El Estado espía de Cuba a nuestras puertas: es hora de acabar con el régimen de los Castro
El Estado espía de Cuba a nuestras puertas: es hora de acabar con el régimen de los Castro Read in English El reciente anuncio de la Oficina Federal de Investigación (FBI), en el que se confirma...
[Lee el artículo completo]Recordemos al Cristo combativo durante la Semana Santa
Recordemos al Cristo combativo durante la Semana Santa Read in English Una distorsión peligrosa se ha infiltrado en la teología cristiana, tanto en la tradición católica como en la protestante y...
[Lee el artículo completo]La Ley Helms-Burton sella el cambio de régimen en Cuba
La Ley Helms-Burton sella el cambio de régimen en Cuba Read in English Mientras Donald J. Trump avanza en su segundo mandato con una iniciativa audaz en Cuba, el secretario de Estado Marco Rubio...
[Lee el artículo completo]La nueva Ley de «Inversiones» de Cuba: la piñata castrista
La nueva Ley de «Inversiones» de Cuba: la piñata castrista Read in English El 16 de marzo de 2026, el viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversiones de la Cuba comunista, Óscar...
[Lee el artículo completo]La fuerza de EE.UU., o su amenaza, debe usarse en Cuba
La fuerza de EE.UU., o su amenaza, debe usarse en Cuba Read in English Cuba no es simplemente autoritaria. Es un régimen totalitario. Durante más de seis décadas, el aparato castrocomunista ha...
[Lee el artículo completo]La Cumbre Escudo de las Américas: Un escudo en defensa de la libertad
La Cumbre Escudo de las Américas: Un escudo en defensa de la libertad Read in English La Cumbre Escudo de las Américas, convocada por el presidente Donald J. Trump, se celebrará este sábado 7 de...
[Lee el artículo completo]La transición dictatorial de Cuba no debería engañar a nadie
La transición dictatorial de Cuba no debería engañar a nadie Read in English La orden ejecutiva del presidente Donald J. Trump del 29 de enero de 2026, en la que se declara una emergencia nacional...
[Lee el artículo completo]La última batalla del castrocomunismo
La última batalla del castrocomunismo Read in English Donald J. Trump ha elevado el cambio de régimen en Cuba a la categoría de piedra angular de la política regional de Estados Unidos,...
[Lee el artículo completo]La necesidad imperiosa de EEUU de derrocar el régimen comunista de Cuba
La necesidad imperiosa de EEUU de derrocar el régimen comunista de Cuba Read in English Las órdenes ejecutivas, los memorandos de seguridad nacional y los objetivos del Departamento de Estado de...
[Lee el artículo completo]- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
La Iglesia y el castrismo: La paradoja explicable por Julio M. Shiling
Mucho se ha escrito sobre la recién visita a Cuba comunista del Cardenal Tarcisio Bertone. Los legítimos demócratas, en su mayoría, han sido críticos. Casi todas las reprobaciones, sin embargo, han apuntado al Vaticano, diferenciándolo de la Iglesia Católica, representada por su liderazgo titular. Esto es un error. Omite graves relevancias que diluciden la genuina explicación para esta aparente incongruencia. Primero, una recapitulación de lo ocurrido y varias aclaratorias seminales.
Pretender desligar al Vaticano de la Santa Sede y la Iglesia es una bofetada a la inteligencia. El Vaticano existe como Estado al servicio de la Iglesia. Su paralelismo no se puede ignorar. Menos cuando, por la delicadeza de no ofender a buenas personas, se elude la responsabilidad de altas figuras que cometen grotescos actos de complicidad inmoral. Adicionalmente, la Iglesia, institución de inspiración divina pero humana, no ha sido monolítica tampoco en cuanto a la ideología socio-política-económica que ha recetado para la humanidad. Particularmente en los últimos cien años. Esto es de una envergadura imponente, cuando se toma en cuenta que algunas de estas propuestas y posturas, pisotean los principios más elementales que el Ser Supremo nos enseño.
El Cardenal Bertone fue a Cuba, no como un sacerdote particular. No lo es. Pero sí es el segundo en mando de la Iglesia Católica. Para ser preciso, la mano derecha del Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI. Fue para "celebrar" el décimo aniversario de la visita de Juan Pablo II a la Isla esclavizada, estadía que aún diez años después, pese a las exaltadas esperanzas de los que aplaudieron dicho viaje, todavía brilla por su ausencia la esperada "apertura al mundo" de Cuba socialista. Lo lamentable de la visita a Cuba del Secretario de Estado de la Santa Sede, no sólo fue lo de "festejar" aquel fracasado viaje que rindió poca cosecha cristiana, sino con quienes fue a "festejar" y a quienes le dio la espalda.
Ante tanta desvergüenza, por dónde empezar. "Quiero ahora, con motivo de esta cena", exclamó el Cardenal, "dirigir un particular saludo a los Representantes del pueblo cubano aquí presentes..." No, no se dirigía el Secretario Bertone a Marta Beatriz Roque, Oscar Elías Biscét o Antunez. Los que compartieron la cena oficial con él y a quien le hablaba, era la cúpula dictatorial cubana. Si pensaron que iba a aprovechar la ocasión para, al menos, regañar a algunos de los responsables de la barbarie, se quedaron pasmados esperando. Más bien sus palabras reflejaron un afán de entrelazar fuerzas con la dictadura. "En este espíritu de concordia", delineó el asesor principal de Benedicto XVI a la tiranía, "estoy seguro de que pronto se podrá llegar a establecer un instrumento de trabajo que facilitará nuestras relaciones recíprocas". Y los "votos" y "saludos" al criminal de lesa humanidad, Fidel Castro, eran de esperarse. Su admiración por lo morboso no se detuvo con el asesino en jefe. En nombre de la Santa Sede, le deseó "aciertos" a la nueva junta gobernante, algo llamado "Consejo de Estado" y compuesto por algunos de los más connotados criminales de las Américas. ¿Cómo se puede explicar que la Iglesia Católica, entidad tan centralizada, haya enviado al segundo en su jerarquía, a comulgar con una sangrienta dictadura comunista? La respuesta es fácil.
