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[Lee el artículo completo]- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Thomas Kuhn, el físico y filósofo de la ciencia estadounidense, acuñó en su obra clásica La estructura de las revoluciones científicas (1962) el concepto de un “cambio de paradigma”. El meollo del planteamiento de Kuhn sobre revoluciones científicas, es que una vez que se presentan suficientes anomalías importantes que cuestionan y consecuentemente debilitan la fundamentación intelectual y práctica del paradigma existente, se produce una crisis dentro del entorno disciplinario en cuestión. Criterios opuestos chocan y el resultado de este brete es la reconsideración y deconstrucción del modelo en operación. El producto final es el surgimiento de un paradigma nuevo, producto de la corriente prevaleciente. Estamos ahora en la fase incipiente de un cambio de paradigma político. Esta inserción paradigmática hará mucho bien a la democracia en el mundo, servirá para robustecer su ética y colocará valores elementales en un lugar de visibilidad y relevancia nuevamente.
La victoria electoral de Donald J. Trump tiene un trasfondo seminal para el panorama sociopolítico, que va mucho más allá de lo que constituye un cambio de predominancia de un partido en un país, del alzamiento de una figura particular como líder o de la supremacía ideológica de corrientes de pensamiento tradicionalmente conocidas. Esta revolución sociopolítica que se está gestando da muestras de tener características extraterritoriales, posee un arraigo mundial y cuenta como enemigos a bastiones de polos ideológicos opuestos. Curiosamente, tanto la trinchera de la amalgama que compone la izquierda radical que incluyen: el neocomunismo (marxismo cultural y comunismo asiático: China, Vietnam, Laos), el socialismo fabiano, el anarquismo, el fundamentalismo islámico, etc., como la derecha calificada que incluye adeptos al: el libertarismo, el liberalismo clásico, el comercio internacional y multinacional, etc.; todos han encontrado un enemigo común en esta revolución que tiene cómo su principal promotor práctico a Trump. ¿Qué cohesiona esta fuerza reaccionaria compuesta de corrientes tan divergentes? Y más importante aún, ¿por qué ha de servirle a la libertad este paradigma que surge?
Algunos sostienen que el modelo socioeconómico global existente se empezó a moldar, teóricamente y poco a poco, desde la introducción del circuito integrado en 1959 con su revolución electrónica subsecuente. La división de labor internacional, la redistribución del lucro empresarial y la transferencia de la riqueza que este modelo formuló, sin embargo, cogió cuerpo, autoridad y fuerza verdadera a partir de los acuerdos de “libre” pero no equilibrado comercio y del establecimiento de la Organización Mundial del Comercio (“OMC”) en 1995. La orden estructural del modelo globalizado que se ha institucionalizado a partir del génesis del OMC y que ahora se le está retando, ha demostrado importarle un bledo la democracia y los valores universales y pre político como la libertad y los derechos naturales y humanos.
Como todo sistema socio-económico brota de sí mismo una ética que impacta el orden político, legal y moral, no podemos aislar el juicio crítico que se le extiende a lo que conocemos generalmente como la “globalización”, a meras cifras de medidores establecidos. Los números que producen mecanismos macroeconómicos como el Producto Interno Bruto (“PIB”) de un país o una bolsa de valores (“bolsas”) determinada, no revelan toda la realidad. No contienen una capacitación radiográfica integradora de una sociedad y su conexión con la economía. En otras palabras, no nos dice toda la verdad porque se concentra en contextos de análisis específicos y deja fuera mucho. Si la globalización ha servido los intereses materiales de la mayor parte del mundo, es una cuestión debatible cuando se hace una reflexión exhaustiva.
China comunista, Vietnam e India, por ejemplo, han tenido una reducción significativa de la pobreza en los últimos treinta años. En los EE UU y otras potencias ricas, la alta esfera del entorno corporativo, esos con títulos de post graduado conectados con empresas multinacionales y los accionistas principales de éstas, han visto su patrimonio crecer impresionantemente, sin duda. Eso es lo refleja el PIB y las bolsas. Lo que queda menos señalado es lo que posibilitó todo lo mencionado previamente.
