. Ramón Despaigne - 1959
41. José Díaz Cabezas 7-30-59
42. Fidel Díaz Marquina – 4-9-59
43. Antonio Duarte - 7-2-59
44. Ramón Fernández Ojeda - 5-29-59
45. Rudy Fernández - 7-30-59
46. Ferrán Alfonso - 1-12-59
47. Salvador Ferrero - 6-29-59
48. Victor Figueredo - 1-59
49. Eduardo Forte - 3-20-59
50. Ugarde Galán - 1959
51. Rafael García Muñiz - 1-20-59
52. Adalberto García 6-6-59
53. Alberto García - 6-6-59
54. Jacinto García - 9-8-59
55. Evelio Gaspar - 12-4-59**
56. Armada Gil y Diez y Diez Cabezas- 12-4-59**
57. José González Malagón - 7-2-59
58. Evaristo Benerio González - 11-14-59
59. Ezequiel González-59
60. Secundino González - 1959
61. Ricardo Luis Grao – 2-3-59
62. Ricardo José Grau - 7-59
63. Oscar Guerra – 3-9-59
64. Julián Hernádez -2-9-59
65. Francisco Hernández Leyva – 4-15-59
66. Antonio Hernández - 2-14-59
67. Gerardo Hernández - 7-26-59
68. Olegario Hernández - 4-23-59
69. Secundino Hernández - 1-59
70. Rodolfo Hernández Falcón – 1-9-59
71. Raúl Herrera -2-18-59
72. Jesús Insua-7-30-59
73. Enrique Izquierdo- 7-3-- 59
74. Silvino Junco – 11-15-59
75. Enrique La Rosa- 1959
76. Bonifacio Lasaparla- 1959
77. Jesús Lazo Otaño -1959
78. Ariel Lima Lago – 8-1-59- (Menor)
79. René López Vidal -7-3-59
80. Armando Mas – 2-17-59
81. Ornelio Mata- 1-30-59
82. Evelio Mata Rodriguez- 2-8-59
83. Elpidio Mederos -1-9-59
84. José Medina -5-17-59
85. José Mesa 7-23-59
86. Fidel Mesquía Díaz 7-11-59
87. Juan Manuel Milián - 1959
88. Jose Milián Pérez – 4-3-59
89. Francisco Mirabal – 5-29-59
90. Luis Mirabal - 1959
91. Ernesto Morales - 1959
92. Pedro Morejón – 3-59
93. Carlos Muñoz M.D.- 1959
94. César Nicolardes Rojas- 1-7-59
95. Víctor Nicolardes Rojas- 1-7-59
96. José Nuñez – 3-59
97. Viterbo O'Reilly – 2-27-59
98. Félix Oviedo – 7-21-59
99. Manuel Paneque – 8-16-59
100. Pedro Pedroso – 12-1-59**
101. Diego Pérez Cuesta - 1959
102. Juan Pérez Hernández – 5-29-59
103. Diego Pérez Crela - 4-3-59
104. José Pozo – 1-59
105. Emilio Puebla – 4-30-59
106. Alfredo Pupo – 5-29-59
107. Secundino Ramírez – 4-2-59
108. Ramón Ramos - 4-23-59
109. Pablo Ravelo Jr. – 9-15-59
110. Rubén Rey Alberola – 2-27-59
111. Mario Risquelme – 1-29-59
112. Fernando Rivera – 10-8-59
113. Pablo Rivero- 5-59
114. Manuel Rodríguez – 3-1-59
115. Marcos Rodríguez -7-31-59
116. Nemesio Rodríguez – 7-30-59
117. Pablo Rodriguez – 10-1-59
118. Ricardo Rodriguez – 5-29-59
119. Olegario Rodriguez Fernández-4-23-59
120. José Saldara – 11-9-59
121. Pedro Santana – 2-59
122. Sergio Sierra – 1-9-59
123. Juan Silva – 8-59
124. Fausto Silva – 1-29-59
125. Elpidio Soler- 11-8-59
126. Jseús Sosa Blanco – 2-8-59
127. Renato Sosa- 6-28-59
128. Sergio Sosa – 8-20-59
129. Pedro Soto – 3-20-59
130. Oscar Suárez – 4-30-59
131. Rafael Tarrago – 2-18-59
132. Teodoro Tellez Cisneros- 1-3-59
133. Francisco Tellez-1-3-59
134. José Tin- 1-12-59
135. Francisco Travieso -1959
136. Leonrardo Trujillo – 2-27-59
137. Trujillo - 1959
138. Lupe Valdéz Barbosa – 3-22-59
139. Marcelino Valdéz – 7-21-59
140. Antonio Valentín – 3-22-59
141. Manuel Vázquez-3-22-59
142. Sergio Vázquez-5-29-59
143. Verdecia - 1959
144. Dámaso Zayas -7-23-59
145. José Alvarado -4-22-59
146. Leonoardo Baró- 1-12-59
147. Raúl Concepción Lima - 1959
148. Eladio Caro – 1-4-59
149. Carpintor - 1959
150. Carlos Corvo Martíenz - 1959
151. Juan Guillermo Cossío - 1959
152. Corporal Ortega – 7-11-59
153. Juan Manuel Prieto - 1959
154. Antonio Valdéz Mena – 5-11-59
155. Esteban Lastra – 1-59
156. Juan Felipe Cruz Serafín-6-59**
157. Bonifacio Grasso – 7-59
158. Feliciano Almenares – 12-8-59
159. Antonio Blanco Navarro – 12-10-59**
160. Albeto Carola – 6-5-59
