Cuba: El embrujo que cautivó a la intelectualidad
Hubo un tiempo en que Cuba era un hechizo. No una isla, sino una idea flotante, una promesa. Era el sonido de una guitarra que cortaba el silencio de las dictaduras militares de América Latina, el humo de un habano encendido junto a una barricada de palabras, la utopía que parecía tener dirección, rostro, nombre. Para muchos artistas, escritores y cineastas del siglo XX, Cuba fue la posibilidad de lo nuevo, la dignidad armada frente al imperio, la cultura hecha revolución.
Jean-Paul Sartre, con los pies en la arena de Varadero y la mente ardiendo de simpatía, llamó a Fidel Castro “el más completo intelectual de América Latina”. Gabriel García Márquez lo consideró su amigo entrañable. Eduardo Galeano se emocionó al hablar de los médicos cubanos que recorrían el Tercer Mundo. Julio Cortázar, comprometido con la izquierda, dijo haber sentido “un escalofrío de esperanza” al ver nacer aquel experimento. Y sin embargo, todos ellos —como tantos otros— también sintieron, en algún momento, el filo de la decepción. Porque el embrujo no duró para siempre.
Cuba sedujo con su relato. Y el arte, siempre tentado por la épica, la adoptó como musa. El Che Guevara se volvió un icono pop, los discursos de Fidel eran estudiados como si fueran poesía de barricada, y los muros cubanos se cubrieron de consignas como si fueran versos revolucionarios. La revolución hablaba en lengua culta, invocaba a Martí, citaba a Marx, seducía a Neruda. Fue, durante un tiempo, la única dictadura que parecía excusable por su lirismo.
Pero el tiempo, que no respeta ni los hechizos, comenzó a levantar la niebla. La Cuba real —la del Comité de Defensa vigilando cada cuadra, la del pensamiento único, la del pan escaso, la del exilio en balsa, la del poeta encarcelado, del periodista callado— se hizo visible. Detrás del cartel del Che, había una fila para comprar jabón. Detrás del romanticismo de Sierra Maestra, el miedo cotidiano de hablar en voz alta. “¿Cómo puede ser revolucionario un sistema que encarcela a los que piensan distinto?”, se preguntó Mario Vargas Llosa, uno de los primeros intelectuales latinoamericanos en romper públicamente el hechizo.
Muchos de los que alguna vez glorificaron el experimento comenzaron, en silencio o con valentía, a corregir sus palabras. El cambio fue lento, doloroso. Para algunos, imposible. Porque admitir el error implicaba enfrentarse al fracaso de una ilusión que les dio sentido. Y, sin embargo, la verdad no se calla con consignas.
Fue Reinaldo Arenas, desde su exilio y su rabia, quien escribió: “La Revolución cubana no fue más que una operación publicitaria perfecta: vendieron justicia, repartieron miedo”. Guillermo Cabrera Infante, con ironía afilada, describió La Habana como “una ciudad triste disfrazada de carnaval”. Y hasta García Márquez, aunque nunca rompió del todo con Castro, llegó a advertir a amigos cercanos sobre las limitaciones del sistema que tanto defendió.
Cuba, aquella joya que parecía brillar en las vitrinas del pensamiento progresista mundial, se mostró, al final, como una cárcel con mar. Una nación desgastada por el culto a la personalidad, donde la cultura fue utilizada como adorno del poder, no como resistencia al mismo. La revolución devoró a sus hijos, y luego se comió su futuro.
Hoy, mientras las paredes se agrietan y los himnos ya no conmueven, queda una única urgencia: la libertad. Por encima incluso de la justicia. Porque sin libertad, no hay juicio posible, no hay arte que respire, ni pensamiento que sobreviva. Los pueblos pueden perdonar las desigualdades si hay libertad para denunciarlas. Pueden sobrevivir la pobreza, si hay posibilidad de esperanza. Pero no pueden vivir sin la dignidad de elegir.
Ese es el verdadero final del embrujo. Cuando el arte ya no canta a la utopía, sino que grita por la vida. Cuando los poetas no escriben sobre la revolución, sino sobre sus muertos. Cuando la intelectualidad, que un día vio en Cuba un faro, reconoce que fue una lámpara encendida con petróleo del miedo.
“Un solo día de libertad vale más que una vida entera de obediencia”, escribió José Martí. Esa frase, ahogada durante décadas bajo el peso de una falsa unanimidad, vuelve ahora como un eco. No para vengarse, sino para liberar.
El embrujo se rompió. Y lo que queda es la tarea más humana y más bella de todas: volver a soñar, pero esta vez con los ojos abiertos.
Autor: Jorge Luis León. Graduado de Lic. en Historia y Ciencias Sociales en el Instituto Superior pedagógico Enrique Jose Varona, es ensayista y escritor y autor de varias publicaciones en Periódico Cubano, 14Ymedio y ahora en Patria de Martí. Trabajó como profesor de historia en nivel medio-superior por 30 años. Al romper sus relaciones, con el Ministerio de Educación fue a dirigir una Academia de Ajedrez en Guanabacoa, donde residía, participó en múltiples torneos y escribió su libro Breviario Ajedrecístico, publicado en Cuba en el 2002. En 2002 viajó a Estados Unidos, fundó una Academia... dio clases en varias escuelas hasta que se trasladó a Houston donde reside actualmente. Ahora estoy jubilado.