Ha habido una transferencia de riqueza olímpica de la clase media trabajadora sin título universitario en países como los EE UU y otros ricos (o del “primer mundo”) hacia potencias globalizadas como China comunista, et al, y a una minoría de los ciudadanos de esas naciones del primer mundo. La disparidad de ingreso que este modelo ha producido es escandalosa. En algunos casos y momentos, la alta cúpula corporativa gana trescientos cincuenta veces más de lo que es la remuneración promedia de sus obreros de esas mismas empresas. El abaratamiento de cierta mercancía que este orden globalizado ha brotado, no equipara la pérdida del estándar de vida de la clase trabajadora sin formación académico superior. Estos son sólo algunos aspectos que demuestran lo cuestionable que es rendir un veredicto favorable al orden globalizado existente, ni siquiera en aras materiales y económicas.
El paradigma nuevo venidero, a pesar de presentar su banderín de lucha en los EE UU con argumentos donde predomina la economía, es en lo político y lo ético donde tendrá su impacto más significante. El modelo globalizado operando a full desde los mediados 1990’s y vigente aún, produjo un cambio en las reglas del juego de corte político y moral. Al fusionar erróneamente mercados con democracia, le abrieron la puerta a los males del relativismo moral y la equivalencia falsa. El resultado de la globalización ha sido desastroso para la institucionalización universal de los derechos humanos, algo que se propuso el orden post Segunda Guerra Mundial. ¡Hasta la caída del comunismo soviético se echó a perder!
La Unión Soviética, el primer Estado comunista y el centro de mando desde donde se lanzó la guerra mundial para imponer el marxismo-leninismo violentamente y en atuendo revolucionario, fracasó en su intento original porque fue combatida exitosamente por las democracias del mundo usando una combinación de estrategias. Entre ellas estaba el combate político, ideológico, bélico, cultural y económico. En otras palabras, fue una postura integradora que llevaron en los EE UU el sello pronunciado de la Doctrina Truman (1945-1979), la política de contener el comunismo y posteriormente vino la Doctrina Reagan (1980-1990) que sustituyó el principio de contención por la más agresiva terapia de retar frontalmente y revertir el marxismo en el poder. El mundo libre ganó la Guerra Fría pero perdió la paz por la priorización de la economía, como su mecanismo de transición predominante.
¡Qué ironía ver a los comunistas y los capitalistas coincidir en una aberración tan colosal! Los marxistas ortodoxos insistieron hasta el final, a pesar de tener evidencia empírica que contradecía su dogma, que la economía era el factor determinante en la vida y en su esquema cósmico. Las democracias triunfantes después de la caída del comunismo soviético cometieron ese mismo error perceptivo y analítico al extenderle al entorno económico credenciales transformadoras tan desorbitadas y abandonar la postura multidimensional que les había dado la victoria en el primer lugar. En el caso específico del curso que adoptó el mundo libre post URSS, fue la priorización del sistema socioeconómico como agente de cambio y la desatención total a consideraciones de los sistemas de creencias que constituyan ideologías, sus instituciones y la cultura que arrastraban. Los ganadores de la Guerra Fría dieron primacía a lograr la institucionalización universal de un modelo económico genérico o cuasi genérico, para consolidar la victoria percibida, cuya base fundacional de este modelo serían los mercados, el comercio global, la desaparición de barreras internacionales para la producción de bienes y servicios y el traslado y la repoblación de la base industrial.
