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  • El lastre político de la dictadura después de la dictadura

     

    Miriam-CelayaEl lastre político de la dictadura después de la dictadura

    Días atrás tuve la oportunidad de leer un artículo inteligente y divertido de la autoría de Eugenio Yáñez, en el cual, basado en las edades de los más altos representantes del gobierno, el autor cuestiona la “juventud” proclamada por Castro II en su reciente discurso por el  aniversario 60 del asalto al Moncada. Casi al cierre del mencionado artículo, Yáñez lanza una sentencia acertada en referencia a la gerontocracia verde olivo que todavía detenta el poder en Cuba: “Mejor que en vez de intentar deformar la realidad dejaran paso a las nuevas generaciones, que lo harán mejor, porque es imposible hacerlo peor”.

    La formulación del caso, tan sencilla como certera, lleva mi memoria a un debate entre varios amigos en el cual participé hace un par de años, donde el centro de la discusión era el tema de quién o quiénes eran los actores políticos alternativos entre los que podría considerarse a alguien presidenciable para una Cuba en transición. En aquella ocasión hubo análisis interesantísimos en torno a figuras y programas de la oposición de las más disímiles orientaciones y posiciones, incluyendo todo el espectro disidente desde finales de los años 80’ del pasado siglo hasta hoy. Las opiniones de los polemistas, por supuesto, también eran también variadas y por momentos apasionadas.

     No voy a caer en la ingenua tentación de reproducir aquí versión alguna de aquella reunión ni los puntos de vista de cada interlocutor, que en definitiva no se trataba de decidir en un simple diálogo entre amigos la transición cubana. Tampoco existen en Cuba las condiciones mínimas indispensables de libertad y democracia, ni la madurez política, ni el suficiente civismo, incluso entre las filas disidentes, como para tolerar opiniones críticas o valoraciones diferentes a las propias. De hecho, casi cada figura porta dentro de sí el virus del mesianismo o cree desayunar cada mañana el huevo de la verdad absoluta, y solo los más honestos, los mejores, son capaces de reconocer el mal en sus entrañas y de mantenerlo debidamente aprisionado para no dejarlo expandirse y dominarlos. Incluso el público suele interpretar como intentos divisionistas las críticas a cualquier líder o programa. Muchas veces la gente parece necesitar más de los ídolos que de las libertades.

    Pero, regresando al tema, el caso es que en aquella singular e inolvidable reunión en la que participaron varias personas inteligentes y agudas, el criterio que más debates levantó fue el de un contertulio que cerró el círculo asegurando: “Cualquiera que resulte democráticamente electo y propicie las libertades cívicas con el ejercicio de todos los derechos humanos me sirve como presidente, puesto que así existirán las garantías de poder criticarlo, de manifestarnos contra su gestión, de exigirle, de obligarlo a escuchar demandas y en un período razonable de unos pocos años podrá ser removido del cargo en nuevas elecciones si no cumple con las expectativas de los electores”.

    Confieso que en aquel entonces no comulgué al ciento por ciento con su propuesta, aunque entendí que algo de razón llevaba. Quizás me inspiraba desconfianza imaginar lo que sería el desempeño de ciertos personajes turbios ungidos de poder legítimo al frente de los destinos de la nación en medio del torbellino de una transición que sin dudas será difícil.Todavía esa perspectiva me aterra.

     Sin embargo, el artículo de Yáñez me ha hecho reflexionar nuevamente sobre la realidad cubana y regresar a aquella memorable tertulia en que, como tantas otras veces, un grupo de amigos discutíamos sobre los hipotéticos futuros de una Cuba democrática. Tenía razón aquel amigo, y también la tiene Yáñez: el castrismo lo ha hecho tan concienzudamente mal que ya nadie podría hacerlo peor. Ni siquiera lo peor entre los peores reyezuelos ocultos que tenemos en todos los sectores de la sociedad cubana. Pero elegir “lo malo” para no tener lo peor tampoco me resulta una buena razón política.

    Definitivamente, ante una elección democrática yo no votaría por cualquiera. No obstante, ante la tozudez de los eternos mozalbetes octogenarios del Moncada aferrados al poder, no puedo menos que reconocer que cualquier otra opción sería preferible, al menos para la mayoría. Hasta tal punto la dictadura se ha convertido en referente de lo que no debe ser un gobierno que ha sellado de forma maligna buena parte del destino de los cubanos, aun cuando ya se haya ido. Y así, paradójicamente, todavía podría jugar algún papel político, en caso de convertirse en la responsable indirecta de una elección desacertada en el futuro de transición que nos espera.

    www.desdecuba.com

     

  • OEA expulsa democracia

    Julio92x93OEA expulsa democracia por Julio M. Shiling

    Ya es oficial. Con mayoría unánime, la Organización de Estados Americanos (OEA) revocó la suspensión al gobierno cubano dictada en 1962. Como miembro aceptado, Cuba puede volver cuando quiera sin ningún condicionamiento en concreto. La dispositiva de ejercer ese cautivador concepto de "dialogar", no le causará ningún inconveniente a la dictadura castrista. Inconsecuente con el romanticismo revolucionario, los regímenes y movimientos marxistas-leninistas han ganado siempre más sentados en la mesa de negociación, que bregando en los campos de batalla. El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, lideró esta campaña. El "panzer" (como le dicen los que lo conocen), la calculó bien para gestar su ataque. Con el mismo éxito que tuvieron los tanques panzers alemanes sobre la democracia europea, así Insulza arrasó en el seno del foro hemisférico, con el principio político que Churchill llamó “el peor, exceptuando todos los otros".

    Según los expertos, en la guerra el "timing" es muy relevate. Insulza, con cuatro años ya de jefatura del organismo continental, tuvo la ensombrecida astucia política para saber esperar el momento propicio. La responsabilidad de escarnecer los principios democráticos que había incorporado la OEA en sus estatutos por enmienda, cae, sin embargo, sobre muchos. Las consecuencias de esta lamentable ocurrencia destapa, no sólo la complicidad (explícita o tácita) de supuestos líderes democráticos, sino que hace más lúcida la agenda que buscan cumplir los obvios conspiradores. Lo peor es a lo que se expone todo el hemisferio por la irresponsabilidad histórica de algunos ilusos (en el mejor caso).

    Cuando ganó la presidencia estadounidense Barack Obama, contó no sólo con el 52% del electorado norteamericano, sino también con el 100% del beneplácito de las dictaduras de La Habana, Pyongyang, Teherán, Caracas, et al; y con los aspirantes a lo mismo en Quito, Managua, Buenos Aires, etc. Más allá de que el mensaje de "cambio" que estas dictaduras y tentativas dictaduras enarbolan, sea idéntico o no al que sostiene Obama, lo cierto es que la clara y amplia admiración del actual presidente norteamericano hacia individuos, principios y corrientes de la izquierda radical, a través de su vida, hace comprensible esa euforia.

    En eso radica gran parte del problema. Tienen razón para estar optimistas con Obama. Ya no hay en la Casa Blanca un individuo con el fervor de enfrentar la expansión socialista. Menos, si viene con el vestuario de "demócrata" (tan preferida últimamente por la izquierda radical latinoamericana) o prosiguen itinerarios dependientes de fijaciones de conflicto de clases. La ultraja a la Carta Democrática de la OEA, Insulza no lo hubiera logrado con Bush. Por eso esperó.

    El deseó que regrese Cuba comunista a la OEA obedece a intereses mucho más integradores de que un sumiso a los hermanos Castro ocupe una silla.

    Hasta ahora, la OEA, a pesar de su esterilidad en tantos asuntos hemisférico, no era la ONU. Un ejemplo de esta decadencia ética es tener en la ONU a los violadores más grotescos de los derechos humanos del mundo, liderando, increíblemente, las comisiones monitoras de los derechos humanos. Ahora ese relativismo moral marcará su pauta descaradamente con el sello aprobatorio del máximo foro multilateral en este hemisferio. De hecho, la OEA ha certificado procesos electorales fraudulentos y los ha llamado "democráticos" (i.e., Venezuela). Violaciones a constituciones, libertades civiles, Estado de derecho, separaciones de poderes y autonomía institucional (requisitos para una auténtica democracia) han pasado inadvertidos. Ya la brújula moral de la OEA no las capta. En su agenda está la fundamentalización del izquierdismo en las Américas.

    La de-construcción del concepto democrático ya hace tiempo que está en marcha. La izquierda radical, obligatoriamente, lo tiene que hacer. No sólo por requerimientos del léxico ideológico, sino por la facilidad que le prestaría un concepto bastardo en la práctica del absolutismo. Esta fabricación de una "democracia" (popular, directa, participativa, etc.) pretende justificar ejercicios socio-políticos extremistas. El asentimiento de la OEA sería una fuerza de legitimidad impresionante en la campaña para esta nueva configuración de la democracia.

    Cuba juega un conveniente papel en todo esto. No sólo por la desesperación de darle al castrocomunismo, imaginativamente, un rostro de civilidad hacia el mundo no-socialista (particularmente los EEUU) que, en definitiva, es quien le pudiera resolver el agudo problema económico a largo plazo. En esta ola de frenesí marxista-leninista latinoamericano, el castrismo busca intentar prolongar su comunismo criollo sin los Castro. Lo patético de esto no ha sido ver a los conocidos aliados y aduladores de la tiranía cubana (Chávez, Correa, Ortega, Kirchner, Lula, Insulza, etc.) en acción. Lo más vergonzoso ha sido contemplar a líderes democráticos no-socialistas como Uribe, García, y Calderón (y sus cancilleres), tratar de racionalizar la desvergüenza. Y, naturalmente, en este grupo no puede ser omitida la representante del gobierno de Obama, Hillary Clinton y su comitiva.

    La delegación norteamericana lideró este cantinflesco grupo. Los argumentos que han ofrecidos ellos y los cabilderos académicos del castrismo (Diálogo Interamericano, et al.) van, desde mitigar moralmente el problema como uno sin relevancia para la época ("fin de la Guerra Fría"), que se le quite el "pretexto" al régimen castrocomunista de ser como es o de convencerlos, por medio del "diálogo", a abandonar 50 años de prácticas de barbarie y civilizarse. Interesantes pero absurdas observaciones que apuntan a enfrentar una audiencia aprobatoria sólo si es separada del conocimiento de la historia, los hechos y de la dictadura cubana.

    La Guerra Fría es un eufemismo para explicar un periodo donde hubo un intento bestial del comunismo internacional de subvertir el mundo no-totalitario y la resistencia que este último le dio (particularmente los EEUU). Que la metodología haya cambiado no significa que los objetivos de los marxistas-leninistas hayan mermado. Violentar el orden constitucional y social, no desde las selvas o las calles con bombas furtivas, sino desde los pasillos de parlamentos, no provoca la resistencia de los años de la "Guerra Fría". Al contrario. No sólo obliga a una rigorosa aplicación en numerosos campos, sino también a una cautelosa revisión para combatir el nuevo modus operendi de la izquierda radical.

    Quien a estas alturas tenga dudas de que el castrocomunismo sea una dictadura par excelance y que medidas de inclusión como estas servirán para crear "pretextos" explicativos de su despotismo inhumano, carece de un raciocinio coherente. Si somos adultos, esto es inadmisible. “Dialogar" es otra de las ingenuidades más populares. Sin entrar en el bagaje emocional y mixto que dicha palabra carga (particularmente en la comunidad exiliada cubana), la esencia del término radica en su potencialidad para discutir puntos de vistas y lograr un acuerdo común.

    Dialogar en el entorno político usado por los emisarios de la OEA, presupone una condición preliminar de igualdad entre los interlocutores. Por eso es una falacia elemental. Su argumento reposa sobre falsas suposiciones del problema (falacia causal). La validez de su aplicación es relativa sólo con respecto a una argumentación retórica y la satisfacción emocional de las partes involucradas. En otras palabras, no resuelve nada. Los comunistas cubanos (y su "máximo líder") han demostrado una gran capacidad para la mono-tertulia. Desde ahora, la OEA padecerá de ser receptora de las lecciones (o reflexiones) de la oficialidad castrista. El poder político, sin embargo, es un tema no-negociable para el régimen castrista. Por el momento, nada que ponga ese monopolio en juego estará sobre el tapete.

    La entrada de Cuba comunista a la OEA fue por una puerta giratoria por la que la democracia salió a la misma vez con una patada en el trasero. La oportunidad de redimirse de sus pasadas negligencias con el pueblo cubano, fue desaprovechada. El clima político parece haberse acomodado con la inmoralidad. De ahora en adelante, la lucha contra la subversión socialista se llevará desde otras trincheras. La OEA se alió con los enemigos de la libertad y del sistema socio-político que mejor la complementó, la democracia.

     

  • OEA y Cuba

    Julio92x93OEA y Cuba por Julio M. Shiling

    Se le acredita al Libertador la idea de un panamericanismo funcional planteada en el Congreso de Panamá de 1826. La historia, la política y la experiencia le fueron dando forma concreta a ese concepto. Para bien o mal, hoy, lo más aproximado institucionalmente a la noción de una unión hemisférica, ha sido la Organización de Estados Americanos (OEA). Su actual Secretario General, José Miguel Insulza, en la próxima sesión de la Asamblea General quisiera anular la prohibición participativa a un régimen que este año cumplió medio siglo de ininterrumpida dictadura. El antiguo asesor de Salvador Allende (un "demócrata" que intentó instaurar otra dictadura del proletariado), ofrece la argumentación de que la resolución expulsanado del foro multilateral al gobierno castrocomunista, adoptada por la OEA en Punta del Este en 1962, está "obsoleta".

    Esta consideración de Insulza no tiene ningún sentido jurídico, ni mucho menos moral. Cuba sigue siendo miembro de la OEA. Nunca lo dejó de ser. La patria de José Martí, su Estado y sus ciudadanos nunca fueron expulsado del organismo hemisférico al cual los representantes democráticamente elegidos en las naciones dela región, se subscribieron en 1948. Tiene que quedar claro que a quien arrojaron de la OEA fue el régimen castrista. Ese mismo que sigue aún en el poder.

    La naturaleza existencial de la OEA, originada en las conferencias panamericanas que comenzaron en Washington en 1899 (Primer Conferencia Internacional de los Estados Americanos), donde se instituyó el precursor del actual organismo, la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas (que cambio su nombre en 1910 a Unión de Repúblicas Americanas y en 1948 al actual), demostró una consistente proclividad al mantenimiento de los principios que propiciaban una armonía hemisférica. Si bien la historia continental no siempre desglosó constante modelos puramente democráticos entre las repúblicas americanas, jamás se materializó una degradación tan abismal como la ejercitada en Cuba comunista con su marxismo-leninismo conceptual y el totalitarismo operativo. El esquema de una imperfección tolerable, de las imperfectas repúblicas americanas, ya no admitía aceptación. La excepción practicada en Cuba desde 1959, rompió el molde de tolerable imperfección.

    La Carta Democrática Interamericana (adoptada el 11 de septiembre, 2001 en Lima, Perú), fue incorporada con el fin de enfatizar y esclarecer la primacía de dos prerrequisitos y principios intrínsecos para participar en la OEA: uniformidad democrática (como modo operativo político) y libertades civiles (como derechos indispensables para tener la primera). La "indispensabilidad" y "esencialidad" de la democracia queda lúcida y repetidamente plasmada en el documento oficial. También lo es la libertad como "ejercicio" fundamental y su incondicional vínculo con derechos humanos básicos. Y la Carta no es tímida en explicar lo que define.

    Falsas imitaciones no se aceptan. Sólo la democracia "representativa" es la auténtica, válida y aceptada definición y modelo de la OEA. El despiadado abuso del término por atroces dictaduras inhumanas y antidemocráticas, como las de la República Democrática Popular de Corea (Corea del Norte), la República Democrática Alemana (Alemania Oriental), etc., ha obligado a su aclaración obvia. La burda farsa de apellidos variantes como "directa", "popular", "participativa" u otras versiones exóticas que enmascaran formas viles de practicar el despotismo, no pueden tener lugar en organismos serios y comprometidos con la democracia. La sensatez también guió el foro hemisférico. Pero no se quedó ahí.

    El documento nos dice que la "esencialidad" de una democracia representativa obliga "el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos" (Sección I, Artículo 3). Lo descrito en la Carta imposibilita, indubitablemente, el retorno del régimen castrocomunista a la OEA. Cuba comunista no reconoce, en praxis, libertades civiles, castiga su ejercicio y por ende, no se rige por un Estado de derecho. Consecuentemente, derechos civiles y humanos son espejismos. La consistente prohibición a que partidos o movimientos tomen parte del proceso político y puedan competir por el poder con la oficialidad dictatorial, excluye toda eventualidad de que el pluripartidismo se practica o se puede percibir en Cuba actualmente. Y sobre la premisa de Montesquieu, no ha existido jamás en el Hemisferio Occidental, un régimen con un sistema que haya ultrajado más la noción de separación de poderes con instituciones autónomas, como el comunismo cubano.

    La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su Informe Anual más reciente (2008), expuso con 12,250 palabras en 101 artículos, el razonamiento contundente de por qué el régimen de los hermanos Castro sigue siendo un peligroso estorbo hemisférico y meritoriamente excluible de la OEA. El Informe de la CIDH acentúo, entre sus muchos reproches a la dictadura de La Habana, la inexistencia de palpables derechos políticos, jurídicos, espacios y medios de libre expresión y garantías que protejan al ciudadano de arbitrariedades oficialistas. Es más, le recalca al gobierno castrista que "es responsable jurídicamente ante la Comisión Interamericana en lo concerniente a los derechos humanos" y que dicha obligación no concluyó con su expulsión (Resolución IV Octava Reunión de ministros de Relaciones Exteriores OEA, Enero 1962, P. 17-19. Citado en Informe 2008 Capítulo IV, Sección I, Artículo 147).

    Adicionalmente, este último reporte subraya en su contenido, que la CIDH "siempre ha considerado que el propósito de la Organización de los Estados Americanos al excluir a Cuba del sistema interamericano no fue dejar sin protección al pueblo cubano. La exclusión de este Gobierno del sistema regional no implica de modo alguno que pueda dejar de cumplir con sus obligaciones internacionales en materia de derechos humanos" (CIDH, Informe Anual 2002, Capítulo IV, Párrafos 7A). Insiste también en recordarle a la cúpula gubernamental cubana, que su expulsión de la OEA "excluyó al gobierno de Cuba, y no al Estado, de su participación en el sistema interamericano" (CIDH, Informe 2002, Capítulo IV, Párrafos 3-7). Esto se traduce en que los crímenes cometidos por el castrocomunismo, aunque sean cometidos en territorio nacional cubano, no escapan a la jurisdicción de la CIDH.

    Conociendo todo esto, lo lógico (moral y jurídicamente) sería que el Secretario General del organismo hemisférico se empeñara en reforzar los estatutos, declaraciones e informes del organismo el cual él preside. La deuda de la OEA con el pueblo cubano es larga y verdadera. Ha habido (y sigue habiendo) una lamentable injusticia incurrida contra Cuba. Eso es certísimo. Las barbaries cometidos por el despotismo comunista cubano contra sus propios ciudadanos y los de vecinos países, son extremadamente vastas y connotadas. El esfuerzo de Insulza debería estar en reparar este grotesco fallo. Es un penoso acontecimiento estos 50 años de atrocidades en Cuba frente a una OEA inerte que durante 47 de ellos, a contado con la autoridad legal para actuar contra el gobierno que arremete contra un Estado miembro. Algunos llamarían a esto cobardía o complicidad. Bien podría Insulza remediar esta esterilidad moral y liderar el bienvenido empeño de traer el tema cubano a la palestra. Pero no para contemplar el vergonzoso retorno al seno de donde fue botada cuando las razones para aquella digna acción, siguen estando en pie y la dictadura continúa más desafiante y menos arrepentida que nunca.

    La democracia y la libertad complementan derechos inviolables que Dios le otorgó al hombre. La OEA, desde su comienzo, ha tenido un compromiso ético, teóricamente, con estos dos mencionados conceptos. Su Carta originaria, las enmiendas, declaraciones y postulaciones públicas lo recalcan así. La Carta Democrática define y condiciona estrictamente lo que es una democracia y la total adherencia a la misma. Para admitir la dictadura castrocomunista en su seno nuevamente, tendrían que de-construir el organismo completo. O sea, dejaría de ser lo que es. Si Insulza está serio sobre el apoyo que dice darle a preceptos democráticos, una acción más apropiada (aparte de enfrentar al castrismo) sería iniciar la expulsión del régimen chavista. Venezuela bajo Chávez es un híbrido modelo de despotismo electivo que dejó de ser una legítima democracia. Sin embargo, eso no parece estar en la agenda del foro ni de su Secretario General.

    Chávez, su ALBA, los adherentes del Foro de Sao Paulo y los otros pseudo-demócratas como Correa, Morales, Ortega, Lugo y los Kirchner´s deberían considerar extender la carpeta roja (de sangre) a la dictadura cubana en otro nuevo foro y dejar a las democracias quietas en la OEA. Tal vez hasta Insulza se podría ir con ellos. Pero el asiento cubano en el actual organismo hemisférico, mientras tanto, debería de seguir estando vació como representación de la democracia ausente en la Isla. Cuando la democracia regrese a Cuba, entonces la OEA tendrá su representación cubana.

     

  • El Totalitarismo Chic

    ThomasSowellEl Totalitarismo Chic por Thomas Sowell

    Prolífico autor, columnista y profesor norteamericano. Obtuvo un Doctorado en economía de la Universidad de Chicago. Colabora con la Institución Hoover.

    Algunos de los que se oponen con más firmeza a la deslocalización de las actividades económicas de Estados Unidos a otros países a menudo parecen pensar que sí debemos subcontratar nuestra política exterior a la "opinión mundial", o actuar sólo junto a "nuestros aliados de la OTAN".

    Como tantas cosas que se dicen cuando se trata de asuntos de interés público, se presta muy poca atención al verdadero historial de la "opinión mundial" o al de "nuestros aliados de la OTAN".

    A menudo se asume de plano que los países europeos son muchísimo más sofisticados que los "vaqueros" americanos. Pero increíblemente hay muy poco interés en el historial de los sofisticados europeos a quienes se supone debemos consultar sobre nuestros propios intereses nacionales, incluyendo nuestra supervivencia nacional, en un momento en que los terroristas pueden adquirir armas nucleares.

    A lo largo del siglo XX, los supuestamente sofisticados europeos se las ingeniaron para crear algunas de las formas de gobierno más monstruosas sobre el planeta (comunismo, fascismo, nazismo) en tiempos de paz. Además, iniciaron dos guerras mundiales, las más sangrientas de toda la historia de la humanidad. En cada una de ellas, tanto los ganadores como los perdedores acabaron mucho peor de lo que estaban antes de que las contiendas se iniciasen.

