Los niños migrantes se volvieron grandes

ninos cubanos Turbo Colombia

Tiene solo cinco años y Alexánder hace lo peor que le puede pasar a un niño de cualquier parte del mundo: juega a ser mayor. Es decir, a ser triste.

Sentado en una colchoneta en un garaje oscuro y largo que por estos días habitan 23 migrantes cubanos, a quienes el sitio les sirve de albergue, este niño de cabeza rapada -seguramente porque padece alguna enfermedad que su padre no revela-, explica con detalle porqué, en vez de estar en su natal Cuba, isla caliente y rodeada de un mar cristalino, de repente está en otro país, en un pueblo con un calor semejante al de Cuba, pero habitando en un local a la orilla de una calle pantanosa y con charcos.

Aunque Turbo, como la isla cubana, también tiene mar y abunda la población negra, afrodescendiente, Alexánder sabe que no es su país y que está allí solo de paso. Su meta, como la de su padre, es Estados Unidos.

-Somos 500 mil cubanos y queremos llegar a los Estados Unidos. Que nos ayuden. En el albergue viven mal, no tienen casas, tienen que dormir en el piso sucio y en la playa abandonada-, dice. Y motivado por un periodista estadounidense, se convierte en reportero, toma el micrófono y les pregunta a sus coterráneos sobre su situación en Colombia.

-¿Qué piensas hacer acá?-, le interroga a un hombre robusto y alto, el del rostro más acongojado y angustiado del garaje, donde hay más oscuridad que luz, el aire no circula y el sofoco exaspera.

-Queremos salir de acá, pero por una vía segura, no por la selva, porque mira cuántos niños hay acá, cuántas mujeres embarazadas, cuántas personas adultas. Todos somos profesionales, ninguno somos expresidiarios, y merecemos vivir libres en Estados Unidos, ya estuvimos en Ecuador y fuimos maltratados, no queremos volver ni allá ni a Cuba, queremos que los sueños tuyos sean cumplidos y que a cualquier país se le ablande el corazón y haga el puente aéreo para nosotros llegar de forma segura, no por la selva-, le responde Yurisán Ríos, de 45 años, sin poder evitar que el llanto brote de sus ojos mientras atiende las preguntas de Alexánder.

Alexánder Sánchez, que está allí con su niño y su esposa, se conmueve, lo toma en sus brazos, lo carga y le da los besos y caricias que le otorga todo padre orgulloso a su hijo inteligente. Los cubanos aplauden.

Lesly, la de piel canela

Pero si Alexánder juega a ser mayor, en el albergue de la bodega, donde se habla de que hay más de 1.200 cubanos hacinados, otra niña de diez años, Lesly de la Caridad Yasaraín, nacida en Matanzas, no juega a ser grande. Ya se siente así. Lo demuestra en la soltura para expresarse y en la claridad con la que expone la situación de su pueblo.

-Mi papá, mi hermano y mi sobrino nos vinimos de Cuba hace tres meses, allá es muy difícil, la gente no tiene derechos, los niños no tenemos carne ni yogur desde los 7 años y el dinero es poco-, responde. Sin perder su gracia de niña, le pide al Gobierno que se conduela de su situación.

-No pedimos nada, solo que nos ayude a salir de acá, mi pueblo está sufriendo mucho-, recalca envuelta en toda la ternura de su piel canela y su candor de niña. Si uno la oyera sin verla, creería que habla una de las tantas madres del albergue. Pero es Lesly, de ojos color miel y mirada alegre, pese a todo.

Los niños migrantes de Cuba perdieron la niñez el día que sus padres salieron con ellos camino a buscar el sueño americano. Se dice que son 65, muchos aún de brazos, y ya han desafiado el océano, las olas gigantes que amenazan con hundir las embarcaciones, han pasado hambre, hacinamiento, la estrechez de los camarotes, el no tener espacios para el juego y ni siquiera juguetes. Han padecido diarreas, gripas, fiebres.

-Los míos (uno de ocho meses y otro de seis años) casi todo el tiempo han estado enfermitos, entre más gente llega al albergue más difícil es la situación para ellos-, cuenta Kellys Álvarez Torres, una abogada cubana de 38 años que se vino con ellos buscándoles un mejor futuro, y como ya ve el intento fracasado, dice que prefiere volverse a Cuba que arriesgar sus vidas en la selva.