161. Evaristo Guerra- 2-8-59
162. Cristobal Martínez – 1-16-59
163. Pedro Rodríguez – 1-10-59
164. Francisco Trujillo- 2-18-59
** El Che firmó la sentencia de muerte, pero la ejecución se efectuó luego de que dejara su comando.
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[1] Al final del trabajo se adjunta una lista de las personas directa o indirectamente ejecutadas por el Che y las fechas en las que fueron eliminadas. Son cerca de 200. También se incluye una nota introductoria que resume el número de víctimas mortales a lo largo de medio siglo de dictadura.
[2] Carta a su primera esposa, Hilda Gadea, escrita desde suelo cubano durante la lucha contra Batista.
[3] El artículo se titula Mi primo el Che, publicado en La Nación de Buenos Aires fue ampliamente reproducido. Puede leerse en la página web del Independent Institute.
[4] Testimonio del comandante Jaime Costa, ex expedicionario del Granma y luego preso político del castrismo durante muchos años. Vive exiliado en Miami.
[5] Exiliado en París desde los años noventa. Escribió un libro importante sobre su vida y relaciones con Guevara: Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la revolución. Tusquets, Barcelona, 1997.
[6] Citado por Álvaro Vargas Llosa.
[7] Además de los homosexuales o de jóvenes acusados de conductas extravagantes por el largo de su cabello o por las ropas que usaban, muchos creyentes, católicos, protestantes y Testigos de Jehová fueron también internados en los campos de trabajo. Entre las personas hoy más conocidas que pasaron por esa experiencia están el cardenal Jaime Ortega Alamino y el cantautor Pablo Milanés.
[8] Este es un aspecto en el que coinciden prácticamente todos los biógrafos serios, incluidos los mencionados en este trabajo. Más aún, hoy se cree que la famosa carta de despedida del Che es apócrifa y fue redactada por Fidel Castro, y públicamente divulgada por el cubano con el objeto de cerrarle la puerta de regreso a la Isla.
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- Armando Ribas
Cristina y Hegel vs. la Constitucion por Armando Ribas
Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador cubano que reside en la Argentina. Se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana y en 1960 obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University (Dallas, Texas, EE.UU.). Es columnista para el Diario de las Américas y otras publicaciones.
La señora de Kirchner acaba de manifestar que ella es hegeliana. Esta manifestación parecería esotérica, pues para muchos Hegel es un ignoto personaje. Pero resulta que las ideas ético políticas de este señor, en gran medida constituyeron los principios de los totalitarismos del siglo XX desde el nazismo al comunismo. Esas ideas son precisamente contrarias a las que produjeron la libertad en el mundo partiendo de Locke, Hume, Adam Smith, Madison y, no olvidemos, fundamentalmente Alberdi, que fue la influencia decisiva en nuestra constitución de 1853-60 que cambió la historia de Argentina. Podría decir que a partir de ella se humedeció la Pampa Húmeda durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX cuando Argentina pasó a ser uno de los ocho países más ricos del mundo
Pero volvamos a las ideas de Hegel comenzando por su teoría del Estado. En su filosofía de la historia dice: "El Estado es la divina idea tal como existe en la tierra.....el Estado es la marcha de Dios a través del mundo". Y en su Teoría del Estado expresa: "El Estado es lo racional donde la libertad alcanza la plenitud así como este fin último tiene el más alto derecho frente a los individuos, cuyo deber supremo es el ser miembro del estado".
