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1818 - Patriotismo

Comentario por Julio M. Shiling

El inigualable Padre Félix Varela pronunció en este escrito que el patriotismo es una “virtud cívica”. Siempre claro, el formidable intelectual y soldado de Dios a la vez atacó a los “indecentes traficantes de patriotismo”. Una joya cubana es esta pieza.

Patriotismo

Al amor que tiene todo hombre al país en que ha nacido, y el interés

que toma en su prosperidad, le llamamos patriotismo. La consideración del

lugar en que por primera vez aparecimos en el gran cuadro de los seres,

donde recibimos las más gratas impresiones, que son las de la infancia,

por la novedad que tienen para nosotros todos los objetos, y por la serenidad

con que los contemplamos cuando ningún pesar funesto agita nuestro

espíritu; impresiones cuya memoria siempre nos recrea, la multitud de los

objetos a que estamos unidos por vínculos sagrados de naturaleza, de

gratitud y de amistad; todo esto nos inspira una irresistible inclinación y un

amor indeleble hacia nuestra patria. En cierto modo nos identificamos con

ella, considerándola como nuestra madre, y nos resentimos de todo lo que

pueda perjudicarla. Como el hombre no se desprecia a sí mismo, tampoco

desprecia, ni sufre que se desprecie a su patria, que reputa, si puedo valerme

de esta expresión, como parte suya. De aquí procede el empeño en defender

todo lo que la pertenece, ponderar sus perfecciones y disminuir sus

defectos.

Aunque establecidas las grandes sociedades, la voz patria no significa

un pueblo, una ciudad, ni una provincia, sin embargo, los hombres dan siempre

una preferencia a los objetos más cercanos, o por mejor decir más ligados

con sus intereses individuales, y son muy pocos los que perciben las

relaciones generales de la sociedad, y muchos menos los que por ellas

sacrifican las utilidades inmediatas o que le son más privativas. De aquí

procede lo que suele llamarse provincialismo, esto es, el afecto hacia la

provincia en que cada uno nace, llevado a un término contrario a la razón y la

justicia. Sólo en este sentido podré admitir que el provincialismo sea reprensible,

pues a la verdad nunca será excusable un amor patrio que conduzca a

la injusticia; más cuando se ha pretendido que el hombre porque pertenece a

una nación toma igual interés por todos los puntos de ella y no prefiere el

suelo en que ha nacido o al que tiene ligados sus intereses individuales, no

se ha consultado el corazón del hombre, y se habla por meras teorías que no

serían capaces de observar los mismos que las establecen. Para mí el provincialismo

racional que no infringe los derechos de ningún país, ni los generales

de la nación, es la principal de las virtudes cívicas. Su contraria, esto

es, la pretendida indiferencia civil o política, es un crimen de ingratitud, que

no se comete sino por intereses rastreros por ser personalísimos, o por un

estoicismo político, el más ridículo y despreciable.

El hombre todo lo refiere a sí mismo, y lo aprecia según las utilidades

que le produce. Después que está ligado a un pueblo teniendo en él todos

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sus intereses; ama a los otros por el bien que pueden producir al suyo, y

los tendría por enemigos si se opusiesen a la felicidad de éste donde él

tiene todos sus goces. Pensar de otra suerte es quererse engañar voluntariamente.

Suele, sin embargo, el desarreglo de este amor tan justo conducir a

gravísimos males en la sociedad, aun respecto de aquel mismo pueblo que

se pretende favorecer. Hay un fanatismo político, que no es menos funesto

que el religioso, y los hombres, muchas veces, con miras al parecer las más

patrióticas, destruyen su patria, encendiendo en ella la discordia civil por

aspirar a injustas prerrogativas. En nada debe emplear más el filósofo todo

el tino que sugiere la recta ideología, que en examinar las verdaderas relaciones

de estos objetos, considerar los resultados de las operaciones, y

refrenar los impulsos de una pasión que a veces conduce a un término diametralmente

contrario al que apetecemos.

Muchos hacen del patriotismo un mero título de especulación, quiero

decir, un instrumento aparente para obtener empleos y otras ventajas de la

sociedad. Patriotas hay (de nombre) que no cesan de pedir la paga de su

patriotismo, que le vociferan por todas partes, y dejan de ser patriotas cuando

dejan de ser pagados. ¡Ojalá no hubiera tenido yo tantas ocasiones de

observar a estos indecentes traficantes de patriotismo! ¡Cuánto cuidado debe

oponerse para no confundirlos con los verdaderos patriotas! El patriotismo

es una virtud cívica, que a semejanza de las morales, suele no tenerla el que

dice que la tiene, y hay una hipocresía política mucho más baja que la religiosa.

Nadie opera sin interés; todo patriota quiere merecer de su patria; pero

cuando el interés se contrae a la persona, en términos que ésta no le encuentre

en el bien general de su patria, se convierte en depravación e infamia.

Patriotas hay que venderían su patria si les dieran más de lo que reciben

de ella. La juventud es muy fácil de alucinarse con estos cambia-colores,

y de ser conducida a muchos desaciertos.