Perfecto sólo es Dios. Todo lo humano es falible. Así nos los reveló Platón y San Agustín. Pero un día vinieron algunos que rompiendo con la noción del Pecado Original, promulgaron ideas que excitaron los sentidos de esos que se creyeron capaces de establecer un nuevo orden. Estos pseudos-ilustres (Rousseau, et al), dijeron que el hombre es perfecto y lo malo es su entorno. De ahí ha construir, por medio de la ingeniería social, el "cielo en la tierra". Todo esto haciendo caso omiso a lo articulado por San Agustín, un Doctor de la Iglesia, que demarcó claramente la diferenciación de vivir dando la primacía al alma o al cuerpo. De las filas que comenzaron a formarse para impregnar al mundo con estas absurdas nociones, estaban religiosos que sustituyeron lo sobrenatural con lo natural. Y nos han querido convencer, a partir de ahí, de que así pensaba Jesús.
Debe quedar claro que ha habido dirigentes de la Iglesia que vieron venir la obscura tempestad. Pío X fue uno de ellos. "En estos últimos tiempos", alertó el Pontífice en su encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907), "ha crecido extrañamente el número de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenos de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia y hasta por destruir de alto a abajo, si les fuera posible, el imperio de Jesucristo". "Hablamos"..., continua la encíclica, "de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta sacerdotes, a los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología e impregnados, por el contrario, hasta la medula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia". Análisis profético el de Pío X. Resume la clarividente premisa en una oración, "Traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro...".
Giuseppe Melchiorre Sarto, el nombre con que nació el Papa Pío X, dos años después en la encíclica "Communium Rerum" arremetió contra los conspiradores anticristos que enarbolaban (en nombre sólo) la fe católica. Los llamó..."Hijos desnaturalizados que pretenden que el cristianismo sólo conserve el nombre...Entre Cristo y Belial (genio del mal) no hay posibilidad de composición o acuerdo". Oídos sordos ha prestado el actual Sumo Pontífice, igual que su predecesor, a la postura digna que planteó Pío X. Colocación moral y práctica, que genuinamente capta la esencia del ejemplo de Jesús, en sus diferentes enfrentamientos con el mal y sus representantes: no concertar con el no-arrepentido y esencial enemigo (arrepentimiento recuerden que requiere del total abandono de actividades pecaminosas).
Pío X, campeón de la pureza de la fe desligada de añadiduras "modernistas" que con sus nuevas metodologías de análisis la deformaban transcendentalmente, sospechoso de la politización de la Iglesia y enemigo del socialismo, no fue el único en alertar sobre el peligro venidero. Antes que él lo hicieron los Pontífices, Pío IX y León XIII. Después, su sucesor, Benedicto XV, siguiéndolo Pío XI y Pío XII. Merece destacar la muy conocida encíclica "Divinis Redemptoris" (1937) de Pío XI, declarando al comunismo "intrínsecamente perverso" y prohibiendo oficialmente la cooperación entre la Iglesia y los católicos que se adhirieran a la doctrina marxista, conociendo este la capacidad insidiosa de los movimientos comunistas. También, la exclamación del Papa Pío XII (1956) de que dialogar con el comunismo no era factible, dada la inexistencia de una misma moral idiomática. Y la reiteración de Pío XI de que “la oposición entre el comunismo y el cristianismo es radical" merita asimismo mención. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de los citados dirigentes de la Iglesia Católica, buenos y malos tildaron la balanza a favor de un revisionismo drástico dentro del catolicismo. Las desastrosas repercusiones, hasta este día, lo están padeciendo el mundo y la Iglesia.
El suceso histórico que atinó las posibilidades para que las facciones más radicales del izquierdismo católico se apoderaran de la agenda eclesiástica, fue el Concilio Vaticano II. Esta asamblea ecuménica convocada por el Papa Juan XXIII en 1959 (sólo meses después del fallecimiento del anticomunista Pío XII y su ascensión al liderazgo de la Iglesia) y concluida por Pablo VI, tenía el propósito expreso y abstracto de "modernizar" y "renovar" la Iglesia, su Liturgia, los feligreses, las relaciones y cuestiones "sociales", etc. Las "reformas" que se adaptaron en esa asamblea que congregó a 2450 obispos entre 1962 y 1965, y el producto final, galvanizó las fuerzas proclives a la ingeniería social que por medio de instrumentos políticos totalitarios e ideologías que veían retratada una lucha de clases, cristalizaron "soluciones" a "problemas" percibidos.
Algunas anécdotas interesantes del Concilio Vaticano II incluyen la coordinación del Cardenal Tisserant (muy popular en círculos de la izquierda radical) en 1962, de la "asistencia" al Concilio de observadores soviéticos. La reunión en Francia entre el Cardenal y los soviéticos fue llamada por la prensa, el "Pacto de Metz" (confirmado por Monseñor George Roche, secretario por 30 años del Cardenal Tisserant, a Itineraires, No. 285, página 153). A cambio de asistir al Concilio II, los soviéticos exigieron que no se redactara, en la misma, ninguna condena al marxismo, según la fuente citada y otras, entre ellas la de Monseñor Schitt, obispo de Metz, quien en rueda de prensa confirmó que la URSS obtuvo lo que quiso (Le Lorrain, 9 de febrero, 1963). El hecho de que, entre lo producido por el Concilio II se encontraron críticas al capitalismo y al colonialismo, pero nada referente al comunismo, afianza lo sospechado. Sería interesante anotar que varios intentos para condenar el marxismo por medio de proclamas, fueron hechos (similar a previas ocasiones) por agrupaciones de obispos. Estos esfuerzos fueron frustrados por la interferencia de las pertinentes comisiones.
