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Miguel Díaz-Canel, UN CAMBIO SIN CAMBIOS

Díaz-Canel UN CAMBIO SIN CAMBIOS

Al fin este 18 de abril, con un día de anticipación a lo acordado y difundido hace unos meses, se conoció de manera oficial lo que ya todos sabíamos. Miguel Díaz-Canel Bermúdez fue propuesto para presidente del Consejo de Estado por la figura líder de la Comisión de Candidaturas a la Presidencia del Consejo de Estado.

Lo siguiente ya era de esperar. Una “unanimidad parlamentaria” se encargaría de oficializar lo acordado bajo el mayor de los secretismos, cual si fuera una elección papal que por normas y tradiciones los líderes del catolicismo romano resguardan de cualquier divulgación hasta que esté todo listo para presentar a un nuevo representante de Dios sobre la tierra, pero esto llevado al plano de los comunistas cubanos resulta un tanto difícil toda vez que se dispersa en realidad que poderes podrá representar el nuevo “elegido” si tras su imagen –ya un tanto gastada por haber permanecido tanto tiempo entre los caducos y decadentes señores de la generación histórica y de otra ya no tan histórica, pero tan anquilosada como la precedente– estará por cierto tiempo la espectral sombra de Raúl Castro, quien desde su cargo como primer secretario del partido oficialista único de la nación cubana dictaminará todo el acontecer del país.

Esto nos da la idea de que esos cambios que muchos están esperando no podrán tener lugar en los próximos años pues el nuevo presidente será controlado –como son controlados todos los cubanos, aun los que son aparentemente insignificantes– por el viejo exmandatario que pertenece a la estirpe de los Castro, y por tanto tiene muy arraigado en su código genético la resistencia al cambio, amén de la preservación de un legado que ya dejó de serlo hace mucho tiempo, pero que se pretende mantener cual sagrada fuente capaz de adoctrinar y mantener en estados de quietud y estatismo mental a las llamadas nuevas generaciones, esas que ejercen un voto de manera unánime, que creen participar de un proceso democrático, que les han admitido cualquier humillación y que no son conscientes del efecto destructor del poderío comunista de la isla y las ansias de su cúpula de difundirlo por el mundo.

Como muy bien acaba de comentar Daniel Lozano para el diario El Mundo: “La trascendencia del momento puede conducir al error: no se trata del postcastrismo sin Castro, porque Castro y los suyos seguirán estando por todos lados. Cuba se enfrenta a un cambio de guardia cuyo principal reto, encomendado por el General de Ejército a su delfín, es alcanzar la viabilidad económica sin abandonar el credo comunista y castrista”.

Pero mi reflexión anterior es considerando que el nuevo presidente pudiera tener una visión desde la óptica renovadora de posibles cambios y se le limitara o impidiera llevarlos a la práctica al no poder ser concretados como actos ante el poder que el Partido Comunista, al cual el también representa, aunque la autoridad la lleve Raúl Castro, pueda ejercer sobre las determinaciones presidenciales.

No obstante, no creo que Miguel Díaz-Canel esté sensibilizado con la idea del cambio. Su posición de hombre leal a la “causa” de la llamada revolución cubana le impide ver con luz propia que la nación que hoy comienza a dirigir pide a gritos una radical renovación, y no creo que el nuevo mandatario sea de los de doble cara, o doble moral, como se suele decir con frecuencia a aquellos que piensan de una forma y actúan desde la apariencia de otra.

Por el contrario, el señor Díaz-Canel es un soldado formado bajo los efectos del adoctrinamiento castrista más acérrimo, en el que el propio Fidel Castro depositó su confianza para determinadas “misiones especiales” de las que poco se sabe, independientemente de que su perfil profesional fue más allá de una ingeniería electrónica en la Universidad Central Martha Abreu, de Villa Clara, para insertarse en otras labores una vez que concluyera estudios superiores de telecomunicaciones en el Instituto Técnico Militar, ITM, en La Habana, ante el llamado especial que el dictador Fidel Castro hiciera a los egresados de la carrera de electrónica pertenecientes al curso de nuevo presidente.

A finales de febrero de 1982 el grupo integrado por una veintena de jóvenes ingenieros tomaban un avión rumbo a La Habana para cumplir la misión encomendada por el entonces presidente Fide Castro, quien los vinculara, una vez concluido su adiestramiento en telecomunicaciones, a la atención directa de las bases de cohetes militares. Ahora con grado de capitán, y cada cual con un precioso reloj entregado por el propio viejo comandante, asumirían con nuevos bríos la encomienda asignada.