Francis Fukuyama, el politólogo estadounidense, captó esencialmente la percepción falsa que prevaleció inmediatamente después de la caída del comunismo soviético en los círculos políticos democráticos, en su obra El fin de la Historia y el último hombre (1992). En ese libro, que fue una profundización de un ensayo suyo del mismo nombre escrito en 1989, el influyente intelectual de origen japonés argumentó que la muerte percibida del comunismo significaba el fin de las ideologías, ya que la democracia liberal había ganado la batalla de las ideas de forma contundente e irreversible aparentemente y que a partir de ahí la “historia” paraba de reflejar choques de contradicciones, según el dogma marxista propiamente (tesis, antítesis y síntesis). Para Fukuyama, igual que para la clase política de las democracias de ese momento, la “síntesis” había alcanzado la posibilidad de eternizarse. Las democracias cometieron aquí también, otra equivocación como la que cometió Marx, al suponer que la “historia” pararía y dejaría de producir síntesis nuevas. En ese momento, fueron pocos los que vislumbraron que el comunismo produciría una versión modificada, una síntesis al final, que pretendiendo portar un vestuario desideologizado, resurgiría y avanzaría por medio de nuevas alianzas y todo bajo la mirada tolerante y amoral del nuevo orden económico global.
Siguiendo la lectura falsa que ha reinado desde la década post soviética (no post comunista), los presidentes estadounidenses desde George H. W. Bush (padre) hasta Barack Obama aceptaron la premisa subyacente que insistía que el mundo se había desideologizado, que el comunismo había muerto, que la democracia era sinónima con el capitalismo (o versiones del mismo) y que la globalización era un mecanismo eficaz para promover la democracia. Este entendimiento formuló, valga la redundancia, un prototipo económico global que debido a la ética que dicho sistema ha generado, la democracia ha estado en un periodo de recesión universal severo, derechos fundamentales se han defenestrado y movimientos subversivos han logrado penetrar instituciones democráticas y han logrado gestar una inercia entre la clase política democrática que no ha sabido qué hacer frente a dictaduras que comercian en el mercado ávidamente y reprimen a sus ciudadanos con la misma eficacia. Algunos de estos regímenes despóticos hasta tienen votaciones y toleran oposiciones marginales.
Esto es una sinopsis de la situación. El comunismo se reinventó en el Foro de Sao Paulo. Dando fidelidad y reconociendo la supremacía de la premisa gramsciana, los comunistas de este siglo aceptan la primacía de la cultura como el motor determinante en la sociedad y actúan en acorde a esa racionalización, la propiedad privada pero “dirigida” es ahora tolerada selectivamente y ha sido insertada en formación unísona con la ideología (como lo fue con los fascistas). El comunismo asiático, i. e., modelo chino/vietnamita, ha seguido robusteciéndose con creces gracias a la globalización. El islamismo radical, tanto el suni como el chiita, ha visto su capacitación para penetrar las instituciones democráticas simplificarse, producto del prototipo económico existente. La igualación de valores que la ética del globalismo ha confeccionado, ha hecho posible que hoy gigantes de la barbarie como China comunista, ocupen un lugar tan importante en los asuntos del mundo. El castrocomunismo, su satélite en Venezuela y las otras dictaduras del llamado socialismo del siglo XXI (Ecuador, Bolivia y Nicaragua), entienden lo útil de este sistema amoral que no discrimina a ningún socio económico, aunque dicho productor o mercado sea un violador en serie de crímenes de lesa humanidad.
Por eso y mucho más, es primordial que triunfe este movimiento político y esta corriente intelectual que se está manifestando en los EE UU, en Europa y en América Latina ahora y que logré producir un paradigma político nuevo. La democracia y la libertad se beneficiaran de un modelo sociopolítico cuya ética abrace valores tradicionales como la familia, que honre a la nación y la enaltezca, que rechace el relativismo moral y la igualación de todas las culturas, que reinserta la institucionalización del respeto a los derechos humanos, que eleve y concrete el principio de la rendición de cuentas y que se concluya con el secularismo desenfrenado que sirviendo los propósitos de un ateísmo fundamentalista, ha intentado excluir a Dios de la vida de la sociedad.