Dentro del contexto del Concilio Vaticano II, los años venideros produjeron una Iglesia mucho más ocupada en las cuestiones temporales del mundo contemporáneo que en las de su propósito original: enfatizar lo sobrenatural y salvar almas. Los "reformadores", laicos y clero abrazaron conceptos de "guerras sociales", identificando la misma con la religión y todo su fervor. La Revolución Castrocomunista, con su diatriba oficial de igualitarismo, su utopía, anticapitalismo y antinorteamericanismo, jugó dentro de ese entorno histórico, un papel inspirador para esta corriente. La palabra "revolucionario" pasó a ser, para los más extremistas, casi sinónimo con cristiano. En América Latina la aplicación paralela del Concilio II se materializó en Medellín en 1968.
El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM: asamblea que agrupa a los obispos católicos de América Latina y el Caribe), incorporó la licencia que el ideario del Concilio II le extendió, radicalizada aún más con la añadidura de "Populorum Progressio" (1967), encíclica anticapitalista de Pablo VI. El documento redactado comprometió a la Iglesia latinoamericana a lanzarse a la "acción social" para remediar la miseria que ellos consideraban originada por el sistema capitalista. Tan fundamentalista fue dicha declaración que hasta formuló la "justificación" para que sacerdotes abrazaran acciones políticas de índole insurreccional contra el orden existente. El brinco de cura a guerrillero fue fácil para algunos. Para otros, la permanencia dentro de la Iglesia inculcó una concientización que, al aceptar ideológicamente la recetada versión del "compromiso con lo social", al marxismo se le dio por alto su contenido materialista y ateo. El enfoque fue en su percibido "humanismo". Con responsabilidad y evidencia innegable se puede atestiguar que ahí se inspiraron (y salieron) algunos de los movimientos terroristas más connotados de América Latina.
Los Bertones de la Iglesia (y el que los autoriza) representan a una facción trasnochada, pero activa y poderosa dentro de la Santa Sede. Vienen de la extirpe que produjo el Concilio Vaticano II, sus apéndices ecuménicos, las encíclicas y las ideas políticas que infundió todo eso. Endosan recetas económicas, como la llamada "Doctrina Social", que puestas en ejercicio, sólo profundizarían y proliferarían la miseria material, el clientelismo y con su estatismo predador, debilitaría la sociedad civil a expensas de una élite gobernante. El actual liderazgo de la Iglesia (como el anterior con respecto a Cuba) no se siente muy incómodo con la dictadura cubana. Pienso que ciertos aspectos inherentes del despotismo castrista les deben chocar i.e., falta de libertades civiles, fusilamientos, etc. Pero la incomodidad no se contrapone a lo que admira del castrocomunismo. La letanía oficial la cree (educación, salud, embargo, etc.). No considera a la tiranía su enemigo, ni siquiera adversario. Simplemente disienten. No se oponen. Valoran más como concepto el igualitarismo, aunque sea sólo como capricho metafísico, que la libertad.
Los principios de la "guerra justa" contra el mal de San Agustín, el "tiranicidio" de Santo Tomás de Aquino, la intransigencia del Padre Félix Varela, el desbordamiento por lo sobrenatural y la fe que nos ilustró Santa Teresita del Niño Jesús ¿dónde figuran en la esquema de la Iglesia de hoy? Sólo en el léxico de un sermón vació. En la práctica, el revisionismo las desterró. Pero están vivas como el Verbo del Santísimo Padre que se enfrentó a la brutal tiranía romana y los hipócritas Sumo Sacerdotes. Las palabras de un arrepentido Pablo VI, años después, declarando que el mal y su "humo" habían "entrado en el santuario y... envuelto el altar", mantienen tanta relevancia hoy como en 1972 cuando lo dijo. Lo ocurrido en Cuba es un ejemplo de eso.
La Iglesia necesita de otro San Francisco de Asís, con una misión similar. En San Damián, una capilla humilde y hermosa, desde un crucifijo bizantino, Jesús por primera vez le habló al joven San Francisco. El Gran Maestro le dijo, "Francisco, arregla mi casa". Ahí se le señaló el camino al Hermano de Asís. Ahora más que nunca, necesitamos otro San Francisco para, nuevamente, arreglar la Santa Iglesia.
- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Martí y el Monstruo
Tan antiguo como la historia es el concepto de “monstruo”. Esta palabra derivada del latín (monstrum) ha operado como compendio dentro de la mitología, las leyendas, la ciencia ficción y más comúnmente, como una expresión figurativa literaria y oral. Artífices, adeptos, amigos y apologistas del comunismo cubano han expendido un monumental esfuerzo, con el mencionado concepto. Construyendo su mitología revolucionaria, la dictadura cubana no perdió tiempo en enlistar una intelectualidad sumisa para ayudar, a no sólo construir el “hombre nuevo”, sino también de-construir la verdad. La metodología, en esta ocasión, sería la descontextualización.
El haber residido en la casa al lado de la que habitaba Mariano Martí en México, sirvió para que Manuel Antonio Mercado y de la Paz conociera al Apóstol de Cuba. El eximio mexicano llegó a ser Oficial Mayor de la Secretaria de Gobierno del Estado (Michoacán), Diputado al Congreso, Subsecretario de Gobernación, Vicepresidente de la Academia Mexicana de Jurisprudencia, Secretario del Colegio Nacional de Abogados y Secretario del Gobierno del Distrito Federal. Para José Martí fue un amigo entrañable. Duda no me cabe, que por el recíproco efecto que Mercado le tenía al Maestro, y en honor a la verdad, con su propia licencia para ejercer la ley, demandaría al régimen castrocomunista (si en Cuba hubiera un Estado de derecho), en nombre de Martí, por difamación y desvirtuación de carácter.