    Después de ambas guerras mundiales, Estados Unidos tuvo que intervenir para evitar que millones de personas en Europa murieran de hambre en medio de los restos y escombros que sus guerras habían creado. No me parece que sea gente ante cuya sofisticación debamos ceder.

    Entre las dos guerras mundiales, los intelectuales europeos, más que la gente de a pie, malinterpretaron por completo la amenaza de la Alemania nazi y se dedicaron a impulsar el desarme en Francia e Inglaterra, mientras Hitler aceleraba la creación de la mayor fuerza militar del continente, con el objetivo evidente de dirigirla contra los países vecinos.

    Durante la Guerra Fría, muchos intelectuales europeos volvieron a malinterpretar la amenaza de una dictadura totalitaria, soviética en este caso. Cuando finalmente reconocieron la amenaza, muchos se preguntaron qué sería mejor, "ser rojos o despojos". No estaban más preparados para hacerle frente a la Unión Soviética de lo que lo habían estado para responder a la Alemania nazi en los años 30.

    Peor aún, buena parte de la élite intelectual europea se oponía a que Estados Unidos le hiciera frente a la Unión Soviética. Muchos de ellos se mostraron consternados cuando Ronald Reagan resolvió la amenaza de nuevos misiles soviéticos que apuntaban a Europa Occidental desplegando más de los suyos dirigidos a la Unión Soviética. En efecto, Reagan avisó a la Unión Soviética y los puso, mientras que muchos de los sofisticados europeos, así como buena parte de la élite intelectual americana, sostenían que su política nos llevaría a la guerra. En vez de esto, nos llevó precisamente al fin de la Guerra Fría. ¿Debemos imitar ahora a aquellos que tanto, tanto y tantas veces se han equivocado en los últimos cien años?

    www.libertaddigital.com

    Creators Syndicate, Inc.

  • La Iglesia y el castrismo: La paradoja explicable

    Julio92x93La Iglesia y el castrismo: La paradoja explicable por Julio M. Shiling

    Mucho se ha escrito sobre la recién visita a Cuba comunista del Cardenal Tarcisio Bertone. Los legítimos demócratas, en su mayoría, han sido críticos. Casi todas las reprobaciones, sin embargo, han apuntado al Vaticano, diferenciándolo de la Iglesia Católica, representada por su liderazgo titular. Esto es un error. Omite graves relevancias que diluciden la genuina explicación para esta aparente incongruencia. Primero, una recapitulación de lo ocurrido y varias aclaratorias seminales.

    Pretender desligar al Vaticano de la Santa Sede y la Iglesia es una bofetada a la inteligencia. El Vaticano existe como Estado al servicio de la Iglesia. Su paralelismo no se puede ignorar. Menos cuando, por la delicadeza de no ofender a buenas personas, se elude la responsabilidad de altas figuras que cometen grotescos actos de complicidad inmoral. Adicionalmente, la Iglesia, institución de inspiración divina pero humana, no ha sido monolítica tampoco en cuanto a la ideología socio-política-económica que ha recetado para la humanidad. Particularmente en los últimos cien años. Esto es de una envergadura imponente, cuando se toma en cuenta que algunas de estas propuestas y posturas, pisotean los principios más elementales que el Ser Supremo nos enseño.

    El Cardenal Bertone fue a Cuba, no como un sacerdote particular. No lo es. Pero sí es el segundo en mando de la Iglesia Católica. Para ser preciso, la mano derecha del Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI. Fue para "celebrar" el décimo aniversario de la visita de Juan Pablo II a la Isla esclavizada, estadía que aún diez años después, pese a las exaltadas esperanzas de los que aplaudieron dicho viaje, todavía brilla por su ausencia la esperada "apertura al mundo" de Cuba socialista. Lo lamentable de la visita a Cuba del Secretario de Estado de la Santa Sede, no sólo fue lo de "festejar" aquel fracasado viaje que rindió poca cosecha cristiana, sino con quienes fue a "festejar" y a quienes le dio la espalda.

    Ante tanta desvergüenza, por dónde empezar. "Quiero ahora, con motivo de esta cena", exclamó el Cardenal, "dirigir un particular saludo a los Representantes del pueblo cubano aquí presentes..." No, no se dirigía el Secretario Bertone a Marta Beatriz Roque, Oscar Elías Biscét o Antunez. Los que compartieron la cena oficial con él y a quien le hablaba, era la cúpula dictatorial cubana. Si pensaron que iba a aprovechar la ocasión para, al menos, regañar a algunos de los responsables de la barbarie, se quedaron pasmados esperando. Más bien sus palabras reflejaron un afán de entrelazar fuerzas con la dictadura. "En este espíritu de concordia", delineó el asesor principal de Benedicto XVI a la tiranía, "estoy seguro de que pronto se podrá llegar a establecer un instrumento de trabajo que facilitará nuestras relaciones recíprocas". Y los "votos" y "saludos" al criminal de lesa humanidad, Fidel Castro, eran de esperarse. Su admiración por lo morboso no se detuvo con el asesino en jefe. En nombre de la Santa Sede, le deseó "aciertos" a la nueva junta gobernante, algo llamado "Consejo de Estado" y compuesto por algunos de los más connotados criminales de las Américas. ¿Cómo se puede explicar que la Iglesia Católica, entidad tan centralizada, haya enviado al segundo en su jerarquía, a comulgar con una sangrienta dictadura comunista? La respuesta es fácil.

    Perfecto sólo es Dios. Todo lo humano es falible. Así nos los reveló Platón y San Agustín. Pero un día vinieron algunos que rompiendo con la noción del Pecado Original, promulgaron ideas que excitaron los sentidos de esos que se creyeron capaces de establecer un nuevo orden. Estos pseudos-ilustres (Rousseau, et al), dijeron que el hombre es perfecto y lo malo es su entorno. De ahí ha construir, por medio de la ingeniería social, el "cielo en la tierra". Todo esto haciendo caso omiso a lo articulado por San Agustín, un Doctor de la Iglesia, que demarcó claramente la diferenciación de vivir dando la primacía al alma o al cuerpo. De las filas que comenzaron a formarse para impregnar al mundo con estas absurdas nociones, estaban religiosos que sustituyeron lo sobrenatural con lo natural. Y nos han querido convencer, a partir de ahí, de que así pensaba Jesús.

    Debe quedar claro que ha habido dirigentes de la Iglesia que vieron venir la obscura tempestad. Pío X fue uno de ellos. "En estos últimos tiempos", alertó el Pontífice en su encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907), "ha crecido extrañamente el número de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenos de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia y hasta por destruir de alto a abajo, si les fuera posible, el imperio de Jesucristo". "Hablamos"..., continua la encíclica, "de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta sacerdotes, a los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología e impregnados, por el contrario, hasta la medula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia". Análisis profético el de Pío X. Resume la clarividente premisa en una oración, "Traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro...".

    Giuseppe Melchiorre Sarto, el nombre con que nació el Papa Pío X, dos años después en la encíclica "Communium Rerum" arremetió contra los conspiradores anticristos que enarbolaban (en nombre sólo) la fe católica. Los llamó..."Hijos desnaturalizados que pretenden que el cristianismo sólo conserve el nombre...Entre Cristo y Belial (genio del mal) no hay posibilidad de composición o acuerdo". Oídos sordos ha prestado el actual Sumo Pontífice, igual que su predecesor, a la postura digna que planteó Pío X. Colocación moral y práctica, que genuinamente capta la esencia del ejemplo de Jesús, en sus diferentes enfrentamientos con el mal y sus representantes: no concertar con el no-arrepentido y esencial enemigo (arrepentimiento recuerden que requiere del total abandono de actividades pecaminosas).

    Pío X, campeón de la pureza de la fe desligada de añadiduras "modernistas" que con sus nuevas metodologías de análisis la deformaban transcendentalmente, sospechoso de la politización de la Iglesia y enemigo del socialismo, no fue el único en alertar sobre el peligro venidero. Antes que él lo hicieron los Pontífices, Pío IX y León XIII. Después, su sucesor, Benedicto XV, siguiéndolo Pío XI y Pío XII. Merece destacar la muy conocida encíclica "Divinis Redemptoris" (1937) de Pío XI, declarando al comunismo "intrínsecamente perverso" y prohibiendo oficialmente la cooperación entre la Iglesia y los católicos que se adhirieran a la doctrina marxista, conociendo este la capacidad insidiosa de los movimientos comunistas. También, la exclamación del Papa Pío XII (1956) de que dialogar con el comunismo no era factible, dada la inexistencia de una misma moral idiomática. Y la reiteración de Pío XI de que “la oposición entre el comunismo y el cristianismo es radical" merita asimismo mención. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de los citados dirigentes de la Iglesia Católica, buenos y malos tildaron la balanza a favor de un revisionismo drástico dentro del catolicismo. Las desastrosas repercusiones, hasta este día, lo están padeciendo el mundo y la Iglesia.

    El suceso histórico que atinó las posibilidades para que las facciones más radicales del izquierdismo católico se apoderaran de la agenda eclesiástica, fue el Concilio Vaticano II. Esta asamblea ecuménica convocada por el Papa Juan XXIII en 1959 (sólo meses después del fallecimiento del anticomunista Pío XII y su ascensión al liderazgo de la Iglesia) y concluida por Pablo VI, tenía el propósito expreso y abstracto de "modernizar" y "renovar" la Iglesia, su Liturgia, los feligreses, las relaciones y cuestiones "sociales", etc. Las "reformas" que se adaptaron en esa asamblea que congregó a 2450 obispos entre 1962 y 1965, y el producto final, galvanizó las fuerzas proclives a la ingeniería social que por medio de instrumentos políticos totalitarios e ideologías que veían retratada una lucha de clases, cristalizaron "soluciones" a "problemas" percibidos.

    Algunas anécdotas interesantes del Concilio Vaticano II incluyen la coordinación del Cardenal Tisserant (muy popular en círculos de la izquierda radical) en 1962, de la "asistencia" al Concilio de observadores soviéticos. La reunión en Francia entre el Cardenal y los soviéticos fue llamada por la prensa, el "Pacto de Metz" (confirmado por Monseñor George Roche, secretario por 30 años del Cardenal Tisserant, a Itineraires, No. 285, página 153). A cambio de asistir al Concilio II, los soviéticos exigieron que no se redactara, en la misma, ninguna condena al marxismo, según la fuente citada y otras, entre ellas la de Monseñor Schitt, obispo de Metz, quien en rueda de prensa confirmó que la URSS obtuvo lo que quiso (Le Lorrain, 9 de febrero, 1963). El hecho de que, entre lo producido por el Concilio II se encontraron críticas al capitalismo y al colonialismo, pero nada referente al comunismo, afianza lo sospechado. Sería interesante anotar que varios intentos para condenar el marxismo por medio de proclamas, fueron hechos (similar a previas ocasiones) por agrupaciones de obispos. Estos esfuerzos fueron frustrados por la interferencia de las pertinentes comisiones.

    Dentro del contexto del Concilio Vaticano II, los años venideros produjeron una Iglesia mucho más ocupada en las cuestiones temporales del mundo contemporáneo que en las de su propósito original: enfatizar lo sobrenatural y salvar almas. Los "reformadores", laicos y clero abrazaron conceptos de "guerras sociales", identificando la misma con la religión y todo su fervor. La Revolución Castrocomunista, con su diatriba oficial de igualitarismo, su utopía, anticapitalismo y antinorteamericanismo, jugó dentro de ese entorno histórico, un papel inspirador para esta corriente. La palabra "revolucionario" pasó a ser, para los más extremistas, casi sinónimo con cristiano. En América Latina la aplicación paralela del Concilio II se materializó en Medellín en 1968.

    El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM: asamblea que agrupa a los obispos católicos de América Latina y el Caribe), incorporó la licencia que el ideario del Concilio II le extendió, radicalizada aún más con la añadidura de "Populorum Progressio" (1967), encíclica anticapitalista de Pablo VI. El documento redactado comprometió a la Iglesia latinoamericana a lanzarse a la "acción social" para remediar la miseria que ellos consideraban originada por el sistema capitalista. Tan fundamentalista fue dicha declaración que hasta formuló la "justificación" para que sacerdotes abrazaran acciones políticas de índole insurreccional contra el orden existente. El brinco de cura a guerrillero fue fácil para algunos. Para otros, la permanencia dentro de la Iglesia inculcó una concientización que, al aceptar ideológicamente la recetada versión del "compromiso con lo social", al marxismo se le dio por alto su contenido materialista y ateo. El enfoque fue en su percibido "humanismo". Con responsabilidad y evidencia innegable se puede atestiguar que ahí se inspiraron (y salieron) algunos de los movimientos terroristas más connotados de América Latina.

    Los Bertones de la Iglesia (y el que los autoriza) representan a una facción trasnochada, pero activa y poderosa dentro de la Santa Sede. Vienen de la extirpe que produjo el Concilio Vaticano II, sus apéndices ecuménicos, las encíclicas y las ideas políticas que infundió todo eso. Endosan recetas económicas, como la llamada "Doctrina Social", que puestas en ejercicio, sólo profundizarían y proliferarían la miseria material, el clientelismo y con su estatismo predador, debilitaría la sociedad civil a expensas de una élite gobernante. El actual liderazgo de la Iglesia (como el anterior con respecto a Cuba) no se siente muy incómodo con la dictadura cubana. Pienso que ciertos aspectos inherentes del despotismo castrista les deben chocar i.e., falta de libertades civiles, fusilamientos, etc. Pero la incomodidad no se contrapone a lo que admira del castrocomunismo. La letanía oficial la cree (educación, salud, embargo, etc.). No considera a la tiranía su enemigo, ni siquiera adversario. Simplemente disienten. No se oponen. Valoran más como concepto el igualitarismo, aunque sea sólo como capricho metafísico, que la libertad.

    Los principios de la "guerra justa" contra el mal de San Agustín, el "tiranicidio" de Santo Tomás de Aquino, la intransigencia del Padre Félix Varela, el desbordamiento por lo sobrenatural y la fe que nos ilustró Santa Teresita del Niño Jesús ¿dónde figuran en la esquema de la Iglesia de hoy? Sólo en el léxico de un sermón vació. En la práctica, el revisionismo las desterró. Pero están vivas como el Verbo del Santísimo Padre que se enfrentó a la brutal tiranía romana y los hipócritas Sumo Sacerdotes. Las palabras de un arrepentido Pablo VI, años después, declarando que el mal y su "humo" habían "entrado en el santuario y... envuelto el altar", mantienen tanta relevancia hoy como en 1972 cuando lo dijo. Lo ocurrido en Cuba es un ejemplo de eso.

    La Iglesia necesita de otro San Francisco de Asís, con una misión similar. En San Damián, una capilla humilde y hermosa, desde un crucifijo bizantino, Jesús por primera vez le habló al joven San Francisco. El Gran Maestro le dijo, "Francisco, arregla mi casa". Ahí se le señaló el camino al Hermano de Asís. Ahora más que nunca, necesitamos otro San Francisco para, nuevamente, arreglar la Santa Iglesia.

     

     

  • Martí y el monstruo

    Julio92x93Martí y el monstruo por Julio M. Shiling

    Tan antiguo como la historia es el concepto de "monstruo". Esta palabra derivada del latín (monstrum) ha operado como compendio dentro de la mitología, las leyendas, la ciencia ficción y, más comúnmente, como expresión figurativa literaria y oral. Artífices, adeptos, amigos y apologistas del comunismo cubano han expendido un monumental esfuerzo con el mencionado concepto. Construyendo su mitología revolucionaria, la dictadura cubana no perdió tiempo en enlistar una sumisa intelectualidad para ayudar a, no sólo construir el "hombre nuevo", sino de-construir la verdad. La metodología, esta vez, sería la descontextualización.

    El haber residido en la casa al lado de la que habitaba Mariano Martí en México, sirvió para que Manuel Antonio Mercado y de la Paz conociera al Apóstol de Cuba. El eximio mexicano llegó a ser Oficial Mayor de la Secretaria de Gobierno del Estado (Michoacán), Diputado al Congreso, Subsecretario de Gobernación, Vicepresidente de la Academia Mexicana de Jurisprudencia, Secretario del Colegio Nacional de Abogados y Secretario del Gobierno del Distrito Federal. Para José Martí fue un entrañable amigo. Duda no me cabe que, por el recíproco afecto que Mercado le tenía al Maestro y en honor a la verdad, con su propia licencia para ejercer la ley, hoy Mercado demandaría al régimen castrocomunista (si en Cuba hubiera un Estado de Derecho) en nombre de Martí, por difamación y desvirtuar su de carácter.

    Presentaría como evidencia una exposición muy allegada a él: una carta que el insigne cubano le escribió un día antes de su traslado a la Vida Eterna y de consagrar en Dos Ríos ese espacio de tierra para siempre (Carta a Manuel A. Mercado, Campamento de Dos Ríos, Mayo 18, 1895). Con la oración, "Viví en el monstruo y le conozco las entrañas...", han intentado los castristas y sus simpatizantes, de elevarla a connotación internacional, ofreciéndole amplias riendas para que circule el mundo, desacompañada de un serio análisis y, por supuesto, con una coreografiada interpretación. Mucho hubieran dado por poder anexarle un acompañamiento musical, como gozan ciertas estrofas de los Versos Sencillos insertadas a la canción la "Guantanamera". Sin embargo, como todo lo que sostiene moral e intelectualmente al régimen sanguinario en Cuba, carece de sustancia y no resistiría el escrutinio objetivo.

    Los papagayos y propagandistas del castrocomunismo han pretendido reducir el testamento político de Martí a esa oración específica y la citada carta a Mercado, en general. En el intento de alistar al Maestro en las filas del fundamentalismo antinorteamericano, genérico factor inherente en todo movimiento totalitario (comunista, fascista, nazista o islamista radical), han cometido un acto de sublime imbecilidad. Usando el hacha más que el pincel, extirparon unas palabras selectas y la descontextualizaron del pensamiento e ideario martiano íntegro. Cabalmente, lo han contradicho y tergiversado.

    Martí le cuenta (en la carta) a su amigo mexicano de su entrevista en la manigua con Eugenio Bryson, corresponsal de un diario norteamericano, este (Bryson) le relata al Apóstol lo conocido por muchos. La metrópoli española, frustrada y amargada por su incapacidad de dominar el movimiento independista cubano, prefería lidiar en la derrota con una potencia extranjera que con un victorioso ejército mambí. La crónica verbal de Bryson exponía su conversación con Arsenio Martínez Campos, arquitecto del Pacto de Zanjón y gobernador español en Cuba, y la articulación del mismo sobre la preferencia española de "entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos". Nuevamente, eso era conclusión sospechada y nada novedoso. La reseña adicional del corresponsal norteamericano sobre la corriente anexionista y el pulso anti independentista del momento, no aportó tampoco ninguna revelación nueva. Sin embargo, esta carta inconclusa ha sido el banderín predilecto y angular del despotismo cubano, para timarnos de que el autor intelectual de la independencia de Cuba, podría también ser el progenitor transcendental de la barbarie revolucionaria, en marcha desde 1959, y de su odioso fastidio con el vecino al norte.

    La coincidencia de la fecha de la carta (el día antes de fallecer en combate Martí), indudablemente que le ha prestado un servicio a las pretensiones del régimen. Pero sólo la desfachatez o la ignorancia pueden servir de excusa para el que engulle la postulación castrista. A sacar esencialmente de su completitud contextual, posturas tan claras como abisales, solamente se atreve un sistema que cuenta con el absoluto control del poder y una intelectualidad borrega y cómplice. La objeción de los cubanos (y algunos españoles también) a permanecer una colonia de la corona española, se desarrolla en tres corrientes: el autonomismo, el anexionismo (a EE. UU.), y el independentismo. Para el Maestro, independentista par excellance, ningún camino era factible que no fuera el de la absoluta emancipación de la tierra de sus padres. Cuba para los cubanos (y todo el que la amara), no aislada ni exportadora de ideologías "extranjerizas", sino partícipe de una comunidad de naciones libres era la colocación no sólo Martí, sino de la gama de próceres de antes y después, que anhelaron la independencia de Cuba. El rechazo a inclinaciones anexionistas constituía una base firme en el planteamiento independentista. Fuera quien fuera la nación deseosa de apoderarse de Cuba. Pero eso sí, sin rencor o cólera hacia nadie. Si no hubo malquerencia o bilis hacia los españoles en el corazón del Apóstol, sería incompatible que del pecho de Martí brotara hacia la democracia practicante más antigua del mundo (y no es Grecia), sentimientos paralelos a los que los propiciadores de luchas de clases han divulgado.

    Cuba, desde su descubrimiento por una potencia europea, ha sido codiciada por diferentes poderes. Los EEUU no han sido la excepción. Tampoco ha sido una postura monolítica dentro del entorno político norteamericano. Si bien presidentes como Jefferson y Polk, expresaron interés en adquirir la isla caribeña, hubo otros, Lincoln y Teodoro Roosevelt (para citar dos), que no compartían esa inclinación. Adicionalmente, existe en los EEUU una activa práctica del concepto de "separación de poderes". De manera que no existía un mecanismo centralizado, arbitrario y absoluto para llevar acabo dicha transacción. Parte del problema con la premisa castrocomunista es la óptica que el prisma totalitario ofrece. La facilidad de ejecutar decisiones unilaterales, sin lícito procedimiento ni prejuicios democráticos, es ejercicio cotidiano en dictaduras totalitarias. El mundo libre nunca ha operado así.

    La historia está colmada de ejemplos de regímenes buenos y malos que explican su expansión territorial a través del tiempo, tanto con legítimos como con absurdo razonamientos. Sin relativizar el asunto, el hecho es que cada caso obliga un considerable y balanceado análisis previo a la emisión de juicio. Con respecto a los EEUU, los enemigos modernos de la democracia, que ven en la libertad un impedimento, han concretado todo lo alcanzable por falsear demagógicamente la historia ocurrida y presentar otra distorsionada.

    La Doctrina del Destino Manifiesto, la argumentación teórica de extender la nación norteamericana del Atlántico al Pacífico, no fue un planteamiento ideológico doctrinal y menos con pretensiones "científicas". Fue un precepto. Se considera que el concepto surgió de un sermón verbal de John Cotton, un ministro puritano, en 1630. No fue hasta 1845 que un columnista llamado John O'Sullivan retomó el tema. Cierto es que en los 1890's, , cobró nueva vida entre sectores de políticos y la intelectualidad estadounidense. Pero urge que se haga una distinción diferenciando dicha postura no-escrita de expansión y el "norteamericanismo" como fenómeno socio-político excepcional.