Este principio es la antitesis de la relación del gobierno con los ciudadanos tal como se reconoce en la Constitución de Estados Unidos y en la nuestra. En éstas, por el contrario, el Estado esta formado por hombres y en consecuencia falibles de ahí la necesidad de limitar el poder político. Y al mismo tiempo es precisamente el deber del gobierno el proteger los derechos individuales. Pero no así para Hegel que sigue diciendo: "Si se confunde el Estado con la sociedad civil y su determinación se pone en la seguridad y la protección de la propiedad y libertad personal, se hace del interés del los individuos como tales el fin último en el cual se unifiquen; y en ese caso ser miembro del Estado cae dentro del capricho individual".
O sea, para Hegel los derechos individuales son un capricho. Preguntémosle a las empresas Argentinas y al respecto dice::"El individuo mismo tiene objetividad, verdad, eticidad solo como miembro del Estado pues el Estado es espíritu objetivo". El Estado es la realidad de la idea ética: "Es el espíritu ético en cuanto voluntad patente clara para si mismo, sustancial que se piensa y se sabe y que cumple lo que el sabe y como lo sabe". Decididamente esto es lo que aparentemente piensa Kirchner de sí mismo en su relación con las empresas con la prensa y con la oposición.
Como se sabe, Hegel cambió el sentido de la dialéctica tal como la concibiera Platón. De ser un esquema de conocimiento la convirtió en una dinámica de la historia por la cual "todo lo real es racional ". Es decir las contradicciones lejos de mostrar el error cerraban la brecha entre la realidad y el conocimiento. Por eso cuando uno discute con los marxistas su respuesta es que uno no entiende porque no está concientizado y todavía cree en la lógica formal. Es decir que para Hegel A puede ser no-A. El principio de identidad y el de contradicción desaparecen ante la dialéctica..
Pero siguiendo con la omnipotencia del Estado dice Hegel:"El lado abstracto del deber se afirma se afirma en el omitir y proscribir al interés particular como un momento no esencial hasta indigno". Pregúntenle a Shell y ahora a los bancos que son los culpables de que subiera el dólar por su interés indigno según Kirchner-Hegel. Pero recordemos a Alberdi: "La omnipotencia del Estado o el poder omnímodo de la Patria respecto a sus individuos que son sus miembros tiene por consecuencia la omnipotencia del gobierno en que el Estado se personifica es decir el despotismo puro y simple". Es a estas ideas hegelianas entre otras a las que Alberdi se refirió cuando le dijo a Sarmiento que había una barbarie ilustrada mucho peor que la del los salvajes de América del Sur.
Hegel por supuesto está igualmente en contra de la autonomía de los poderes. Para el la autonomía de los poderes significa la destrucción del Estado. Por eso la diferencia que hace entre el poder Legislativo, y el Gubernativo es funcional al poder del soberano que define como:"El poder del soberano que representa el poder de la subjetividad como la ultima decisión de la voluntad en la cual los distintos poderes son reunidos en una unidad individual que es la culminación y fundamento de la totalidad....la personalidad del Estado se hace real solo como persona en el monarca. (presidente?).
Una prueba más de la concepción ética de Hegel frente a los intereses particulares lo expresa así: "Como la sociedad civil es la liza del interés privado individual de todos contra todos, aquí también tiene su sede el conflicto del mismo con los comunes negocios particulares y de éstos junto con aquél contra los más elevados puntos de vista y mandatos del Estado"
En consecuencia Hegel considera que la burocracia representa la eticidad de la sociedad pues es la representante de los intereses generales. A ello se refiere así: "Los miembros del gobierno y los funcionarios del Estado constituyen la principal parte de la clase media que alberga la inteligencia culta y la condición jurídica de la masa de un pueblo". Hasta Marx se dio cuenta de la actitud de los burócratas y contestándole a Hegel escribió: "Los Burócratas terminan por convertir en intereses generales lo que no son más que sus intereses particulares de hacer una carrera para si mismo (SIC).
Con respecto a la libertad de prensa encontramos otra coincidencia entre Hegel y el actual gobierno y aparentemente con el cambio que supuestamente se viene. Al respecto dice Hegel:"definir la libertad de prensa como la libertad de hablar y escribir lo que se quiera, corre pareja con el hecho de expedirse acerca de la libertad en general, como la libertad para hacer lo que se desee. Tal discurrir corresponde a la ignorancia aun del todo inculta de la representación". Por supuesto Hegel considera asimismo que la guerra representa el momento ético en la historia de los pueblos. Por ello no debe considerarse como un mal absoluto: "La salud ética de los pueblo es mantenida en equilibrio frente al fortalecimiento de las determinaciones finitas (intereses particulares) como el movimientos del viento preserva al mar de la putrefacción en la cual lo reduciría una durable o perpetua quietud" Definitivamente quietud es lo que no tenemos..
