Archipiélago Georgia

pilarrahola sArchipiélago Georgia por Pilar Rahola

Nacida en Barcelona, España es Doctora en Filología Hispánica y Catalana por la Universidad de Barcelona. Ha sido autora, conferencista y periodista de televisión, radioy prensa escrita. Fue ex-diputada en el Parlamento español por la Izquierda Republicana Catalana y ex-vicealcaldesa de la ciudad de Barcelona. En la actualidad, en el terreno periodístico, escribe en tres periódicos españoles, diario Avui (en catalán), El País y El Periódico.

La muerte de Alexander Solzenitsin me llegó mal, como llegan las noticias en vacaciones, con ese aire de antipáticas intrusas. El hombre que denunció las atrocidades del estalinismo, desde el profundo agujero de su propio archipiélago gulag, moría con los honores de ruso ilustre que había recuperado pocos años antes, después de haber sufrido décadas de persecución y exilio. Lúcido hasta el final, su nuevo estatus en Rusia no le impidió ejercer una posición crítica con la situación de su país. Escribió, poco antes de morir: "He pasado de un mundo donde no se puede decir nada, a un mundo donde se puede decir todo, y no sirve para nada". Auténtico héroe de la libertad, voz y grito de los más de 50 millones de rusos que poblaron los temibles campos de prisioneros soviéticos, Solzenitsin sufrió en propia carne la indiferencia de la Europa libre, y la calumnia de sus intelectuales progresistas. Siempre recordaré el insulto que me profirió un militante del PSUC cuando me pilló leyendo Un día en la vida de Iván Denísovich:"¿Cómo lees a este fascista?".

De las muchas miserias que acarrea la intelectualidad de izquierdas, Solzenitsin concilió en propia carne algunas de las más ignominiosas, despreciado en su sufrimiento, criminalizado hasta el delirio, estigmatizado por el simple hecho de ser una víctima equivocada, en un régimen cuyas atrocidades no eran reconocidas. El sambenito de agente de la CIA lo acarreó de por vida, víctima propiciatoria del maniqueísmo que, desgraciadamente, anuló el pensamiento autocrítico de la izquierda europea, durante décadas. De hecho, aún hoy, algunos guardianes del dogma progresista le niegan el pan, como siempre se lo han negado a los disidentes de la dictadura castrista. ¿No es un caso parecido el del poeta y preso político cubano Raúl Rivero?

Aunque si ampliamos el espectro hasta nuestros días, todos los disidentes de la corrección política continúan sufriendo esta especie de muerte intelectual, que niega el debate, en favor de la consigna y el estigma. Léase los críticos al islam fundamentalista, tildados de islamófobos por los gurús del buenismo multicultural; o los críticos con el terrorismo palestino, tildados alegremente de agentes del Mosad; etcétera. Y esa es la cuestión pertinente, no tanto debatir los tiempos más duros del dogma de izquierdas, cuando la intelectualidad se comía sin digerir los sapos de las dictaduras comunistas, sino analizar si aún continúan vigentes esas mismas miserias. Desgraciadamente, la invasión rusa de Georgia nos brinda síntomas que no van en la dirección optimista.

"La temible alma rusa ha despertado", me espetó un colega, en referencia al imperialismo que define ancestralmente al nacionalismo ruso. Aunque los crímenes en Chechenia ya nos habían aportado un trágico aperitivo. En dos días murieron miles de georgianos, en unas operaciones militares que ni tan sólo han necesitado la apariencia de una excusa. Rusia sabe que la ONU no existe, que Europa navega en el mar de la indecisión, aún náufraga de su atroz siglo XX, que Estados Unidos tiene pies de barro y que el nuevo gigante chino no se conmueve con los derechos humanos. Si añadimos el silencio de una opinión pública incapaz de movilizarse por ninguna causa que no esté en el catálogo del buen solidario, la libertad para invadir y masacrar es casi absoluta. Rusia lo sabe. Y Georgia lo sufre.

¿Reaccionará Europa, sus intelectuales, su opinión pública? Tengo pocas esperanzas, convencida de la razón de Solzenitsin cuando hablaba de la degradación moral de Occidente. A pesar de detentar las banderas más nobles, hace tiempo que las hemos convertido en simples eslóganes publicitarios. Por ello no nos conmueve Georgia. Porque no es una causa divertida, ni tiene a los malos habituales, ni las víctimas nos son propicias. La libertad ya no es nuestro compromiso. Solo es el banderín de enganche de nuestros privilegios.

La Vanguardia. Barcelona.

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