Presentaría como evidencia una exposición muy allegada a él: una carta que el insigne cubano le escribió, un día antes de su traslado a la Vida Eterna y consagrada en Dos Ríos, ese espacio de tierra para siempre (Carta a Manuel A. Mercado, Campamento de Dos Ríos, Mayo 18, 1895). Con la oración, “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas…”, han intentado los castristas y sus simpatizantes, de elevarla a connotación internacional, ofreciéndole riendas amplias para que circule el mundo, desacompañada de un serio análisis y por supuesto, con una coreografiada interpretación. Mucho hubieran dado por poder anexarle un acompañamiento musical, como gozan ciertas estrofas de los Versos Sencillos, insertada a la canción la “Guantanamera”. Sin embargo, como todo lo que sostiene moral e intelectualmente al régimen sanguinario en Cuba, éste empeño carece de sustancia y no resistiría un escrutinio objetivo.
Los papagayos y propagandistas del castrocomunismo han pretendido reducir el testamento político de Martí a esa oración específica y la citada carta a Mercado, en general. En el intento de alistar al Maestro en las filas del fundamentalismo antinorteamericano, factor inherente en todo movimiento totalitario (comunista, fascista, nazista o islamista radical), éste acto de imbecilidad sublime han cometido. Usando el hacha más que el pincel, extirparon unas palabras selectas y la descontextualizaron del pensamiento e ideario martiano íntegro. Cabalmente, lo han contradicho y tergiversado.
Martí le cuenta (en la carta) a su amigo mexicano de su entrevista en la manigua con Eugenio Bryson, corresponsal de un diario norteamericano. Este (Bryson) le relata al Apóstol lo conocido por muchos. La metrópoli española, frustrada y amargada por su incapacidad de dominar el movimiento independista cubano, prefería lidiar en la derrota con una potencia extranjera, que un victorioso ejército mambí. La crónica verbal de Bryson exponía su conversación con Arsenio Martínez Campos, arquitecto del Pacto de Zanjón y gobernador español en Cuba, y la articulación del mismo sobre la preferencia española de “entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. Nuevamente, eso era una conclusión sospechada y nada nuevo. La reseña adicional del corresponsal norteamericano, sobre la corriente anexionista y el pulso antiindependentista del momento, no aportó tampoco ninguna revelación novedosa. Sin embargo, esta carta inconclusa ha sido el banderín predilecto y angular del despotismo cubano, para timarnos de que el autor intelectual de la independencia de Cuba, podría también ser el progenitor transcendental de la barbarie revolucionaria, en marcha desde 1959, y su fastidio odioso con el vecino al norte.
La coincidencia de la fecha de la carta (el día antes de fallecer en combate Martí), indudablemente, le ha prestado un servicio a las pretensiones del régimen. Pero sólo la desfachatez o la ignorancia pueden servir de excusa, para el que engulle la postulación castrista. El sacar esencialmente de su completitud contextual, posturas tan claras como abisal, solamente se atreve un sistema que cuenta con el absoluto control del poder y una intelectualidad borrega y cómplice. La objeción de los cubanos (y algunos españoles también) de permanecer una colonia de la corona española, se personificada en tres corrientes: el autonomismo, el anexionismo (a EE. UU.), e el independentismo. Para el Maestro, independentista par excellance, ningún camino que no fuera el de la emancipación absoluta de la tierra de sus padres, era factible. Cuba para los cubanos (y todo el que la amara), no aislada ni exportadora de ideologías “extranjerizas”, sino partícipe de una comunidad de naciones libres, era la colocación de, no sólo Martí, sino de la gama de próceres, antes y después, que anhelaron la independencia de Cuba. Rechazo a inclinaciones anexionistas, constituía una base firme, en el planteamiento independentista, fuera quién fuera la nación deseosa de apoderarse de Cuba. Pero eso sí, sin rencor o cólera hacia nadie. Si no hubo malquerencia o bilis, hacia los españoles, en el corazón del Apóstol, sería incompatible que del pecho de Martí brotara, hacia la democracia practicante más antigua del mundo (y no es Grecia), sentimientos paralelos a los que los propiciadores de luchas de clases han divulgado.
Cuba, desde su descubrimiento por una potencia europea, ha sido codiciada por diferentes poderes. Los EE UU no han sido la excepción. Tampoco ha sido una postura, dentro del entorno político norteamericano, monolítica. Si bien presidentes como Jefferson y Polk, expresaron interés en adquirir la isla caribeña, hubo otros, Lincoln y Teodoro Roosevelt (para citar dos), que no compartían esa inclinación. Adicionalmente, existe en los EE UU, una práctica activa del concepto de la “separación de poderes”. De manera que un mecanismo, centralizado, arbitrario y absoluto, para llevar a cabo dicha transacción, no existía. Parte del problema con la premisa castrocomunista es la óptica que el prisma totalitario ofrece. La facilidad de ejecutar decisiones unilaterales, sin un procedimiento lícito ni prejuicios democráticos, es ejercicio cotidiano en dictaduras totalitarias. El mundo libre nunca ha operado así.
La historia está colmada de ejemplos de regímenes, buenos y malos, que explican su expansión territorial a través del tiempo, tanto con legitimidad, como con lo absurdo. Sin relativizar el asunto, el hecho es que cada caso obliga un análisis considerable y balanceado, previo a la emisión de juicio. Con respecto a los EE UU, los enemigos modernos de la democracia, que ven en la libertad un impedimento, han concretado todo lo alcanzable por, demagógicamente, falsear la historia ocurrida y presentar otra distorsionada.
