🎅Feliz Navidad y un bondadoso año 2026
Le deseamos, de parte de todos en Patria de Martí y The CubanAmerican Voice, una muy feliz Navidad y un bondadoso año 2026.
Rogamos que la...
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Mi abuelo siempre decía: “Esta es la revolución del callo, porque la gente es revolucionaria hasta que le pisan el callo.” Abuelo sabía de lo que hablaba...
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Pensamiento
Los instrumentos de esta sinfonía no son violines ni trombones,
sino...
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Nada por lo que pedir perdón en el gran Día de la Hispanidad
Santa Cruz de Tenerife. España. Donald Trump, el presidente de Estados Unidos de América, eliminó el “Día de los Pueblos...
El mundo atraviesa una época de turbulencias intensas. Las guerras ya no son solo conflictos armados: son también batallas ideológicas, donde la verdad se distorsiona, se pervierte, y la moral se negocia al mejor postor. En este escenario global de incertidumbre y de principios cada vez más diluidos, el caso de Cuba resulta particularmente escandaloso. La dictadura que asfixia a la isla desde hace más de seis décadas ha perdido todo atisbo de pudor, y se arrodilla, una vez más, ante los amos de la ideología y el chantaje.
La dignidad no le importa. La verdad tampoco. Hoy, como ayer, toma partido del lado del agresor.
Israel: la víctima convertida en culpable
Desde su nacimiento como Estado en 1948, Israel ha vivido bajo amenaza permanente. Cinco naciones árabes intentaron borrarla del mapa apenas fue proclamada. Fracasaron. Y desde entonces, cada guerra librada contra Israel ha tenido como origen un odio visceral, no a su política, sino a su existencia. Pese a todo, Israel ha sobrevivido, y se ha fortalecido. Su historia es una de resistencia espartana, de valentía y firmeza.
El ataque del 7 de octubre de 2023 fue uno de los más atroces en la historia reciente: más de dos mil civiles israelíes fueron masacrados brutalmente por Hamas. Hubo decapitaciones, violaciones, niños asesinados, ancianos quemados vivos. Fue un acto terrorista planificado con saña. Y sin embargo, ¿qué hizo la dictadura cubana? Condenó… ¡a Israel! No al atacante, sino al agredido. No al verdugo, sino a la víctima.
La doble moral cubana se hizo nuevamente evidente: mientras Irán financia el terrorismo y amenaza con "borrar a Israel del mapa", La Habana le aplaude. Cuba, de rodillas, vota en la ONU como le dictan sus aliados ideológicos, ignorando hechos, verdades y crímenes.
Cuando Silvio Rodríguez estrenó su canción El necio, me sorprendió su pretendida coherencia suicida, sintetizada en unas pocas líneas:
“Dicen que me arrastrarán por sobre rocas
cuando la Revolución se venga abajo,
que machacarán mis manos y mi boca,
que me arrancarán los ojos y el badajo…”
Ahora, la profecía está a punto de cumplirse. Quizás no en su persona —porque Silvio es una rata vieja y debe tener un plan B para cuando la rebelión de los esclavos toque a su puerta—, pero en otros necios, con menos recursos e influencias, es muy probable que se cumpla.
Ya comienzan a mostrarse los primeros signos de ese apocalipsis, y es muy posible que una de esas víctimas sea un fan del cantautor churroso, del poeta cínico que duerme con la barriga llena mientras el pueblo sufre las siete plagas de Castro.
Hay excelentes candidatos a vivir en carne propia los versos del viejo Silvio, y uno de ellos se llama Pedro Jorge Velázquez Rodríguez, periodista del Granma que trabaja horas extra como claria en las redes, con relativo éxito, hostigando a opositores y defendiendo los “logros” de la Revolución. Un guapo digital que se identifica como @ElNecio_Cuba y que ahora se siente acosado porque alguien reveló su teléfono y una dirección en Sancti Spíritus, probablemente asociada a su familia.
Este otro necio se complace en irritar al personal, en desafiar la creciente ira de un pueblo que no puede más. Cree, como muchos tracatanes del régimen, que los dueños de la finca garantizarán su seguridad en la debacle. Es un error suponer lealtad en quienes han traicionado a todos, todo el tiempo. Cuando llegue la hora de la verdad, los cómplices quedarán solos frente al dolor, la frustración y la rabia de los cubanos.