    El hecho de que a los EEUU lo fundaron individuos que vinieron buscando la libertad religiosa y fomentaron los documentos políticos más audaces con respecto a la protección de libertades civiles y limitaciones al poderío estatal (First Virginia Charter de 1606, Fundamental Orders of Connecticut de 1639, First Continental Congress: Declaration of Colonial Rights de 1774, Virginia Declaration of Rights de 1776), contribuyó sin duda, a la percepción de muchos de sus ciudadanos (y otros no-ciudadanos) de que la mencionada nación, ex colonia inglesa, tenía un importante sitio dentro de una esquema Providencial. Al menos, nunca antes había existido un experimento político donde se enfatizara tanto la libertad como derecho natural y la búsqueda convencional de su preservación. Las complejidades de una sociedad plural como la norteamericana, forjada de amalgamas de culturas, idiosincrasias, pero suficientemente fuerte para no sólo no perder su identidad, sino extender la civilidad de su cultura socio-política a todos sus residentes (naturales o recién llegados) y a la vez establecer la potencia económica más rica del planeta, no escapó de la admiración de Martí. Este fenómeno era relevante aún en la época del Maestro.

    Para Martí, la libertad era una consagración. Sería inconsecuente que el insigne cubano desplegara animosidad hacia la esquema política cuya primacía era la libertad de cada individuo, en un gran contraste con la bárbara experimentación que se cometía al otro lado del Atlántico, donde la guillotina resultó ser el bisturí de los ingenieros sociales franceses. Martí gozaba del mágico don del poderío de palabras. Pero su poética alma, exponiendo siempre con galán y exquisito vocablo, jamás se desprendió de la consistencia. Por eso, muy temprano en su vida, expresó su admiración por la excepcionalidad norteamericana. De particular elogio fueron su dinamismo, pluralismo y, valga la redundancia, el cultivo a la libertad que encontró en el país donde más tiempo, terrenalmente, habitó. La estimación del Apóstol por la tierra de Washington, y su amor por Abraham Lincoln, Ralph Waldo Emerson y Wendell Phillips (cuya fotografía colgaba en la oficina de Martí: ver Carta a Gonzalo de Quesada, Abril 1, 1895. Nota: no había retrato de Marx) no le impedía, simultáneamente, criticar y objetar ciertos procedimientos, corrientes políticas y costumbres culturales de la misma.

    El absolutismo socialista en Cuba ofende la inteligencia humana al pretender encasquillar al Maestro en un simplismo inaplicable. Martí era lo suficientemente sofisticado para segregar lo deseado de lo indeseado sin destruir el panorama general. El exilio extendido del Apóstol en los EEUU y partes de América, le ofreció una apreciación sociológica para reconocer ciertas ventajas en la aplicación de modelos culturales que tomaran más en cuenta los factores idiosincrásicos. El paradigma anglo sajón protestante (EE. UU.) o el europeo, estrictamente aplicado en América Latina, Martí consideraba que se encontraría con problemas de inadaptabilidad, sin añadiduras autóctonas. Su análisis partía de consideraciones sociológicas y antropológicas, no ideológicas. Otra observación del Apóstol no distante de la realidad, fue palpar inclinaciones eurocéntricas en los EEUU. Dicha inclinación reflejaba ciertamente una muestra de la bajeza humana, relevante en toda la humanidad y anotada por Martí y que lo consideró latente en los EEUU. Pero no es menos cierto también que plasmó en sus escritos la movilidad con que la sociedad norteamericana navegaba, fenómeno hecho posible sólo en un lugar de oportunidades. Esa otra parte contenía los elementos admirables hacia el país del Norte. La búsqueda en exceso de riqueza material fue otra detracción.

    La crítica del Maestro hacia el consumismo y el ritmo de vida en los EEUU reflejaba una legítima inquietud compartida, incluso, por numerosos norteamericanos. Sin duda, la época que le tocó vivir a Martí fue de gran expansión económica, invenciones, innovaciones y del uso de la tecnología como nunca antes (para la época). El desplazo poblacional hacia la urbanización, el influjo de masas de nuevos residentes provenientes de países diferentes, vislumbraba la llegada de la modernidad y todos sus costos de adaptabilidad. El planteamiento del Maestro preserva su relevancia aún hoy y es una cuestión que toda sociedad que descubre el progreso económico y tecnológico, tiene que enfrentar: mantener el equilibrio entre lo material y lo espiritual. Pero en ningún momento Martí abogó por una intervención convencional coercitiva. Mucho menos prescribió un plan de "acción revolucionaria" para implantar la utopía. La reverencia martiana por la libertad se lo impedía. Su crítica era una apelación a un enaltecido modo de vivir pero sin sacrificar el libre espacio de los ciudadanos.

    Nociones como la desigualdad fueron atendidas por el Apóstol desde el prisma del liberalismo. Nunca comulgó con las recetas radicales del socialismo para lidiar con ese problema. De manera que sus anotaciones de cómo se desenvolvía el nuevo orden económico en su día y los ajustes al capitalismo, la tecnología que lo acompañó y el peaje del reajuste social fueron siempre uno de los aspectos a trabajar para su alcanzar su mejoría dentro del sistema social existente. Nunca reemplazándolos. Y menos violentamente ni sostenido a través de la coerción.

    Los EEUU, ya para la época del Maestro, encabezaba el mundo en capacidad productiva. Había, incluso, sobrepasado a los países europeos. Su deseo de extender su influencia en el continente donde es encuentra, era de esperarse. Ese ha sido el caso con todas las potencias a través del tiempo. En eso, tampoco, los norteamericanos han sido exclusivos. Aquí no se está emitiendo un juicio sobre sí es una conducta benigna o no, la temática de hegemonías. Pero si se fuera intentar, abría una larguísima lista de naciones e imperios sobre los cuales habría que emitir un veredicto. Se puede comprender también que en un mundo globalizado como el de hoy, la mayoría lo ve con menos sospecha. Martí, político capacitado, actuó correctamente alertando desde la óptica de su tiempo y lugar, sobre la potencialidad del vecino norteño. Como patriota con toda una vida ungida por la independencia de su patria, era natural que combatiera cualquier pisco anexionista. Su cautela no lo convierte en un antinorteamericano. La inquietud del Maestro con los EEUU, legitima en ese momento, jamás alcanzó en la práctica la proporción de injerencia de la que los comunistas cubanos nos han querido convencer.

    Para el analista objetivo, en el pre-castrocomunismo las relaciones entre Cuba y EEUU nunca alcanzaron dimensiones categóricas de un imperio y su súbdito. Pese a situaciones específicas e inoportunas y "enmiendas" que todos lamentamos (y que luego fue derogada), el entrometimiento de los EEUU en los asuntos de la República de Cuba, conocía de límites que quedaban demostrados cada vez que el Estado republicano cubano así lo decidía (presidencia de Alfredo Zayas, por nombrar sólo un instante). Un análisis de las relaciones cubano-norteamericanas previas a la dictadura castrista, compelería una ardua visitación histórica donde los protagonistas criollos tendrían que asumir su responsabilidad por las intromisiones concretadas o tentativas, ya que muchas veces obedecían a mezquino intereses partidistas o sectarios domésticos. Si se fuera a categorizar el vínculo cubano-norteamericano como de imperialista-súbdito, habría que redefinir la terminología de palabras y conceptos. Nuevamente, la patraña castrocomunista no resistiría un mínimo escrutinio, superada ya su fatigada descarga emocional pero vacía.

    Curiosamente, Cuba sí llegó a alcanzar niveles descriptivamente paralelos o en aproximación, a lo que preocupaba a Martí. Pero no fue la nación de Lincoln la que propició el alcance imperial. Sino sucedió con el régimen que instauró Lenin, el mismo "revolucionario" que enmendó el marxismo con nada menos que su tesis sobre el imperialismo (un experto en la materia de violar la soberanía de otros). El que se documenta descubre pronto y fácil, que la palabra "imperialismo" ha sido una más en el gran vagón de términos y expresiones mancillados y deformados. Martí equiparaba el imperialismo con el ejercicio autocrático del poder político por una fuerza foránea. Punto. La misma carta a Mercado demuestra al Maestro usando la palabra, en su referencia a los EEUU, estrictamente bajo condiciones de una acción anexionista. La otra referencia es con la metrópoli española y la obvia monarquía absolutista. La tediosa extensión que Lenin (particularmente), Rosa Luxemburg y otros marxistas le dieron al concepto original de "imperialismo", desembocó en su desnaturalización total. Hoy pudiera querer decir todo lo que un comunista quiere que sea, siempre y cuando, por supuesto, esté denigrando o insultando. Cuando se lee a marxistas, uno se lleva la impresión de que escribían para que nadie los leyera, pero para que todos los siguieran.

    Martí, sin embargo, sí leyó a Marx y a los socialistas que lo precedieron. Ninguno lo convenció. Desde 1959, el despotismo cubano y sus cacatúas quieren convencernos a todos del sentir de animosidad del Apóstol hacía los EEUU, su sistema (económico y político) y un percibido imperialismo que, naturalmente, ellos mismos, con exclusivismo, insisten en definir.

    Martí era, enfáticamente, antiimperialista. La voluntaria renuncia a la soberanía cubana que la dictadura castrista ejerció con la Unión Soviética, jamás el Maestro la hubiera aplaudido. Más aún, su desprecio por toda esquema convencional que privara al hombre de la libertad, la necesaria variable para vivir la vida con decoro, haría de Martí un acérrimo e intransigente enemigo de dicho sistema. El problema del castrocomunismo en particular y del socialismo en general con los EEUU no es su pesada diatriba de huecas acusaciones de "imperialismo", que ni ellos exactamente pueden precisar. El léxico propagandista es pura letanía ideológica. La lucha por influenciar el rumbo del mundo está siempre latente y ellos no son meros espectadores. Luchan por monopolizar el reguero de la hegemonía, pero claro, la marxista-leninista. El verdadero problema que tienen con la nación norteamericana es la preponderancia que esta le concede a la libertad en todas sus facetas y el impedimento que esto les resulta a sus objetivos subversivos.

    El fidedigno testamento político del Maestro, para el que lo quiera buscar, lo escribió en un pedazo de Cuba en Quisqueya llamado Montecristi. Allí, con Máximo Gómez en la proximidad, redactó un Manifiesto para la eternidad. La ausencia en el Manifiesto martiano del concepto del odio, ha privado a los comunistas de su uso por la ausencia de esa inherente (y necesaria) arma en el arsenal ideológico de la lucha de clases: el odio, como bien lo narró el buen marxista-leninista Ernesto (Che) Guevara.

    El verdadero "monstruo" está aún en el poder en Cuba. La verdadera monstruosidad es la barbarie cometida por un movimiento político psicópata y su engendrado sistema, que ha afligido a la patria de Martí. Pero todo llega. El Maestro espera por concluir su obra.

     

     

     

  • La madre de las declaraciones

    Julio92x93 La madre de las declaraciones por Julio M. Shiling

    Cuando los ingleses diseñaron la Carta Magna, sembraron fertilizante sano en el ideario político. La innovadora iniciación de articular frenos a la autoridad gobernante y alinear la propiedad con preceptos básicos de derechos libertinos, sin dudas, inició la larga travesía para despoblar las pantanosas selvas del despotismo. Serían, sin embargo, los descendientes de perseguidos religiosos provenientes de esas islas británicas, los que en protesta rebelde, redactarían la más enaltecida argumentación política sobre por qué un pueblo debería ser libre.

    Las ideas que plasmaba la Declaración de Independencia norteamericana no fueron originales. Su credo estaba constituido, principalmente, por dos pilares: los principios de la Ley Natural, concepto que se originó con los griegos pero que fue perpetuado por el cristianismo y Santo Tomás de Aquino, y el liberalismo de John Locke. Sin embargo, el documento cuya redacción autorizó el Congreso Continental (cuerpo legislativo de las Trece Colonias originales) el 15 de mayo de 1776 y adoptó el día 4 de junio, le extendió a esas ideas una plataforma que la historia ha evidenciado, en la práctica, con la superioridad de su sostén.

    El contexto en que surgió la Declaración que compuso Tomás Jefferson con la exquisita atención editorial de Benjamín Franklin y John Adams, reflejaba el sentimiento independentista prevaleciente en los criollos. En los campos de Lexington y Concord, el clarín había anunciado casi un año y un mes antes, el comienzo de la contienda bélica contra la metrópolis. La predominancia del sector intransigente del cuerpo deliberativo de las Colonias, ante la insuficiencia de la autonomía, adquirió mayoría. También la radicalidad de las exigencias a la corona británica. Las 1,331 palabras de la Declaración, recogió todo eso.

    Esencialmente en cinco secciones, el seminal documento pregonaba la justificación para la Revolución Norteamericana. La civilidad demarcaba de principio a fin y en todo momento, el planteamiento político. Primero, anunciaba la decisión de separarse, amparando sus acciones, no en derechos convencionales propulsados por hombres, sino naturales provenientes de Dios y preestablecidos. La primacía de la Ley Natural sobre la Ley Positiva, quedó clara.

    La segunda sección vocea cánones liberales, como el soberano, residiendo en los gobernados, no en sus gobernantes. Encomienda prudencia, advirtiendo contra el peligro de frívolas embestidas contra el orden legítimo. Y, a la vez, ensalza la acción redentora cuando la inviolabilidad ciudadana se ha perpetuado. Expone, en su tercera sección, una larga lista de abusos en forma de quejas, dejando lúcido la racionalidad de sus motivos. Añade y recuerda, en la cuarta parte, que cuando un monarca ignora las lícitas querellas de sus súbditos, se transforma la monarquía en tiranía, un sabio análisis platónico.

    Concluye aireando la oficialidad de su independencia, explicable por el orden místico y superior y por el razonamiento humano, y sustentado por la responsable perseverancia de sus hijos. Los que defendieron los lazos sumisos con Gran Bretaña serían, según afirmó la Declaración de la recién pronunciada nación, "enemigos" en guerra y "amigos" en la paz. Ni guillotinas, reinos de terror o cambios de calendarios ocurrirían. No se emularían los acontecimientos de la "otra" revolución, al otro lado del atlántico, también con su "declaración".

    Los amantes de la libertad, en todas partes, deben celebrar la transcripción de aquella Declaración, escrita en ese caluroso verano de 1776. Mejor aún, ojalá que pudieran practicar sus principios.

     

     

  • Mentiras, renuncias y el espectro de Trotsky

    Julio92x93Mentiras, renuncias y el espectro de Trotsky por Julio M. Shiling

    Consistente con el surrealismo que en Cuba ha implantado el castrocomunismo, el organismo encargado de "guiar" la subyugada sociedad cubana, planteó que ha llegado el momento de parar las mentiras. No. No fue un chiste. Cuidadoso siempre de no transgredir los límites idiomáticos del momificado socialismo criollo, el Partido Comunista Cubano (PCC) mediante su órgano de proselitismo, el periódico el Granma, llamó a eliminar la "mentira", "actitudes fraudulentas" y, entre otras cosas, "pelear contra la mentira y los mentirosos de adentro''. Nombres de acusados específicos no se ofrecieron. La ilegalización de la espontaneidad en los medios noticiosos cubanos asegura que algo se está tramando.

    Ahora el tirano Castro (Fidel) anuncia su "renuncia" en un texto de 1030 palabras. "...no aspiraré, ni aceptaré..." (y lo repite), "el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe" (se le olvidó Secretario General del PCC). ¿Cuarenta y nueve años de sangre, miseria y dolor, y como obra ilusionista, se va? Bueno, él dice que no de todo. Piensa quedarse como "reflexionista" oficial de la Revolución (algo como un elder statesman dictatorial). Y sí, no faltaba ni aún en estos momentos, la incesante búsqueda de legitimación para su Constitución Socialista y régimen. También eso estaba en su "carta". Más que una despidida (ojala fuera así), es la formalización de un intento de perpetuar el marxismo-leninismo en el Estado cubano. La mentira, como bien apunta el Granma, efectivamente, tiene penetrada la esfera gubernamental castrista. Pero no una porción de ella. Sino su universalidad.

    Que una Revolución construida sobre una identidad falsificada, sustentando el crimen con dictámenes ideológicos inconsistentes y atiborrados de patrañas, liderada por un psicópata embustero par excellance y defendida, argumentativamente, sólo con la empleomanía de la trola, causa intriga las alegadas preocupaciones de la dictadura con las mentiras dentro de sus filas revolucionarias y las movidas de su máximo representante. Varias posibilidades existen. Meaculpas o arrepentimientos se pueden descartar. La extravagancia con que se ha cometido la barbarie y saqueado la sociedad cubana (moral y materialmente), ha enraizado fuertes intereses en preservar el status quo. Desde el poder, el auto recriminación, sin amenazas bélicas inminentes y con el mentiroso en jefe aún oficialmente respirando, no sería factible. ¿Cuáles podrían entonces ser algunas de las razones?

    Mercadeo es uno de ellos. El petróleo que Hugo Chávez le ha rapiñado al pueblo venezolano para regalárselo al régimen castrista (entre otros parásitos), no es muy confiable dada la estrambótica torpeza del líder, de algo llamado "socialismo del siglo XX1". Apuntar para el botín del vecino del norte ("el imperio") y la imitación del comunismo asiático es una apuesta más segura. Como la imagen ha sido un arma potente en el arsenal explicativo de la sobre vivencia del despotismo cubano, sería consecuente el querer adulterar su lámina, para así enfrentar retos venideros. Esto sería particularmente predecible cuando oficialmente deje de reflexionar el tirano máximo, que como un maléfico mago, le ha podido resolver los problemas a la dictadura que instauró. Dado el enorme costo de mantener la maquinaria represiva, una efigie más atractiva serviría al comunismo cubano mucho, desaparecido ya su showman emblemático.

    Otra posibilidad sería una "purgación", que reflejaría un realineamiento del "centralismo democrático" (ese macabro adendum de Lenin al marxismo), tal como se ha practicado en Cuba hasta ahora. Apertura o la disolución del monopolio gubernamental, no es ha lo que me refiero. Sino apagada la monolítica autoridad de Fidel Castro, la lucha sectaria dentro del poder, ya parece haber estallado. La figura de Castro, más allá de su inercia, se pudiera utilizar por esos con más acceso a él, y presentar la impresión (real o no), de contar con la condescendencia del casi extinto tirano. Dictaduras como la que hay en Cuba, llevan siempre un cordón umbilical con el déspota-personalista. Esa enfermiza relación de un sistema socio-político con un individuo, lo ata a su duración. Los cortesanos deben estar asustados. La lógica movida de un mega-caudillo que toda su vida sopapeó las instituciones, incluyendo las que lo han sustentado, sería aún a estas alturas, tratar de fortalecer instituciones como el Partido. De eso se trataría la "redirección" del PCC, reformateando este su centralismo democrático. El espectro de Trotsky, y la experiencia rusa, pudiera estar visitando el castrismo.

    Lev Davidovich Bronstein es el nombre con que nació León Trotsky. Fue el pseudónimo, tomado de uno de sus carceleros, que empleó cuando empezó a escribir en Iskra (La Chispa), órgano publicitario del Partido Obrero Socialdemócrata que lideraba Vladimir Lenin, y usó el resto de su existencia. Su fabricación en un icono de la izquierda, después de caer en desgracia con el poder soviético, adulteró la percepción del sujeto y la interpretación de los hechos.

    Equivocadamente existe una falsa noción de la civilidad de Trotsky. Con objetividad se puede concluir que el número dos de la Revolución Bolchevique fue un empedernido sanguinario. Encargado de construir y liderar el Ejército Rojo para una guerra civil que resistía la embestida marxista, la fehaciente crueldad que el intelectual ucraniano utilizó para enraizar el terror, y salvar la dictadura bolchevique, es notorio. La iniquidad del primer Comisario de Guerra de los comunistas rusos, es uno de los más aguardados secretos de apologistas marxistas. Uno de sus desacuerdos con Lenin más connotados fue sobre el control de los sindicatos. Trotsky quería sobre los mismos, "más" control estatal. La apoplejía que destronó a Lenin, inicio el vacío de poder y las típicas luchas facciosas de los totalitarios (recuerden la Revolución Francesa). El victorioso trapicheo de Yosif Stalin, fue producto más del temor que producía Trotsky en el resto del Politburo, que genialidades que se le pudieran atribuir al sádico georgiano.

    En momentos que el principal culpable de la tragedia cubana parece estar en la preparativa para corporalmente esfumarse, los otros responsables buscan salidas. Todos los que se han beneficiado de la bestialidad que se ha practicado en Cuba comunista (y sus cómplices), rastrearán alternativas que salvaguarden sus vidas y los privilegios que la revolución castrista les otorgó. Buscarán el sofista más comprable. Seguro que este "admitirá" que se cometieron "excesos", que "algunos" mintieron, etc. Pero lo cierto es que el sistema mismo, es el que contiene el germen de la perversidad. Otro charlatán no resolverá nada. Sólo el arrepentimiento fidedigno, consistiendo de concretas acciones estructuradas para desmantelar integralmente el actual régimen, abriría el camino para un proceso expurgatorio.

    La enfermedad y posterior muerte de Lenin, presentó una encrucijada. Optaron por la opción que parecía menos radical. Nunca sabremos cuantos más hubieran perecidos con Trotsky. Tenemos una idea de los que Stalin silenció. Y las víctimas no fueron, necesariamente, todas anticomunistas. El caso cubano, sin duda, no es el mismo de la URSS. Lenin no fue para su dictadura, lo que Castro le ha sido para la de él. Sin embargo, de que la solución en ambos modelos radicaría (para el ruso hubiera radicado) en acabar con esa malísima idea socio-política en la práctica, en eso el denominador es común. Los comunistas rusos desperdiciaron el vacío de poder apostando por el que aparentaba ser menos malo. La historia (ese motor de la fábula marxista) demostró que ninguno servía, porque el sistema engendra esa pésima calidad de humano. Que recuerden los del Partido Comunista Cubano el espectro de Trotsky, las costosas decisiones que tomaron sus homólogos rusos en los años 20 y las oportunidades perdidas. Lo inevitable, la implosión del sistema, la demoraron pero no la pudieron eludir. El problema en Cuba es la Revolución, esa gran mentira. La solución: enterrarla con su egocéntrico maestro de ceremonias. Esa es la gran verdad.

