Cuba… El ejército infecundo
Durante más de seis décadas, el ejército cubano ha sido el sostén fundamental del régimen comunista. No por gloria ni por convicción patriótica, sino por intereses creados, lealtades compradas y complicidades impuestas por una élite que hizo del uniforme un sinónimo de privilegio, represión y silencio. Esa casta armada, especialmente los altos mandos, ha actuado como cancerbero del totalitarismo, vigilando a su propio pueblo como enemigo potencial.
La estructura de la represión
Desde los tiempos de Fidel Castro, el aparato militar cubano fue diseñado no para defender la nación, sino para sostener una ideología, sofocar disidencias y garantizar la perpetuidad del poder comunista. Raúl Castro, por su parte, militarizó aún más la vida nacional: colocó a generales al frente de empresas, ministerios y bancos. Así, el ejército dejó de ser instrumento de defensa nacional para convertirse en una maquinaria de control económico y político.
Hoy, sin embargo, esa estructura está podrida. A medida que la crisis económica se profundiza, el propio estamento militar ha comenzado a resentirse. La corrupción ha hecho metástasis en sus filas. Los altos mandos, envejecidos, ricos, aferrados a privilegios que ya no pueden sostener, carecen de legitimidad ante sus subordinados y ante el país.
Castro al borde de la muerte: el fin de un símbolo
Fidel murió en cuerpo en 2016, pero su sombra ideológica ha persistido. Su hermano Raúl, aunque debilitado y en retirada, aún representaba la figura de la continuidad. Pero su desaparición física e institucional abre un espacio de incertidumbre. El poder, que solía estar concentrado en una figura todopoderosa, se diluye entre mediocridades como Díaz-Canel, incapaz de ejercer liderazgo real, incluso dentro del propio ejército.
Con la partida definitiva de los Castro, la posibilidad de fisuras internas se incrementa. Lo que hasta ayer fue lealtad obligada, comienza a tambalearse. El “hombre fuerte” desaparece, pero las contradicciones quedan expuestas.
Los cuadros medios: una esperanza inesperada
No todo el ejército está perdido. Existen oficiales jóvenes, capitanes, tenientes y tenientes coroneles con prestigio entre la tropa, no comprometidos con el crimen ni la corrupción. Muchos de ellos han sido testigos de la miseria de sus subordinados, del hambre en las unidades, del abandono logístico y moral.
Como señalara Václav Havel, “cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Esta pérdida de respeto hacia la cúpula puede convertirse en un factor clave.
No hablamos aquí de promover un golpe de Estado —aunque históricamente, las transiciones de regímenes totalitarios a democracias casi siempre han contado con la pasividad o incluso el respaldo de sectores del ejército—, sino de algo más poderoso: la negativa a reprimir. Que los jóvenes oficiales, nacidos después del Período Especial, asqueados por la hipocresía del sistema, simplemente digan “no”. Que no disparen. Que no golpeen. Que no arremetan contra el pueblo.
Eso, por sí solo, sería un punto de inflexión.
Ejemplos que iluminan
La historia contemporánea ofrece paralelismos. En Rumanía, 1989, el régimen de Nicolae Ceaușescu cayó cuando el ejército se negó a seguir masacrando civiles. En Venezuela, recientemente, el levantamiento de 2019 fracasó porque los altos mandos estaban comprados, pero muchos suboficiales comenzaron a desertar en silencio. En Cuba, con una situación más crítica, el quiebre puede surgir de abajo.
Incluso en la propia historia cubana, durante la dictadura de Batista, fue una fracción del ejército —liderada por oficiales jóvenes— la que, descontenta con la corrupción y el despotismo, abrió la puerta a una transición, aunque luego fue traicionada por la Revolución.
Un ejército hambreado y cansado
Los soldados cubanos hoy no tienen ni botas nuevas ni alimentos decentes. Comen peor que los reclusos y visten peor que los mendigos. Las familias de muchos viven en iguales o peores condiciones. No hay motivación ideológica que sostenga eso. Ni consignas que alimenten estómagos vacíos.
Los privilegios de los generales contrastan con la miseria de los reclutas. Esa contradicción —típica de los sistemas autoritarios en descomposición— genera desafección, cinismo y, potencialmente, rebelión interna.
La combinación perfecta
Una crisis estructural en todas las esferas. El pueblo en la calle. La juventud sin miedo. Y un ejército que se niega a reprimir. Esa es la combinación perfecta para el cambio. No para una revancha sangrienta ni para la instauración de otro caudillismo, sino para abrir paso a la reconstrucción de la nación.
Como dijera Martí: “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban la libertad”.
Que el ejército cubano recuerde que su deber supremo no es con un partido, sino con la patria.
Y, QUE NUNCA MAS UN MESÍAS, DESTRUYA LA PAZ DE LA NACIÓN!!!
Democracia, no al caudillismo ! Aprendamos la leccion.
Autor: Jorge Luis León. Graduado de Lic. en Historia y Ciencias Sociales en el Instituto Superior pedagógico Enrique Jose Varona, es ensayista y escritor y autor de varias publicaciones en Periódico Cubano, 14Ymedio y ahora en Patria de Martí. Trabajó como profesor de historia en nivel medio-superior por 30 años. Al romper sus relaciones, con el Ministerio de Educación fue a dirigir una Academia de Ajedrez en Guanabacoa, donde residía, participó en múltiples torneos y escribió su libro Breviario Ajedrecístico, publicado en Cuba en el 2002. En 2002 viajó a Estados Unidos, fundó una Academia... dio clases en varias escuelas hasta que se trasladó a Houston donde reside actualmente. Ahora estoy jubilado.