No nos podemos sorprender de que de aquello conceptos llegara al poder Hitler y hoy nos amenazan los monto nazis. Lo que esta en juego en octubre es la libertad y los derechos que garantiza la constitución de 1853-40 hoy violado pertinazmente por el gobierno "Del Poder Supremo" y recordemos una vez más a Alberdi cuando dice: "La Patria es libre en cuanto no depende del extranjero pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y absoluto".
Por ultimo tampoco debemos olvidar la posición de Hegel frente a los judíos basada originalmente en el moralismo Kantiano. "El judaísmo es visto como el espíritu de una psiquis que debe ser redimida primero por la revolución cristiana y ahora en la era moderna por la filosofía "revolucionaria germana". "Los judíos habían ya cumplido su función histórica y ahora era un pueblo fantasma que debería morir y desaparecer bajo las cenizas de la historia....los judíos eran hostiles a la verdadera naturaleza que no podrían comprender y con la cual solo se podían relacionar mediante posesiones o dominación" En otras palabras el pecado era el comercio.
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- Pilar Rahola
Monarquía Cubana por Pilar Rahola
Nacida en Barcelona, España es Doctora en Filología Hispánica y Catalana por la Universidad de Barcelona. Ha sido autora, conferencista y periodista de televisión, radioy prensa escrita. Fue ex-diputada en el Parlamento español por la Izquierda Republicana Catalana y ex-vicealcaldesa de la ciudad de Barcelona. En la actualidad, en el terreno periodístico, escribe en tres periódicos españoles, diario Avui (en catalán), El País y El Periódico.
Y, sin embargo, soy optimista. Quizás porque no hay mal que cien años dure; o por el amor a esa tierra, donde casualmente nació mi padre, a pesar de su centenaria herencia ampurdanesa; o porque la biología juega en contra de Fidel, y muerto Fidel, muerta la rabia. Por muchos motivos, la Cuba que el domingo instauró a Raúl Castro como heredero plenipotenciario del santo grial del mesías Fidel ha iniciado una marcha atrás, tan inevitable como esperanzadora. Decían los principales opositores a la dictadura que es muy difícil imaginar una democracia en Cuba, con Fidel tutelando el régimen. Aunque algunos signos podrían albergar la idea de una tímida transformación, Castro es el padre militar y político, el mito histórico, el comisario de todas las decisiones, y con él, nada se moverá realmente. Lo dejó muy claro Raúl Castro, en su discurso de investidura: no es reforma, es continuidad. Por cierto, no deja de maravillarme lo mucho que se parecen las dictaduras entre ellas, tal como explicaba Joan B. Culla, en el programa de Bassas, en Catalunya Ràdio: las proclamas de Raúl Castro, asegurando fidelidad al líder y continuismo férreo, eran calcadas de las que dijo Carrero Blanco, en 1973, cuando Franco lo instauró en la presidencia. Dios los cría... Al tiempo, tiempo, pues, en estos tiempos revueltos donde fenecen algunos de los mitos más inamovibles del siglo XX. Y mientras el tiempo permite madurar un proceso que inevitablemente llegará, sobre todo porque los cubanos están al límite de su paciencia, hoy es el momento de hacer una reflexión
De entrada, las muchas mentiras que, durante años, contaminaron el discurso de izquierdas, un discurso que, mientras nos enseñaba a luchar contra las dictaduras de derechas, proyectaba una tierna mirada sobre sus propias dictaduras. A pesar de las muchas pruebas de la crueldad de la tiranía, del millón largo de cubanos exiliados, de las cárceles repletas de disidentes políticos, a pesar de la represión sufrida, cantada, gritada por demasiadas gargantas, Cuba fue perdonada durante décadas, "entendida", según expresión clásica de la progresía, y sus disidentes sufrieron todo tipo de campañas de desprestigio.
