Jose Marti en hombres como el NO ES VERDAD LA MUERTEJosé Martí, en hombres como él NO ES VERDAD LA MUERTE. A propósito del 127º Aniversario de su caída en combate.

“Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida”. José Martí.

Santa Cruz de Tenerife. España. En hombres como el no es verdad la muerte. Sentencia muy certera de uno de los biógrafos del considerado Apóstol de Cuba que adquiere dimensiones aún más colosales en los días cercanos al aniversario de su muerte. La veracidad de tal afirmación se puso de manifiesto desde los lejanos tiempos del final del siglo XIX. El  infausto 19 de mayo de 1895, recién comenzada la guerra de independencia de Cuba, las balas del ejército español alcanzaron al ideólogo de la gesta independentista cubana. La muerte de José Martí se convirtió en el más sagrado símbolo de la historia de la nación.

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Una aureola, cuasi mística, envuelve el trágico momento en que el extraordinario ser se despojó de sus vestiduras carnales para emancipar su alma pura – el hombre más puro de la raza, según la poetisa chilena Gabriela Mistral–, que cual inmaculado martirio, trascendería las fronteras de la temporalidad. Su prematura muerte es atemporal, toda vez que aún nos resistimos a aceptar lo que para nosotros no puede ser cierto. Tampoco lo fue para los cubanos de aquellos agitados tiempos de combates, reveses, contradicciones y sinsabores; aunque también de victorias y placeres, ese placer sacro del cumplimiento del deber patrio que en el héroe cubano adquirió inusitadas dimensiones.

Sus contemporáneos se aferraron a la idea de que Martí seguía vivo, no solo como viviente símbolo de una bien ganada, merecida y alcanzada inmortalidad; sino como un hecho concreto real. Cuentan que desde diversas partes del mundo, donde se encontraban los exiliados cubanos, lejos de aparecer notas mortuorias, esquelas referenciales o cualquier manifestación de luto, dolor y recogimiento, se gritaba de júbilo y alegría. Hasta una banda de música de pueblo se dispuso a entonar marchas de victoria. La noticia de la muerte del gran hombre se había malinterpretado. Circularon notas aclaratorias respecto a una posible falsedad del trágico momento de Dos Ríos, de ahí la reacción de alegría muy contraria a la esperada actitud de recogimiento, propio de noticias de esta naturaleza. 

José Martí, el presidente para algunos, el genial intelectual que supo unificar con su ardiente palabra y su insuperable oratoria a los cubanos del exilio, y al propio tiempo, animar a los que se encontraban en la isla decepcionados ante el fracaso de la contienda de los diez años, había muerto en el campo de batalla y los cubanos se negaron a aceptarlo. Comienza aquí, justo en el propio instante de su caída en combate, el gran misterio en torno a su muerte. Un misterio exaltado por estudiosos profundos e intelectuales brillantes que lo inmortalizaron sobremanera, aún cuando su inmortalidad estaba coronada no solo por el hecho en sí de su prematura partida rodeada del sacramental misterio, sino por aquel legado histórico, político e intelectual insuperable aún en nuestros tiempos.

José Lezama Lima, el apasionado martiano, tan difícil de descifrar en su colosal poema dedicado al Apóstol cubano “La casa del Alibi”, intenta resumirnos su trascendencia a partir de su muerte histórica de la siguiente forma: “Su justa permanencia indescifrada sigue en sus memoriales enviados a un rey secuestrado, en sus cartas de relación nos describe para su primera secularidad una tierra intocada, Et caro nova fiet in die irae, tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor y la justa pobreza”.

Lo que realza aún más en su colosal ensayo “Secularidad en José Martí” al evocarnos, con su complicada prosa, el trascendental significado de esa permanencia eterna del genial hombre de Dos Ríos: “Sorprende en su primera secularidad la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes”, hasta hacer imperecedera la imagen de su caballo, que cual único y fiel testigo, le acompañara en el instante del alcance de su inmortalidad:  “Y el pequeño caballo está quieto, pues sabe que la mano que lo traía ha penetrado con su alegría en la casa del Alibi” (…) “la brevedad de su mano mide incesantemente la distancia de la puerta hasta el símbolo”. 

Otros estudiosos, investigadores y apasionados biógrafos trataron de contribuir a conservar esa trascendencia ganada con creces por nuestro Hombre-Héroe. El intelectual cubano Luis Rodríguez-Embil, en su estudio crítico-biográfico: “José Martí, el Santo de América”, encuentra no solo al filósofo; sino al místico, que algunos pretenden ocultar y otros se niegan a descubrir. Rodríguez-Embil lo llama místico práctico y realista activo “de tradición y cultura occidentales, de cepa teresiana y española. Como tal, una de las fuerzas mayores de este mundo que encuentra el camino de la santidad por la “acción, el pensamiento y la aceptación heroica de su destino”.

Hoy, 19 de mayo de 2022, cuando han pasado 127 años de su partida del mundo terrenal, su muerte sigue siendo motivo de múltiples especulaciones, todas en torno a ese gran misterio que, por el momento, no podrá ser revelado, por cuanto, en seres como el no es verdad la muerte, y también porque los que le amamos nos resistimos a poder aceptar su trágica partida de este mundo. Las razones por las que nos resistimos a aceptarlo son muy diversas si consideramos la propia diversidad de los miles de admiradores de la ejemplaridad martiana y de los cientos de seguidores de su extraordinaria enseñanza – recopilada en una veintena de volúmenes, muchos de los cuales siguen las recomendaciones del propio Martí–.

