- Julio M. Shiling
Los presidentes estadounidenses acostumbran a desear que sus iniciativas de política exterior sean etiquetadas como «doctrinas». Estas categorizaciones para todos los ocupantes de la Casa Blanca, sin embargo, no siempre han sido históricamente relevantes. En el siglo XX, las dos estrategias de relaciones internacionales estadounidenses más seminales fueron la Doctrina Truman y la Doctrina Reagan. Ambas desafiaron al comunismo. La primera se limitó estratégicamente a contener la expansión del marxismo-leninismo mundial. La segunda fue más allá. Se propuso hacer retroceder la amenaza comunista.
La Doctrina Reagan fue audaz, previsora y sirvió con precisión para derrocar al comunismo soviético. Rechazó la idea de que un Occidente libre pudiera coexistir pacíficamente con esta religión política atea. La disposición innata del marxismo al control dictatorial impedía tal quimera. Por eso, intentos fallidos como la distensión solamente sirvieron para aumentar y expandir los males del socialismo. De una forma u otra, todos los presidentes estadounidenses, desde John F. Kennedy hasta Jimmy Carter, adoptaron diversas aplicaciones de contener y no revertir.
Donald J. Trump toma las riendas de una república estadounidense que se ha enfrentado a serias amenazas de las mutaciones del sistema comunista derivadas de la caída de la Unión Soviética. En casa y en otras democracias, el marxismo cultural ha sido el arma preferida del comunista moderno. Ha impregnado instituciones públicas y privadas fundamentales, costumbres, normas y, en consecuencia, la cultura estadounidense. El 47º presidente ya se ha comprometido a llevar a cabo la voluntad del pueblo y a empezar a revertir el control hegemónico que se ha ganado el neomarxismo.
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