De la misma forma que nos enseñaban, en las universidades del antifranquismo, a despreciar los libros de Alexander Solzenitsin, donde narraba las crueldades del gulag soviético, porque "era un agente de la CIA", luchadores por la libertad de Cuba, como Carlos Alberto Montaner, padecían el mismo tipo de desprestigio. Lo importante era negar la crueldad de la tiranía, aunque ello significara despreciar hasta la crueldad el dolor de sus víctimas. Cuba ha sido una pesada asignatura pendiente de la izquierda durante décadas, tantas, que alguna izquierda aún profesa patéticos tics de filia castrista. Recordemos si no, la reciente decisión del Ayuntamiento de Badalona de dar 18.700 euros al Casal de Cuba para poner una estatua del Che, en el mismo barrio donde escatima, desde hace años, cien metros de alcantarilla que evitarían la endémica inundación de la calle Austràlia. ¿Se imaginan a ese mismo ayuntamiento dando subvenciones para la dictadura chilena? Pero Cuba siempre ha gozado de la doble moral de la izquierda dogmática.
Por supuesto, si el régimen no cambia, esos mismos gurús del dogma de fe sacarán el espantajo del yanqui malo, culpable de la situación. Al respecto, primero: no hay bloqueo, sino embargo.
Segundo: durante décadas Cuba defendió los agresivos intereses soviéticos en la región. Y tercero, y fundamental: el futuro de Cuba no lo marcará Washington, haga lo que haga, sino la propia sociedad cubana, en tensión permanente con la dureza del régimen. Por ello soy optimista. Porque ni la peor de las dictaduras sobrevive más allá de su propio tiempo. ¿Durará mucho el castrismo? Puede que aún dure, pero será lo que dure su agonía.
La Vanguardia. Barcelona.
- Carlos Alberto Montaner
1901: Cuba entre la anexión y la república por Carlos Alberto Montaner
Nació en La Habana, Cuba. Prolífico autor, galardonado columnista, periodista y conferencista, que fue preso político y ha ejercido como profesor en numerosas universidades. Es fundador y presidente de la Unión Liberal Cubana y vicepresidente de la Internacional Liberal.
Entradillas
En 1901 nadie sabía exactamente cuál era la intención del gobierno de Estados Unidos con relación a la Isla.
Existía un elemento extremadamente debilitador: la ausencia de un liderazgo indiscutible en las filas cubanas independentistas. Muertos Martí, Maceo y Calixto García -este último durante una visita oficial a Washington en 1898-, y Máximo Gómez decidido a inhibirse, la jefatura de los demás jefes insurrectos era intensamente discutida.
*
La «Resolución Conjunta» impedía, ciertamente, que Cuba -como ocurrió con Puerto Rico y Filipinas- fuera convertida en una colonia manu militari, pero no que los cubanos, libremente, por su propia decisión -pensaban los anexionistas-, motivados por la gratitud, la defensa de sus intereses económicos y el temor al caos a que podía conducir el autogobierno, solicitaran integrarse en el poderoso estado vecino.
*
Sucedió una tremenda ironía: tras el proceso de institucionalización impulsado por la intervención norteamericana, acaso como paso previo a una probable anexión de Cuba, esa posibilidad se desvaneció casi instantáneamente.
En 1901 una palabra clave podía definir el estado de ánimo general de los cubanos: incertidumbre. Nadie sabía exactamente cuál era la intención del gobierno de Estados Unidos con relación a la Isla. ¿Quería anexionarla a la Unión por su ya entonces gran peso azucarero, como aseguraba el senador Morgan? O, por el contrario, ¿se sujetarían los norteamericanos a la «Enmienda Teller» o «Resolución conjunta» -cámara y senado- de abril de 1898, suscrita como prólogo a la guerra entre Washington y Madrid, por la que se consignaba que Cuba tenía derecho a ser libre e independiente? Pero si inquietante era ignorar los ocultos designios americanos, complicados con señales contradictorias emitidas por funcionarios y políticos que no se ponían de acuerdo, más grave aún era desconocer cuál era, realmente, la voluntad de los propios cubanos.
En efecto, nadie sabía con razonable precisión lo que pensaba la mayoría de los cubanos. No había técnicas para encuestar la opinión pública, y las viejas categorías de «autonomistas» e «integristas» se habían oscurecido tras la experiencia brutal de la última guerra. En 1901 las opciones vigentes eran la independencia -la más obvia-, o la anexión a Estados Unidos, tácitamente desechada por ambas partes tras la Guerra Civil norteamericana, pero súbita y confusamente revivida tras la intervención de la Unión en el conflicto cubano. No obstante, el sentido común y la simple observación transmitían cierta información: parecía que los propietarios y las personas más acaudaladas eran partidarios de la anexión de Cuba a Estados Unidos, objetivo en el que coincidían con los españoles avecindados en la Isla, quienes veían en estos vínculos una garantía a sus vidas y propiedades.