  • Martí y el libre comercio

    Julio92x93Martí y el libre comercio por Julio M. Shiling

    "A nadie daña tanto el sistema proteccionista como a los trabajadores". "La protección ahoga la industria, hincha los talleres de productos inútiles, altera y descalabra las leyes del comercio, amenaza con una tremenda crisis, crisis de hambre y de ira, a los países en que se mantiene". Esto no lo dijo Adam Smith ni Milton Friedman. Pero sí se pronunció en el aproximado intervalo de tiempo de ambos economistas, 1883 para ser exacto. Consecuente con el acérrimo apego que sus principios e ideario tenían con la libertad, José Martí dejó claro su conocido rechazo a medidas gubernamentales que imponían aranceles y trabas al comercio. El artículo "Libertad, ala de la industria" (La América, septiembre 1883) no fue el único donde clamó el Maestro a favor del libre intercambio comercial.

    La rígida postura de Martí no partía de una abstracta y romántica defensa de la libertad, que hubiera sido comprensible dado su paradigmático talento de poeta. Si bien consideraba que "...sin libertad, como sin aire propio y esencial, nada vive", el razonamiento del Apóstol de la independencia cubana no provenía de una ciega adulación a lo libertino. Para defender el libre comercio exhibió un discernimiento, modulado más por la fría pero concreta racionalidad, que por afanes cargados de emociones y divorciados de serio análisis económico (torpe proclividad, ayer como hoy). Martí enunció la compleja temática desde el prisma de un "librecambista" (como se le llamaba en esos días), por sus convicciones de que dicho sistema era el que más engrosaba y mejor repartía la riqueza y el bienestar nacional.

    "Rebajar de una vez la tarifa, abarataría la vida del obrero" (La Nación, 15 de julio, 1885). En otro reportaje ensayista al gran diario bonaerense, su insigne articulista en Nueva York se hizo eco del sector pro libre comercio en la política norteamericana, al escribir, "Rebájense-dicen los librecambistas-los derechos de importación... póngase al país en condiciones verdaderas y normales, que al comercio den fijeza, al obrero empleo seguro y vida barata, y a los productos modo de competir con sus rivales en los mercados extranjeros" (6 de junio, 1884). Martí veía con claridad, en un sistema extirpado de imprudentes gravámenes proteccionistas, los obvios beneficios para la sociedad, particularmente su sector menos materialmente pudiente. Así, sin escaparse los detalles, el Apóstol captó en sus días, el meollo del principal debate económico de los EE. UU.

    La polémica traspasaba delineamientos partidistas. Tanto los republicanos, como los demócratas estaban fraccionados por "proteccionistas" y "librecambistas". "En cada caso", anotó Martí, "ha sido demostrado por los abogados de la fe librecambista la injusticia moral y el daño pecuniario de obligar a una nación tan vasta como ésta a vivir estrechamente y a gran costo, por el mero beneficio del escaso número de capitalistas y trabajadores que se ocupan en la producción en territorio nacional a precios altos, de artículos imperfectos, que toda la nación podría comprar perfectos a precios bajos, traídos del exterior" (La América, marzo de 1883). Señalando dos industrias "protegidas" específicas, el Maestro captó el problema con precisión brillante. "Parece que los intereses del hierro de la Pennsylvania", graba Martí, "y los de la lana de Ohio son las causas principales de los trastornos y dilaciones hasta hoy ocurridos; pero puede asegurarse que el elemento proteccionista en general ha dominado, domina y dominará la situación. Los partidarios de este sistema pretenden con soñada supremacía, que si no fuera perjudicial a la par que ridícula, podría ser soportable,-representar la voluntad, en mayoría inmensa, de los cincuenta millones de habitantes que componen el pueblo americano. Este sacrificio, sin embargo, de las grandes masas populares al egoísmo de contadas clases privilegiadas, no es la voluntad de la nación..." (La América, marzo de 1883). Continúa el prócer cubano, "...que el pueblo sabe que se le obliga a pagar $50 por un vestido que podría venderse por $25 ó $30 si no existiera un derecho ruinoso sobre el paño" (La América, marzo de 1883). La argumentación de que el proteccionismo sirve sólo para proteger a una casta minoritaria a expensas de la mayoría, fue finísimamente formulada por el Apóstol.

    Hallarán, si pretenden incluir a Martí en la comparsa antiglobalización de hoy, un muro impenetrable y resistente. Esta inmutable realidad pone a prueba la capacidad tergiversadora de los socialistas del Siglo XXI, los castrocomunistas y otros frenéticos. Indudablemente, en la Cuba que se acerca, abundarán las recetas económicas. Ojalá que se le preste atención a la premisa que sostuvo el Maestro. Bastante ha padecido Cuba de nociones absurdas.

     

     

     

  • Todos los muertos merecen tener un lugar en la memoria

    pilarrahola sTodos los muertos merecen tener un lugar en la memoria por Pilar Rahola

    Nacida en Barcelona, España es Doctora en Filología Hispánica y Catalana por la Universidad de Barcelona. Ha sido autora, conferencista y periodista de televisión, radioy prensa escrita. Fue ex-diputada en el Parlamento español por la Izquierda Republicana Catalana y ex-vicealcaldesa de la ciudad de Barcelona. En la actualidad, en el terreno periodístico, escribe en tres periódicos españoles, diario Avui (en catalán), El País y El Periódico.

    Su mirada es limpia, profunda, dulce. Pero habla con la fuerza de los que se comprometen más allá de la comodidad y el aplauso. La contemplo en su juventud hiriente, bella, frágil, y algo parecido al sentido materno me inspira un instinto de protección que nadie me ha pedido. Sin embargo, Victoria Villaruel no desea ser protegida, sino escuchada, y su causa fluye por su verbo atropelladamente, casi sin aliento, quizás acostumbrada a tener pocas oportunidades para ser oída.

    Estamos en el vestíbulo de los despachos de un amigo, y cuando Victoria ha acabado su explicación, la atmósfera se torna densa. Me dice, con el hilo de una tristeza infinita: "¿Nadie me escuchará?". Noto un rasguño en la conciencia.

    Me habla de mujeres que murieron un día cualquiera, caídas bajo balas que no llevaban sus nombres; ellas acompañaban a sus maridos, a sus hijos, a sus vecinos. Me habla de esa niña de 3 años, la primera víctima.

    Me habla de Patricia Gay, de sus padres asesinados ante su mirada adolescente, de su suicidio posterior. Me habla de jóvenes soldados, salidos de la pobreza norteña para ganar una comida caliente y unos pesos seguros. Jóvenes del pueblo más llano, asesinados bajo la etiqueta de "enemigos del pueblo". Me habla de ese periodista... y de la bomba..., y de tantos, y la muerte se acumula en la estancia con la temible fuerza arrolladora que la define.

    Fueron cientos, la mayoría asesinados antes de la dictadura, víctimas de una revolución que clamaba por la vida, pero hincaba sus pezuñas en el odio. En esta Argentina torturada, cuya dictadura sangrienta, malvada y feroz dejó un reguero de sangre, dolor y rabia, existieron víctimas distintas de las víctimas oficiales, víctimas que no tienen su lugar en la memoria, ni reciben el aplauso oficial, ni salen en las lágrimas públicas. Víctimas que aún se esconden por los rincones de la clandestinidad, como si fueran responsables de su propio asesinato, como si, por haber sido escogidas para morir, tuvieran culpa. Víctimas convertidas en victimarias. Esas víctimas reclaman, desde la oscuridad del olvido, su hueco en la historia de la Argentina. Y, sin embargo, aún no lo tienen.

    Me dicen los amigos: te metes en un hormiguero. Sin duda, sobre todo porque soy una extranjera pisando minas de tiempo, y si los propios argentinos aún no han hecho las paces con su memoria –su memoria al completo–, ¿quién es nadie ajeno, para venir a pasar cuentas?

    No es ésa la arrogancia de este artículo. Al contrario, parto, si me permiten, de un ejercicio de autocrítica severo y humilde. En España tardamos mucho en descubrir que la maldad del franquismo no justificaba otras maldades. Luchamos como supimos –mal y a destiempo– por recuperar unas libertades que llegaron cuando el dictador murió en la cama. Durante esos largos años de persecuciones, cárcel, exilio y muerte, todo lo que se escondía bajo el paraguas del antifranquismo merecía la etiqueta de heroico y de justo. Y así, nos tragamos el malvado sapo de las bombas de ETA, hicimos borrón a los desmandes trágicos de la República, olvidamos a las víctimas del otro lado y convertimos la realidad española en un mapa maniqueo de buenos y malos.

    Por supuesto, el franquismo fue, como toda dictadura, intrínsecamente malvado, y nada justifica ni uno solo de sus abusos, sus atropellos y sus violencias. Mi familia, en este sentido, sabe muy bien de qué hablamos. Pero ni todo fue heroico en el otro lado, ni todo fue justo, ni todo es justificable. Muy al contrario, bajo la noble pancarta de la lucha por las libertades, se escondieron discursos y personas que nunca amaron a la libertad, pero que la usaron como eficaz y violenta excusa. El ejemplo más atroz de ello han sido las víctimas de ETA.

    Durante años, y hasta bien entrada la democracia, los familiares de las víctimas de ETA tenían que esconderse bajo los rincones de la vergüenza y el silencio, no reconocidas por casi nadie, culpables de haber merecido la diana que un etarra cualquiera, desde su zulo de muerte, les había pintado. Me avergüenza decir que la sociedad española fue largamente injusta con las viudas, los hijos, los amigos, todos los que perdieron a un ser querido, a causa del terrorismo vasco.

    Y si abrimos el melón de los actos violentos de la guerra civil, aún cuesta, en el lado progresista, reconocer a las monjas, a los curas, a los disidentes que las patrullas revolucionarias mataban en las noches de saqueo, mientras gritaban "¡muerte a Franco!". Ser meridianamente claro en la denuncia de la maldad de una dictadura nunca puede implicar amnesia con la propia responsabilidad, desprecio a las otras víctimas, las que generó el bando "amigo" y, sobre todo, justicia de doble moral. Ese error trágico, malvado para todos los que sufrieron, lo cometimos durante décadas.

    ¿Cuál es el error que cometen ustedes, los argentinos? Por supuesto, ésa es una pregunta cuya respuesta sólo puede surgir de los propios argentinos. Pero me atrevo a sugerir algunas ideas críticas, quizás abusando del amor por este país y de la complicidad que he ido tejiendo con su historia.

    La primera idea fundamental es que no hay víctimas buenas y víctimas malas. Las víctimas lo son integralmente, más allá de quiénes apretaron el gatillo. La víctima de una dictadura no es más víctima que la que cayó bajo las balas de un grupo de terroristas, decididos a imponer, con la violencia, sus ideas revolucionarias. Perpetrar todo un edificio de memoria y dignidad, expulsando de ese edificio a una parte sustancial de los que cayeron, es construir sobre barro. Peor aún, es intentar hacer justicia con cimientos injustos.

    Si, además, se abre en canal el pasado, se juzga a los criminales, se levantan las amnistías, pero todo ello se hace con la mirada tuerta, sólo hacia un lado de la balanza, entonces se consolida otra forma de maldad. No se hace justicia. Se perpetra venganza.

    Ya sé que a estas alturas del artículo, muchos se sentirán escandalizados. "No es lo mismo un dictador, que un revolucionario", gritarán indignados. No. Son dos formas distintas de violencia. Pero ambas dos son violencia. Nadie dio permiso a los militares para secuestrar, asesinar, torturar a centenares de personas. Ello es tan evidente, que no está sometido a discusión, y no puede quedar impune. Sin embargo, ¿por qué es tan difícil afirmar que tampoco, nadie dio permiso a un grupo de iluminados para que se fueran a las montañas, mataran a decenas de personas y crearan un clima de terror?

    Mi amigo Iván me cuenta cómo aprendió, de niño, a tirarse al suelo, cuando jugaba en la calle y aparecía, por la esquina, una furgoneta negra. Ese clima de terror en nombre de una revolución, cuya ideología era totalitaria, ¿quién tuvo el permiso de crearlo? ¿Quién les dio permiso a los Firmenich para decidir la muerte de padres, hijos, maridos de decenas de argentinos? Y, si ello es así, ¿cómo puede construirse el futuro sobre una parte de la memoria trágica ignorando, ninguneando, despreciando a la otra? ¿Cómo pueden quedar impunes los "otros" crímenes, los "otros" culpables?

    "Sólo queremos que nuestras víctimas existan como víctimas." Sólo un rincón en la memoria. Victoria Villaruel preside el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas y, hoy por hoy, su lucha es casi clandestina. Por no tener, no tiene ni derecho a visita oficial, señalada como apestada por una dirigencia que ha decidido reescribir la historia con renglones torcidos. ¿Su culpa? Recordar que, más allá de las víctimas caídas bajo la maldad tiránica, existieron víctimas caídas bajo la maldad revolucionaria. Y ese recuerdo es, según parece, un anatema, quizá porque determinada izquierda ha impuesto la inmoralidad de la doble moral. Una forma de mentir sobre la Historia.

    Hay víctimas, pues, en esta Argentina que tanto habla de víctimas, que no tienen quién les escriba. Pero están ahí, sin ojos, sin manos, sin recuerdos, sin palabras. Están ahí, y sus silencios pesan como si fueran gritos.

    La Nación. Buenos Aires

  • Ideology and the Economy

    Julio92x93Ideology and the Economy By Julio Shiling

    Ideology is a belief system held together by a composition of ideas, assumptions, prejudices and inclinations that formulate thought and action. Indispensable in contouring ideology are one's view of human nature and assessment of reality. These "views", while often mitigated by circumstances, always in the end reveal themselves. President Bush and Senator Kerry are two extreme polars, within American politics, in the ideological map. An insightful example of the dissimilitude is their comprehension of the concept of liberty.

    The President and the GOP hold a steadfast belief in liberty as an absence of constraint, which is the notions generalized widespread acceptance. It is natural, Providential and draws it's legitimacy from God. This concept of freedom is aligned with the interpretation given by the American Creed.

    Senator Kerry and the Democratic leadership side ideologically with the Jean Jacques Rousseau –version of freedom. This conceptual variant is conventional, relativist and draws its legitimacy from contract theory. Supremacy is placed on the collective over the individual. An elite group "lead" and solve for the "general will."

    In the realm of economic principles, President Bush and Senator Kerry evidence their wide contrast of ideological underpinnings. Politics is irreconcilably undivorcible from economics. And ideology is crucial in charting economic policy.

    A consensus exists and an economy, when it is loaded less, functions better. The Reagan Revolution made believers, of many who doubted in the linkage between private property, markets, being free and the efficacy of such a system .An economy's main encumbrances are taxes, regulation, tariffs, and government spending. A candidate's attitude toward these four factors will have portentous reprecussions.

    Consistent with modern Republican ethos, President Bush firmly believes that government should take as little money as possible from people and firms, because they can do with their resources more than the government can. When taxes are lowered, empirical data has historically been consistent in proving that, the economy grows and, henceforth, government revenues also grow. This displays a belief in individuals and their ability to make the right choices.

    While Bush's war to lower taxes has demonstrated a level of ideological consistency, so has John Kerry. Espousing a much larger role for the government in his twenty year career as a senator, it constitutes a solid propensity to support having government take more money from workers and businesses to make choices for society as a whole. The Massachusetts Senator has supported tax increases, 98 times. Senator Kerry has also supported, specifically, raising gasoline taxes (11 times), and Social Security taxes (8 times) He has opposed tax relief for married couples (22 times) and increasing child tax credits (18 times).In fact, accumulatively, John Kerry has voted against proposed tax cuts on 126 different occasions. This undeviating belief in the power of the state to remedy society's problems, after first appropriating their resources, elucidates the ideological essence of the Democratic Candidate. This elitist approach to economic policy is not new, although it has been modified since many in politics realized the relationship between raising taxes and losing elections. The Kerry proposition to tax increase individuals making over $200,000 fails to correlate the disincentive to produce and the macro-costs borne by all, particularly those seeking jobs. This increased taxation, will have a sombering, effect on the economy ,since most are small businesses' whose owners pay individual taxes through Subchapter S Corporations, and who produce 90% of today's new jobs.

    Regulatory burden, another fetter to the economy, has been downgraded 75% by the current Administration. The cost of Federal mandates is calculated at $15,000 per family yearly. The 75,000 pages of mandated Federal regulations would, by Senator Kerry's own admission, increase if a new administration were to reside at the White House.

    Tariffs, the artificial pricing-up of imported goods, have an all injuring effect on the economy and society. First, inflation is induced given the irrelevancy between pricing, quality and availability made possible by the artificial foreign product price mark-up. Second, it hurts consumers directly by lessening their purchasing power. Industries that produce what people are no longer interested in buying are subsidized by society. Third, productivity is laxed, given the elimination of competition that serves to make every worker, entrepreneur and business executive more conscious of providing better services and products,at better prices. Enforcing free trade agreements with 12 nations and negotiating with 10 more to similarly trade without barriers, the Bush Administration espouses free and fair trade. The object of free and fair trade is, to both, offer a worldwide market for American goods and services and allow the entry of products at lower costs to benefit American consumers. Not all would agree on the remedy. Senator Kerry is one.

    The candidate of the Democratic Party has expressed his hostility to free trade and made lucid his opposition to the pending Free Trade Agreement for the Americas initiative and the Central American Free Trade Agreement. Again, the opposing ideologies render this issue a polemic question. The insulation of a few businesses and industries from the rigors of the public's demands and choices is reactionary. Progress requires that those sectors that no longer produce to the likes of those that purchase face their judgment. Senator Kerry, here again, would rather let the verdict lie, not with the people, but with government, who severely limit choices, that cost American society, at large, a hefty premium.

    Government spending is the fourth economic drag. By competing for the country's wealth with the private sector, government lessons productive economic activity. Interest rates are another casualty of overzealous government expenditures. The less capital there is, the higher its cost. While the Bush Administration has significantly increased spending and would appear contradictory towards its conservative ideological premise, the obligatory response to terrorist aggression compelling the initiation of war aboard, and, domestically, establishing the apparatus to protect the nation, forced the President's hand in spending. The smartly-timed tax cuts, however, permitted economic expansion which counterbalanced the long-term detrimental effects of augmented government expenses.

    The forced question is, would a Democratic president, given the underlining philosophical propensity of Democrats to have government tax and spend with greater folly, have been more prudent fiscally in time of war. It would likely appear not, and safe to guess quite the opposite. The Democratic Candidate's campaign pledge to increase the taxes on .those who are producing the most jobs, will dampen economic expansion and allow the impact of a bloated government budget to do its damage.

    The report card on Bush's economic agenda is as follows:

    - In the last 12 months the economy grew 4.8 % ( 20 year record)

    - Since late 2001, economic growth has averaged 3.4%

    - Inflation and interest rates are historically low.

    - Unemployment rate of 5.4 % (30 year record)

    - 3.4 million payroll and non-payroll new jobs (Bureau of Labor Statistic's Household Survey.)

    - A deficit of 3.6 % of the economy (consistent with 50 of the last 54 years)

    - The lowest "misery" index in 39 years

  • ¿De quién colgarán los cuadros?

    shelyn¿De quién colgarán los cuadros? por Shelyn Rojas

    Natural de Cuba. Es una periodista independiente.

    En el 1959 la mayoría de los religiosos de la isla cambiaron los cuadros del Sagrado Corazón de Jesús por los del líder rebelde joven, barbudo y vestido de verde. Este sería el vaticinador a adorar a partir de ese momento. Algunos pedían perdón y escondían las imágenes sagradas que los comprometían. Otros fueron perseguidos por defender su fe. Terminaron presos o en el exilio.

    Décadas después, en 1991, el líder rebelde dio "riendas sueltas' a los religiosos y hasta los admitió en el Partido.

    Tales riendas no serían tan sueltas. De una forma u otra debían estar afiliados al gobierno. De no estar de acuerdo, serían perseguidos como los primeros creyentes. La diferencia estaba en que ya se podía tocar un tambor a Yemayá o sacrificar animales a algún santo africano. Claro, siempre con el consentimiento del poder absoluto.

    Los católicos no tuvieron esa oportunidad. No pudieron celebrar la Navidad ni peregrinar con la imagen de la Virgen por las calles hasta después de la visita del Papa Juan Pablo II. Un acontecimiento que nunca olvidaré. Fue en la plaza de José Martí, la antigua Ermita de los Catalanes. El día de la misa del Santo Padre se escucharon gritos de libertad.
    Y así la isla fue evolucionando con respecto a la religión.

    Una de las creencias más escondidas practicadas en la Isla ha sido la de los seguidores de Buda. Gracias al comercio con los chinos, ¿podrán las instituciones Budistas darse a la luz? No sé. Los comunistas chinos hostigan lo mismo a budistas, cristianos que a seguidores de Falung Gong.

    Aquellos que traicionaron a sus avatares y a su fe, no pensaron al hacerlo, que sólo eterno es, llámenlo como lo llamen, Dios.

    Pregunto a aquellos que abandonaron su fe: ¿De quién colgarán los cuadros dentro de unos años?

    www.religionrevolucion.blogspot.com

  • Niñez de Martí

    rosaelenorNiñez de Martí por Rosa L. Whitmarsh

    Nativa de Cuba. Es columnista del Diario Las Américas, comentarista de Radio y Televisión Martí y profesora del Miami Dade Collage (Miami, FL. EE. UU.). Ha ejercido la pedagogía en Vassar Collage (Poughkeepsie, NY) y la Universidad Anahuac (México, D.F.). Tiene un Doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana (La Habana, Cuba).

     

    Vino desde la tierra a ascender sobre el musgoverde
    e inexpugnable por la ley del decreto;
    en tierra colorada yacía su provincia;
    el faro de la costa, luciérnaga abrigaba.

    Dulcemente sus juegos con la lluvia trenzaba
    y en charcos sus juguetes de lodo los llenaba;
    aspiraba el pequeño el latido del aire.
    ¡Qué impulso señalaba su reloj en la arena!

    No eran horas de tedio las de serios reproches,
    cuidar a sus hermanas o escuchar los sinsontes.
    Las noches bien oscuras con sus grillos cantores
    entonaban secretos sones reproductores
    y el oleaje que ronca soslayaba la calma.

    ******
    El chiquillo delgado es hábil en canicas
    y ayuda en las aguadas con su fuerza de hombre;
    el padre no se halla al tanto de esas cosas
    que afanan al pequeño responsable de todo,
    cual hombre entre otros hombres.

    El niñito José se crece con Mendive,
    de sus labios recibe el alma de la Patria:
    lecciones superiores de hondo contenido;
    Mendive se percata de una rara tristeza
    y alerta le da un giro, un tono, una esperanza,
    al alma de ese niño al que el peligro asecha.
    ¡El niño está salvado! ¡Como que tiende el ala
    germinal al espacio, al ramaje distinto!

    ******
    ¡Qué comparsa de negros
    en alba de estertores
    pasó por sus sentidos
    de origen españoles!

    ¡Qué comparsas de albahaca
    perfumaron los sones
    incipientes, cubanos,
    criollos, pre-danzones!