Tal vez Trump ni siquiera esté consciente de las ramificaciones que su guerra contra el orden del globalismo existente tendrá sobre el prototipo político prevaleciente. El cambio sísmico que este enfoque disidente promete, sin duda, tiene muy preocupados a dictadores y empresarios que han estado en complicidad con el despotismo. El bien y el mal existen y no pueden o deben coexistir. Es hora ya que el sistema que ha promovido una equivalencia inmoral a equiparar en aras prácticas de la política y el comercio, concluya. ¡Los demócratas del mundo le deben dar la bienvenida al nuevo paradigma político que se está gestando!
Libro Democratización en Cuba: Un manual conciso ►
- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Entre los veinte y seis libros que escribió el novelista norteamericano, Richard Condon, el que más se destacó fue El candidato manchuriano (“The Manchurian Candidate”). Esta obra de suspenso político publicada en 1959 y luego convertida en película en 1962 y también en 2004, tiene cómo trama la elaboración de una conspiración comunista que conlleva el acto de lavarle el cerebro a un individuo capturado y convertido en prisionero de guerra durante la Guerra de Corea, por parte de los servicios de inteligencia chino comunistas y soviéticos. La idea era que una vez que el protagonista principal era insertado en la sociedad estadounidense al concluir el conflicto, éste intentaría materializar los objetivos del comunismo internacional e impactar el poder político en la democracia norteamericana.
Barack Obama ha sido una versión actualizada, de no ficción y en la vida real, del candidato manchuriano. En el caso del cuadragésimo cuarto presidente de la nación estadounidense, no fue necesario ejecutar un lavado de cerebro para imponer un dogmatismo ideológico antidemocrático. Obama ya poseía suficiente bagaje que nos demuestra, incluso mucho antes de postularse para presidente, que su óptica del mundo era entendida dentro de una mentalización de lucha de clases cuyo recetario metodológico sería la de un socialista fabiano. Su defensa práctica de los valores universales de los derechos naturales y humanos, así como su sostenimiento de la ética democrática han sido antitéticos, medidos por los estándares históricos de los jefes ejecutivos de la democracia más modélica en el mundo.
Con un enfoque prioritario internacionalista, se propuso en gran medida a transformar el orden mundial en uno donde se le daría (o se le intentaría dar) un lugar de protagonismo mayor y privilegiado a enclaves del despotismo totalitario. Regímenes y movimientos del islamismo radical, como la Hermandad Musulmana y el chiismo fundamentalista de Irán, por ejemplo, encontraron en Obama un aliado sólido. El comunismo en su exégesis post soviético, también halló en éste, un coligado formidable.
Cuba ha sido su ensayo más emblemático en su intento de rescatar y transformar versiones duras del marxismo-leninismo y facilitar el viaje del mismo a los puertos seguros de la supervivencia. Obama, como fiel intérprete del principio gramsciano y leninista que formulaba que el papel del intelectual y del político era el de asistir a la historia, le extendió al castrocomunismo todo lo que su presidencia imperial le permitió para ayudar a que los déspotas cubanos transitaran a versiones más “light”, como el chino o el vietnamita. Gracias a Dios, esto parece haber fracasado, tal como lo vislumbraron Obama y los Castro. Sin embargo, como fiel adherente a procesos de leyes históricas, el presidente norteamericano saliente, antes de salir, decidió cometer otra violación más del concepto democrático de la división de poderes, y ha intentado abolir con un plumazo ejecutivo, lo que es un acto legislativo que tiene primacía: la Ley de Ajuste Cubano.
