Luiz Inácio Lula da Silva: El pacto con el Diablo
- Jorge Luis León
--“Tuvimos que hacer alianzas con el Diablo si era necesario para poder gobernar.”
— Luiz Inácio Lula da Silva, entrevista a El País, 2018.--
Con esa frase confesional, sin tapujos ni pudor, Lula da Silva nos advierte quién es y cómo concibe el poder. No se trata de una metáfora inocente, sino de una radiografía moral. En esa frase caben sus pactos con corruptos, dictadores y oportunistas; caben el cinismo y la estrategia; caben su desprecio por los principios éticos si interfieren con sus fines.
Si la moral fuera un requisito para gobernar con justicia, Lula habría sido excluido hace tiempo de la política. Pero en Brasil —y en gran parte de América Latina— la política no se mide por los valores, sino por la astucia y la manipulación. Lula, con su discurso de redentor popular y su maquinaria propagandística, logró que millones lo vieran como el “padre de los pobres”, cuando en realidad fue uno de los protagonistas más emblemáticos del saqueo institucional de su país.
Lula emergió del Brasil profundo como símbolo de esperanza. Un obrero metalúrgico que ascendía desde la miseria para desafiar a las élites. Fundó el Partido de los Trabajadores (PT) y supo conectarse con el sentir de los más humildes. Pero su llegada al poder no lo hizo más virtuoso, sino más hábil para usar el aparato del Estado en función de sus intereses.
Lo que empezó como una gesta por la justicia social terminó en una red clientelar de favores, sobornos y corrupción masiva. Esa masa que lo apoyó, muchas veces desinformada y emocionalmente dependiente, fue utilizada como escudo político. Lula traicionó la ética que lo catapultó. Gobernó no con idealismo, sino con pactos oscuros, tal como él mismo admitió.
El escándalo del Mensalão reveló que el gobierno de Lula pagaba mensualidades a diputados a cambio de votos en el Congreso. Fue el primer gran terremoto ético de su mandato. Aunque él se desvinculó de la operación, las investigaciones mostraron que su núcleo más cercano —incluyendo a José Dirceu y otros altos cargos del PT— estaba involucrado.
Años después estalló la Operación Lava Jato, una de las mayores investigaciones de corrupción de la historia. Descubrió una red colosal de sobornos en torno a la estatal Petrobras, en la que estaban involucradas empresas como Odebrecht y políticos de casi todos los partidos, incluyendo al propio Lula. Fue condenado por corrupción y lavado de dinero. La justicia brasileña demostró que había recibido favores millonarios a cambio de contratos inflados y protección política.
Su paso por prisión fue breve. El Supremo Tribunal Federal anuló sus condenas por supuestos errores procesales, pero no lo absolvió. Nunca fue declarado inocente. Aun así, fue rehabilitado políticamente y volvió a la presidencia en 2023, lo que representa una de las paradojas más dolorosas para la democracia brasileña: que un convicto por corrupción pueda volver al cargo más alto del país.
El “Lula internacional” es aún más preocupante. Mientras predica la justicia social, aplaude a dictadores y guarda silencio ante las peores violaciones de derechos humanos. Su cercanía con Fidel y Raúl Castro, su defensa del régimen de Nicolás Maduro, y su indiferencia frente a las atrocidades de Daniel Ortega son más que afinidades ideológicas: son complicidades activas.
En foros internacionales ha llegado a decir que Venezuela “tiene más democracia que muchos países europeos”, y ha defendido al régimen cubano calificando las protestas del pueblo como “acciones financiadas desde el exterior”. Lula no solo tolera dictaduras, las protege con su prestigio político. Usa su figura de izquierda para encubrir regímenes que encarcelan, asesinan y reprimen a sus ciudadanos.
Lula gusta repetir una frase:
“No tenemos que tener vergüenza de decir que somos de izquierda, porque ser de izquierda es defender a los más pobres.”
Pero esa frase es una falsedad peligrosa. Su izquierda ha defendido a contratistas corruptos, a oligarcas aliados y a dictadores, no a los pobres. En su mandato, muchos salieron de la pobreza, sí, pero lo hicieron dentro de un esquema populista e insostenible, basado en subsidios sin productividad, crecimiento sin controles y gasto público sin freno. En lugar de transformar la base estructural de Brasil, generó dependencia del Estado.
El propio Lula y su entorno se enriquecieron mientras decían luchar por la igualdad. Esa “izquierda” que tanto proclama ha sido el disfraz perfecto para cubrir negocios turbios, desvíos millonarios y la consolidación de un poder autoritario que hoy sigue avanzando disfrazado de justicia social.
Brasil hoy está dividido. Una parte del pueblo aún cree en Lula. Otra lo repudia con razón. Pero lo más grave es la normalización de la corrupción. Que un convicto vuelva al poder sin pagar moral ni políticamente por sus actos habla de una democracia herida.
El caso de Lula no es individual. Representa un modelo: el del líder populista que, tras conquistar a los pobres con promesas y subsidios, pacta con las élites y traiciona su origen. Que habla de justicia mientras calla ante la represión. Que abraza a los dictadores y desconfía de las democracias.
Asi las cosas...
Lula no es el demonio, pero hizo pactos con él. En nombre de la justicia social, convirtió el poder en botín y la política en teatro. Volvió a gobernar no por su inocencia, sino por las grietas institucionales de Brasil. Y su retorno no augura un renacer ético, sino una peligrosa continuidad del cinismo disfrazado de esperanza.
Mientras tanto, América Latina debe aprender la lección: no basta con provenir del pueblo ni hablar de los pobres. Lo que define a un gobernante es su coherencia moral, su respeto por la verdad y su capacidad para servir sin servirse.
Y Lula, en eso, ha fallado.
🖋️Jorge Luis León
Jorge Luis León. Graduado de Lic. en Historia y Ciencias Sociales en el Instituto Superior pedagógico Enrique Jose Varona, es ensayista y escritor y autor de varias publicaciones en Periódico Cubano, 14Ymedio y Patria de Martí. Trabajó como profesor de historia en nivel medio-superior por 30 años. Al romper sus relaciones, con el Ministerio de Educación fue a dirigir una Academia de Ajedrez en Guanabacoa, donde residía, participó en múltiples torneos y escribió su libro Breviario Ajedrecístico, publicado en Cuba en el 2002. En 2002 viajó a Estados Unidos, fundó una Academia... dio clases en varias escuelas hasta que se trasladó a Houston donde reside actualmente.