La verdadera cara de Gustavo Petro
- Jorge Luis León
Un caudillo moderno que mezcla discursos progresista con practicas autoritarias.
Gustavo Petro ha generado tantas esperanzas como temores. Para algunos, es el adalid de los olvidados; para otros, un líder autoritario disfrazado de progresista. Esta es una mirada crítica a su figura, sus silencios, sus alianzas, los escándalos de corrupción y el modelo de país que pretende imponer.
El mito de redentor: un mesías de izquierda
Petro se presenta como un elegido, un iluminado capaz de guiar a Colombia hacia la justicia social. Pero su narrativa redentora se alimenta del resentimiento, del rencor histórico y de una peligrosa simplificación de los problemas nacionales. En sus discursos abundan las referencias bíblicas, las metáforas mesiánicas y el tono de cruzada personal. Más que un líder democrático, Petro se concibe como un redentor, y eso es siempre el preludio de un caudillo.
Cómplice por omisión: Cuba, Venezuela y la doble moral
Uno de los rasgos más inquietantes de Petro es su tibieza deliberada ante las dictaduras de Cuba y Venezuela. Mientras se desgañita denunciando a gobiernos de derecha, guarda un silencio sospechoso ante los atropellos de los regímenes de La Habana y Caracas. Ni una sola condena directa a las cárceles políticas de Díaz-Canel. Ni una palabra de solidaridad con los miles de presos del chavismo. ¿Cuál es la diferencia? Simple: esas dictaduras comparten su ideología.
Esta doble moral es inaceptable en un estadista, pero lógica en alguien cuya proyección política no es democrática, sino revolucionaria.
Las alianzas peligrosas: entre criminales y oportunistas
Los escándalos han rodeado su ascenso. Su campaña presidencial de 2022 fue salpicada por acusaciones de financiamiento oscuro, incluyendo declaraciones de su exembajador Armando Benedetti, quien habló de más de 15.000 millones de pesos en efectivo para movilizar la maquinaria electoral. ¿De dónde salió ese dinero? ¿Quiénes compraron favores futuros?
A esto se suma la extraña intervención de su hermano, Juan Fernando Petro, en cárceles del país, buscando acuerdos con grupos criminales bajo el manto de la “paz total”. Una paz que, en la práctica, se traduce en impunidad negociada con narcotraficantes y delincuentes.
Y el cuadro se completa con los escándalos recientes que involucran directamente a su hijo, Nicolás Petro, acusado de haber recibido grandes sumas de dinero provenientes del narcotráfico para financiar la campaña presidencial. El hecho no solo destapa una red de corrupción familiar, sino que demuestra que el discurso moralista del presidente oculta una estructura de poder viciada desde sus raíces.
Corrupción institucionalizada: los carrotanques de la vergüenza
Pero los escándalos no se limitan a la campaña. En 2024, el presidente Petro se vio envuelto en una controversia aún más grave. La compra de 40 vehículos “carrotanques”, destinados a paliar la crisis hídrica en La Guajira, reveló un esquema de corrupción: precios inflados, pagos irregulares y contratos entregados a empresas sin experiencia. Los vehículos fueron adquiridos a más del doble de su valor real, mientras los más necesitados siguen esperando agua, dignidad y justicia social.
Este episodio, lejos de ser una excepción, confirma un patrón: ineficiencia, desvío de fondos públicos y ausencia total de transparencia.
Autoritarismo y vanidad: El estilo Petro
La forma en que gobierna recuerda más a un caudillo bolivariano que a un presidente republicano. Desprecia el debate, descalifica a la prensa, y ridiculiza a los opositores. Tiene una marcada tendencia a la intolerancia con la crítica, y maneja el poder como si fuera patrimonio personal.
Su gestión en la alcaldía de Bogotá fue una muestra de lo que hoy se repite: improvisación, desorden, imposición de dogmas ideológicos y una administración enfrentada con todos los órganos de control. Fue destituido por la Procuraduría en su momento, aunque luego regresó amparado por organismos internacionales. Hoy, repite la historia a escala nacional.
Una amenaza para la institucionalidad
Petro no cree en la alternancia ni en la separación de poderes. Su proyecto es refundacional, pero no para mejorar la democracia, sino para imponer una ideología estatista, personalista y ajena a la libertad individual. No promueve el debate: lo sofoca. No gobierna para todos: lo hace para su tribu ideológica.
Habla de paz, pero su paz es pactada con criminales. Habla de justicia, pero su justicia es selectiva. Habla de democracia, pero su modelo es el de los Castro y Maduro: un poder sin contrapesos.
El disfraz se cae
Gustavo Petro no es el defensor de los pobres, sino el administrador de su miseria. No es el líder de un cambio verdadero, sino el rostro renovado de un populismo fracasado. Su gobierno encarna el peligro de una izquierda radical vestida de democracia, que lentamente erosiona las instituciones, normaliza la arbitrariedad y oculta su rostro autoritario tras discursos emotivos.
La historia de Colombia –y de América Latina– no necesita más redentores. Necesita verdaderos demócratas. Y Petro, con su esencia mezquina y antirrepublicana, está muy lejos de serlo.
🖋️Jorge Luis León
Jorge Luis León. Graduado de Lic. en Historia y Ciencias Sociales en el Instituto Superior pedagógico Enrique Jose Varona, es ensayista y escritor y autor de varias publicaciones en Periódico Cubano, 14Ymedio y Patria de Martí. Trabajó como profesor de historia en nivel medio-superior por 30 años. Al romper sus relaciones, con el Ministerio de Educación fue a dirigir una Academia de Ajedrez en Guanabacoa, donde residía, participó en múltiples torneos y escribió su libro Breviario Ajedrecístico, publicado en Cuba en el 2002. En 2002 viajó a Estados Unidos, fundó una Academia... dio clases en varias escuelas hasta que se trasladó a Houston donde reside actualmente.