    ¡Qué acentos aspirados
    en eses diluidas
    por las calles polvosas
    intramuros sonaron!

    ******
    De barcos bergantines
    ululan las sirenas;
    los sacos almacenan
    el azúcar de Guines.

    Hay olores a puerto, a calesa y botines,
    a chaqué, mariposa, brea ,candil, oliva,
    *******
    La barquita de Regla pone remos al agua;
    la familia de Pepe fue a pasear un domingo;
    el pitazo de un buque a ultramar lo dirige.

    Por la calle Empedrado, por Muralla, Galeano,
    (si Luis con e)
    pasea con su padre;
    conoce de profundis los linderos del Príncipe.
    Tampocos son ajenos
    el Torreón de San Lázaro, la estación de los trenes,
    la calle de la Infanta, el Paseo del rey Carlos
    Tercero; transitable, convertido en calzada
    de madera,
    que cubre los lodos infernales.

    **********
    Asomarse a los muelles,
    ver despegar los barcos;
    separar los acentos
    del bozal y del blanco,
    el hispano del criollo,
    y ¡elegir el cubano!

    *******
    Es la niñez del niño
    de la calle de Paula;
    allí nació ese niño
    con número de cábala,
    de La Habana en su entraña.

    *****
    Se aseaba en la jofaina y su lecho era seco;
    los frutos de la tierra comía desde niño:
    guanábana, mango, anón y mamoncillo.
    Su madre cocinaba calabaza amarilla
    y garbanzo y fabada.
    Y el Día de los Fieles Difuntos respetaba.

    *******
    Así surgió el criollo: de Yara y sus principios,
    la tierra, el aire limpio
    del puerto y los corales
    de la costa cercana;
    del pensar del Maestro;
    de ese viaje al Hanábana,
    al palmar, las veredas, al plantío,
    la sabana de caña, la décima guajira,
    la dimensión de Patria:
    ese viaje toral al ombligo de Cuba;
    ¡ ese viaje al Hanábana!

    ******
    La sangre destilada en la triste cantera
    la sabe necesaria.Le da una nueva vida
    saber que hay que romper
    las cadenas de España.

    *********
    Ya no hay negro ni blanco ! tan solo hay cubanía!
    el pitazo de un barco lo traslada de puerto
    y Cadiz lo recibe ventoso . A él , transformado.
    Terminó el primer ciclo, del musgo a la palmera;
    ! los sinsontes de Cuba desde el alba lo esperan!

  • La Libertad de Expresión Robada

    raulromanmotassmallLa Libertad de Expresión Robada por Raúl Ramon Mota

    Nacido en Cuba. Licenciado en geografía de la Universidad de La Habana. Ha ejercido como meteorólogo en el Instituto de Meteorología de La Habana y en la Facultad de Geografía de la UNAM (México, D.F.).

    En el de cursar del siglo XX el socialismo marxista, más que cualquier otra dictadura, se constituyó por antonomasia en una gigantesca usurpación. Esta nueva ideología de intenciones redentoras, disfrazada de ciencia pasó a convertirse casi de inmediato en un nuevo orden represivo. Se establecía de hecho el pulso formidable entre su real esencia y la quimera que la férrea censura posibilitaría mantener por varias décadas. En esencia iba a contenderse de nuevo el desafío entre una realidad perceptible adversa y la naturaleza espiritual del hombre, que pretende excluirse de aquella. Los fantasmas del autoritarismo esclavista y feudal pervivirían con el ropaje de los nuevos tiempos, ocultando su real carácter bajo la nueva apariencia ahora denominada marxista y revolucionaria.

    En la dictadura socialista, una única ideología, o mejor, una exclusiva interpretación de ella caprichosamente adaptada a las inclinaciones e intereses de los que mandan es la válida, ya que la autorización de otras ideas conduciría a denunciar, por su mera existencia, la credibilidad del sistema. De manera que reviven las condiciones para que un sólo hombre, cima en la pirámide de la autoridad, usurpe el mérito que demagógicamente dice reconocer en esa entidad colectiva y caprichosamente filtrada llamada pueblo, asumiendo los poderes del estado que diluye y subyuga, usufructuando el patrimonio nacional que luego arruina, alzándose sobre la moral que luego corrompe, desvirtuando la cultura que potencia para que le sirva de turiferario y tergiversando una historia rescrita a tono con el último discurso oficial; en resumen, el líder pasa a monopolizar esa abarcadora entidad emotiva engarzada con la historia nacional conocida con el nombre de patria. Para lograr tamaña autocracia no hay mejor medida que suprimir uno de los derechos más preciados del hombre, que es su libertad de expresión. La supresión de este derecho, en proporciones nunca vistas en la historia moderna, fue el arma formidable del socialismo marxista o comunismo; facilitó su triunfo pero también fue la burbuja de luz atrapada que a manera de bomba de tiempo lo demolería definitivamente en su momento preciso. El pretexto para cometer este crimen histórico fue el de creerse y hacer creer, a fuerza de alimentar el fanatismo de los abajo y de aprovechar esta ocasión excepcional para ejercer el mando inimputable de los de arriba, que se establecería, al fin, la felicidad e igualdad definitivas sobre la tierra. Bajo tales prerrogativas, la eliminación del enemigo en todas sus facetas adquiriría carácter de emergencia: el odio de clases y la intolerancia podrían por consiguiente alcanzar dimensiones dantescas.

    Es ofensiva la negación del derecho al libre discernimiento a ese ser humano al que se dice cuidar y educar con determinación revolucionaria. No puede ser bueno lo que gobierna imponiendo una bondad que se machaca en el alerta de cada día, porque la bondad, como cualquier virtud que se dispense auténticamente, arrastra consigo el riesgo del cuestionamiento y la ingratitud, preferibles en condiciones de libertad a la hipocresía o el rebañismo rutinario de las dictaduras. Humilla tener que vivir en asfixia de libertad por los tabúes con que una sociedad autoproclamada modelo descalifica la sinceridad de la persona. El hecho de impartir una instrucción obligatoria debe ser para intentar formar hombres cultos, cuestionadores y de criterio independiente que no sientan temor a expresar lo que piensen y sin que el ejercicio de este acto natural se convierta en una osadía o en un arte de malabarismo verbal.

    En Cuba la opresión al pensamiento libre se ha pretendido compensar con mano más blanda en la licencia al libertinaje en las costumbres y relaciones interpersonales. Aunque a partir de los ochentas se evitó el aislamiento extremo de la Corea Zutche del camarada Kim o de la Albania de Hoxha, las alucinaciones productivas de la China de Mao o el terror fantasmagórico de la Kampuchea de Pol Pot --las cuales operaron bajo un insolente culto a la personalidad, para mencionar sólo algunos de los experimentos totalitarios coexistentes con el cubano--, no se pudo en cambio evitar que Cuba sea considerada por muchos, por su perdurabilidad faraónica, una especie de vivero ideológico congelado en el tiempo material de medio siglo atrás, para advertencia de unos, nostalgia de otros y escarmiento para los nativos.

    Pero llegado el caso, a la orden del Jefe, lo mismo se puede agredir, humillar o fusilar, dado el caso, al enemigo externo o interno, que festejar singulares proezas de alguna de las numerosas victorias sacadas de la lista de espera de las efemérides revolucionarias. De fondo, sirva la escenografía de un país económicamente aniquilado, desquiciado emocionalmente por la empecinada dirección de un orquestador de pasiones que sintoniza, según sus intereses mesiánicos y con todo el poder de su talento, su experiencia brutal y el dominio absoluto que ejerce sobre los medios informativos y represivos, el estado anímico y disposición de su rebaño.

    La glásnost (transparencia) resultó ser ese haz de luz que cegó y deshizo al imperio colectivista de la ex Unión Soviética, madre patria del socialismo real del siglo XX, al que el gobierno de Cuba se suscribió aportando una de las variantes más despilfarradoras e ineficientes. Por primera vez, la alta dirigencia soviética, en un arranque de necesitada renovación, audacia y romanticismo se dejó cuestionar. Se arrancó la mordaza de unos labios que se suponían completamente domesticados. Pero luego del júbilo inicial por la liberación, llegó la confusión que acabó colapsándola ante la evidencia de una realidad hasta entonces reprimida. El escrutinio alcanzó los tétricos archivos de la época fundacional de Lenin y del incompasivo período estalinista, en los que la gloria y el crimen solían mimetizar sus contenidos. Por fin cada cual podía hablar sin tapujos sobre su propia experiencia o de lo que realmente creía, y se comenzó a oír con actitud diferente muchas cosas de las que antes apenas se sabía o se permitía saber, o sobre las que se había mentido acorde al estilo de inquisición proletaria por tantos años padecida. El gran país cayó, fulminado y confuso, desmembrado por la deserción natural de comarcas que nunca debieron pertenecerle. Era el hasta entonces inconcebible fin, a pesar de su temible maquinaria de guerra, con sus aviones, tanques y naves espaciales, de su experimentado y fanático aparato inquisitorial, a pesar de sus universidades y científicos, o de su historia falseada, o de sus ajedrecistas y deportistas famosos. También relucían ahora al sol la fea cara de las cárceles con sus borrachos, criminales y con su gente honrada, y de los manicomios, con sus locos y disidentes. No pudo el país soportar condiciones de libertad nunca antes experimentadas. La claridad momentánea desconcierta para quien ha vivido mucho tiempo en tinieblas y luego asusta verse a la luz las entrañas alimentadas por décadas de falsa apología, triunfos eternizados y reiteradas campañas de indignación o jubileo. Es que no han hecho bien, a no ser retardar a dolor y sangre el curso predestinado de la historia, las montañas de libros doctrinales concebidos con la torcida vocación redentora del odio y la exclusión.

    La colectividad socialista, con sus todopoderosos cabecillas de masas resultó a su pesar, como todo poder opresivo, altamente desvirtuadora. Decenas de millones de muertos y represaliados a nivel mundial, generaciones enteras desorientadas por el desconocimiento real de lo que acaecía al otro lado del muro, sentenciados a ser víctimas de vidas mañosamente trabajadas por la astucia y poder de los que mandan, predestinados a constituirse en beneficiarios de una instrucción recibida a cambio de incondicionalidad y omisiones vergonzosas y a ser herederos de una penuria que se va haciendo más aguda en la medida en que se esquilma el patrimonio creado por el pasado que se dice aborrecer, forma parte también del saldo forzoso que ocasionan los que se aferran a su mando inimputable.

  • El Virtuoso Navegador

    Julio92x93El Virtuoso Navegador por Julio M. Shiling

    En EE. UU. febrero no es sólo del amor es el mes, también es el de los presidentes. En febrero cumplen años Washington (día 22), Lincoln (el 12) y Reagan (día 6). Tradicionalmente, en febrero se honra colectivamente al primer ejecutivo de la nación estadounidense reservándose un día para agasajar la importante institución. Si bien en una democracia funcional el respeto hacia el presidente es práctica loable. No dejaría de ser decoroso reservar el vasallaje más caluroso, para quienes con más decoro han servido a su Patria.

    Como político sabio que era, Abraham Lincoln reiteró que su principal papel era "preservar la Unión". Sin embargo, su postura antiesclavista, enraizada moralmente, era bien conocida y sus enemigos la reiteraron insistentemente al electorado, como algo peligroso. El hecho de que "quería llevar el país a la guerra" formó parte de la diatriba electoral que causó que el más grande de los presidentes, adquiriera la presidencia trabajosamente. En su partido ganó en la tercer boleta. Obtuvo una minoría del voto popular, gracias a que la votación, convenientemente, se repartió entre cuatro candidatos. Su administración, rebosante de facciones, demostraba poca compatibilidad con los propósitos explícitos de ganarles a los insurrectos.

    La Guerra Civil la iba perdiendo después de dos años adentrados en el conflicto que más vidas norteamericanas tomó. Sorpresivamente, en un campo insignificante en Pennsylvania llamado Gettysburg, el ejército pro esclavismo, olfateando ya la capital (Washington), sufrió la derrota que cambió el rumbo de la conflagración. Permutó su fatídica oficialidad militar y anunció dentro de su gabinete una votación secreta para decidir sobre si aclamar, formalmente, la libertad de los esclavos a través del territorio nacional. La votación rindió sólo un voto a favor de tan audaz decreto. El voto afirmativo fue el de Lincoln. La Proclamación de Emancipación fue firmada. La esclavitud fue abolida, la guerra ganada y la nación preservada.

    Después de 115 años, la ciudadanía norteamericana le otorgó las riendas presidenciales a un ex izquierdista, actor, sindicalista, empresario y gobernador llamado Ronald Reagan. Justo a tiempo. El comunismo internacional llevaba una fenomenal racha subvirtiendo el planeta. Sólo entre 1974 y 1980, nueve países cayeron. La Doctrina Truman y su principio defensivo, estaban demostrando su insuficiencia. Reagan implementó su propia tesis doctrinal. El "imperio del mal" pasó a ser combatido, no meramente contenido. "Guerrerista" fue apodado por los aludidos.

    Con tres Directivas de Decisiones de Seguridad Nacional (NSDD Nos. 32, 66, 75), la Doctrina Reagan quedó codificada. Su implementación materializó la implosión del comunismo soviético y sus colonias europeas. Además, causó un realineamiento ideológico en el ámbito político internacional, donde la importancia del mercado libre, la propiedad privada y los gobiernos limitados han quedado cementadas. Que el infame Muro de Berlín se haya desmoronado, sin embargo, no quiso decir que el veneno de ideologías radicales haya mermado su toxicidad.

    La ira despiadada del islamismo radical, marcó su más abominable acción cuando otro amante de sombreros vaqueros ocupaba la Casa Blanca. Cosas se esperaban de George W. Bush cuando fue elegido en medio de la controversia de boletas caídas y un acertado Tribunal Supremo. Pero nada comparado con todo lo que ha logrado bajo su reloj presidencial. Hoy, a pesar de las salvajes críticas, parece increíble que este tejano haya podido superar exitosamente una heredada recesión, un feroz ataque extranjero, liderado una guerra (Guerra Contra el Terror) con múltiples frentes, promovido la democratización doctrinal y, literal y simultáneamente, producir una de las más impresionantes economías de la historia. Aunque ningún otro ataque monstruoso se ha repetido ni una sola vez, los que profanamente reprochan a Bush jamás vincularán la empírica causa y efecto de las medidas tomadas por él.

    Algunos políticos creen que el papel del primer ejecutivo de una nación es representar el "sentimiento" del electorado. Otros consideran que el ser "líder" requiere "liderar", no "seguir". Y esto, invariablemente, obliga la adopción de posturas "in-populares". Pero la presidencia no debe ser un concurso de popularidad. Las impetuosas mareas de la incomprensión y mezquindad al navegador virtuoso con brújula buena, no debe detener su paso.

    Lincoln, Reagan y Bush II, todos, enfrentaron oprobiosas amenazas a la seguridad nacional. Las amonestaciones electorales nunca lograron que el pulso se debilitara al poner la firma capacitando acciones "polémicas" tal vez, pero imprescindiblemente necesarias, para preservar la libertad. Los que creemos en la Divina Providencia no nos cabe duda del exquisito valor de llevar a Dios como brújula. También conocemos de la lucha entre el bien y el mal. Gracias al Todopoderoso que estos hombres reconocieron igualmente esa lucha al tenerla delante. Gracias también porque aguardaban esa, la más valiosa de las brújulas, y que no escatimaron enfrentarse al malvado enemigo.

    La historia ha desmostado que Lincoln y Reagan tuvieron la razón. Lo mismo hará con Bush II. ¿Y de sus detractores? Bueno, a ellos nadie los recuerda.

     

     

  • Argentina: Nación Sitiada

    Julio92x93Argentina: Nación Sitiada por Julio M. Shiling

    Cuándo Ana María González visitó la casa de su amiga María Graciela Cardozo, para situar en la cama del padre de su compañera de colegio la bomba que horas después volaría los sesos del jefe de la policía de Buenos Aires ¿se imaginaba que aún faltarían 27 años más antes de alcanzar el poder? El horrible asesinato cometido por la adolescente montonera ese 16 de junio de 1976, tipificó la violencia indiscriminada desatada para promover la premisa marxista de la lucha de clases que, formalmente, se había iniciado en ese momento.

    Hoy, 3 años después de las elecciones del 2003 y 48 desde que John William Cooke, activista de ideas hibridas nacionalistas-marxistas-leninistas, diera comienzo en septiembre de 1955 a la "Resistencia Peronista", la guerra por implantar el comunismo en la patria de San Martín, vemos a la república Argentina cada vez más encaminada a su esterilización como sociedad libre.

    Antes de entrar en el examen de lo transcurrido y la presidencia de Néstor Kirchner en Argentina, es obligatorio un recuento de los hechos para ver cómo ocurrieron y las ideas que sostienen esa trayectoria que hoy goza del apogeo oficialista.

    Discutir los méritos del marxismo como concepto abstracto, no es el propósito de éste artículo, sin embargo, un entendimiento básico del mismo es fundamental para comprender el proceso que ha vivido y vive la Argentina (y otros lugares). El marxismo, como el nacional socialismo (nazismo), son ideologías deterministas. Ven el desarrollo del mundo como seguimiento a unas "leyes" que se manifiesta por medio de "luchas". El nazismo interpreta unas supuestas "leyes de naturaleza" que se materializan en una "lucha de razas". Para el marxismo, todo sigue "leyes de la historia" que se despliegan en una "lucha de clases".

    Los adeptos a estas doctrinas se consideran agentes encargados de asistir a estos "procesos", traducidos por ellos como inmutables. De ahí que los nazistas utilizan la práctica de eliminar al no-ario como colaboración meritoria con la naturaleza. Los comunistas también abrazan la ejercitación del exterminio, en este caso de clases (social, política, religiosa, cultura o ideológica), como prerrequisito para, junto a la alteración en las relaciones de producción, alcanzar el final de la "alienación", el puerto utópico de la barca marxista y construir el "hombre nuevo".

    Marx, expresó virulentamente la necesidad de fusionar la violencia con toda acción revolucionaria. Su desprecio por el pacifismo es connotado. La lucha armada revolucionaria con la intención de derrocar sistemas capitalistas violentamente, no solo era consecuente con las ideas de Marx, sino eran necesarias. Y los argentinos que creyeron y lucharon por implantar el paradigma comunista, no cometieron una herejía con esa seudo-religión que es el marxismo. Fueron fieles a la metodología que prescribió su fundador.

    La lucha para convertir a la Argentina en una república socialista (no confundirse con Democracia Social) ha tenido seis periodos. Los actores fueron una amalgama de movimientos marxistas-leninistas que, aunque a veces evidenciaban antagonismos entre sus fracciones, todos conspiraban a favor de la conversión de Argentina en una estado comunista. Al final, terminaron reconstituyéndose o fusionándose en dos: el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros. La primera etapa (1955-1968) consistió, principalmente, en focos de guerrillas rurales en escenario notorios del país como las provincias de Tucumán, Salto y otras áreas montañosas. La gesta subversiva armada fue infructuosa en su acción de llevar a cabo alguna victoria contundente.

    La segunda etapa, de 1969 a 1972, marcó una intensificación en la guerra marxista al incorporar a la insurgencia las guerrillas urbanas. Esta inclusión masiva de las ciudades elevó el nivel de la contienda beligerante. El secuestro, la tortura y el asesinato en mayo del 1970 del ex presidente Pedro Aramburu por los Montoneros, dio aviso de la llegada de una sangrienta década que se avecinaba a la Argentina. Los notables esfuerzos de las fuerzas de seguridad por frenar la ofensiva subversiva originó el establecimiento de un marco jurídico para combatir a los comunistas, como fue la Cámara Federal de Penal. Este instrumento legal sirvió para procesar y condenar a más de 2,000 terroristas.

    El retorno de la democracia en mayo de 1973 marcó el comienzo del tercer periodo (1973-1976) de la guerra comunista por el poder estatal argentino. Teóricamente, la democracia, como sistema político, es un acérrimo enemigo de esquemas doctrinales como el marxismo-leninismo, que emplea el totalitarismo como modo operativo. Sin embargo, la voluntad de destruir la embestida comunista por parte del nuevo presidente, Héctor Cámpora, parece no haber estado presente. El primer acto oficial del recién estrenado mandatario fue derogar la Cámara Federal Penal. Este ataque frontal al mecanismo legal para enfrentar al terrorismo y la posterior amnistía a todos los terroristas que habían sido condenados, vitalizó los movimientos antisistemas. Cámpora también desmanteló el Tribunal Supremo y entregó la Universidad de Buenos Aires en capacidad de interventor virtual, al connotado comunista Rodolfo Puiggros (luego convertido en líder montonero). La subversión estaba galvanizada.

    Los asesinatos, secuestros, atentados dinamiteros, ataques a guarniciones, bancos, etc., alcanzaron niveles inauditos. El 13 de julio, Cámpora renuncia (algo que muchos esperaban y consideraban su gesta presidencial como una premeditado preludio para el retorno de Juan Domingo Perón al poder). Nuevas elecciones fueron convocadas para septiembre que Perón ganó con 61% del voto. Tomando en cuenta la raíz peronista del movimiento montonero, Perón (y muchos de los que votaron por él) pensaron que el movimiento subversivo encontraría, en el mentor, un bálsamo para el apaciguamiento. Perón, al igual que Cámpora antes que él, subestimó el apetito de los que estaban comprometidos con el establecer, nada menos, que un orden marxista en la Argentina. Todo esfuerzo de cooptar la subversión (y fueron muchos) resultaron infructuosos. El gran mariscal del estatismo argentino, Juan Domingo Perón, fue abandonado por esos que surgiendo de sus filas fascistas-socialistas, encontraron en el comunismo, un variante del socialismo más apetecible. El caudillo no hizo su ira callar.

    La respuesta de Perón a la guerra subversiva marxista fue la Triple A. Esta organización, operando en la ilegalidad y de forma clandestina, empezó la campaña furtiva de penetrar células subversivas marxistas y neutralizar a sus integrantes. Con sólo nueve meses en el poder, Perón falleció, muy lejos de haber aminorado o, mucho menos, aniquilado a sus nuevos enemigos, antiguos discípulos. Quedó su esposa, Isabel Martínez de Perón, de presidenta.

    La presidencia de Isabel se inicia con mucha agresividad en la lucha contra la guerra revolucionaria que mantiene en este tercer periodo que culmina en 1976 con un golpe militar. Comenzando 1975 fue autorizado el Operativo Independencia (decreto secreto No.261), una campaña otorgando poderes amplios al ejército argentino para combatir la guerrilla comunista en Tucumán, provincia fuertemente abatida por el ERP y amenazada con convertirse en "zona liberada".