Su escalada un tanto silenciosa, pero muy segura y ascendente siempre, demuestran ese sentido de lealtad a los líderes del comunismo de la isla, amén de que no fue eliminado de la escena como les sucedió a otros tantos que, ante la sospecha de un solo pensamiento liberal que se apartara de los cánones de los octogenarios líderes, se les apartó para siempre impidiéndoles que llegaran a donde pudo llegar Díaz-Canel. 

Así las cosas, y como ya he dicho en otros escritos en los que me he referido al nuevo presidente, Cuba no necesita un cambio de presidente sino un cambio radical de toda su obsoleta estructura, esto es, un viraje radical – el clásico giro de 180º al que siempre se recurre si de cambios hablamos, o escribimos– que permita la erradicación total de toda su maquinaria dirigente, lo que presupone un nuevo modelo social y un nuevo sistema económico.

Basta de enmiendas, lineamientos, nuevas conceptualizaciones de modelos económicos o cualquier otra barbaridad. Es hora de admitir – en el país y por la cúpula directiva, por cuanto el resto del mundo y una parte considerable de los cubanos ya lo han reconocido– que el sistema socialista al que se aferra el régimen es un fracaso que no admite maquillajes y cirugías mínimas, sino extirpaciones radicales, y este hubiera sido el momento de haber contado con alguien que tuviera lo que tenía que tener, como diría el poeta comunista cubano Nicolás Guillén, pero no es el caso del “elegido” “democráticamente” y por “unanimidad”.

¿Acaso hubo otros candidatos como opción para que la Asamblea Nacional pudiera elegir – ya que el pueblo cubano no puede hacerlo dado el complicado diseño de su sistema de elección, considerado por los distinguidos expertos del régimen como el más democrático del mundo, a pesar de que su pueblo no es quien elige a candidatos presidenciales ni ofrece su voto directamente – entre ellos al nuevo presidente?

Eso no lo sabremos nunca, aunque el hecho de que solo se conociera de la existencia de una sola  propuesta para suceder en el poder al muy agotado octogenario general, sugiere que hubo una sola opción. El secretismo es algo a lo que se fue acostumbrando el pueblo cubano al abordarse temas como estos, y como secreto se mantendrá, de ahí que estemos especulando, aunque cuando se especula con coherencia y un sentido lógico es válido. 

Sobre otras cosas, muy poco que decir que no sea reiterar lo mismo con lo mismo. Salieron del Consejo de Estado Raúl Castro y Machado Ventura. Como vicepresidentes el ignorado Salvador Valdés Mesa, antiguo secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba y el sanguinario comandante Ramiro Valdés a sus 85 años, quien fuera ministro de Interior y el enlace de Fidel Castro en Caracas.

En la Asamblea Nacional de nuevo tendremos a Esteban Lazo, de 74 años, aunque parece de 90 dada su lentitud extrema. Hombre de fidelidad más que demostrada, aunque con serias limitaciones intelectuales como para desempañar cargos de esta naturaleza, aunque como ya todos saben, no es necesario estar pensando mucho para dar cumplimiento a cosas ya predeterminadas por la camarilla partidista, de la que también forman parte los de una asamblea decorativa que decide solo en la apariencia.   

Por ahora a esperar, aunque repito, se podrá esperar cualquier cosa menos el verdadero cambio tan ansiado por millones de cubanos, y del que Cuba está tan necesitada por el peligro inminente de una aniquilación segura causada por los estragos del socialismo castrista.

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Fuente o Autor Info:
Alberto Roteta Dorado
Dr. Alberto Roteta Dorado. Cienfuegos, Cuba. Graduado de doctor en medicina, especialista en Medicina General Integral y Pediatría por el Instituto Superior de Ciencias Médicas de Villa Clara y de Máster en Ciencias, especialista de segundo grado en Endocrinología y de segundo grado en Medicina General Integral por la Universidad Médica de Cienfuegos. Ejerció su profesión de médico por más de veinticinco años en Cuba. Profesor auxiliar de Pediatría y Endocrinología, se dedicó al magisterio por más de veinte años. Ha realizado estudios de filosofía, teología, antropología y teosofía. Presidió en Cuba la Fundación Cultural “Oasis Teosófico-Martiano”. Actualmente presidente de honor de dicha institución. Dictó conferencias sobre temas martianos y filosóficos en diferentes instituciones cubanas como: Fundación Cultural “Oasis Teosófico-Martiano” y “Memorial Presidente Salvador Allende”. Tiene inéditos dos libros de ensayos sobre el sentido de la religiosidad y el pensamiento filosófico de José Martí. Colaborador de medios de prensa como Cubanet, Noticias de Cuba. Ha visitado varios países de América: Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica y Panamá. Radicado en Estados Unidos de Norteamérica.

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