Pero no todos los padres piensan así. A algunos, con bebés de brazos, se les ve tomar pangas rumbo al mar y luego a la selva, a los riesgos que traen las rutas ilegales para llegar a Panamá.

Otros bebés ni nacieron y hay 15 embarazadas en peligro. En el hospital Francisco Valderrama, de Turbo, una gestante perdió a su bebé atemorizada por los sobrevuelos, esta semana, de helicópteros del Ejército y la Policía sobre la bodega de Turbo.

El Delegado de la Defensoría del Pueblo para la Población desplazada, Mauricio Redondo, confirmó que “estamos investigando las circunstancias del caso”.

Calle 8 Miami

Pero aparte de los niños, todo es angustia en el albergue, una bodega en el Barrio Obrero -el sector más peligroso de Turbo según los mismos turbeños- que ocupan los cubanos desde inicios de mayo, cuando Panamá cerró la frontera y frenó el paso de los inmigrantes.

Allí se hacinaban al principio entre 170 y 200 cubanos. Hoy se dice que son 2.400, aunque Migración Colombia afirma que son 1.300.

Tienen agua, baños portátiles y la mayoría duermen en pequeños camarotes construidos artesanalmente, o sobre colchonetas en el piso. El sofoco es total, pues el techo de eternit, pese a la altura, no frena el calor del sol. Por ello, en la misma cuadra de la bodega, muchos armaron carpas, cambuches y ranchos de plástico, en los que se acomodan hasta ocho personas.

En una esquina de la cuadra ubicaron una estaca con el letrero Calle 8 Miami, parodiando la misma calle de Miami, donde los cubanos del exilio viven como “reyes”.

La decisión del Gobierno colombiano, ejecutada por Migración Colombia, de no buscar puentes con otros países para facilitar su llegada a Estados Unidos sino deportarlos o entregarles salvoconductos para que sigan su camino, los puso prácticamente en jaque, pues las opciones se limitaron a acogerse a la deportación, al asilo o a abordar embarcaciones que los lleven a altamar para tomar luego la selva del Darién.

Para muchos, entregarles salvoconductos para que sigan su camino es lanzarlos a las garras de los coyotes.

-Me parece inaudita esta salida. Si el pueblo fue solidario, ¿por qué el Gobierno no encontró una solución?, dejaron solos a estos cubanos que no tienen libertades en Cuba y por eso debieron salir de ese territorio-, advierte Luduine Zimpolle, de la Corporación Manos por la Paz Internacional y de la fundación holandesa Apoyo Reconciliación de Colombia.

Advierte que la salida de cubanos de la isla siempre ocurrirá mientras los Castro mantengan su régimen comunista, que no les garantiza libertades políticas ni económicas. Y señala que el Gobierno Santos, por los diálogos de La Habana, está maniatado por los Castro -Fidel y Raúl- y por eso adoptó como opción solo la deportación. Santos dice que en este caso está aplicando las leyes migratorias que tiene vigentes el país.

Esta mujer, junto al padre Manuel Paternina, de la Pastoral Social de la Diócesis de Apartadó, por instrucciones del padre Leonidas Moreno, se ha embarcado con los migrantes para acompañarlos hasta que inician el camino a la selva, para él, el de la muerte.

-El Gobierno, con esta salida, no está persiguiendo a los coyotes, antes está propiciando que ellos caigan en sus manos, porque está propiciando que ellos tomen las trochas-, señala el padre Paternina.

Pese a críticas, Migración Colombia y su director, Christian Krüger, dan dos salidas: la deportación o el asilo. La tercera la ponen los cubanos y es la que está adoptando la mayoría: irse a los caminos ilegales para cruzar la frontera a riesgo de sus vidas, desafiando la muerte y la insaciable avaricia de los coyotes. La impiedad de estos mercenarios...

En definitiva:

El sueño americano que persiguen los cubanos migrantes se ve frustrado por la decisión del Gobierno colombiano de deportarlos a su país. Los niños son las víctimas de este drama.

Artículo de Gustavo Ospina Zapata. Publicado en el Colombiano 

Periodista egresado de UPB con especialización en literatura Universidad de Medellín. El paisaje alucinante, poesía. Premios de Periodismo Siemens y Colprensa, y Rey de España colectivos. Especialidad, crónicas

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