La Doctrina del Destino Manifiesto, la argumentación teórica de extender la nación norteamericana del Atlántico al Pacífico, no fue un planteamiento ideológico doctrinal y menos con pretensiones “científicas”. Fue un precepto. Se considera que el concepto surgió de un sermón verbal de John Cotton, un ministro puritano, en 1630. No fue hasta 1845 que un columnista llamado John O’Sullivan retomó el tema. Cierto es que en los 1890’s, entre sectores de políticos y la intelectualidad estadounidense, cobró nueva vida. Pero una distinción urge que se haga diferenciando dicha postura no-escrita de expansión y el “norteamericanismo” como fenómeno socio-político excepcional.
El hecho de que los EE UU la fundaron individuos que vinieron buscando la libertad religiosa y fomentaron los documentos políticos más audaces, con respecto a la protección de libertades civiles y las limitaciones al poderío estatal (First Virginia Charter de 1606, Fundamental Orders of Connecticut de 1639, First Continental Congress: Declaration of Colonial Rights de 1774, Virginia Declaration of Rights de 1776), sin duda contribuyó a la percepción de muchos de sus ciudadanos (y otros no-ciudadanos), que la mencionada nación, ex colonia inglesa, tenía un sitio importante dentro de un esquema Providencial. Al menos nunca antes había existido un experimento político, donde tanto se enfatizó la libertad como derecho natural y la búsqueda convencional para su preservación. Las complejidades de una sociedad plural como la norteamericana, forjada de amalgamas de culturas, idiosincrasias, pero suficientemente fuerte para no sólo no perder su identidad, sino extender la civilidad de su cultura socio-política a todos sus residentes (naturales o recién llegados) y a la vez establecer la potencia económica más rica del planeta, no escapó la admiración de Martí. Este fenómeno era relevante aún en la época del Maestro.
Para Martí, la libertad era una consagración. Sería inconsecuente que el insigne cubano desplegara animosidad hacia el esquema político cuya primacía era la libertad de cada individuo. Gran contraste a la bárbara experimentación que se cometía al otro lado del Atlántico, donde la guillotina resultó ser el bisturí de los ingenieros sociales jacobinos. Martí gozaba del mágico don del poderío de palabras. Pero su poética alma, exponiendo siempre con un vocablo galán y exquisito, jamás se desprendió de la consistencia. Por eso muy temprano en su vida expresó su admiración por el excepcionalismo norteamericano. De particular elogio fueron su dinamismo, pluralismo y, valga la redundancia, el cultivo a la libertad que encontró en el país donde más tiempo, terrenalmente, habitó. La estimación del Apóstol por la tierra de Washington, y su amor por Abraham Lincoln, Ralph Waldo Emerson y Wendell Phillips (cuya fotografía colgaba en la oficina de Martí: ver Carta a Gonzalo de Quesada, Abril 1, 1895. Nota: no había retrato de Marx), no le impedía, simultáneamente, criticar y objetar ciertos procedimientos, corrientes políticas y costumbres culturales de la misma.
El absolutismo socialista en Cuba ofende la inteligencia humana, al pretender encasquillar al Maestro en un simplismo inaplicable. Martí era lo suficientemente sofisticado para segregar lo deseado de lo indeseado, sin destruir el panorama generalizado. El exilio extendido del Apóstol en los EE UU y partes de América, le ofreció una apreciación sociológica, donde veía ciertas aventajas en la aplicación de modelos culturales que tomaran más en cuenta factores idiosincrásicos. El paradigma anglo sajón protestante (EE UU) o el europeo, aplicado estrictamente en América Latina, consideraba Martí que se encontraría con problemas de inadaptabilidad, sin añadiduras autóctonas. Su análisis partía de consideraciones sociológicas y antropológicas, no ideológicas. El palpar las inclinaciones euro céntricas en los EE UU, fue otra observación del Apóstol, no distante de la realidad. Dicha inclinación, reflejaba una muestra de la bajeza humana, relevante a toda la humanidad y anotada por Martí, ciertamente, de lo que consideró latente en los EE UU. Pero no es menos cierto, que plasmó en sus escritos también la movilidad con que la sociedad norteamericana navegaba. Fenómeno hecho posible sólo en un lugar de oportunidades. Esa otra parte contenía los elementos admirables hacia el país norteño. La búsqueda en exceso de riqueza material fue otra detracción.
La crítica del Maestro hacia el consumismo y el ritmo de vida en los EE UU reflejaba una inquietud legítima compartida, incluso, por numerosos norteamericanos también. Sin duda, la época que le tocó Martí vivir fue una de gran expansión económica, llena de invenciones, de innovaciones y del uso de la tecnología como nunca antes (para esa época). El desplazo poblacional hacia la urbanización, el influjo de masas de nuevos residentes provenientes de países diferentes, vislumbraba la llegada de la modernidad y todos sus costos de adaptabilidad. El planteamiento del Maestro preserva su relevancia aún hoy y es una cuestión que toda sociedad que descubre el progreso económico y tecnológico tiene que enfrentar: el mantener un equilibrio entre lo material y lo espiritual. Pero en ningún momento, abogó Martí por una intervención convencional coercitiva. Mucho menos prescribió un plan de “acción revolucionaria” para implantar la utopía. La reverencia martiana por la libertad se lo impedía. Su crítica era una apelación a un más enaltecido modo de vivir, pero uno sin sacrificar el libre espacio de los ciudadanos.
Nociones como la desigualdad, fueron atendidas por el Apóstol desde el prisma del liberalismo. Nunca comulgó con las recetas radicales del socialismo para lidiar con ese problema. De manera que sus anotaciones de como se desenvolvía el nuevo orden económico en su día y los ajustes al capitalismo y la tecnología que trajo y el peaje del reajuste social, fueron siempre uno de trabajar para su mejoría, dentro del sistema social existente. Nunca reemplazándole y mucho menos violentamente y sostenido por coerción.