Por otra parte, daba la impresión de que los criollos blancos educados, los campesinos de todas las razas y los negros y mulatos de las zonas urbanas, mayoritariamente preferían la independencia, aunque es probable que ese sentimiento nacionalista no estuviera uniformemente implantado en toda la Isla. En el occidente, La Habana incluida, siempre existió una cierta desconfianza frente a la capacidad de los cubanos para ejercer plenamente la soberanía -de ahí el notable éxito de la fórmula «autonomista» en la región-, mientras que en el oriente del país predominaban las tendencias separatistas.
Sin liderazgo ni legitimidad
La falta de un claro consenso nacional sobre la naturaleza del Estado que estaba a punto de gestarse -o de abortar- iba acompañada de otro elemento extremadamente debilitador: la ausencia de un liderazgo indiscutible en las filas cubanas. Muertos Martí, Maceo y Calixto García -este último durante una visita oficial a Washington en 1898-, Máximo Gómez decidido a inhibirse -«los hombres de la guerra son para la guerra, los de la paz para la paz»- y ásperamente enfrentado a numerosos militares cubanos, ninguno de los jefes del Ejército Libertador contaba con el respaldo abrumador de los soldados rebeldes y mucho menos de la vacilante sociedad civil cubana.
Más aún: entre las disposiciones del Partido Revolucionario Cubano, gestor del ejército mambí, estaba la de disolver esa fuerza militar una vez obtenida la victoria. Así que en el momento en que Estados Unidos pidió el licenciamiento de las tropas cubanas, lo que comenzó a discutirse fue cómo hacerlo, cuánto había que pagarles a los soldados -muchos de ellos pobres hasta la indigencia-, y el monto dispuesto a prestar para hacerle frente a esta masiva desmovilización de algo más de treinta mil rebeldes. Finalmente, tras unas humillantes discusiones, la suma acordada fue de tres millones de dólares, muy inferior a los diez solicitados, lo que añadió una gran dosis de amargura entre los frustrados ex combatientes.
En el terreno político ocurría algo parecido. Los estatutos del Partido Revolucionario Cubano indicaban la disolución de la institución tan pronto como la guerra fuera ganada, cosa que también sucedió de manera casi natural. Martí, creador del PRC, en su celo por evitar el surgimiento del caudillismo o del militarismo, y obsesionado por la historia de abusos y atropellos cometidos en toda América tras el advenimiento de las repúblicas, quiso ahorrarles esos conflictos a los cubanos, pero en sus cálculos no entró que la derrota de España sería a manos de otra potencia imperial, lo cual dejaba a los independentistas sin un cauce natural para aspirar al poder.
En 1898, tras el fin de la guerra, sólo quedó una débil estructura capaz de insinuar la jerarquía de los independentista: el Gobierno de la República de Cuba en Armas, presidido por el general Bartolomé Masó, pero su oportunidad histórica se había esfumado varios meses antes, sin que nadie lo advirtiera, cuando el Congreso americano ignoró una declaración de reconocimiento oficial propuesta por el senador Joseph Benson Foraker -uno de los más sagaces críticos del jingoísmo imperialista-, optando este parlamento por la más vaga «enmienda Teller».
Carente de la fuente de legitimidad defendida por Foraker, con el ejército mambí desmantelado y el Partido Revolucionario Cubano disuelto, el «gobierno de Masó» no pasaba de ser una fantasmagórica entelequia que no tenía otro peso específico que el de las biografías de tres de sus más distinguidos integrantes: el propio Masó -un hombre enérgico, difícil, que había tenido sus encontronazos con Maceo-, Domingo Méndez Capote, vicepresidente, y José B. Alemán, Secretario de Guerra.
Anexionistas e independentistas
¿Por qué la administración de McKinley, tras la explosión del Maine y cuando parecía inevitable la guerra con España, se había negado a reconocer al Gobierno de la República de Cuba en armas? Seguramente, para dejar entre abierta la puerta de la anexión. Pero, si ése era el propósito oculto, ¿por qué se había aprobado la Enmienda Teller que declaraba que Cuba tenía el derecho a ser libre e independiente? Nadie puede asegurarlo, pero probablemente la mejor conjetura es ésta: porque la clase dirigente norteamericana estaba profundamente dividida en cuanto a los objetivos de la intervención en Cuba, brecha que muy hábilmente aprovechó el lobby independentista de los exiliados cubanos, asesorado por el abogado Horatio Rubens, el amigo de Martí, para arrancarle al congreso un compromiso formal que garantizaba el derecho a la independencia. Los anexionistas pudieron evitar la declaración de Foraker, pero, sin demasiado entusiasmo debieron admitir la de Teller.