Bill Clinton, cuando emitió su orden ejecutiva de “pies secos, pies mojados” en 1995, limitó la práctica establecida de los EE UU de rescatar a cualquier cubano encontrado en alta mar huyendo del comunismo y de transportarlo hacia la libertad en territorio norteamericano. El ex presidente y esposo de la fracasada candidata presidencial demócrata, siempre fue uno en tramar palabras y conceptos presentando opuestos que, aunque contradijeran los hechos, siempre encontraba salidas percibidas como racionales pese a su real condición. El fenómeno de “pies secos, pies mojados” ha sido una de esas falacias vendidas en los EE UU como un “logro”, cuando en realidad sólo significó en la práctica, el extenderle un pretexto para convertir a los EE UU en un agente de facto de la guardia costera castrista.
Esa orden ejecutiva, la famosa y mal entendida “pies secos, pies mojados”, es la que Obama neutralizó con su orden ejecutiva. La lectura que se le está dando y la extensión de ésta en el ámbito de la política inmigratoria más integradora de los EE UU hacia los cubanos que buscan la libertad, sólo se puede admitir si se acepta el léxico obamista añadido en su acción administrativa y contradictoria a las normas y las funciones de lo que constituye una acción ejecutiva. La intención de darle a esta maniobra de Obama un carácter legislativo, debería de ser retada en los tribunales estadounidenses.
Mientras la nueva administración decide qué curso tomar con este acto imperial y vergonzoso de Obama, la vida de todos los cubanos que están en terceros países en ruta a los EE UU recae sobre los hombros de éste. Cuando Obama le extendió el reconocimiento diplomático a la dictadura castrista, pronunció públicamente que no cambiaría la política inmigratoria de la nación estadounidense hacia los cubanos. Gran parte de los que están en ese estado ahora convertido en uno de limbo, tomaron la decisión basado en las normas existentes en los EE UU y avaladas expresamente por su presidente. Fiel a su trayectoria de mentir sobre las mentiras, traicionó otra vez más a Cuba y a la tradición norteamericana de dar amparo al que busca libertad y de defender ésta como un valor inalienable. La explicación de por qué Obama ha sido tan mentiroso, e. g., el canje Gross-espías, el defender los DD HH, las cifras del comercio, etc., yace en la verdad desnuda de su moralidad política-ideológica.
Obama realmente no cree que es inaceptable lo que hay en Cuba hoy, ni mucho menos el modo que un grupo de facinerosos ejercen el poder político ahí. Podrá discrepar y estaría dispuesto a debatir cerebralmente sobre diferencias en los detalles de la operación y el uso del mismo, pero jamás sentiría repugnancia al contemplar como atropellan a los cubanos en pleno día, todos los días. La realdad fehaciente es que las diferencias entre Obama y el castrocomunismo, es la de un socialista fabiano y un marxista. ¡Qué horror si Obama le hubiera tocado gobernar sobre un país con instituciones democráticas menos enraizadas!
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Le deseamos muchas bendiciones en este día tan especial. El Día de Acción de Gracias, la celebración más distintiva en el calendario de los EE UU, recoge como ninguna otra la esencia fundacional de la nación norteamericana. Paradójicamente fueron los EE UU, una república constitucional que fue pionera en concretar el principio de la separación entre la Iglesia y el Estado, el mismo que se fundó sobre una búsqueda integradora de la libertad de culto y un apego pleno a Dios. Desde el Pacto del Mayflower (1620), la Primera Carta de Virginia (1606), todos los documentos fundacionales de las Trece Colonias, la Declaración de Independencia (1776), las proclamaciones presidenciales de George Washington (1789) y Abraham Lincoln (1863) estableciendo un día nacional para darle gracias a Dios en forma colectiva (y otras más), todos estos documentos históricos reflejan correctamente los lazos de un pueblo y una nación con el Todopoderoso.
Esta tradición hermosa y sanadora es una que cualquier nación haría bien en aplicar. Al pie le incluimos el texto del Pacto del Mayflower y las proclamaciones presidenciales de George Washington y Abraham Lincoln.
Cordialmente,
Julio M. Shiling
En el nombre de Dios, Amén.
Nosotros, cuyos nombres están escritos debajo, los sujetos leales de nuestro Temible Soberano Señor Rey Jaime, por la Gracia de Dios, de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, Rey, Defensor de la Fe.