    La despiadada crueldad que ejercían los marxistas en la guerra fue tipificada con el hallazgo, en 1975, del cuerpo del Teniente Coronel Larrabure, secuestrado por más de un año, confinado a una fosa llamada "cárceles del pueblo", cavada debajo de una casa Larrabure. Había perdido cuarenta kilos de peso durante su cautiverio y su cadáver demostraba una contusión rectangular en forma de un martillo, en el cuello tenía un surco de estrangulamiento por torsión hacia atrás y, en los órganos genitales, congestiva inflamatoria, similar a la provocada por descargas eléctricas. El terror y la indignación nacional ante la barbarie roja, alcanzó proporciones desenfrenadas.

    Pese al esfuerzo del gobierno de Isabel Perón por frenar la avanzada subversiva, en adición al Operativo Independencia y el decreto No. 2772 de octubre de 1975 dando mayores facultades a las fuerzas armadas para lidiar con la insurgencia, el caos no parecía debilitarse. El hecho es que las autoridades argentinas, después del decreto de Cámpora derogando la Cámara Federal Penal y la ley de amnistías indultando a más de 2,000 terroristas, nunca recobraron el terreno ganando a los guerreros comunistas. No es casualidad que más del 52% de los actos terroristas y el 70% de los asesinatos fueron llevados a cabo durante democracias, entre 1973 y 1976.

    El cuarto periodo (1976-1979) de la guerra se desprende a partir del golpe militar de marzo de 1976. Se le llamó "golpe militar" por la ascendencia al ejecutivo del estado argentino de la junta militar presidida por Jorge Videla, Massera, et al., y la manera no-democrática de llegar al mismo. Pero en realidad fue, más bien, un golpe cívico-militar, ya que había el reclamo popular por la acción pretoriana interventora y tenía el amplio respaldo de la mayor parte de la rama legislativa multipartidista y judicial de la nación argentina. La sociedad civil abrumadoramente, reforzó moralmente y con generoso entusiasmo, la acción castrense. Esto incluye a personalidades de la izquierda como Jacobo Timmermann, Ernesto Sábato, etc., con este último rindiendo impresionantes loas al "libertador" Videla. De haberse realizado elecciones libres en ese momento ante la crisis existente, con gran probabilidad, hubiera obtenido tal vez la mayoría más decisiva en la historia de las elecciones argentinas.

    La misión de la junta militar de 1976 fue la de neutralizar la ofensiva marxista, sus acciones terroristas, y poner fin al proyecto de establecer una república comunista en América del Sur. Su preocupación no fue ganar concursos de popularidad y eso fue, indudablemente, un gran error estratégico. El reto que enfrentaban fue enorme. En ese momento, los combatientes marxistas representaban la fuerza insurreccional más grande en el hemisferio occidental. Su modo no-convencional de desarrollar una guerra de guerrillas, rural y urbana, dificultaba la tarea de combatirlos. No obstante la ferocidad y el poder de la ERP, los Montoneros, la tiranía castrocomunista, el comunismo internacional, la izquierda radical y sus respectivos simpatizantes, las fuerzas de seguridad argentinas ganaron, en tres años, la contienda bélica, y restablecieron el orden.

    La lucha marxista-leninista por el poder, con su empleomanía del terror armado, se llevó a cabo entre 1955 y 1979. Su costo a la sociedad argentina fue enorme. Esta atroz guerra para imponer un sistema sobre la mayoría, por una minoría, elitista y fanática, que obedecía a una ideología radical, atea e intolerante, colectivizó el luto y el caos. ¡Solo entre 1969 y 1979 hubo 21,642 actos terroristas ejecutados por los comunistas! La derrota militar aplastante que sufrieron los combatientes marxistas, llevó a la dirigencia subversiva a cambiar de campo de batalla. La despreocupación del régimen militar por el reclamo de las imágenes y percepciones probó, al final, ser un error colosal que capitalizó el enemigo.

    La quinta etapa (1980-2003) recorre la parte final del mandato castrense. Después de ganar la guerra bélica en 1979, recorre el retorno a la democracia con las presidencias de Raúl Alfonsín, Carlos Menem y concluye con la ascensión al poder del actual mandatario. La cúpula marxista argentina y sus cómplices revolucionarios internacionalistas, no cesaron en sus afanes conspirativos para, en la tierra donde nació Sarmiento, instaurar una dictadura socialista. La metodología para conquistar el poder, cerradas las puertas de la vía armada, resultó ser el terreno de la opinión pública en las capitales del mundo occidental capitalista.

    La guerra roja publicitaria abrazó la premisa difusionista de Hermann Goebbells, Ministro de Propaganda de Hitler, de que repetir una mentira suficientes veces y convertirla en la opinión pública, la convierte en una "verdad". El proyecto fue de convertir a los victimarios en víctimas. La "victimización" se esperaba, generaría una reacción mundial que presionaría a los vencedores de la guerra armada a prescindir del poder. Y establecido el espacio, la tarea usurpadora daría, en territorio nacional, un nuevo ímpetu.

    El tema de los "desaparecidos" resulto una genial componenda, dentro de una instrumentación muy bien elaborada, para facilitar el camino al poder. En léxico político, el acto de "desaparecer" a alguien consiste en la detención y ejecución, sin juicios y extraoficialmente, de un opositor real o imaginario.

    Sí. Incuestionablemente hubo desapariciones en la Argentina. Por supuesto que no los números bombásticos e hiperinflados ofrecidos por sus partidarios. Cifras serias varían entre 4000 y 7706. Tarea complicada por la constante "reaparición" de personas consideradas "desaparecidos" que, sin embargo, estaban viviendo y activos en Europa, América Latina y los ex –países socialistas. Indemnizaciones posteriores a familiares, aseguran que los números nunca ascenderán a proporciones reales.

    La práctica sistemática de detener y ajusticiar combatientes sin revisión jurídica, se llevó a cabo por gobiernos argentinos, democráticos y no-democráticos, durante la década del 70. Esta actividad se recrudeció con la intervención castrense de 1976 y duro hasta 1979. Sin embargo, las desapariciones pre-golpe militar, no parece haberles preocupado mucho. Esto ha sido una omisión estratégica.

    Las autoridades públicas argentinas, empleando la mecanización de aprehender y matar extraoficialmente a las capturadas fuerzas subversivas, pusieron fin a la guerra. La contraofensiva lanzada por el gobierno, y el régimen militar en particular, neutralizó la búsqueda armada del poder por los marxistas. Sus integrantes y simpatizantes abandonaron la vía armada y optaron mecanismos operantes en sociedades abiertas (las mismas que aniquilarían si hubieran llegado al poder).

    El nuevo campo de batalla fue la opinión pública internacional. Nada más fácil que victimizar al que perdió la guerra. No importa si fueron los que la empezaron. La intensa campaña de victimización necesitaba de "víctimas" y "villanos". Los que escaparon al exterior con el comunismo internacional y sus cómplices de la izquierda, coreografiaron espectacularmente la embestida sicológica.

    Como metodología sería obligado descontextualizar la historia. La practica de descontextualizar es una mentira astuta. De esa forma habría un claro "villano". Extirparon, del largo proceso de lucha antisubversiva, el periodo después del golpe militar de 1976, ignorando 21 años previos de constante enfrentamiento bélico a las fuerzas antisistemas. Así se desarrollo la temática de los "desaparecidos". El descarado arte de descontextualizar, de hacer un paréntesis de sólo un tramo de historia y pretender que no tiene vínculos orgánicos, de hacer creer que toda la violencia surgió a partir del golpe castrense y que ellos (los insurgentes) "respondían" a dicho acto, fue posible sólo por la desinformación, la inaptitud por la ignorancia y el acondicionamiento ideológico.

    Maniobrando artificiosamente por canales legales e instituciones legítimas, lograron esquivar la atención de su pasado criminal. Organizaciones serias, particularmente de derechos humanos, engatusadas, canonizaron a grupos que hasta días previos habían cometidos actos de la misma envergadura de la que estaban ahora señalando. El fiasco de las Malvinas retornó a la Argentina a la democracia. Comenzó en ese momento la mutilación del acomodamiento de la legalidad para satisfacer su agenda ideológica.

    La victoria electoral de Raúl Alfonsín, político de la Unión Cívica Radical (UCR) y antiguo abogado de Mario Santucho, notorio terrorista jefe del ERP, extendió la contienda publicitaria a territorio argentino. La finalidad de socializar a la Argentina encontró un comodísimo entorno facilitado por la administración de Alfonsín. La vía de una legalidad parcializada e ideológicamente dirigida, fue puesta en práctica de forma inmediata. El decreto No. 158/83 institucionalizó la descontextualización histórica y jurídica. Esta orden ejecutiva criminalizó lo cometido durante la guerra, mayoritariamente sólo por un bando (las fuerzas públicas) y por un periodo específico (durante el régimen militar). Los 359 desaparecidos de 1975, los 549 del primer semestre de 1976 y todos los cometidos por la Triple A, la banda paramilitar de Perón (Juan D.), no les interesó a los inquisidores partidistas. Era obvio que la lupa oficialista no tendría ni un remoto interés, en indagar sobre las atrocidades incurridas por los ex-combatientes revolucionarios.

    La estrategia de las desapariciones selectivas recibió oficialidad doméstica con el decreto No. 187/83 que estableció la CONADEP, comisión comprometida copiosamente con los propósitos de los ex-insurgentes. Este instrumento lleno de errores, omisiones y falsedades sirvió de base para la "justicia" alfonsinista. Al rato comenzaron los juicios a los militares que pararon la guerra marxista armada.

    El gobierno de Alfonsín obtuvo, para los terroristas marxistas argentinos, sus partidarios y la izquierda radical, impresionantes logros. Ofreciendo el pódium de un régimen democrático, legitimó ante la opinión pública, las quejas de los vencidos subversivos y encubrió sus bárbaros crímenes. Para la mayoría de los argentinos, el empobrecimiento, bajo su mandato, no sólo fue moral y cultural.

    En su afán por socializar al país, Alfonsín casi destruye a la Argentina, al estatizar, para 1985, la mitad de los medios de producción nacionales, derrumbar el crecimiento económico, la productividad, el poder adquisitivo y los salarios reales. Lo que estaba en ascenso eran los precios, la delincuencia, el desempleo real y la inflación. Este último a niveles carnavalescamente bajos, lo que castigó con mayor severidad a los más necesitados. A pesar de las generosas concesiones concedidas por Alfonsín a los marxistas y la inmersión socializadora de su gesta, los conspiradores parecen no haber estado satisfechos.

    Fiel a sus prédicas doctrinales, los comunistas retomaron la ofensiva bélica atacando, en 1989, el regimiento militar en La Tablada. Fue, como campaña militar, desastrosa para los comunistas. Las fuerzas públicas lograron enseguida aplastar el ataque. Defendiendo la nación y repelando el cobarde asalto, murieron más de 10 argentinos, incluyendo el Mayor Fernández Cutiellos, asesinado con un balazo al rostro después de habérsele cortado la lengua y los testículos. Penosamente, antes de concluir la próxima década, los asesinos comunistas estarían caminando libres por las calles.

    La ascensión de Carlos Saúl Menem marcó un obstáculo para los propósitos de lograr una Argentina socialista y montonera. No obstante, la innegable corrupción (problema no-partidista argentino), concesiones empresariales selectivas, gasto público excesivo y acuerdos políticos nublosos, los avances socialistoides en el ámbito político, cultural y legal alcanzados, cortesía de la previa administración, fueron un peso en el retroceso. El esquema cuasi-liberalizador, el acercamiento con los EE.UU., la condena al castrocomunismo en foros públicos y el indulto a los partícipes en la guerra en ambos lados, en busca de una reconciliación nacional, descarriló, momentáneamente, el ímpetu marxista en la Argentina.

    Lamentablemente, los vínculos de Menem con el peronismo y su maquinaria socio-política, las reformas antisitémicas estructurales, incompletas y mediatizadas, atrofiaron el potenciable despegue argentino en los pantanos de la contracultura socialista. Los que vinieron después, no sólo continuaron la incorrecta lectura y mal aplicación del libreto liberal, sino que le ofrecieron a las fuerzas conspiradoras la más grande oportunidad en una década para alcanzar el poder.

    El léxico político se degradó a niveles vergonzosos culpando a potencias extranjeras, sus instituciones y modelo económico, en vez de asumir la ineptitud de los políticos criollos que no supieron administrar la impresionante riqueza adquirida ni controlar el despilfarro público, resurgiendo la premisa de invitar al estado a ampliar su poder, achacando, calumniosamente, a un paradigma teórico que nunca se practicó.

    Rápidamente se movilizaron los movimientos antisistemas para quebrar el orden democrático y desvirtuar la concordia política. La expresión del descontento social fue secuestrada por extremistas que decidieron redefinir "democracia". Fernando De La Rua, con su renuncia, les dio a las turbas y sus secuaces, un nuevo formato para alcanzar el poder. A este, aún el acto de conmutar la sentencia de los atacantes a La Tablada, poco le sirvió para ser perdonado por el imperdonable suceso para la izquierda radical, de condenar al régimen castrista en los procedimientos de los DD.HH. de la ONU, a pesar de tener Cuba la infame “distinción” de ser el país con la mayor cantidad de presos políticos per cápita en el mundo y ser un fiel y consiste practicante de la tortura sistemática.

    Políticos como Eduardo Duhalde, uno de los presidentes interinos, volvió a la inescrupulosa rutina de negarse a depositar el voto argentino en la digna columna de naciones que condenaron a Cuba comunista en la ONU. Sin lugar a dudas, gestos como ese, la excarcelación de connotados terroristas, como Gorriarán Merlo (el acto de cierre del mandato duhaldista) y la extensión del clientelismo ideológico, dejó claro que la locomotora marxista se había encarrilado nuevamente. Así concluyó el quinto periodo de la lucha revolucionaria por el poder argentino.

    La nueva metodología de victimizar a los agresores desvirtuando la historia para así institucionalizar la contracultura (premisa marxista), amparadas por una legalidad partisana (táctica de lucha ejercida por los marxistas argentinos después de su derrota en el campo bélico) encontró, en la ascensión de Néstor Kirchner, su "raison d'etre" y marcó el sexto y actual periodo de la sitiada comunista (2003 - presente).

    Con el 22% del voto popular (el más bajo en Argentina), arribó Kirchner al poder. En un "caballo de Troya" que entró por la puerta de una debilitada democracia e insertó el montonerismo en la cúpula estatal argentina. Lo que no logró las bombas, los asesinatos, los secuestros, las torturas y el terror en general, lo posibilitó la maquiavélica estrategia adoptada al concluir la contienda armada.

    Dos fenómenos de la modernidad han hecho fácil la adquisición del poder por parte de los elementos radicales. El primero, la inclusión de la propiedad privada, amedrentada y cooptada, a la praxis socialista. La segunda, el empleo de la democracia misma, como sistema para arribar al poder. El comunismo es un fin, no un medio. Para alcanzar esa utopía, el modo operativo es implantar el autoritarismo para después, dependiendo en la extremidad de los propósitos, si es necesario, ejercer el totalitarismo. La metamorfosis que ha dado el marxismo al incorporar variantes del capitalismo, i.e., capitalismo concesionario, mercantilismo, etc., tolerando esquemas de propiedad privada para así alistarlo en concepto y práctica, en sus nociones de relaciones de producción (así lo explicó Deng Xiao Peng en 1978 y practicó Lenin en 1921), allanó el camino doctrinalmente para socialistas como Kirchner. Al establecer terrenos grises, la veracidad de las intenciones ha sido más fácil de ocultar. Adicionalmente, la incapacidad del socialismo de resolver las necesidades de sus habitantes, ha engendrado una relación de dependencia irremediable con el capitalismo. Es esta condición de parasitismo empedernido, la que obliga la tolerancia de la propiedad privado aún cuando, dogmáticamente, la desprecia.

    La utilización del foro democrático para llegar a la cúpula gobernante, es el segundo factor. Típicamente encarando dificultad para tomar posesión del gobierno por las armas, el camino por vías democráticas es otro método de adueñarse del Estado. Así lo hizo Hitler y el Nacional Socialismo. Monopolizar el poder es la meta. Los obstáculos son la sociedad civil y la oposición. Sin duda que este proceso de consolidación de poder, cuando la dictadura en formación parte de la democracia, se hace más difícil. Lastimosamente, este fenómeno se esta repitiendo con demasiado frecuencia. Los marxistas en la Argentina, desde el 25 de mayo del 2003, con un ex-montonero presidente gobernando desde la Casa Rosada, están en ese afán.

    La toma de posesión de Kirchner contó con las figuras más predilectas de la izquierda radical. Ahí estaba el tirano-en-jefe Fidel Castro recibiendo la distinción de concretar la más prolongada reunión con el nuevo mandatario. Su discípulo Hugo Chávez también rozó los codos con el homenajeado. Esta cuasi-cumbre de terroristas, dictadores, sus apologistas y papagayos no fue un mero "show" publicitario, como algunos ilusos sugirieron. Kirchner rápidamente demostró la seriedad de sus convicciones.

    Antiguos montoneros desbordaron el gabinete kirchneriano. Rafael Bielsa recibió la Cancillería; Carlos Kunkel se le asignó la Subsecretaría de la Presidencia; Enrique Albistur se le encomendó la Secretaría de Comunicación; Eduardo Sigal fue hecho Subsecretario de Integración Americana; Eduardo L. Duhalde fue nombrado Secretario de Derechos Humanos; Juan Carlos Dante Gullo, asesor presidencial; Jorge Taiana sería nombrado Secretario de Relaciones Exteriores; Patricia Vaca Narvaja recibiría la Secretaría de Defensa del Consumidor; Juan González Gaviola se le asignó el ser interventor del PAMI; Carlos Bettini, embajador en España y, más recientemente, la Ministra de Defensa Garré. Todos ex-montoneros. Con esta composición estructural quedó claro que en este régimen la hegemonía sería montonera.

    Los mecanismos con capacidad de frenar o destruir los proyectos de la nueva administración de ex-subversivos, rápidamente fueron enfrentados. Las Fuerzas Armadas, de inmediato, vieron extirpárseles el mando a 52 altos jefes. Fueron colocados nuevos oficiales con afinidades ideológicas o debilidades oportunistas. Los servicios de inteligencia, necesarios para defender una nación moderna, fueron fatalmente debilitados. Opositores, para los marxistas, no son sólo los reales, sino también los imaginarios y potenciales. Una campaña calumniosa de desprestigio (mayor que las de antes) fue instaurada. Una serie de legalidades, trampas y reinterpretaciones fueron despachadas para suplementar las medidas planadoras.

    Decretos con precedentes establecidos, como la Obediencia Debida y Punto Final, diseñados para sanar las heridas de una guerra difícil, fueron revertidos. La intención era clara, en adición al ánimo vengativo, Kirchner fortaleció el propósito de domesticar a la institución con la mayor posibilidad de bloquear la marcha al despotismo. La intención es el ablandamiento suficiente para que los uniformados respondan, no a la Patria, sino al Partido.

    Propagandísticamente, la contracultura que el montonerismo luchó por institucionalizar, requiere la alienación de las FF AA. La premisa oculta de derogar la prohibición de extraditar oficiales argentinos a terceros países, obedece al claro objetivo de amedrentar las fuerzas castrenses enlistando, por medio de la complicidad internacional, a jueces marxistas dispuestos a enjuiciar extranjeros, , teniendo estos en su propio patio, paradójicamente, como el terroristas para encarcelar como Santiago Carrillo, sujeto que ordenó la masacre de más de 5,000 personas en menos de tres meses, durante la Guerra Civil Española. Este desmembramiento psicológico pretende inculcar el terror dentro del ejército.

    La monopolización del poder requiere de una intolerancia no sólo con opositores, sino también con los disidentes. El estado argentino, al ser el mayor empleador singular, la tarea de castigar, amenazar o premiar juega perfecto con las pretensiones dictatoriales de Kirchner. Un ejemplo fue el despido masivo de aliados de Daniel Scioli, cuando el vicepresidente cuestionó la "seriedad" del nuevo régimen. La expulsión del Dr. Sánchez Herrera, Procurador del Tesoro, por haber representado legalmente al General Juan Bautista Sasiain, es otro ejemplo (el primero perdió el padre y el segundo, la hermana, en actos terroristas). Esto es un descaro olímpico, cuando su ministro nada menos que de la secretaría de derechos humanos, no sólo es un ex-terrorista, sino fue el representante legal de Mario Santucho, asesino fundador (mencionado anteriormente) del ERP, encausado por el secuestro, la tortura y el asesinato de Sallustro, gerente de Fiat.

    La rama judicial es hoy un simple un adorno que el régimen montonero usa para sellar sus deliberaciones internas, enmascarando su poder casi completo. La noción toqueviliana de "separación de poderes" es, en la Argentina actual, un espejismo. Jueces cumpliendo sus funciones pero que no han coincidido con la administración socialista, particularmente en el Tribunal Supremo, por medio de la intimidación o amenaza directa, han renunciado, han sido despedido o cooptados. En su lugar, nuevos jueces, adeptos al fundamentalismo montonero, han sido colocados, listos para repartir "justicia revolucionaria". Este peligrosísimo acontecimiento facilita la solidificación absolutista del régimen kirchneriano, al poder este definir y prescribir lo que es "legal" y "constitucional".

    Con la subordinación de la rama judicial, la práctica de la censura se ha elevado a proporciones alarmantes. Terminología jurídica como "predica golpista", "apología del delito" y "protección del orden constitucional", han sidas adjuntadas a los códigos legales de la Argentina de hoy. Ninguna, si verdaderamente hubiera un sistema judicial competente, sobrevivirían en una genuina democracia.

    Lograda la esterilización de las Fuerzas Armadas y las Cortes, la tarea de desintegrar la sociedad civil se simplificó. Teniendo la capacidad para "legalizar" y reforzar el ostracismo al que promueve y la inhabilitación para revertir la inconstitucionalidad de dicha acción, las libertades elementales han ido desapareciendo. El efecto es el de una censura de terciopelo. La población en masa, quebrada ante la intimidación, desiste de enfrentamientos efectivos y directos contra el régimen kirchneriano. Organizaciones de fachadas, establecidas para dar la imagen de "apoyo popular" y servir de fuerzas de choque para contrarrestar descontento social, son las patrullas ideológicas de los montoneros. Los piqueteros, movimientos radicales y sindicatos cooptados son algunas de las estructuras que sirven de pantalla para el exterior y agentes atemorizadores para el intramuros.