Los EE UU, ya para la época del Maestro, encabezaba el mundo en capacidad productiva. Había, incluso, sobrepasado los países europeos. Su deseo de extender su influencia en el continente donde es encuentra, era de esperar. Eso ha sido el caso, con toda potencia, a través del tiempo. En eso, tampoco, los norteamericanos han sido exclusivos. Aquí no se está emitiendo un juicio de si es una conducta benigna, o no, la temática de hegemonías. Pero si se fuera intentar, abría una largísimo lista de naciones e imperios sobre el cual habría que emitir un veredicto. Se puede comprender, también, que en un mundo globalizado, hoy, la mayoría lo ve con menos sospecha. Martí, político capacitado, actuó correctamente alertando, desde la óptica de su tiempo y lugar, sobre la potencialidad del vecino norteño. Como patriota y con toda una vida ungida por la independencia de su patria, era natural que combatiera cualquier pisco anexionista. Su cautela, en nada lo convierte en un antinorteamericano. La inquietud del Maestro con los EE UU, legitima en ese momento, jamás en la práctica alcanzó la proporción de injerencia que los comunistas cubanos, nos han querido convencer.
Para el analista objetivo, en el pre castrocomunismo las relaciones entre Cuba y EE UU, nunca alcanzaron dimensiones categóricas, de un imperio y su súbdito. Pese a situaciones específicas e inoportunas y de “enmiendas” que todos lamentamos (y luego fue derogada), el entrometimiento de los EE UU, en los asuntos de la República de Cuba, conocía límites que quedaba demostrado, cada vez que el Estado republicano cubano así lo decidía (presidencia de Alfredo Zayas, para nombrar sólo un instante). Un análisis de las relaciones cubananorteamericanas, previas a la dictadura castrista, compelería una reconsideración histórica ardua, donde protagonistas criollos tendrían que asumir su responsabilidad por las intromisiones, concretadas o tentativas, ya que muchas veces obedecían intereses mezquinos, partidistas o sectarios. Si se fuera a categorizar, el vínculo cubanonorteamericano como uno de imperialista-súbdito, habría que redefinir la terminología de palabras y de conceptos. Nuevamente, la patraña castrocomunista, no resistiría un escrutinio mínimo, superada ya de su descarga fatigada, emocional pero vacía.
Curiosamente, Cuba sí llegó alcanzar niveles descriptivamente paralelos o en aproximación, a lo que preocupaba a Martí. Pero no fue la nación de Lincoln la que propició el alcance imperial. Sino sucedió con el régimen que instauró Lenin, el mismo “revolucionario” que enmendó el marxismo, con nada menos, que su tesis sobre el imperialismo (un experto en la materia de violar la soberanía de otros). Pronto y fácil, el que se documenta descubre, que la palabra “imperialismo” ha sido una más en el vagón grande de términos y expresiones, mancillados y deformados. Martí equiparaba el imperialismo con el ejercicio autocrático del poder político por una fuerza foránea. Punto. La misma carta a Mercado demuestra al Maestro usando la palabra, en su referencia a los EE UU, estrictamente bajo condiciones de una acción anexionista. La otra referencia es con la metrópoli española, y la obvia monarquía absolutista.
La tediosa extensión que Lenin (particularmente), Rosa Luxumberg y otros marxistas le dieron al concepto original de “imperialismo”, desembocó en su desnaturalización total. Hoy pudiera querer decir todo lo que un comunista quiere que sea. Siempre y cuando, por supuesto, esté denigrando o insultando. Cuando se lee a marxistas, uno se lleva la impresión de que escriban para que nadie los lea, pero que todos los sigan. Martí, sin embargo, sí leyó a Marx y los socialistas que lo precedieron. Ninguno lo convenció. Desde 1959, el despotismo cubano y sus cacatúas, quieren convencernos a todos del sentir de animosidad del Apóstol, hacía los EE UU, su sistema (económico y político) y un imperialismo percibido que, naturalmente, ellos mismos, con exclusivismo, insisten en definir.
Martí era, enfáticamente, antiimperialista. La renuncia voluntaria a la soberanía cubana que la dictadura castrista ejerció con la Unión Soviética, jamás el Maestro hubiera aplaudido. Más aún, su desprecio por toda esquema convencional que privara al hombre de la variable necesaria para vivir la vida con decoro: la libertad; encontraría en Martí un enemigo acérrimo e intransigente de dicho sistema. El problema del castrocomunismo en particular y el socialismo en general, con los EE UU, no es su diatriba pesada de acusaciones huecas de “imperialismo”, que ni ellos exactamente pueden precisar. El léxico propagandista es pura letanía ideológica. La lucha por influenciar el rumbo del mundo está siempre latente. Y ellos no son meros espectadores. Luchan por monopolizar el reguero de la hegemonía. Pero claro la marxista-leninista. El verdadero problema que tienen con la nación norteamericana es la preponderancia que ésta le concede a la libertad en todas sus facetas y el impedimento que esto les resulta a sus objetivos subversivos.
El testamento político fidedigno del Maestro, para el que lo quiera buscar, lo escribió en un pedazo de Cuba en Quisqueya, llamado Montecristi. Ahí con Máximo Gómez en la proximidad, redactó un Manifiesto para la eternidad. La ausencia en el mismo del concepto del odio, ha privado a los comunistas de esa arma inherente (y necesaria) en el arsenal ideológico de la lucha de clases: el odio; como bien lo narró el buen marxista-leninista Ernesto (Che) Guevara. El verdadero “monstruo” está aún en el poder en Cuba. La verdadera monstruosidad es la barbarie cometida por un movimiento político psicópata y su sistema engendrado, que ha afligido la patria de Martí. Pero todo llega. El Maestro espera concluir su obra.