Sería una pena que termine cumpliéndose la pegajosa profecía-canción de Silvio Rodríguez. Pero el desprecio de la familia Castro por los cubanos se refleja en sus capataces, y no hay un atisbo de cordura en ese régimen que se complace en contradecir el sentido común y la más elemental humanidad.
Mientras el cerco se cierra lentamente, los comunistas cubanos —lacayos de unos terratenientes sin escrúpulos— parecen repetir como zombis:
“Yo no sé lo que es el destino,
caminando fui lo que fui,
allá Dios, que será divino…
Yo me muero como viví.
Yo me muero como viví.
Yo me muero como viví.”
Si no dejan otra opción a los que sufren por su cruel tiranía, que así sea.
Comentario por Jose Tarano:
El artículo presenta una crítica incisiva al régimen cubano utilizando como metáfora la canción "El necio" de Silvio Rodríguez. El autor argumenta que la letra profética de la canción podría cumplirse en aquellos que defienden al gobierno castrista, particularmente mencionando al periodista Pedro Jorge Velázquez uno de los testaferros mediáticos al servicio de la Dictadura Cubana como ejemplo de los "necios" que apoyan un sistema que eventualmente los abandonará.
El texto sugiere que los defensores del régimen, como los "capataces" mencionados, están condenados a enfrentar solos las consecuencias de sus acciones cuando el sistema colapse, ya que quienes han traicionado a todos no mostrarán lealtad hacia sus propios colaboradores. La conclusión es pesimista pero contundente: si el régimen no ofrece alternativas a quienes sufren, las profecías violentas de la canción podrían materializarse como una forma de justicia poética inevitable.
Esta crítica le viene como anillo al dedo a todos los militantes del "team" de los testaferros mediáticos del castrismo como: Randy Alonso, Humberto López, Tere Felipe y Gabriela Fernández Álvarez, entre otros.
🖋️Eduardo Mesa
📰 Artículos por Eduardo Mesa Eduardo Mesa. Escritor y colaborador del Observatorio de Derechos Humanos de Cuba (OCDH), es autor de varias publicaciones en Cybercuba, Cubanet y Patria de Martí. Fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Fue ganador de los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con diversas revistas. Reside en los Estados Unidos desde 2005.
Abordar este trozo de historia que contempla la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y su posterior desarrollo bajo el régimen revolucionario es también enfrentarse a una narrativa construida sobre mitos, silencios, distorsiones y glorificaciones sin base ética ni histórica.
Asombra —y duele— comprobar cómo figuras involucradas en actos de sabotaje, atentados, asesinatos y terrorismo urbano han sido convertidas en "héroes y heroínas" de la Revolución Cubana.
Nada ocurrió tal y como lo explican los textos escolares. En ellos, la historia ha sido manipulada, trastocada, violentada. La revolución no ha sido más que una fábrica de relatos útiles, no de verdades. Hoy, en medio de los avances del pensamiento crítico, la defensa de los derechos humanos y el apego a la verdad, tenemos el deber de desmontar esta ficción épica y construir una historia basada en los hechos, no en la propaganda.
La ideología no transita por los caminos de la verdad. Como bien advirtió Orwell, “quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”. Las ideologías totalitarias, como la comunista, no relatan hechos: los fabrican. Manipulan la información hasta hacerla moldeable a sus intereses.
Guillermo Cabrera Infante, testigo y víctima del proceso revolucionario, lo expresó con dolorosa lucidez:
“No eran liberadores. Eran incendiarios disfrazados de redentores.”
Acababa de almorzar un plato de papas hervidas con un poco de tomate. Nada más. Caminaba rumbo a mi escuela, y por el camino me dije: "Si al menos tuviera estas papas garantizadas cada día… Estaría bien". Pero acto seguido, me detuve en el pensamiento: ¿Por qué? ¿Por qué tener que comer lo mismo cada día? De eso hace ya más de un cuarto de siglo.
Hoy, desde la distancia y los años, veo con dolor que todo ha empeorado. La papa, aquel humilde consuelo, se ha vuelto un lujo inalcanzable. Cuando aparece fugazmente en el mercado, las colas se transforman en contiendas salvajes: gritos, forcejeos, humillación. La dignidad se evapora, la paciencia se rompe. La visión del cubano ha sido quebrada.