    Medios de información integralmente comprometidos con la oficialidad socialista, se ocupan de lidiar el abatimiento contra la Iglesia y toda denominación no-tercermundista. Propagandistas ligados al gobierno kirchneriano descargan su plomo incesantemente para propagar el descrédito de instituciones que abrazan la creencia en Dios. Emplean todo el peso de la prensa servil buscando enraizar, culturalmente, el ateísmo. Censuran, ridiculizan, aíslan e intimidan para imponer un precio social a la sociedad argentina, por creer y adorar al Ser Supremo. El ateísmo fundamentalista que condiciona el comunismo, prescribe, sin equívoco, dicha proposición. La seudo-religión que es el marxismo hace irreconciliable su coexistencia con una Iglesia vibrante y negada a ser cómplice. Verbitsky, el Goebbells argentino, y tantos otros al servicio del régimen montonero, lo saben muy bien. Por eso, tan despiadadamente, la combaten.

    El agrandamiento explosivo del sector público que se ha llevado a cabo en los últimos tres años, forma parte de la esquematización elaborada para automatizar a la sociedad civil. La estatización de la Argentina es, en su máxima expresión, el arribo a la nirvana del colectivismo. Más poder para el estado viene a la expensa del individuo. La concentración de la economía en manos pública no se traduce en un enriquecimiento del "pueblo". Esa mentira se la han vendido cínicamente. El "pueblo" no se convierte en dueño de nada, permanece marginado de las decisiones y está, netamente, a la merced de lo que hay en el almacén de ideas, dentro de la cabeza de los que controlan el poder.

    Una democracia, para ser genuina, requiere pluralismo. La descentralización del poder político y económico, son firmes barreras para prevenir el despotismo. La soberanía de una sociedad reside, no con los que gobiernan, sino con los gobernados. Por eso, con ímpetu frenético, esta administración busca la grandilocuencia reguladora que otorga un estado predador para, de esa manera, concretar su hegemonía sobre el detalle en la vida de cada argentino. Mecanismo, maravillosamente perverso y prerrequisito, para implantar la meta por la cual vienen luchando desde 1955: una Argentina marxista-leninista.

    En estos momentos, las instituciones públicas más capaces de impedir la penetración del comunismo, como las FF AA. y el Tribunal Supremo, están defenestrados. La oposición política permanece desorganizada. Del lado civil, la Iglesia está asediada por la contracultura oficialista y, con nobilísimas excepciones, parece preferir esperar por el desarrollo de los acontecimientos. El sector privado, el motor verdaderamente capaz de producir riqueza, cada vez está más regulado y espantado. La única señal de liberalización es la licencia impune dada a los delincuentes, muchos bajo nómina estatal.

    ¿Tiene legitimidad este gobierno para hacer lo que están haciendo? Que en su primer elección haya ganado con el 22% del voto y 39.5% en la segunda, deja dudas, si es que se cree en el concepto del voto mayoritario. Las turbas contratadas son la cara que el montonerismo presenta ante esta incógnita. Quieren hacer creer que "turbacracia" y "democracia" son sinónimos.

    ¿Está todo perdido? No. Depende de los argentinos romper el silencio y no seguirle el juego a esta dictadura en construcción. La dinastía kirchneriana ya se está maniobrando. El clientelismo, por medio de la despenalización y tolerancia delictiva, augura incrementar sus números. Sin embargo, el montonerismo tiene vulnerabilidades. La fragmentación dentro del justicialismo es buena. El canibalismo político que se ejerce dentro del partido de Perón, obstaculizará la consolidación que busca el régimen montonero. La disidencia dentro de esas filas se debe estimular. Políticos opositores deben priorizar lo que los une: frenar la avalancha marxista. Deben de coordinarse alianzas de amplios espectros.

    Más importante de que se llegue al poder por la vía democrática, es que se gobierne democráticamente. La pluralidad, hoy brillando por su ausencia en la Argentina, puede ser vigorizada al concientizar el peligro en la sociedad y movilizarse en oposición a mayores transferencias de poder al ejecutivo montonero. En elecciones, premiar a candidatos que abrasen la cultura de la libertad, en vez del estatismo y la dependencia, y utilizar el espacio que queda para reclamar la soberanía popular perdida. La sitiada marxista ha estado en pie. Hoy están en el poder pero todavía no han monopolizado todos los sectores de la sociedad argentina. La lucha sigue y se puede ganar. El dogma socialista no frena su avance, aún ante la pared empírica que evidencia su práctica demencial. Quiera Dios que Argentina se salve de tan malvado experimento.

     

  • Desaparecidos y Tácticas de Guerra

    Julio92x93Desaparecidos y Tácticas de Guerra por Julio M. Shiling

    El tema de los "desaparecidos" ha resultado una genial componenda con una instrumentación muy bien elaborada para facilitar el camino al poder. En el léxico político, el acto de "desaparecer" a alguien consiste en la detención y ejecución, sin juicios y extraoficialmente, de un opositor real o imaginario. De este fenómeno, Argentina es un caso paradigmático.

    Incuestionablemente hubo desapariciones en Argentina. Por supuesto que no los números bombásticos e hiperinflados ofrecidos. Cifras serias varían entre 4000 y 7706. Tarea complicada por la constante "reaparición" de personas consideradas "desaparecidas" y que, sin embargo, estaban viviendo y activos en Europa, América Latina y en los ex–países socialistas. Indemnizaciones posteriores a familiares, aseguran que los números nunca lograrán proporciones reales.

    La práctica sistemática de detener y ajusticiar combatientes sin revisión jurídica, se llevó a cabo por gobiernos argentinos, democráticos y no-democráticos, durante la década del 70. Esta actividad se recrudeció con la intervención castrense de 1976, la que duró hasta 1979.

    Argentina llevaba ya, desde 1955, una lucha para impedir la usurpación del poder por movimientos marxistas armados. Esta fuerza insurreccional, durante la mayor parte de los años 60, operó como guerrillas rurales. Al contener exitosamente las fuerzas públicas el avance comunista, los insurgentes llevaron la guerra a las ciudades. Ahí comenzó la intensificación de la contienda y la conversión de la misma, por sus síntomas, en una guerra civil.

    Entre 1969 y 1979 los insurrectos comunistas cometieron 21,642 actos terroristas. Reducidos, por fusión o sobrevivencia, a dos grupos principales: el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros, se convirtieron en formidables guerrillas urbanas sin renunciar a la campaña rural. En ese momento fueron la fuerza subversiva más potente en el continente. La premisa marxista insta, doctrinalmente, a asistir violentamente a la "lucha de clases", facilitando el exterminio de toda clase no-proletaria (léase no-marxista). Los revolucionarios argentinos resultaron adeptos magistrales ya que los asesinatos, secuestros, atentados dinamiteros y robos fueron desplegados indiscriminadamente contra sindicalistas, políticos, empresarios, gremialistas, obreros, ejecutivos, académicos, periodistas, religiosos, en adición a policías, soldados y oficiales, sus instituciones y cualquier familiar que estuviera cerca en el momento del crimen.

    Las autoridades públicas argentinas empleando el mecanismo de capturar y matar extraoficialmente a los apresados de las fuerzas subversivas, pusieron fin a la guerra. La contraofensiva lanzada por el gobierno y el régimen militar en particular, neutralizó la búsqueda del poder de los marxistas por a vía armada. Sus integrantes y simpatizantes desertaron de este camino y buscaron rutas alternas hacia el poder.

    El nuevo campo de batalla fue la opinión pública internacional. Nada más fácil que victimizar al que perdió la guerra. No importa si fueron los que la empezaron. La intensa campaña de victimización necesitaba de "víctimas" y "villanos". Los que escaparon al exterior gracias al comunismo internacional y sus cómplices de la izquierda, coreografiaron espectacularmente la embestida psicológica.

    Como metodología, sería obligado descontextualizar la historia. De esa forma habría un claro "villano". Extirparon, del largo proceso de lucha antisubversiva, el periodo después del golpe militar de 1976, ignorando 21 años previos de constante enfrentamiento bélico contra las fuerzas antisistemas. Así se desarrollo el trauma de los "desaparecidos". El descarado arte de descontextualizar, de hacer un paréntesis de sólo un tramo de historia y pretender que no tiene vínculos orgánicos, de hacer creer que toda la violencia surgió a partir del golpe castrense y que ellos "respondían" a dicho acto, fue posible sólo por la desinformación, la aptitud hacia la ignorancia y el acondicionamiento ideológico. El efecto no se puede separar nunca de la causa.

    Enjuiciar moralmente la practica de "desaparecer" es un tema sano para una sociedad pluralista, siempre y cuando no se desligue del contexto en que se vivió. Si las autoridades (incluyendo el régimen militar de 1976) utilizaron métodos no- convencionales para ganar la guerra, la realidad es que no fueron ellos los que los iniciaron. Las fuerzas comunistas, particularmente cuando enfocaron su guerra en las ciudades, operaban totalmente de modo no-convencional. Las normas establecidas de guerra, como la de vestir uniformes, atacar sólo a uniformados y a lugares alejados de la ciudadanía no-castrense, tenía el propósito de evitar bajas civiles e inocentes.

    Las fuerzas subversivas, al elegir librar su guerra de modo no- convencional: escudándose bajo la ciudadanía civil, rehusando vestir uniformes y no operando desde territorios claramente marcados como zonas de guerra, prescribieron su futuro. Si es condenable detener y matar a un combatiente enemigo, tan condenable es llevar a cabo una guerra poniendo en riesgo la vida de personas inocentes y no interesadas en la "lucha de clases" u otras diatribas doctrínales que dan licencia para el asesinato. Las fuerzas marxistas ejercieron una criminal irresponsabilidad en el pleno de la sociedad desarmada al combatir el orden establecido, violentamente, convirtiendo cada calle en un campo de batalla.

    La cuestión de que si todos los desaparecidos eran o no subversivos es otro punto válido para polemizar. En toda guerra hay bajas inocentes. Igual, ninguna guerra está eximida de excesos. Eso incluye a todos los que combaten de ambos lados. El jerarca montonero Mario Firmenich, sin embargo, hizo notorio su insistencia en que la mayor parte de los "desaparecidos" fueron "militantes", que "con conciencia, con pasión" desarrollaron sus acciones y no inocentes desligados del proceso conspirativo. Aparte, es una cobardía cambiarles a sus caídos el título de combatientes por el de víctimas inocentes.

    ¿Pudieron los militares de 1976 haber ejercido más prudencia al confrontar a los terroristas ya que representaban al estado argentino? ¿Hubiera parado la ofensiva comunista una simple acción policial, sin intervención pretoriana? Ahora es improbable, si se busca ser justo con precisión, hacer un análisis con hechos descontextualizados alejados del sangriento proceso que aspiraba al total derrocamiento del sistema social operante desde que se fundó la nación, contra un enemigo cuyos soldados se camuflaban de civil, financiado con un impresionante botín autóctono (más de $70 millones en aquel momento), más al respaldo económico y militar de Cuba comunista y la extinta URSS en plena Guerra Fría.

    Lo cierto es que sobre los hombros de las autoridades argentinas de aquella época estaba la probabilidad, o no, de que los terroristas, empleando una guerra no-convencional, tomarán el poder. Tal vez la derogación de instrumentos democráticos, como la Cámara Federal de Penal, que juzgó y condenó a más de 2,000 subversivos, y la posterior amnistía que los liberó en pleno contienda bélica de 1973, influyó en la decisión. La inefectividad de los gobiernos Cámpora y Perones (1973-1976) y el hecho de que ni un solo terrorista en ese sangriento periodo de la guerra (52% de los actos terroristas fueron cometidos en esos años) fuera condenado, pudo haber sido persuasivo. Solo se podrá especular.

    La cuestión más relevante en la temática de los "desaparecidos" es la de hacerle un juicio moral como táctica de guerra. Esto requiere, naturalmente, de la inclusión de la metodología de los subversivos. Sería injusto emitir juicio sobre la práctica de un bando y no del otro. Surge entonces la pregunta clave, ante un reclamo de "victimización", ¿Qué es más (o menos) ético, detener y matar a un combatiente opositor, o asesinar, poniendo una bomba en la cabecera de la cama de un enemigo. El juicio se hace más complicado y obliga a la inclusión de cuáles eran los propósitos que daban justificación a esos actos terribles.

    Uno luchaba por la defensa de la continuidad con todas sus imperfecciones, pero perfectibles por vías evolutivas. El otro, obedecía a ideas que requería la destrucción de todo el orden existente, desde lo más elemental, para implantar un sistema esclavizador con un historial pésimo. El mundialmente emblemático escritor argentino del Siglo XX, Jorge Luís Borges, dijo "Prefiero la clara espada a la furtiva dinamita". Yo coincido con el maestro.

     

     

  • De Indecentes y Docentes

    Julio92x93 De Indecentes y Docentes por Julio M. Shiling

    Ante la convulsión que atraviesa Argentina en estos días, apoyamos la libertad de expresión. Por eso secundamos la valiente actitud de los gobiernos provinciales de Neuquén y Salta. La protesta cívica para preservar su valiosa relevancia dentro de una democracia funcional, requiere de la clara demarcación entre lo legítimo y lo delincuencial. Cuando, buscando alzas salariales, los docentes adoptan actitudes gangsteriles bloqueando rutas y carreteras, renuncian al amparo de la legitimidad en cualquier país que presuma de ser un país serio. Claro que en la Argentina de Kirchner, esta disposición popular se ha convertido en el modus operandi de esas masas leales al régimen vigente.

    Cuando la justicia se ciega (o es cegada) y adopta una monstruosa y delictiva tolerancia que, con prejuicios ideológicos, criminaliza la opinión disidente y estimula descaradamente la criminal disposición de esa parte de la ciudadanía aliada a su política, la libertad es sitiada. En ese momento, un "derecho" se convierte en la licencia oficial para transgredir. Pienso que la despiadada violencia que ejercen estos grupos antisistemas, debe traerles un deja vu a muchos de los que componen el gabinete de Kirchner. Añoranzas, tal vez, de un pasado "revolucionario" y simpatía, sin duda, de esa industria de "protestantes sociales" profesionales.

    La muerte del docente en Neuquén es de lamentar. Las autoridades provinciales deben de conducir las investigaciones pertinentes. Pero los responsables del suceso son, en primer lugar, los que legitimaron la irresponsable e ilegal conducta que el fallecido maestro estaba ejerciendo, es decir, su sindicato. ¿Son docentes o agitadores políticos? En segundo lugar, si ciertos individuos deciden excederse en la aplicación de la ley, condenable como esto es, la culpa reposará sobre los hombros de un sistema incapaz de mantener el orden y del liderazgo central que tolera, facilita su movilización, costea sus operaciones y estimula esta "manera" de protestar.

    No es una coincidencia que los gobernadores de Neuquén y Salta no estén en la lista de los sumisos al régimen kirchneriano. Podríamos decir que, extraoficialmente, hace tiempo que cayeron en "desgracia". Lo que sí es seguro, es que mientras se le llame "protesta social" a actos facinerosos, la libertad (lo que queda de ella) continuará su tortuoso y selectivo racionamiento. Los gobernadores de Neuquén y Salta hoy luchan por los derechos de los argentinos a vivir en paz y con seguridad. Todos. No sólo los que apoyan al gobierno central y gritan más. Sino todos.

     

  • Martí y el deber

    Julio92x93 Martí y el deber por Julio M. Shiling

    "¡Triste el que muera sin haber hecho obra!", nos relató el Apóstol. Más de 49 años de despotismo marxista han dado amplia ocasión para que hijos ennoblecidos consagran el altar patrio con dádivas fruto del deber. Cementerios en tierra y mar abarrotados de mujeres y hombres por miles y a través de las décadas, las pesadas y giratorias puertas de las cárceles castristas; generaciones nacidas en la diáspora, impregnadas de una indomable cubanía e, intramuros, la inexistencia del "hombre nuevo", dan constancia sustanciosa a eso. Sin duda, el cubano ha tenido un paradigmático ejemplo en el Maestro. El 19 de mayo, día de partida de Martí y víspera de la independencia cubana, obliga a la reflexión del concepto del deber.

    Con su talento excepcional y diversificado, Martí le hubiera hecho honor al más exigente y remunerador de los deseos de cualquier vida privada. Familia, sueño, fortuna material, todas importante y todas palpables posibilidades, las donó como un generoso filántropo. El deber sería el principal recipiente de su fortuna. El poeta político nacido en la Calle Paula, tenía claro para lo que vino al mundo. Y con la luz de su frente navegó para asegurar, en su caso, que "La muerte de un justo es una fiesta en que la tierra se sienta a ver cómo se abre el cielo".

    Martí vivió preparando el día de su partida y de esa "fiesta" concebida. No en los detalles de como iba a morir, sino con la altura que tenía que vivir para enfrentar los compromisos adquiridos con un camino, incluso antes de nacer. Sacrificios, pero dulces y obligados si se pretendía no vivir muriendo. Las frías calles de un Nueva York despalmado sintieron más sus pasos que ningún otro lugar, un precio necesario para así poder vivir en libertad y organizar la benéfica gesta emancipadora para su tierra natal. Sin embargo, un continente completo fue su maestral escenario, que por medio del fascinante arte de su prosa, marcó un hito inigualable hasta nuestros días. Pero fue, sin embargo, en la sensatez de sus ideas donde su genialidad manifestó más bríos.

    Mientras muchos de sus contemporáneos de calibre intelectual se emborrachaban con enfermizas teorías socio-políticas, Martí se mantuvo sobrio. Las tóxicas proposiciones de lucha de clases, agitaciones anarco-sindicalistas, inventos comunales utópicos y la colectivización de la propiedad (en su amplia definición) fueron consideradas ridículas y peligrosas por el Maestro. El falso nombre de una tergiversada "libertad" que proponían estos absurdas esquemas, nunca engatusaron a Martí. Siempre comprendió que la libertad es la ausencia de coerción. Todo el resto es licencia para el despotismo. Su capacidad de mantener pulcra la gama de su vasto arsenal intelectual, evidencia la superioridad de su esencia. El regalo que llevaba Martí era transcendental.

    Su condición de místico le facilitó, sin duda, no sólo la claridad de su pensar, sino la determinación para cumplirlo. "Cada cual al morir enseña al cielo su obra acabada, su libro escrito, su arado luciente...". Este convencimiento llevó a Martí a abrazar entrañablemente el deber. "¡Se sale de la tierra cuando se ha hecho una obra grande!". Martí salió con creces. Ahora espera y lucha para las grandes obras en construcción que, con su inspiración, se están preparando. Ya lo veremos.

     

     

     

  • Understanding Totalitarian Rule

    Julio92x93Understanding Totalitarian Rule by Julio M. Shiling

    Ideology, as a comprehensive set of ideas, helps explain how one sees the world, where it comes from and is headed and where it stands. For some, ideology is a genuine belief system, while for others it is, functionally, simply political discourse. The culture it invariably breeds renders irrelevant, in practice, which understanding society has of ideological dogma. Three of modernity's most traumatic social/political experiments have been Communism, National Socialism (Nazism) and Fascism. All three utopian-premised movements, in pursuit of ideology, embraced totalitarianism as its "modus operendi".

    The totalitarian mode of operation is uniquely formulated in structure to perpetrate an individual and/or movement in power with minimal challenges from any opposition once in place. Key to establishing and maintaining the totalitarian apparatus is organization. "Power as conceived by totalitarianism" cites eminent historian and political scientist Hannah Arendt, "lies exclusively in the force produced through organization." Spontaneity is lost. While the mirage of its existence appears so to the non-totalitarian world, the craft of organization is perfected through the forced compliance of the established rules, official guidelines, and the high cost of dissent. The art of totalitarianism, notes prominent professor and former U.N. Ambassador Jeanne Kirkpatrick, is "organizing political power." Hungarian author, Agnes Horvath quoted Soviet party expert, A. Avtorkhanov as citing, "The strength of the Communist regime resides... in its brilliant hierarchical system of power and the use made of that power..." With the end being the utilization of said power to formulate a new society and order by restructuring existing class or race configurations, production/human relations are overhauled so that a new culture can be instituted; a totalitarian culture. Organization is the mechanism.

    Politics escapes nothing in a totalitarian-run society. Everything is politicized. Society now becomes divided into the integrated (with the movement) or the enemy (nonconforming). In The Origins of Totalitarianism, Hannah Arendt highlights the typical totalitarian hierarchical composition in essentially six levels. Fundamental to comprehending the totalitarian mode of operation, including its diligently delineated organizational component, is the dual subterfuge of its façade. It presents, at all times, in all aspects two faces: one for the internal subjects and another, to the non-totalitarian world, of the totalitarian apparatus. At the bottom level are the fellow-travelers. These are mostly compiled by those who support the totalitarian regime and its objectives but typically live outside its territorial compounds. Most came from the non-totalitarian world and flock to the regime for ideological and/or economic reasons, as well as submission to blackmail. The fellow-travelers are instruments of the system mostly used for marketing benefits generated in its dealings with the non-totalitarian world. The power that they generate in the internal structure is minimal but their influence can be exceptional, dependent upon the value the regime places on their services at any given time. The front organizations are the next strata. Unlike authoritarian regimes, which are much more isolationists and do not concern themselves with imagery, totalitarian systems are quite susceptible to appearance maintenance. The image is not inhospitable to change. The radicalness of its ideological underpinning assures the movement the sufficient margin to mold itself and its means, to facilitate the attainment of its ends. Front organizations serve that purpose masterfully both for the internal world (totalitarian) and its external counterpart (non-totalitarian). This sophisticated stratagem formulates for the captive society a mechanism of control and filter. Being themselves mass organizations penetrated, run and choreographed by the ruling single party, they have no autonomy outside of the official dogma. They are monopolistic. There is a front organization for workers, one for students, a paramilitary watchdog committee, and another for women, etc.; one for each sector. Advances in the workplace, school, and access to housing, commodities, etc. are conditioned and measured by the activism displayed in these front organizations. Society is controlled and their level of integration with the movement (revolution) is meticulously noted and measured. They, therefore, serve as filters which the movement separates the perceived conforming from the non-conforming. They are totalitarianism's eyes, ears and face. The orchestrated crowds that welcome a foreign dignitary, protest in front of a "hostile" embassy, concentrate the masses in plazas to hear official speeches usually by the "leader," are all the design of the mass organizations, which serve as front for the ruling single party/movement.

    Front organizations are the facade which the non-totalitarian world sees in foreign conferences and seek to give the appearance of equivalency with their counterparts of the Free World. Image maintenance is crucial for the sustentation of the totalitarian regime. The appearance of normalcy, which the totalitarian face seeks to project to those on the outside, is presented by the front organizations. It is their function in their dealing with the non-totalitarian world. Their existence is imperative for any totalitarian regime. The next layer, which itself contains three different tiers, is the most relevant.