Libro Democratización en Cuba: Un manual conciso ►
- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
La madre de las declaraciones por Julio M. Shiling
Cuando los ingleses diseñaron la Carta Magna, sembraron fertilizante sano en el ideario político. La innovadora iniciación de articular frenos a la autoridad gobernante y alinear la propiedad con preceptos básicos de derechos libertinos, sin dudas, inició la larga travesía para despoblar las pantanosas selvas del despotismo. Serían, sin embargo, los descendientes de perseguidos religiosos provenientes de esas islas británicas, los que en protesta rebelde, redactarían la más enaltecida argumentación política sobre por qué un pueblo debería ser libre.
Las ideas que plasmaba la Declaración de Independencia norteamericana no fueron originales. Su credo estaba constituido, principalmente, por dos pilares: los principios de la Ley Natural, concepto que se originó con los griegos pero que fue perpetuado por el cristianismo y Santo Tomás de Aquino, y el liberalismo de John Locke. Sin embargo, el documento cuya redacción autorizó el Congreso Continental (cuerpo legislativo de las Trece Colonias originales) el 15 de mayo de 1776 y adoptó el día 4 de junio, le extendió a esas ideas una plataforma que la historia ha evidenciado, en la práctica, con la superioridad de su sostén.
El contexto en que surgió la Declaración que compuso Tomás Jefferson con la exquisita atención editorial de Benjamín Franklin y John Adams, reflejaba el sentimiento independentista prevaleciente en los criollos. En los campos de Lexington y Concord, el clarín había anunciado casi un año y un mes antes, el comienzo de la contienda bélica contra la metrópolis. La predominancia del sector intransigente del cuerpo deliberativo de las Colonias, ante la insuficiencia de la autonomía, adquirió mayoría. También la radicalidad de las exigencias a la corona británica. Las 1,331 palabras de la Declaración, recogió todo eso.
Esencialmente en cinco secciones, el seminal documento pregonaba la justificación para la Revolución Norteamericana. La civilidad demarcaba de principio a fin y en todo momento, el planteamiento político. Primero, anunciaba la decisión de separarse, amparando sus acciones, no en derechos convencionales propulsados por hombres, sino naturales provenientes de Dios y preestablecidos. La primacía de la Ley Natural sobre la Ley Positiva, quedó clara.
La segunda sección vocea cánones liberales, como el soberano, residiendo en los gobernados, no en sus gobernantes. Encomienda prudencia, advirtiendo contra el peligro de frívolas embestidas contra el orden legítimo. Y, a la vez, ensalza la acción redentora cuando la inviolabilidad ciudadana se ha perpetuado. Expone, en su tercera sección, una larga lista de abusos en forma de quejas, dejando lúcido la racionalidad de sus motivos. Añade y recuerda, en la cuarta parte, que cuando un monarca ignora las lícitas querellas de sus súbditos, se transforma la monarquía en tiranía, un sabio análisis platónico.
Concluye aireando la oficialidad de su independencia, explicable por el orden místico y superior y por el razonamiento humano, y sustentado por la responsable perseverancia de sus hijos. Los que defendieron los lazos sumisos con Gran Bretaña serían, según afirmó la Declaración de la recién pronunciada nación, "enemigos" en guerra y "amigos" en la paz. Ni guillotinas, reinos de terror o cambios de calendarios ocurrirían. No se emularían los acontecimientos de la "otra" revolución, al otro lado del atlántico, también con su "declaración".
Los amantes de la libertad, en todas partes, deben celebrar la transcripción de aquella Declaración, escrita en ese caluroso verano de 1776. Mejor aún, ojalá que pudieran practicar sus principios.
- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Mentiras, renuncias y el espectro de Trotsky por Julio M. Shiling
Consistente con el surrealismo que en Cuba ha implantado el castrocomunismo, el organismo encargado de "guiar" la subyugada sociedad cubana, planteó que ha llegado el momento de parar las mentiras. No. No fue un chiste. Cuidadoso siempre de no transgredir los límites idiomáticos del momificado socialismo criollo, el Partido Comunista Cubano (PCC) mediante su órgano de proselitismo, el periódico el Granma, llamó a eliminar la "mentira", "actitudes fraudulentas" y, entre otras cosas, "pelear contra la mentira y los mentirosos de adentro''. Nombres de acusados específicos no se ofrecieron. La ilegalización de la espontaneidad en los medios noticiosos cubanos asegura que algo se está tramando.
Ahora el tirano Castro (Fidel) anuncia su "renuncia" en un texto de 1030 palabras. "...no aspiraré, ni aceptaré..." (y lo repite), "el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe" (se le olvidó Secretario General del PCC). ¿Cuarenta y nueve años de sangre, miseria y dolor, y como obra ilusionista, se va? Bueno, él dice que no de todo. Piensa quedarse como "reflexionista" oficial de la Revolución (algo como un elder statesman dictatorial). Y sí, no faltaba ni aún en estos momentos, la incesante búsqueda de legitimación para su Constitución Socialista y régimen. También eso estaba en su "carta". Más que una despidida (ojala fuera así), es la formalización de un intento de perpetuar el marxismo-leninismo en el Estado cubano. La mentira, como bien apunta el Granma, efectivamente, tiene penetrada la esfera gubernamental castrista. Pero no una porción de ella. Sino su universalidad.
Que una Revolución construida sobre una identidad falsificada, sustentando el crimen con dictámenes ideológicos inconsistentes y atiborrados de patrañas, liderada por un psicópata embustero par excellance y defendida, argumentativamente, sólo con la empleomanía de la trola, causa intriga las alegadas preocupaciones de la dictadura con las mentiras dentro de sus filas revolucionarias y las movidas de su máximo representante. Varias posibilidades existen. Meaculpas o arrepentimientos se pueden descartar. La extravagancia con que se ha cometido la barbarie y saqueado la sociedad cubana (moral y materialmente), ha enraizado fuertes intereses en preservar el status quo. Desde el poder, el auto recriminación, sin amenazas bélicas inminentes y con el mentiroso en jefe aún oficialmente respirando, no sería factible. ¿Cuáles podrían entonces ser algunas de las razones?