Había en Washington genuinos partidarios de la independencia -como el senador Foraker-, y había «halcones» como Teddy Roosevelt que esperaban que la Isla fuera anexada a Estados Unidos, tal y como se había hecho con Hawaii, precisamente en 1898. En todo caso, la «Resolución Conjunta» no cancelaba totalmente la posibilidad de la anexión. Hacía medio siglo, los texanos, antes de pedir su incorporación a la Unión, habían pasado por el expediente de crear una fugaz república. Los cubanos, pues, que en su momento habían copiado la bandera de la estrella solitaria de la república texana, podían ejercer su soberanía de la misma manera. La «Enmienda Teller» impedía, ciertamente, que Cuba -como ocurrió con Puerto Rico y Filipinas- fuera convertida en una colonia manu militari, pero no que los cubanos, libremente, por su propia decisión -pensaban los anexionistas-, motivados por la gratitud, la defensa de sus intereses económicos y el temor al caos a que podía conducir el autogobierno, solicitaran integrarse en el poderoso estado vecino.
Eso era lo que en el bando anexionista norteamericano, dirigido por el Secretario de Estado Elihu Root, un brillante político y diplomático, predecían que ocurriría. De ahí que antes del triunfo los norteamericanos le negaran el reconocimiento oficial al gobierno de Masó, y luego de la derrota española hicieran lo mismo con la Asamblea organizada por los mambises como órgano representativo de los insurrectos: la estrategia de Washington consistía en no fortalecer las estructuras independentistas y no provocar un drástico cambio de mando.
Convocatoria a elecciones
Para lograr sus propósitos los norteamericanos tenían que hilar muy fino. Primero debían crear un gobierno local, pero con las facultades mermadas, de manera que fuera posible la absorción cuando llegara su momento. Para conseguir el objetivo inicial ordenaron la celebración de unas elecciones municipales seguidas de otra consulta popular encaminada a escoger a un grupo de cubanos que debería redactar una constitución que serviría de base al Estado que pronto cobraría forma. Para obtener el segundo objetivo, le colocarían ciertos límites al ejercicio soberano de ese Estado: la posteriormente famosa «Enmienda Platt», obligatoriamente colocada como apéndice a la constitución como condición sine qua non para poner fin a la ocupación norteamericana. O los cubanos la aceptaban o los norteamericanos no se iban. A regañadientes, entre los constituyentistas cubanos prevaleció el espíritu de los posibilistas y la enmienda fue admitida.
Es verdad que existía en Washington un legítimo temor a que los cubanos no fueran capaces de administrar el país correctamente -lo que colocaba a los norteamericanos en una situación difícil dados los acuerdos del Tratado de París que garantizaba la vida y la hacienda de los españoles-, y no era incierto que se temía al apetito imperial de poderes europeos como el alemán y el británico, entonces embarcados en una política exterior muy agresiva cuyos colmillos ya se veían en el Caribe, pero el propósito de fondo, nunca confesado abiertamente, era otro: crear en la Isla, de hecho, una especie de protectorado que pudiera evolucionar sin traumas hacia el ámbito soberano de Estados Unidos. En una correspondencia confidencial del general Leonardo Wood, jefe militar norteamericano en Cuba, a Theodore Roosevelt, entonces vicepresidente americano, estas intenciones se manifiestan con absoluta claridad: «Lo principal ahora es establecer el Gobierno cubano. Nadie lo ansía más que yo, siempre que lo sea de modo que resulte duradero y seguro hasta el momento en que el pueblo de Cuba desee establecer relaciones más íntimas con los Estados Unidos».
Más claro, ni el agua, pero el tiro salió por la culata. Paradójicamente, estas dos directrices del gobierno militar -la convocatoria a elecciones municipales y a una asamblea constituyente- pusieron en marcha una dinámica política que haría imparable el advenimiento de la República y consolidaría la tendencia independentista de forma inequívoca. En efecto, el proceso electoral para escoger alcaldes y autoridades locales (16 de junio de 1900), seguido de la disposición militar que ordenaba unos comicios para seleccionar a los miembros a la Convención Constituyente (15 de septiembre del mismo año), tuvieron como resultado la inmediata vertebración de los primeros partidos políticos cubanos y la legitimación de una clase dirigente que, casi toda salida de la guerra de independencia, pero con espacios generosos conquistados por los autonomistas, contaba ahora con la autoridad que otorgaba la democracia. La Enmienda Platt, por su parte, sirvió para galvanizar la corriente nacionalista y para darles nuevos bríos a los decaídos ímpetus independentistas. Por primera vez cientos de cubanos se lanzaron a las calles gritando una consigna impensable pocos meses antes: «¡No a las carboneras!». Se referían a las bases de aprovisionamiento de carbón que los norteamericanos exigían crear en suelo cubano.