Habiendo emprendido para la Gloria de Dios, y el Avance de la Fé Cristiana y el Honor de nuestro Rey y Patria, una travesía para plantar la primera colonia en las Partes Norteñas de Virginia; hacemos por estos presentes, solemne y mutuamente en la Presencia de Dios y unos con otros, pacto y nos combinamos juntos en un Cuerpo Político Civil para nuestro orden y preservación y fomento de los fines antedichos; y por virtud de esto establecemos y aprobamos, constituimos y formamos, tales justas e iguales leyes, Ordenanzas, Actas, Constituciones y Oficios, de tiempo en tiempo, según sea considerado muy propio y conveniente para el Bienestar General de la Colonia, a la cual prometemos toda la Obediencia y Sumisión debidas. En fe de lo cual hemos suscripto nuestros nombres a esto en Cape Cod el once de Noviembre, en el Reino de Nuestro Soberano Señor Rey Jaime de Inglaterra, Francia e Irlanda, el dieciocho y de Escocia, el cincuenta y cuatro. Anno Domini, 1620.
Proclamación del Día de Acción de Gracias de George Washington (1789)
Considerando que es deber de todos los Estados reconocer la providencia del Dios Todopoderoso, obedecer su voluntad, ser agradecidos por sus beneficios, y humildemente implorar su protección y favor -y visto que ambas Cámaras del Congreso, por su Comité conjunto, han solicitado "recomendar a las personas de los Estados Unidos observar un día de acción de gracias y oración pública, reconociendo con corazones agradecidos los muchos favores del Dios Todopoderoso, especialmente por haberles ofrecido una oportunidad pacífica de establecer una forma de gobierno para su seguridad y felicidad".
Ahora, pues, yo recomiendo y designo que el jueves 26 de noviembre sea dedicado por la gente de estos estados al servicio de aquel gran y glorioso Ser, que es el Autor benévolo de todo lo bueno que era, que es y que será -Que todos podamos unirnos en la prestación a Él de nuestro más sincero y humilde agradecimiento- por su amable cuidado y por la protección de aquellas personas de este país anteriores a convertirnos en una nación- por las señales y muchas misericordias y las interposiciones favorables de su Providencia que hemos experimentado en el curso y celebración de la última guerra, el alto grado de tranquilidad, unión, y abundancia que hemos disfrutado, por la manera pacífica y racional en la que se nos ha permitido establecer constituciones de gobierno para nuestra seguridad y felicidad, y sobre todo, Aquél nacional últimamente ha instituido la libertad civil y religiosa con la que hemos sido bendecidos; y los medios que tenemos de adquirir y difundir conocimientos útiles; y en general por todos los grandes y diversos favores que Él ha tenido a bien conferirnos.
Y también que podamos entonces unirnos en el ofrecimiento humilde de nuestras oraciones y súplicas al gran Señor y Soberano de las Naciones, rogándole que perdone nuestros pecados nacionales para que podamos todos, ya sea en estaciones públicas o privadas, realizar nuestros varios deberes de manera puntual y adecuada, rindiendo nuestro gobierno nacional como una bendición para todo el pueblo, siendo constantemente un Gobierno de justas y sabias leyes constitucionales, de manera discreta y fielmente ejecutadas y obedecidas, con el fin de proteger y guiar a todos los Soberanos y a las Naciones (especialmente aquellas que han mostrado misericordia con nosotros) y que los bendiga con un buen gobierno, con paz y concordia -para promover el conocimiento y la práctica de la verdadera religión y virtud, y el incremento del conocimiento entre ellos y nosotros, y en general para conceder a toda la Humanidad un grado de prosperidad temporal como sólo Él sabe que es mejor.
Dado bajo mi mano en la Ciudad de Nueva York, el tercer día del mes de octubre en el año de nuestro Señor 1789.