Mercadeo es uno de ellos. El petróleo que Hugo Chávez le ha rapiñado al pueblo venezolano para regalárselo al régimen castrista (entre otros parásitos), no es muy confiable dada la estrambótica torpeza del líder, de algo llamado "socialismo del siglo XX1". Apuntar para el botín del vecino del norte ("el imperio") y la imitación del comunismo asiático es una apuesta más segura. Como la imagen ha sido un arma potente en el arsenal explicativo de la sobre vivencia del despotismo cubano, sería consecuente el querer adulterar su lámina, para así enfrentar retos venideros. Esto sería particularmente predecible cuando oficialmente deje de reflexionar el tirano máximo, que como un maléfico mago, le ha podido resolver los problemas a la dictadura que instauró. Dado el enorme costo de mantener la maquinaria represiva, una efigie más atractiva serviría al comunismo cubano mucho, desaparecido ya su showman emblemático.
Otra posibilidad sería una "purgación", que reflejaría un realineamiento del "centralismo democrático" (ese macabro adendum de Lenin al marxismo), tal como se ha practicado en Cuba hasta ahora. Apertura o la disolución del monopolio gubernamental, no es ha lo que me refiero. Sino apagada la monolítica autoridad de Fidel Castro, la lucha sectaria dentro del poder, ya parece haber estallado. La figura de Castro, más allá de su inercia, se pudiera utilizar por esos con más acceso a él, y presentar la impresión (real o no), de contar con la condescendencia del casi extinto tirano. Dictaduras como la que hay en Cuba, llevan siempre un cordón umbilical con el déspota-personalista. Esa enfermiza relación de un sistema socio-político con un individuo, lo ata a su duración. Los cortesanos deben estar asustados. La lógica movida de un mega-caudillo que toda su vida sopapeó las instituciones, incluyendo las que lo han sustentado, sería aún a estas alturas, tratar de fortalecer instituciones como el Partido. De eso se trataría la "redirección" del PCC, reformateando este su centralismo democrático. El espectro de Trotsky, y la experiencia rusa, pudiera estar visitando el castrismo.
Lev Davidovich Bronstein es el nombre con que nació León Trotsky. Fue el pseudónimo, tomado de uno de sus carceleros, que empleó cuando empezó a escribir en Iskra (La Chispa), órgano publicitario del Partido Obrero Socialdemócrata que lideraba Vladimir Lenin, y usó el resto de su existencia. Su fabricación en un icono de la izquierda, después de caer en desgracia con el poder soviético, adulteró la percepción del sujeto y la interpretación de los hechos.
Equivocadamente existe una falsa noción de la civilidad de Trotsky. Con objetividad se puede concluir que el número dos de la Revolución Bolchevique fue un empedernido sanguinario. Encargado de construir y liderar el Ejército Rojo para una guerra civil que resistía la embestida marxista, la fehaciente crueldad que el intelectual ucraniano utilizó para enraizar el terror, y salvar la dictadura bolchevique, es notorio. La iniquidad del primer Comisario de Guerra de los comunistas rusos, es uno de los más aguardados secretos de apologistas marxistas. Uno de sus desacuerdos con Lenin más connotados fue sobre el control de los sindicatos. Trotsky quería sobre los mismos, "más" control estatal. La apoplejía que destronó a Lenin, inicio el vacío de poder y las típicas luchas facciosas de los totalitarios (recuerden la Revolución Francesa). El victorioso trapicheo de Yosif Stalin, fue producto más del temor que producía Trotsky en el resto del Politburo, que genialidades que se le pudieran atribuir al sádico georgiano.
En momentos que el principal culpable de la tragedia cubana parece estar en la preparativa para corporalmente esfumarse, los otros responsables buscan salidas. Todos los que se han beneficiado de la bestialidad que se ha practicado en Cuba comunista (y sus cómplices), rastrearán alternativas que salvaguarden sus vidas y los privilegios que la revolución castrista les otorgó. Buscarán el sofista más comprable. Seguro que este "admitirá" que se cometieron "excesos", que "algunos" mintieron, etc. Pero lo cierto es que el sistema mismo, es el que contiene el germen de la perversidad. Otro charlatán no resolverá nada. Sólo el arrepentimiento fidedigno, consistiendo de concretas acciones estructuradas para desmantelar integralmente el actual régimen, abriría el camino para un proceso expurgatorio.
La enfermedad y posterior muerte de Lenin, presentó una encrucijada. Optaron por la opción que parecía menos radical. Nunca sabremos cuantos más hubieran perecidos con Trotsky. Tenemos una idea de los que Stalin silenció. Y las víctimas no fueron, necesariamente, todas anticomunistas. El caso cubano, sin duda, no es el mismo de la URSS. Lenin no fue para su dictadura, lo que Castro le ha sido para la de él. Sin embargo, de que la solución en ambos modelos radicaría (para el ruso hubiera radicado) en acabar con esa malísima idea socio-política en la práctica, en eso el denominador es común. Los comunistas rusos desperdiciaron el vacío de poder apostando por el que aparentaba ser menos malo. La historia (ese motor de la fábula marxista) demostró que ninguno servía, porque el sistema engendra esa pésima calidad de humano. Que recuerden los del Partido Comunista Cubano el espectro de Trotsky, las costosas decisiones que tomaron sus homólogos rusos en los años 20 y las oportunidades perdidas. Lo inevitable, la implosión del sistema, la demoraron pero no la pudieron eludir. El problema en Cuba es la Revolución, esa gran mentira. La solución: enterrarla con su egocéntrico maestro de ceremonias. Esa es la gran verdad.
Página 97 de 100