Partidos políticos y tendencias
Dos fueron los candidatos que, inicialmente, pensaron optar por la primera magistratura. Uno, tal vez el más predecible, era el general Bartolomé Masó, último presidente de la república en armas, combatiente desde 1868, y el otro, Tomás Estrada Palma, maestro en Estados Unidos, cuáquero, también ex presidente de Cuba en la manigua, pero durante la Guerra de los Diez Años, y presidente del Partido Revolucionario Cubano por recomendación de José Martí, quien lo tenía en alta estima.
¿Qué separaba a ambos hombres en el terreno ideológico? Probablemente la actitud ante la Enmienda Platt. A Masó, como a muchos cubanos, le parecía una intolerable mutilación de los atributos soberanos de la naciente república. Estrada Palma, en cambio, la percibía como un inconveniente poco sustantivo. Al fin y al cabo, las limitaciones impuestas al país podían ser humillantes en un plano subjetivo, pero en modo alguno lo perjudicaban, salvo que Estados Unidos se viera envuelto en una guerra internacional y ello arrastrara a los cubanos al conflicto. Por otra parte, mientras Masó parecía confiar en la capacidad de los cubanos para el autogobierno, Estrada siempre tuvo serias sospechas, como se vería varios años más tarde, en 1906, cuando Don Tomás, ya presidente, le pediría a Roosevelt una nueva intervención norteamericana encaminada a sofocar una rebelión que tomaba las características de una verdadera guerra civil.
La gran ironía
Los primeros partidos políticos tomaron el nombre de «Nacional» y «Republicano», pero casi inmediatamente se fragmentaron en agrupaciones regionales dirigidas por caudillos locales, alguno de ellos, como era el caso de José Miguel Gómez, líder en Las Villas, santificado tanto por su historial militar como por la predilección norteamericana que lo había puesto al frente de esa provincia durante la ocupación militar. Curiosamente, tanto Masó como Estrada tuvieron el apoyo de grupos separatistas y autonomistas, aunque el primer partido clasista que conoció la nación, el pequeño pero activo Partido Popular Obrero de Diego Vicente Tejera, respaldó resueltamente la candidatura de Masó. De una manera todavía muy vaga e imprecisa, el voto sociológico de lo que hoy llamaríamos «derecha» prefirió a Estrada y el de la «izquierda» a Masó.
Cuando la candidatura de Estrada comenzó a despegar, especialmente tras el apoyo militante de Máximo Gómez, que salió a hacer campaña por «Tomasito» a lo largo de toda la Isla, y ante la creación de una Junta Electoral en la que sus hombres no participaban, Masó, después de acusar a los Estados Unidos de parcialidad y de preferir a Estrada -en lo que seguramente no le faltaba razón-, decidió retirarse del proceso y dejar a su contendiente como candidato único, pese a que éste ni siquiera se había molestado en viajar a la Isla todavía.
Finalmente, el 31 de diciembre de 1901, los cubanos concurrieron a las urnas para elegir a sus gobernantes. El país tenía un millón y medio de habitantes, de los cuales sólo un tercio -entonces las mujeres no sufragaban- podía ejercer ese derecho. Estrada Palma ganó holgadamente, pero más de cincuenta mil cubanos votaron en su contra y más de cien mil se abstuvieron de acudir a las urnas. Una cosa, sin embargo, sí estaba clara y no deja de constituir una tremenda ironía: tras el proceso de institucionalización impulsado por la intervención norteamericana, la anexión había dejado de ser una opción posible. La nación cubana ya tenía todos los elementos que le permitían convertirse en un estado independiente: la voluntad mayoritaria de la población, la cultura compartida, la historia común, los mitos, los héroes, los símbolos. Sólo faltaba la aparición de los líderes y el establecimiento de los cauces para transmitir la autoridad. Todo eso brotó casi por carambola en el angustioso año de 1901. Varios meses más tarde se inauguraría la república.
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