Cada quien lo evoca a su manera, a la vez que lo siente demasiado cercano como para poner el hecho de su muerte como infranqueable barrera ante nosotros. Los niños, con su inocencia e ingenuidad, han seguido representado los personajes de esa joya literaria que es "La edad de oro", la recopilación de los únicos cuatro ejemplares de la revista que, a pesar del tiempo, sigue estando entre nosotros. Otros prefieren recordarlo – o lo recuerdan inconscientemente– a través de la apasionada  lectura de aquellos versos íntimos que dedicara a su único hijo y que publicara con el título de Ismaelillo: “¡Venga mi caballero, por esta senda! ¡Éntrese mi tirano por esta cueva! Tal es, cuando a mis ojos, su imagen llega, cual si en lóbrego antro pálida estrella, con fulgores de ópalo todo vistiera”.

Otros tantos acuden continuamente a su sabia palabra para citarlo en los debates políticos acerca de la opresión a los pueblos, la tiranía de los gobernantes, las libertades del hombre, las bases de las democracias, y hasta sus concepciones y premisas éticas en relación con la guerra. “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre” (...) “Imponerse es de tiranos. Oprimir es de infames”, expresó el Apóstol hace más de un siglo en su “La República española ante la Revolución cubana”, imprescindible documento al que hay que acudir en estos duros tiempos en los que la patria martiana se ve cruelmente oprimida, no por una República española, sino por una sanguinaria dictadura comunista. De ahí la vigencia de su pensamiento político, al que hay que acudir, toda vez que,  como diría Lezama Lima: “tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor y la justa pobreza”. Su “Discurso en el Liceo Cubano de Tampa”, de 1891, constituye en el presente un texto de obligada referencia. La tensa situación sociopolítica de Cuba está a punto de desencadenar una nueva oleada de resurrecciones populares. Hay demasiados valientes impacientes y granos de maíces en las calles cubanas: “iQue las guerras estallan, cuando hay causas para ella, de la impaciencia de un valiente o de un grano de maíz!”

Como resulta también más oportuno que nunca su universal  ensayo dictado en la reunión de emigrados cubanos en Nueva York, conocido como “Lectura en Steck Hall”, donde José Martí expresó: “Ni ha de permitir un pueblo que lo guíen los que desconozcan sus verdaderos elementos, ignoran en absoluto el objeto real y la vía útil del país en que nacieron, y en lugar de remover con mano fuerte, a fin de conocerlas y encauzarlas, las entrañas hirvientes del volcán, a riesgo de morir en ellas abrasados, pretenden evitar la erupción sentándose en la cima, como si en las horas de fuego y de lava fuera bastante en evitar el estrago tan pequeño estorbo: como si, cuando la mejor y mayor parte de un pueblo se levanta, y de las tres comarcas de una tierra, dos mueren por un intento, y la otra lo admira, pudiera ser el esfuerzo sofocado por la algazara descompuesta de un grupo que sólo ha sabido señalar su nombre a merced de conscientes engaños, de mantener promesas que sabía que no habían de ser cumplidas, y de escarnecer y sonrojar a la revolución originaria de su poder ficticio, a la madre gloriosa a quien habían debido la existencia”.

Por su parte los intelectuales y artistas prefieren ahondar en las profundidades de su prosa envidiable, siempre plena de sabios mensajes, amén de aquel estilo – lo que el propio Martí llamó la esencia– inigualable, en géneros como el ensayo y la poesía – precursor del Modernismo, junto a Julián del Casal y Gutiérrez Nájera–, aspectos por lo que fuera llamado el príncipe del castellano, y también, según Díaz-Plaja, el primer “creador” de prosa que ha tenido el mundo hispánico. Recordemos sus enormes ensayos dedicados a figuras de la ciencia, de las letras o de la filosofía: Darwin, Whitman y especialmente Emerson, amén de los artículos: “Ruinas Indias”, “El Padre Las Casas”, “Tres héroes” y “Un paseo por la tierra de los anamitas”, pertenecientes a La Edad de Oro, y por supuesto, “Nuestra América”, y “Lectura en Steck Hall”, considerados verdaderos paradigmas de este género. Cientos de ensayos críticos sobre su vida y su obra, unos muy acertados, precisos y certeros, otros, lamentablemente, cargados de sesgos intencionales con el objetivo de tergiversar una enseñanza bien distante de lo que los regímenes totalitarios pretenden difundir y atribuir al Apóstol cubano, aparecen de manera sistemática en eventos y coloquios en los que se recuerda al inmortal héroe.

Y es que todos, de una u otra forma, cada cual como sabe y puede hacerlo, nos resistimos a olvidarlo, lo que constituye una prueba más de la no aceptación de una prematura y trágica muerte, envuelta desde siempre en el misterio, tan indescifrable e impenetrable que no parece ser cierta, que la sentimos tan cercana a pesar de los 127 años transcurridos desde aquel 19 de mayo de 1895, lo que Lezama Lima pretende tratar en su citado ensayo: “Su imaginación, al volcarse sobre ese punto terrenal, poco antes de morir, le ganaba dimensiones inauditas, medidas de precisión punteadas por quien viene de la imagen hasta el hecho de comprobación asombroso” (…) “Su afán de tocar la tierra antes de morir, era una extensión de esa hipérbole ganada por su imaginación”.

Su alentador pensamiento merece ser retomado no solo en días como estos, sino que debe estar siempre presente en nuestras vidas. Su evocación en medio de la desesperanza, la frustración y la desilusión, será siempre estimulante para continuar en nuestra lucha por restaurar el orden democrático y las libertades mínimas del hombre: “¡Hágase la levadura, aunque no se sepa quién va a comer el pan que se alce con ella. De la semilla, oscura y triunfante, se renueva y se mantiene el mundo”.

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