El fracaso de la normalización
La normalización de la dictadura ha sido un estrepitoso fracaso. No ha servido para darle poder a la oposición ni para estimular a ese sector reformista que, como el unicornio de Silvio Rodríguez, sigue sin aparecer. La idea de ablandar el comunismo isleño en el fuego lento del capitalismo de mipymes y remesas a fondo perdido no ha tenido ningún efecto disuasorio sobre los delincuentes que gobiernan Cuba. Para colmo, ha dañado notablemente la percepción de que los cubanos huimos de una cruel dictadura.La normalización de la dictadura ha sido un estrepitoso fracaso. No ha servido para darle poder a la oposición ni para estimular a ese sector reformista que, como el unicornio de Silvio Rodríguez, sigue sin aparecer. La idea de ablandar el comunismo isleño en el fuego lento del capitalismo de mipymes y remesas a fondo perdido no ha tenido ningún efecto disuasorio sobre los delincuentes que gobiernan Cuba. Para colmo, ha dañado notablemente la percepción de que los cubanos huimos de una cruel dictadura.La normalización de la dictadura ha sido un estrepitoso fracaso. No ha servido para darle poder a la oposición ni para estimular a ese sector reformista que, como el unicornio de Silvio Rodríguez, sigue sin aparecer. La idea de ablandar el comunismo isleño en el fuego lento del capitalismo de mipymes y remesas a fondo perdido no ha tenido ningún efecto disuasorio sobre los delincuentes que gobiernan Cuba. Para colmo, ha dañado notablemente la percepción de que los cubanos huimos de una cruel dictadura.
En los últimos treinta años, se hizo costumbre viajar a la isla. Poco a poco, se diluyeron las limitaciones que alguna vez existieron, y de las visitas familiares de carácter humanitario pasamos a los viajes de luna de miel en Varadero y los quince de Cuquita, que en Cuba son más baratos. Y no hablemos de los viajecitos para la cumbancha sexual, porque ese tema supera la frivolidad y se sitúa en el ámbito de la miseria moral.
Con estos malos ejemplos, muchos de los que iban llegando se sumaban al relajo y, al bajarse del avión o de la balsa, la declaración más frecuente era que no querían hablar de política, que eran emigrantes económicos y que su principal objetivo era ganar dinero para ayudar a sus familiares en Cuba.
Este forcejeo oportunista con la realidad nos ha llevado a una situación sin salida. En Cuba gobierna una cruel dictadura comunista, pero, en la fallida y prolongada estrategia de normalización, hemos convencido a nuestros benefactores y aliados de que la derrota de esa dictadura pasaba inexorablemente por el apaciguamiento, la dádiva y el chanchullo. En la práctica, nuestras actitudes han enviado el mensaje de que los comunistas cubanos son malos, pero no tanto.
Todo esto parecía no tener consecuencias. De Clinton pasamos a Bush, y de Bush a Obama, quien nos dejó como regalo la derogación de la política de “pies secos, pies mojados”, para que todos se mojaran los pies con el recuerdo de su legado. El primer mandato de Trump estuvo marcado por la pandemia y la bronca permanente; el tema cubano tuvo su momento de gloria, pero no afectó el privilegio migratorio heredado del exilio histórico, ese que no pudo velar a sus muertos porque la tiranía estaba decidida a castigarlo sin piedad.
Entonces llegó Biden y, a golpe de decretos, desató la conga del parole, los patrocinadores y el CBP One. La normalización alcanzó su éxtasis a ritmo de caravanas, selvas y cadáveres que quedaron atrapados en las corrientes de los ríos y la violencia de los traficantes.
No sé si los intentos por normalizar la tiranía han llegado a su fin, pero todo parece indicar que esta administración está decidida a tratar a los comunistas cubanos como lo que son: una banda de delincuentes que ha envenenado el continente y buena parte del mundo. Este cambio en la comprensión del peligro que representa una tiranía comunista a 90 millas de Estados Unidos puede establecer nuevas reglas del juego y liquidar los excesos de algún privilegio migratorio que nos queda. También podría modificar de un modo dramático el actual sistema de remesas y viajes hacia la isla. Cuando el río suena, algo trae.
En cualquier caso, si la caña se pone a tres trozos y se suspenden o regulan los viajes y las remesas, antes de buscar culpables y ejercitar el arte de la chusmería y la perreta, meditemos sobre nuestra responsabilidad en el problema. Estamos pagando el precio de una estrategia fracasada: la normalización que iba a derrotar al castrismo y que muy bien se avenía con nuestra endémica frivolidad y listeza.
El resultado es que la situación de Cuba es mucho peor que hace treinta años. En gran medida somos tratados como inmigrantes económicos y nuestro prestigio en los Estados Unidos ha disminuido considerablemente. No hay que darle muchas vueltas al asunto: los principales culpables de este desastre somos nosotros.
🖋️Eduardo Mesa
📰 Artículos por Eduardo Mesa
Eduardo Mesa. Escritor y colaborador del Observatorio de Derechos Humanos de Cuba (OCDH), es autor de varias publicaciones en Cybercuba, Cubanet y Patria de Martí. Fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Fue ganador de los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con diversas revistas. Reside en los Estados Unidos desde 2005.
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