Traducción de Omar Jaramillo
Todo por Gracia blogspot
Proclamación del Día de Acción de Gracias de Abraham Lincoln (1863)
El año que está llegando a su fin ha estado pleno de bendiciones con fértiles campos y benéficos cielos. A estos bienes, que tan constantemente disfrutamos por lo que somos propensos a olvidar la fuente de la que vienen, se han sumado otros que son de una naturaleza tan extraordinaria que inevitablemente penetran y suavizan incluso el corazón habitualmente insensible a la siempre vigilante providencia de Dios Todopoderoso.
En medio de una guerra civil de magnitud y gravedad iniguables que a veces parecía invitar y provocar a la agresión de estados extranjeros, se ha mantenido la paz con todas las naciones, se ha mantenido el orden, se han respetado y obedecido las leyes y la armonía ha prevalecido por doquier excepto en el escenario del conflicto armado, aunque ese escenario se ha contraído grandemente debido al avance de las fuerzas militares y navales de la Unión.
La necesaria desviación de riqueza y fortaleza de los campos de la industria pacífica hacia la defensa nacional no han detenido el arado, el transporte o el barco; el hacha ha ensanchado los límites de nuestros asentamientos; y las minas, tanto de hierro y carbón como las de nuestros metales preciosos, han rendido incluso más abundantemente que antaño. La población ha crecido firmemente a pesar de las pérdidas en el campo, el sitio y el campo de batalla, y el país, regocijándose en el conocimiento de una mayor fortaleza y vigor, se permite esperar una continuidad de años con un gran aumento de libertad.
Ninguna mente humana ha diseñado ni ninguna mano mortal ha construido estas grandes cosas. Son los gentiles dones del Altísimo que, aunque se molesta con nosotros por nuestros pecados, a pesar de todo tiene muy presente la misericordia.
He creído adecuado y apropiado que tales dones deberían ser reconocidos solemne, reverente y agradecidamente con un solo corazón y al unísono por todo el pueblo americano. Por tanto, invito a mis conciudadanos en cualquier lugar de Estados Unidos y también en tierras extranjeras, a señalar y guardar el último jueves de noviembre próximo como un día de acción de gracias y alabanza a nuestro Padre benefactor que mora en los cielos.
Y les recomiendo que, mientras hacen las ofrendas en justicia a Él debidas por tan singulares salvaciones y bendiciones, también encomienden, con humilde penitencia por nuestra perversidad y desobediencia nacionales, a Su amoroso cuidado a todos los que hoy son viudas, huérfanos, deudos o dolientes de la lamentable lucha civil en que estamos inevitablemente involucrados y que fervientemente imploren la intervención de la mano del Todopoderoso para restañar las heridas de la nación y restablecerla tan pronto como esto coincida con el propósito divino para el pleno disfrute de paz, armonía, tranquilidad y unión.
© Traducción de Alberto Río y Miryam Lindberg
Heritage Libertad
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Trump, Cuba y la reconsideración del deshielo.
Donald J. Trump acaba de convertirse en el cuadragésimo quinto presidente de los EE UU. Esta proeza lograda con el apoyo mayoritario de la clase trabajadora norteamericana, donde quedó demostrado que más que el género, la religión, la afiliación de partido, la raza o la etnia, lo que impulsó a los estadounidenses votar por el empresario neoyorquino fue la visión unísona de que imperaba la necesidad de un cambio de curso en la tierra de Washington y Lincoln. Esta elección histórica que augura dejar como resultado final un cambio sociopolítico paradigmático, no significa sólo un clamor a la acción contra una globalización que urge reajustes profundos para remediar toxicidades que ha infligido, desproporcionalmente, a los obreros sin formación académica en el primer mundo, o contra un elitismo ideologizado que insiste en dominar el lenguaje y la cultura para así intentar aherrojar las mentes y las actitudes del resto de la sociedad. No. Esto ha sido también un referéndum sobre la presidencia larga de Barack Obama.
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