No es patriota el que no sabe hacer sacrificios en favor de su patria,

o el que pide por éstos una paga que acaso cuesta mayor sacrificio que el

que se ha hecho para obtenerla, cuando no son para merecerla. El deseo

de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por

patriotas, y efectivamente no hay placer para un verdadero hijo de la patria

como el de hacerse acreedor a la consideración de sus conciudadanos por

sus servicios a la sociedad; mas cuando el bien de ésta exige la pérdida de

esa aura popular, he aquí el sacrificio más noble y más digno de un hombre

de bien, y he aquí el que desgraciadamente es muy raro. ¡Pocos hay que

sufran perder el nombre de patriotas en obsequio de la patria, y a veces

una chusma indecente logra con sus ridículos aplausos convertir en asesi282

nos de la patria a los que podrían ser sus más fuertes apoyos! ¡Honor

eterno a las almas grandes que saben hacerse superiores al vano temor y

a la ridícula alabanza!

El extremo opuesto no es menos perjudicial, quiero decir, el empeño

temerario de muchas personas en contrariar siempre la opinión de la multitud.

El pueblo tiene cierto tacto que muy pocas veces se equivoca, y conviene

empezar siempre por creer, o a lo menos por sospechar, que tiene razón.

¡Cuántas opiniones han sido contrariadas por hombres de bastante

mérito, pero sumamente preocupados en esta materia, sólo por ser, como

suelen decir, las de la plebe! Entra después el orgullo a sostener lo que hizo

la imprudencia, y la patria entretanto recibe ataques los más sensibles por

provenir de muchos de sus más distinguidos hijos.

Otro de los obstáculos que presenta al bien público el falso patriotismo

consiste en que muchas personas las más ineptas y a veces las más inmorales

se escudan con él, disimulando el espíritu de especulación, y el vano

deseo de figurar. No puede haber un mal más grave en el cuerpo político, y

en nada debe ponerse mayor empeño que en conocer y despreciar a estos

especuladores. Los verdaderos patriotas desean contribuir con sus luces y

todos sus recursos al bien de la patria, pero siendo éste su verdadero objeto,

no tienen la ridícula pretensión de ocupar puestos que no pueden desempeñar.

Con todo, aun los mejores patriotas suelen incurrir en un defecto que

causa muchos males, y es figurarse que nada está bien dirigido cuando no

está conforme a su opinión. Este sentimiento es casi natural al hombre, pero

debe corregirse no perdiendo de vista que el juicio en estas materias depende

de una multitud de datos que no siempre tenemos; y la opinión general,

cuando no es abiertamente absurda, produce siempre mejor efecto que la

particular, aunque ésta sea más fundada. El deseo de encontrar lo mejor nos

hace a veces perder todo lo bueno.

Suelen también equivocarse aun los hombres de más juicio en graduar

por opinión general lo que sólo es del círculo de personas que los rodean, y

procediendo con esta equivocación dan pábulo a un patriotismo imprudente

que los conduce a los mayores desaciertos. Se finge a veces lo que piensa

el pueblo arreglándolo a lo que debe pensar por lo menos según las ideas de

los que gradúan esta opinión; y así suele verse con frecuencia un triste

desengaño, cuando se ponen en práctica opiniones que se creían generalizadas.

Es un mal funesto la preocupación de los hombres, pero aún es mayor

mal su cura imprudente. La juventud suele entrar en esta descabellada empresa,

y yo no podré menos que transcribir las palabras del juicioso Watts,

tratando esta materia.

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“Si sólo tuviéramos” -dice- “que lidiar con la razón de los hombres, y

ésta no estuviera corrompida, no sería materia que exigiese gran talento

ni trabajo convencerlos de sus errores comunes, o persuadirles a que

asintiesen a las verdades claras y comprobadas. Pero ¡ah! el género humano

está envuelto en errores y ligado por sus preocupaciones; cada uno

sostiene su dictamen por algo más que por la razón. Un joven de ingenio

brillante que se ha provisto de variedad de conocimientos y argumentos

fuertes, pero que aún no está familiarizado con el mundo, sale de las

escuelas como un caballero andante que presume denodadamente vencer

las locuras de los hombres y esparcir la luz de la verdad. Mas él

encuentra enormes gigantes y castillos encantados; esto es, las fuertes

preocupaciones, los hábitos, las costumbres, la educación, la autoridad,

el interés, que reuniéndose todo a las varias pasiones de los hombres,

los arma y obstina en defender sus opiniones; y con sorpresa se encuentra

equivocado en sus generosas tentativas. Experimenta que no debe

fiar sólo en el buen filo de su acero y la fuerza de su trazo sino que debe

manejar las armas de su razón, con mucha destreza y artificio, con cuidado

y maestría, y de lo contrario nunca será capaz de destruir los errores

y convencer a los hombres”.[1]

 

Varela, Félix. “Patriotismo”, Lecciones de Filosofía. (1818) en Félix Varela Obras. Volumen I. La Habana: Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, pp. 280-283. George A. Smathers Libraries. University of Florida Digital Collections. Accesible Noviembre 20, 2012 en http://ufdc.ufl.edu/AA00008690/00001

Este ensayo fue ampliado en 1819 dentro de Miscelánea Filosófica. Aquí está el enlace:

Varela, Félix. “Patriotismo”, Miscelánea Filosófica. (1819) en Félix Varela Obras. Volumen I. La Habana: Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, pp. 434-440. George A. Smathers Libraries. University of Florida Digital Collections. Accesible Noviembre 20, 2012 en http://ufdc.ufl.edu/AA00008690/00001

 


Autores

Asamblea Constituyente de Baraguá
Asamblea Constituyente de Guáimaro
Calixto Bernal
Félix Varela
Ignacio Agramonte
José Agustín Caballero
José Antonio Saco
José María Heredia
José Martí
Juan Clemente Zenea