    Societies in totalitarian regimes are divided, as was cited earlier, into two categories: the integrated (conforming to the movement) and the nonconforming ("counter-revolutionary," countermovement). Within those integrated with the movement are further varying degrees of movement-assimilation. The layer which follows the front (mass) organizations in totalitarian's hierarchical structure, are members of the single-ruling party. The draconian role of the party in every aspect of totalitarian life can not be understated. Renowned Italian Marxist Gramsci wrote in Prison Notebooks referring to the party and their role in society: "In order to judge—and in contemporary history of politics judgments is identical with action—we need to know, and this requires the knowledge of every thing that is knowable... a contact with the living and moving world, an ability to reach each and every individual." Any level of the party serves the regime. But the varying stratus qualifies them. This strata itself contains three differing tiers within the totalitarian apparatus. Membership in the party is a prerequisite for any position of power in the regime. Absolutely every high-ranking member of the armed forces, high-level government position must be a party member. The level of militancy, usefulness, aptitudes and political favoring which further stratify party members, some into autonomous, quasi-party entities that operates under the distant shadow of the party's structure, and to a great degree, control it. After the general members of the party, Communist or Nazi, are elite party formations. The secret police (differing names may apply given differing regimes) is the following layer.

    While technically party members themselves, the secret police are autonomous and do not report to the general party governing entity but rather to the movement's (revolution's) "leader" directly. The secret police obeys its own rules and penetrates all levels of the party. They are the enforcers of democratic centralism, as well as in charge of internal espionage (not just the opposition, but also the military, government and other party members) and external (non-totalitarian world). This elite institution is secretly feared, particularly by other general party members (civil, military, government, etc.), given their enormous power within the apparatus. Following the secret police in the totalitarian network is the next phase in party membership: the elite secret police.

    This higher totalitarian echelon forms an intimate circle around the "leader." The elite secret police serves, in many respects, as the counter-intelligence to the regular secret police. They also are autonomous from the rest of the party and also report directly to the "leader." A very selective process assures that only the most loyal and fanatical will join the corps of the elite secret service, undisputedly the regime's most revered terrorizing entity. They, like the regular secret police, are armies outside the armed forces and governments within the government, all with the absolute power curtailed in the totalitarian chain of command, only by the "leader" himself. At that point, the "leader" level is the epic of power within totalitarianism organizational structure. There the subject rules without the obstruction of any written law and embodies the movement, which is by this point the party and the state, with its laws and ideological abstractions. The "leader" contrives to incarnate the nation as well. The complete totalitarian hierarchical structure is configured so as to accommodate totalitarianism rule as willed by the tyrant. It is the absolute perversion of power. Through this elaborate organization of society, political power is contrived in such a way as to assure minimal space for effective dissention and a very narrow route for material advancement: absolute adherences to the official dogma as determined, in that moment by the "leader" and have the ability to adjust to changing interpretations of ideology to suit the movement's ends. The most relevant factor to assure that society has only that extremely narrow route for moving space is the party.

    Without the structural existence of the Communist and Nazi parties, totalitarianism could not and cannot be exercised. It is the indispensable contexture of the totalitarian wall. It bears no resemblance de facto or de jure to its semantic counterpart in the Free World. The totalitarian party is a process of steady osmosis, unlawfully violent (revolutionary, i.e. Bolsheviks) or legalistically nonviolent (constitutionally. i.e. Nazis), which commences from an ideological movement then converts itself, once approaching or having gained power to a party. The next step in the process is the appropriation of the state. This is the springboard to disseminate the totalitarian reign. The party-state can, at this point, spread, on a broad spectrum basis, the tenets of the ideology by attempting to institutionalize the counterculture domestically and, universally, present the state with its legitimacy mask, as the face for the non-totalitarian world. The state is, for non-totalitarian world purposes, the "dejure" governing body. The party is, without a doubt, the "defacto" sovereign.

    Extraterritorially, this serves totalitarianism well since its façade entertains appearance and allows for needed concessions from the non-totalitarian world, i.e. trade privileges, non-aggression pacts, credit, market access, etc., all the while simultaneously, it assists compatible or comparable movements, sharing affinity for notions of class or race warfare.

    Buchheim brilliantly observed, the term "party" neither arises from the theory of the totalitarian claim to power nor does it fit into the totalitarian ruling system; rather it belongs to the concept of the free political life, especially of democracy. In contrast, National Socialists and Communists have characterized themselves... as "movement" and "workers movement"... for their aims lay beyond what a genuine political party may establish as its goal. The "movement" is the typical form representing the totalitarian claim to power in politics. To the extent that such a political reality includes a democratic constitution, the movement can also represent itself as a party. But it is not a genuine party... After the seizure of power... the movement can continue to term itself a party in a certain sense if it demands to be the active and leading part of the whole people or the entire class. But it is an artificial meaning... the designation "party" is a linguistic remnant... After its "seizure of power" the totalitarian movement converts the state, which until then had been its enemy, into its slave. The movement maintains that it alone represents the will of a people or a class, and it deprives the state of its existence as a sovereign legal institution. Totalitarianism carries out its politics, not within the framework of governmental order, buy beyond all norms, and in this endeavor it employs the state simply as a tool whenever such manipulation appears useful.

    The edifice that sustains totalitarianism, and its repressive tenet, is, as was earlier cited, the party. And the abstract superstructures which are indispensable and responsible for the party's political power are two elements. The subservience of the state to the party is one of the bedrock features in that building of totalitarian despotism. The other inevasible component, the more important in totalitarianism's assemblage is democratic centralism. The idea of democratic centralism was conjectured by the father of Communist praxis, Vladimir Lenin. Premised on instigating non-factionalism, the end result was tyranny of the party. Glenn Chafetz in Gorbachev, Reform and the Brezhnev Doctrine highlighted Lenin's pretension, "Democratic centralism ideally stipulated the full and open discussion of a particular issue until a decision had been taken; after that point, all debate was to cease and all members and organizations were required to implement the decision... The application of the principle heavily favored the "centralism" at the expense of the "democratic" in order to muzzle dissent and to dictate hierarchical decisions." The fringe benefits afforded to totalitarianism from democratic centralism have been numerous. With the abolition of factions, inner party dissent was eliminated. The threat of elite conspiracies, coup d'etat's, or "palace revolutions" are effectively dismissed from probable possibility as a result of democratic centralism. The closed environment on which the party's command functions simulates what Alexandre Koyré called "secret societies in broad daylight."

    Hannah Arendt, echoing Georg Simmel's "Sociology of Secrecy and of Secret Societies" in The American Journal of Sociology (Jan 1906), brilliantly observed that... secret societies... form hierarchies according to degrees of "initiation," regulate the life of their members according to a secret and fictitious assumption which makes everything look as though it were something else, adopt a strategy of consistent lying to deceive the non-initiated external masses, demand unquestioning obedience from their members who are held together by allegiance to a... leader, who himself is surrounded... by a small group of initiated who in turn are surrounded by the half-initiated who form a buffer area against the hostile profane world.

    The "secret society" structure prevalent in the totalitarian party, and beautifully exposed and analyzed by Arendt and others, finds the core which unites the party, the unwavering loyalty, typically fanatical, to the "leader" who personifies the movement and/or secret society. Imitating Comte's naturalist-driven positivist paradigm, the party/secret society are the fundamentalists of an atheistic pseudo-religion. This political ambiance breeds coherently a "cult" around the "personality" figure of the "leader." The closed secret system insulates the despot in command exceptionally from internal enemies. The draconian centralization of authority as a result of democratic centralism, funnels the channel of power to the party's executioners and the "leaders" choice: the secret police.

    Just as the party is the key to totalitarianism. The secret policy is the sustenance of the totalitarian party. They are enforcers of democratic centralism. Lenin's Cheka, Stalin's MKVD, Hitler's SS, Mao's Red Guards, Pol Pot's Brigades, etc. all actively, relentlessly and fanatically repressed all levels of society. The party was, as democratic centralism required, no exception. Despite ideological differences, the totalitarian secret police was synonymous in its application and service to the maintenance of absolute tyranny. Carl J. Friedrich, in describing Nazi Germany's secret police, masterfully captured the commonality of this repressive elitist corps...and the special relationship it enjoys with the "leader."

    ...Hitler found himself loyally supported throughout by Himmler and his guards (SS). He therefore made the SS into an autonomous organization within the party, directly reporting to him, and providing the party with the firm backbone that a totalitarian regime requires... As contrasted with the heterogeneous party membership, the SS membership was young and filled with zeal from the regimes (Hitler's) ideology; it thus became unquestioning, enthusiastic support of all the Fuhrer's actions... It has become quite clear... that the SS possessed a more radical, indeed fanatical attitude than the average party member of SA man. In course of time, the SS managed to infiltrate various key positions in party and government, especially the military and economic cadres."

    There is not one existing enterprise, loyal or disaffectionate to the movement that is not penetrated by the secret police. Their presence is awesome, secret and everywhere.

    While all forms of despotism depend on some variant of a secret police designed to infiltrate and neutralize the opposition, the uniqueness of totalitarianism's version is not only its applicable reluctance to stop the pursuit once its adversaries have been eliminated, but rather at that point (the beginning of real terror)... the deliberate and premeditated policy of permeating of the totality of society, particularly the central nerve points of the system, i.e. military, party members, high ranking officials,etc.Former Yugoslav communist Milovan Djilas, totalitarianism targets not just "actual" enemies but also "potential" ones. With regards to its dealing with the non-totalitarian, outside world, the secret police enjoys a privileged disposition. The remuneration is ostensibly greater, not just in form of direct payments, but also the access to markets and available goods it produces, resulting in additional residual benefits. Most foreign embassies, consulates and regime-representation offices abroad are de facto run, by the secret police. The ability to work in a non-totalitarian country requires a high level of trust. Those assigned to foreign service are among totalitarians most regarded. They are part of the draconian secrecy wall that clouds the inner workings of the system from the outside world, as well as the internal. The source of the secret police's power is the "will" of the "leader." This invocation of the ideology and the purpose of the movement as personified by the "leader," who is himself the embodiment of the movement (revolution), extends absolute impunity to the secret police and situates them above any law, even if such legalism mattered. Thus the secret society moat is well guarded by the anonymity of this intelligence army who bears absolute, unwavering loyalty to the "leader" and assures that its walls are protected from enemies, dissenters, competition and even friends.

    Despite the crumbling of the Berlin Wall, six countries remain communist today: China, North Korea, Tibet, Cuba, Vietnam and Laos. Considerable economic liberalization (and ideological revisitation) in some: i.e., China, Vietnam; piecemeal reforms in others: i.e., Cuba, Tibet and Laos; and little in the remaining: i.e., North Korea has provided no concluding evidence of democratic installation. Ample analysis suggests that the repressive might of the ruling communist parties is enhanced with increased revenues offered to it by the benefits of commercialization with the non-communist world. Without political reforms which separate party and state, end single-party monopoly, extend property rights to all (not just party-elite and foreigners) and rule of law established, can totalitarian rule effectively be neutralized and withered away. Only then can its antithesis, civil society, flourish and liberty exist alongside of democracy.

    1. Hannah Arendt. The origins of totalitarianism, new ed. San Diego, Harcourt Brace, 1976, pg. 418.

    2. Jeanne Kirkpatrick. Dictatorship and double standards. Commentary, September 1979, pg. 96.

    3. Horvath Agnes. et al. The dissolution of communist power. London: Routledge, 1992, pg. 15.

    4. Ibid, 382.

    5. Gramsci , A. Note sui Machiavelli sulla politica esullo stato moderna. Tovino: Ed. Rivant, 1975, pg. 1930.

    6. Hans Buchheim. Totalitarian rule: Its nature and characteristics. Middletown, Wesleyan University Press, 1968, pg. 91.

    7. Glenn Chafetz. G. Gorbachev, reform and the Brezhnev doctrine. Westport: Praeger, 1993, pg. 97.

    8. Hannah Arendt. The origins of totalitarianism, new ed. San Diego, Harcourt Brace, 1976, pg. 376.

    9. Carl J. Friedrich. The evolving theory and practice of totalitarian regimes. Carl. J. Friedrich, Michael Curtis and Benjamin R. Barber. Totalitarianism in perspective: Three views. New York: Praeger, 1969, pg. 254.

    © Julio M. Shiling 2005

  • El Paradigma Iraquí

    El Paradigma Iraquí por Julio M. Shiling

    Las elecciones van entrando en la recta final. La Guerra contra el Terror, particularmente en su componente Iraquí, se ha convertido en el tema más enfático de la contienda política.

    Ningún presidente norteamericano había tenido que lidiar con un ataque directamente dirigido a civiles en su territorio. Este movimiento de masas violento tuvo como autor a una ideología radical y fue ejecutado por un ejército multinacional desuniformado que pretende la utópica premisa de imposición global. El Presidente Bush autorizó la implementación de una política de copioso alcance para neutralizar la esencia de ese enemigo: el islamismo radical.

    La respuesta del Presidente George W. Bush fuera del territorio norteamericano a los ataques, ha sido la Doctrina Bush, una estrategia integradora que esta compuesta por cuatro principios: acción preventiva, patrocinar democratización, coaptación y un realineamiento ideológico. La primera actúa contra la amenaza antes de que se produzca un ataque; la segunda provee la proliferación democrática. Incorporar amigos cuestionables y enemigos antiguos en la lucha contra el terror es el tercero y el realineamiento ideológico por medio de la expansión democrática, exfoliaría del islamismo su arsénico fundamentalismo, es el cuarto. ¿Y ha logrado la Doctrina Bush sus objetivos?

    No ha habido, desde el 11/9, ningún ataque masivo en territorio estadounidense. Esto no es una casualidad. Afganistán e Irak son libres y encaminados ha instaurar sistemas autóctonos democráticos. Esto es de extrema importancia, particularmente en el caso de Irak (tiene fronteras con 6 países musulmanes). El 75% de los terroristas de Al Qaeda han sido
neutralizados.

    Los insurgentes suman entre 5,000 a 10,000. Esto representa menos del .04% de la población iraquí. Es más, la mitad no son ni siquiera iraquíes. Voluntarios para la policía iraquí, la Guardia Nacional y el ejército exceden la posibilidad de los norteamericanos para entrenarlos. Hoy hay más de 125,000 soldados iraquíes defendiendo su país. Elecciones libres (las primeras) tendrán lugar en enero.

    El intento de desvincular a Hussein de los ataques del 11/9 tiene 3 fallas, e ignora la correlación de intento. El autor intelectual de los ataques a las Torres Gemelas en 1993 (el primer ataque) fue un oficial del servicio de inteligencia iraquí. Por años, la Irak de Hussein fue un santuario terrorista. Irak Baathista invadió a dos de sus vecinos, químicamente atacó a su pueblo y aceptó regirse por resoluciones de las Naciones Unidas, 18 en total, las cuales, todas, fueron violadas. Hoy, esclarecido el escándalo de corrupción de la ONU en su proyecto de "comida por petróleo", se puede comprender mejor la conducta apologista de la fallida política de contención.

    El acopiamiento de información de inteligencia no es una ciencia exacta. Que un informe, considerado perfecto en un intervalo, se demuestre luego imperfecto no disminuye la legitimidad de una acción cuyas variables permanecen inmutables y apoyan la base para actuar. Al Qaeda es sólo un componente del islamismo radical. Su propósito común alineó el movimiento de Bin Laden con una gama de regímenes cuya congruidad de fines no desmienten la hipótesis que vincula una concordancia de los medios. ¿Para qué esperar a que un régimen notorio patrocinador del terrorismo alcance el mecanismo para que un agente dispuesto, llámese Al Qaeda, Hamas o cualquier otro grupo extremista islámico, aniquilen esta vez la ciudad entera de Nueva York? Irak es un campo de batalla mucho más preferible a Brooklyn o el Mall de Washington.

    Ganarle la guerra al terrorismo y mantener las metas, a largo plazo, de promover la democratización, son cruciales para derrotar al islamismo radical. La institucionalización de la libertad causaría un alineamiento ideológico y así brotaría un paradigma seminal. Los incrédulos deben mirar hacia Japón y leer su historia. Agendas anti-guerra, pacifistas o izquierdistas, extrañamente amigables estos días con el fundamentalismo islámico, serían azarosa.

    Es propio que, mientras los agresores que traman nuestra destrucción luchan por su sobrevivencia en Irak, nosotros, los votantes, atribuyamos el merecido enfoque que la Guerra contra el Terror merece, especialmente nuestro compromiso en Irak.

     

     

  • Naciones Unidas: De lo idílico a la complicidad

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    Naciones Unidas: De lo idílico a la complicidadpor Julio M. Shiling

    De los escombros que dejó la Segunda Guerra Mundial como un sueño idílico y futurista, surgió la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sus diseñadores, creyendo más en el humanismo de Comte y Rousseau que en las nociones de la habilidad del hombre de la cual hablaron Platón, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, colmaron sus estatutos con prosa exquisitamente elaborada, digna de la nueva era en la que el mundo, según dijeron sus arquitectos, iba a entrar. Pero, debido a la mala memoria, empedernido defecto de los que quieren tapar el sol con un dedo, se olvidaron de que entre las fuerzas vencedoras estaba la resentida y oportunista ex-aliada del vencido.

    El matrimonio socialista consumado entre el comunismo y el nacional- socialismo, sellado con un acuerdo prenupcial llamado "Tratado Ribbentrop-Molotov (el cual, entre otras cosas, repartió a Polonia) se disolvió con diferencias irreconciliables tras la infidelidad de palabra del segundo y su invasión al territorio del primero. La venganza del ejército rojo por medio de los obsequios de guerra, ya que obtuvieron en menos de 4 años lo que en casi 30 el bolchevismo internacional no pudo conseguir. En ese entorno y sobre las bases de la re-esclavización de medio continente, se fundó la ONU. Esta organización aceptó tácitamente la imposición sobre Europa Oriental de la dictadura comunista y su modo operativo totalitario. Sus proyectistas marginaron los ímpetus verdaderos de por qué se luchó contra el nacional-socialismo y el fascismo: Ponerle fin a un movimiento expansionista y subversivo que amenazaba y ocupaba estados democráticos.

    El comunismo internacional hizo lo mismo y a su principal agente se le designó uno de los pocos asientos privilegiados con poderes escasamente disponibles. La nueva organización, creada para buscar y preservar la paz, el orden económico y social, premió al agresor (excepto solamente en el caso del conflicto en Corea, y eso debido a la ausencia de la U.R.S.S. en la votación), y así empezó su inserción en la crisis moral que padece hoy.

    El abismo que existe entre la hermosa prédica de los Estatutos y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, y la empírica experiencia de la O.N.U. va culminando en llevar al organismo a una encrucijada ética.

    Su preocupación y retórica sobre la desigualdad son notorias y encomiables, aunque lo es mucho más que sus recetas, ya que casi siempre han demostrado poca imaginación al limitarse exclusivamente a consideraciones "redistribuístas", en vez de enfocarse en la "producción" de la riqueza. Sin embargo, se ha atiborrado de instituciones y agendas que promueven derechos sociales sin demostrar inquietud ante el atropello de derechos naturales, manteniendo así un implacable mutismo sobre la Libertad.

    La primacía de los "derechos sociales" en el tapete de las Naciones Unidas ha resultado un deleite para las tiranías. Al enfocarse en supuestos "logros" sociales alentadores, han podido ocultar horrendos crímenes y desviar la atención de sus atroces actos de "Liberticidio". Semejante patrón ha situado peligrosamente al gran organismo mundial, al perder de vista que el primer y más fundamental derecho social es ser libre. Por su desatención, pasividad y consecuentemente tácito encubrimiento, es un cómplice indirecto del crimen. En la Comisión de los Derechos Humanos vemos una de las más prístinas caricaturas de esta desvergonzada política.

    Establecida para monitorear abusos de derechos considerados inherentes y "universales", por parte de gobiernos contra sus ciudadanos, en esta Comisión se pasean los más notorios violadores de dichos derechos. Dos ejemplos son Sudán y Cuba. El primero no solamente tiene una presencia en este organismo, sino que tiene un asiento en esa Comisión hasta el año 2007. Es difícil de creer que el indiscutible acto de genocidio cometido por las autoridades sudanesas no ha bastado para asegurar su expulsión de ese organismo.

    El caso de Cuba merece no menos reacción. No existe, per cápita, ningún país que haya tenido más presos políticos que la Cuba Castro-comunista. Cuarenta y seis años de despotismo unipartidista, totalitario y expansionista, con su probado record de asesinatos, desapariciones, campos de concentración, trabajos forzados, etc. no han sido suficientes para aislar a los agresores cubanos. Lo que más se oye en los pasillos de la ONU es la repetida y gastada diatriba de los muy cuestionables "derechos sociales" anunciados por el régimen Castro-comunista y sus papagayos (pues no se molestan en ver las estadísticas de la Cuba republicana) y no cesan de situar todo el crimen que se les atribuye, en una campaña norteamericana.

    Tal parece que defender y querer hacer, proliferar la Libertad y la Democracia por el mundo se ha convertido en un invento estadounidense, según los que defienden la premisa del nefasto régimen Castro-comunista.

    Los miembros de los gobiernos de países que no practican la democracia ni cuentan con libertad, representan allí, no a sus pueblos oprimidos, sino a sus dictaduras.

    Otorgarles respetabilidad concediéndoles un asiento o exhibiendo la tolerancia a su postura de no atenerse a las reglas establecidas por la O.N.U. y rechazar (como en el caso cubano) año tras año a un Relator Especial, es desprestigiarse globalmente como organismo de seria calidad mundial. Es hora de que la ONU tome buena nota de que la soberanía de un país no reside en una cúpula gobernante que no cuenta para nada con ese organismo y que utiliza los medios más oprobiosos para perpetuarse en el poder.

    La Organización de las Naciones Unidas tiene en su poder los mecanismos para recobrar su autoridad moral y exigir a sus miembros una conducta de mínimo pudor. El Artículo 6 de los Estatutos originales le da la autoridad para expulsar a miembros que violen los códigos y normas establecidas.

    En 60 años jamás se ha utilizado dicho Artículo. Y no es por falta de despreciables dictadores. A medida que más países gocen de libertad, se convertirá en una tarea más difícil de hacer, porque todos esos países democráticos estarán convencidos de la función fría y apática adoptada por la ONU, lo que deja mucho que desear a la hora de promover y defender uno de los más importantes derechos humanos: la libertad.

    Cada vez más, las Naciones Unidas, como demuestra su fiasco de corrupción en Irak y la postura antilibertadora que adoptó, quedará aislada de las nuevas corrientes que no están afines con una institución que considera el crimen como algo "relativo" en obediencia a la presión ejercida dentro de su organismo por los cabilderos criminales con que cuenta como miembros.

     

     

     

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